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Febrero 11, 2011

El silencio de la voz: exhumación, memoria y fragmento - Andrés Isaac Santana

Desaparecidos-31.jpg Desaparecidos, de Gervasio Sánchez (Cordoba, 1959) que se exhibe simultaneamente en el CCCB de Barcelona, el MUSAC de León y en la Casa Encendida en Madrid, se convierte por fuerza mayor de sus circunstancias en un hecho social de sobradas resonancias culturales y de clarísimas implicaciones –devastadoras siempre- para la dramaturgia sobre la que se organizan los discursos dominantes y los verticalismos dictatoriales del terrorismo moderno.

Cierto es que por vez primera se exhibe la obra (o el documento grafico, llamémosle así por ahora) de un “fotoperiodista” en tres de los espacios más importantes del circuito institucional del arte contemporáneo en España, lo que supone una operatoria a gran escala y un esfuerzo titánico impensable por parte de todos sus agentes y coordinadores. Cierto es también que se trata de un rotundo documento o alegato de restitución frente a la desidia exultante del hombre (del ser cultural) trascendido en su animal humanidad y que, por tanto, implica un ejercicio de honestidad y de justicia, de dignidad y de decoro. Un ejercicio que puede ser leído tan sólo en términos artístico, periodístico o literario, da igual tal reduccionismo fronterizo, en la medida en que es siempre, y antes que nada, un ejercicio político demostrable, una toma de posición. No obstante, creo que con independencia de todo ello, esta exposición, esta tremenda exposición, goza de una gran virtud: la de convertirse en el testimonio de una época, de un momento de cultura, donde la violencia expandida resulta estandarte del tiempo presente y pone a prueba –ella misma- los propios mecanismos retóricos e ideológicos que la impulsan y que la niegan.

Desde mi punto de vista Gervasio Sánchez, anuncia tres grandes advertencias en su propuesta expositiva. Advertencias que puede que muchos ignoren y traduzcan tan sólo como una maniobra de rentabilidad popular o estrategia de marketing a favor del exotismo más pobre. Primero, señala el peligro y las consecuencias de la amnesia para el sistema de la cultura cuando la primera es usada como paliativo o profilaxis ante la elocuencia incuestionable de la verdad; Segundo, que no existen “daños colaterales” sino “daños enteramente reales”, punzantes, hirientes, demoledores a la dignidad e integridad del ser (el humano y el cultural) frente a la que los políticos de turno ejercen maniobras muchas de disuasión y de escamoteo terriblemente escandalosas; Tercero, que en el presente, la historia y la cultura, en tanto escrituras ficcionalizadas ambas, no pueden vacilar, permitirse a sí mismas el devaneo o la jeraraquizacion del pasado en función de un principio selectivo, toda vez que es la memoria, y sólo ella (en su totalidad mas lapsa), la que permite dar orden y coherencia al texto del futuro. La memoria y su restitución pertinaz y pertinente, es la única opción que sobrevuela el prejuicio desfavorable asentado en las escrituras y en las narrativas dominantes.

Los sistemas de poder, la historiografía y lo historiográfico como extensiones agazapadas de éste, arrojan sombra sobre la embestida de un pasado que atenta contra la presunta solidez de sus estamentos y sus muros fundacionales. Contrario a la mesura de la verdad histórica, el poder que silencia los “hechos” y los convierte en “ficcion”, opera a partir de una cadena de silogismos que da por hecho lo que no es más que un compendio de supuestos, tan profusos como ambiguos, tan azarosos como delirantes. Tales procedimientos son el resultado de circunstancias y coyunturas epocales donde la verdad y la mentira se asientan en el discurso mismo de la cultura, con tal grado de permutación y de permeabilidad, que se truecan sus posiciones y se travisten sus límites. Así vistas, las mentiras asentadas en el territorio de la verdad, en el epicentro de su orden narrativo, están condenadas a la desmantelación posterior, al descalabro de los cimientos de su arquitectura, siempre y cuando el arte documente una injerencia forzada en sus malditos territorios de silencio y ostracismos condenatorios. El arte, tal y como hace Gervasio Sánchez, ha de procurar y sustantivar el “comentario critico”. Es esta la única o una de las pocas opciones con que cuenta la cultura contemporánea para liquidar los remanentes de una modernidad bárbara que cifro en los reduccionismos más ortodoxos y en las violencias más expandidas, sus más caras fantasías eróticas y punitivas. La instrumentalización de la memoria (ajena o propia), el uso mordaz y caricaturesco del dolor de los otros usado como arma arrojadiza sobre sus propios rostros (tal y como se esfuerza en disimular la exposición Laberintos de miradas), corroboran la densidad de los asuntos que quedan por tratar y solventar en el centro de discursos que no pueden sustraerse de su responsabilidad ideológica.

A diferencia de lo que propone Gervasio Sánchez en su relato, Laberinto de miradas: Un recorrido por la fotografia documental Iberoamericana, no hace otra cosa que señalar la gravedad de ciertas aproximaciones y la anorexia de determinados esquemas de interpretación harto recurrentes. Esta muestra deja al descubierto los mecanismos que se tejen entre la mirada exótica y las ansias de autoexotismo de una cultura que debe complacer las demandas de la otra, toda vez que ésta crea las redes institucionales y discursivas para que aquella participe en los intersticios y las brechas dispuestas para tales ocasiones. Laberinto de miradas, salvando alguno de sus enunciados internos menos fronterizos y alienantes, permite constatar las ausencias conceptuales, los desvaríos teóricos y discursivos que persisten, a fuerza de insolventes correccciones, en los territorios de la Institucion Arte, especialmente en los órdenes del discurso sobre arte y la cultura. La gestiones, muchas veces arbitrarias, que hacen este tipo de proyectos usurpadores y reduccionistas, poco aportan a un real conocimiento de la cultura, si bien sus índices de masividad parecieran demostrar lo contrario. Laberinto de miradas, diseña un esquema triangular en extremo basico que advierte de tres relatos ideológicamente interesados y definidos por: la condescendencia de la mirada dominante respecto de las fuentes ajenas; el usos que de esas fuentes hace esta mirada en función de una rentabilidad lacrimogena y, por último, la disposición de autoexotismo de la imagen y del ser cultural para complacer los raseros de permisibilidad que dispone la mirada hegemonica en sus propios escenarios de actuación y de control.

Este reportaje escalofriante de Gervasio, mayúscula maniobra de escritura y de representación donde las haya que goza de la distancia vecinal de sus homologos, supone una bofetada rotunda a tanta fotografía oportunista y anémica que busca en la miseria del otro, en el morbo de sus fetiches más decadentes, un burdo certificado de auto-legitimacion. Hemos asistidos a la puesta en escena de tantos ensayos presuntamente antropológicos y pos-coloniales de dudoso gusto (no todo rescate resulta o se propone la honestidad crítica como fin u objetivo), que la sólo aparición de un trabajo cuyos índices de compromiso y eticidad distan de la manoseada usurpación en el dolor ajeno, es suficiente para festejar su entrega y celebrar asi, del mismo modo y con la misma intensidad, la capacidad de arte para otorgar voz, restituir la verdad y aliviar –de alguna manera- el drama de la historia.

Ni por asomo, la tortura y sus consecuencias en los órdenes de la psicología del sujeto y en los paisajes del cuerpo de sus víctimas, se puede homologar a la crueldad de la desaparición en tanto instante recurrente de un gesto terrorista que niega, anula, olvida, sepulta. El torturado tiene –al cabo- la posibilidad de la resurrección frente a sus verdugos, de su emancipación posterior del dolor; el desaparecido –en cambio- vive en el silencio de la voz, deambula en los entresijos del vacío, en el umbral de la nada, en la sordera más ciega y escalofriante de una ausencia latente que no permite si quiera el esbozo de la silueta. Torturar es dañar, es maltratar, es vejar, es re-escribir el cuerpo y la dignidad del sujeto en otras dimensiones que jamás podrán olvidar las huellas del dolor causado, claro esta. Pero, contrario a esto, hacer desaparecer, es anular, es pretextar el olvido como principio y fin de la vida, es alimentar la huída, desdibujar la huella, menospreciar y burlar la existencia misma. Hacer desaparecer supone la puesta en práctica de un sofisticado juego (sórdido y mordaz) de enajenación. Tortura y desaparición abren un amplisimo repertorio de mecanismos violentos que han de ser proferidos, con radicalidad extrema, por los discursos culturales y políticos del tipo que sean.

Aludiendo a estas premisas e intentado explicar las derivaciones emocionales y su impacto en las familias de las víctimas de personas desaparecidas, el artista afirma: “…en el drama de los desaparecidos no hay término medio porque no suele producirse la restitución de la persona que un día se evaporo (…) El asesinato de un ser querido es un impacto tremendo en la vida de cualquier persona. Pero el reconocimiento del cadáver permite llorar durante el velatorio y llevar flores a una tumba. Por muy brutal que hayan sido las condiciones de la muerte y, aunque nunca se encuentre a los culpables, la tendencia de los seres humanos es regresar a las actividades cotidianas después de concluir el duelo. No ocurre lo mismo cuando se trata de un desparecido. El familiar puede dedicar toda la vida a buscarlo. Hasta los sueños son utilizados en la busqueda. El daño psicológico es tremendo y no es raro que se acabe pagando un alto precio personal”

Ya sabemos del vértigo de los políticos y los responsables sociales hacia los temas que hacen ruido en sus agendas y pueden afectar sus campañas y candidaturas. Del mismo modo que sabemos cómo esos mismos temas ocupan el centro de otras agendas que sospechan un buen rango de rentabilidad a partir de su uso. Ambas situaciones advierten diferencia de matices en lo tocante a la ideología, cuando sus perspectivas proyectuales son convergentes y terminan en el mismo sitio. Pero, en cualquier caso, de lo que se trata es de reclamar muy otras abstracciones y muy otros mapas de pensamiento que garanticen una posición digna frente a estos problemas. ¿No sería prudente indagar sobre el proceso contrario dónde la pertinencia y honestidad del discurso no negocia su legitimación a costa de su responsabilidad social? Es decir: observar los mecanismos que se desplazan y se presentan cuando la mirada del artista que mira al otro o no solo al otro o no unicamente al otro, consigue revertir el paradigma hegemonia-subalternidad. ¿Acaso el otro ha de contentarse siempre con la mirada que se cierne sobre el? ¿O él mismo no es capaz, con la intensa travesía se sus empeños y ambiciones culturales, de reformular esa mirada y hacer mella en el que mira y observa desde fuera? Una mirada hacia esas realidades intensas y viscerales que los dominios del sistema hegemónico silencian de golpe, debe desembarazarse de atributos aparenciales, de la antes leída como superficie definitiva de las cosas, para hurgar en el reverso de sus efectos humanos y culturales. No de balde, el propio artista en un gesto que me inspira confianza en la era del escepticismo, señala: “El drama de los desaparecidos atraviesa toda mi vida profesional. Es el proyecto más duro al que me he enfrentado y tengo la convicción de que el dolor de las víctimas ha dejado profundas secuelas en mi interior. Podría decir que parte de mi vida también ha desaparecido durante su realización.”[1]

Creo que estas palabras suyas no hacen sino advertir de la satisfacción y el goce que suponen siempre la inversión de los paradigmas de dominancia cultural, cuando estos son vulnerados o al menos revisados desde una perspectiva que se desea crítica. Gervasio se permite a sí mismo la respuesta y la duda ante tantos y tan vitales acertijos en virtud de la mesura que ha de ser método y rasero epistemologico de todo trabajo que mira hacia fuera, hacia los horizontes del dolor cultural de los otros. Pocos fotografos en España (a los hechos me remito), han sabido ocupar con tal nivel de agudeza y esencialidad, el sentimiento de dolor de toda una familia humana extendida por contextos muy diferentes y distantes entre si[2], pero cercana en la experiencia que les embarga: la perdida, la desazón, el dibujo de la ausencia. Gervasio Sánchez ha sido capaz, en un terreno tan peligroso y propenso a la seducción turistica y a la epifanía de la hormona, fundar desde la imagen fotográfica el cosmos-logo que diagnostican los más intricados mecanismos del dolor que resulta de la desaparición forzada, impuesta. Estas instantáneas se convierten en una especie de tatuajes en el cuerpo escritural de la memoria que duele y llora. “Los proyectos fotográficos realizados en contacto con el sufrimiento –afirma el artistas- son siempre muy difíciles de gestar. Creo que solo sintiendo el dolor de las víctimas es posibles trasmitir con decencia”[3].

Puede que para muchos no siempre la indagación en las fuentes del dolor ajeno sea digna de la menor reverencia o estimación en términos esteticos o de consumación simbolica. De ahí que no pocos ofrezcan la espalda a la pujanza de realidades alienantes para solventar sus propias miserias en las afluencias liberadoras y propiciatorias de lo Light, del tic de lo no responsable. Es frecuente incluso que entre entendidos del mundo del arte, me sobras amigos que icurren en este error con una desfachatez preocupante, se propague esa falsa creencia acerca de la responsabilidad de los discursos artísticos cuando éstos pertenecen a contextos geopolíticos distintos del europeo. Tanta veces he escuchado, por ejemplo, que el ¿arte latinoamericano? es subversivo, clandestino, social, antropologico, de fuerte carga critica, etc, porque sus coordenadas culturales de actuación así le condicionan, que me pregunto hasta qué punto tamaña estupidez retórica no escora tras de sí la conciencia sobre la baja densidad de una buena porción del arte contemporáneo y la sintomática ausencia de un discurso teórico que le valide, con independencia de algunas voces. Uno de nuestros más flamantes ensayistas españalos, asentado en el territorio de la academia y en el de la “subversión previo pago”, ve siempre lo uno como opuesto irremisible de lo otro, siendo un escritor como lo es, escandaliza la rentabilidad de las estructuras binarias arraigadas en su pensamiento. La observancia de un eje central al que están supeditados unos ejes laterales, esos que la dominante reconoce como espacios desnudos, es una obsesión de cierto pensamiento que agota la eficacia de sus enunciados en la geometría lineal y no así en la gracia neobarroca a la que debiera estar abocada la exégesis crítica contemporánea.

Por suerte existen artistas como Gervasio Sánchez que encauzan entonces la cadena sémica obra-subjetividad-dolor, como catalizador de una idea de específico que resulta siempre empobrecedora y tenaz y que se condensa en la expansión de la obra de arte hacia territorios más loables y humanos. La figura del desaparecido, de los desplazados y los silenciados, es la reina de las figuraciones dentro de la nueva subjetividad cultural. Todas responden a un sistema dominado por la barbarie que, paradójicamente, se autoproclama civilizado. Esta quizás sea la razón por la que este proyecto ha de ser discutido hasta la saciedad de la embriaguez. No para señalar sus recorridos no visibles o sus posibles embestidas intelectuales más menos convincentes, sino para tomar conciencia sobre la estado de barbarie al que conduce la cultura en nombre de las grandes abstracciones. Todas estas fotografías, tomadas entre 1998 y 2010 en países como Chile, Argentina, Perú, Colombia, El Salvador, Guatemala, Iraq, Camboya, Bosnia-Herzegovina y España, permiten escribir la historia desde otra posición y ubicación de las fuentes menos cínicas y complacientes. En todos los casos, aunque se trate en algunos de ellos de procesos ya pasados que ahora se ajustan a la ansiedad democrática de la memoria histórica, responden y testimonian la bestialidad del ser humano, sus zonas oscuras y sórdidas, los momentos en los que la rabia y la indignidad hacen sitio en el curso de la vida y la expolian, la sepultan, la aniquilan. Negando incluso el pasaporte al recuerdo, a la veneración, al duelo por la ausencia.

En el epílogo de este esfuerzo de representación, el artista nos dice: “Veo tanto dolor que llego a una triste conclusión: mi trabajo apenas describe una parte intima del drama de los desaparecidos. Es poco menos que una lagrima en un gran rio de silencio, desesperación y dignidad.” [4]

[1] Gervasio Sanchez: La dignidad es lo que importa, en: Catalogo de la muestra Desaparecidos. Art Blume S.L. Barcelona, 2011. p. 18.

[2] No perder de vista que el proyecto Desaparecido constituye, según reza en el comunicado de prensa, la obra mas dilatada y relevante de Gervasio Sanchez, resultado de un deambular obsesivo por mas de once paises de America Latina, Asia y Europa.
[3] Gervasio Sanchez. Op. Cit.., p. 24.
[4] Op. Cit., p. 25.

Enviado el 11 de Febrero. << Volver a la página principal << | delicious

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