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Febrero 17, 2011

Necesitamos tanto a Lish - Antonio Jiménez Morato

Originalmente en Vivir del cuento

2328930_f520.jpg Gordon Lish se presenta como un autor necesario, incluso imprescindible, dentro del empobrecido panorama literario que viven las mesas de novedades. Puede parecer un adjetivo un tanto gastado y que normalmente se usa más para libros que para autores, pero hoy pueden encontrarse pocos autores que se ajusten más a el adjetivo que Lish. En primer lugar porque ha sabido conservar la idea de una literatura exigente. Con el lector, por supuesto, pero también consigo misma. La narrativa de hoy parece moverse, por un lado, en una complacencia absoluta hacia sí misma al ignorar los terrenos alcanzados a lo largo del siglo pasado. Sirva como ejemplo la que ha sido publicitada como novela insignia de nuestra época, la plenamente decimonónica en modos y planteamiento Freedom de Franzen. Por otro lado parece haber renunciado en muchos de los casos a ser poco más que un mero entretenimiento. La literatura de Lish aspira a ser algo más que un producto de consumo. Las mayoría de las novelas hoy son apenas narraciones de hechos más o menos bien hilvanadas que desfilan ante los ojos del lector sin tocarle. Las vivencias que proporcionan los videojuegos, por ejemplo, resultan mucho más excitantes que esa literatura pasiva y pálida. Cuando, hace unos años, se anunciaba una consola con el eficaz eslogan “Yo sí puedo decir que he vivido”, el creador atento debía haberse dado cuenta de que el futuro pasa por eso que se ha dado en llamar interacción. Hay que concebir el proceso de recepción de la obra, la asimilación y aprehensión de la novela en el caso del lector, como parte de la obra misma, y hacerlo de modo abierto, generando los intersticios por los que el lector pueda entrar en la obra. Esto lo han olvidado muchos de los escritores que se despachan con un cándido, quizás honesto, “yo solo soy un contador de historias” cuando les ponen un micrófono delante. Todos los seres humanos somos contadores de historias, eso no convierte a nadie en escritor.

Lish es mucho más, y por eso es necesario. En la primera de sus novelas que se tradujo en España, Perú (Periférica), sin duda el libro más interesante que se publicó a lo largo del año 2009, usa como excusa argumental un accidente sufrido por el narrador cuando lleva a su hijo a un campamento de verano y que le transporta al mes de agosto en que, cuando tenía seis años, mató a un niño en el jardín de la casa del vecino. Hipnótica, extenuante y bella, la prosa de la novela se presentaba ante el lector como la plasmación perfecta del ideal que postuló Barthes en El placer del texto: Frente a una literatura compuesta para una lectura apresurada que busca ubicar y degustar los momentos de mayor intensidad de la anécdota, Lish exige una lectura intensa que encuentra en el recorrido por la piel del texto, sin interrupciones o saltos en busca de los avances argumentales, su goce. Los hechos narrados, en sí, son una mera excusa para provocar sensaciones y pensamientos en el lector. La lectura del libro es el acontecimiento en sí, no la narración, más o menos elíptica, que pueda albergar. No se busca que el lector conozca una historia a través de la lectura del libro, sino que la narración lo toque, que lo nutra de experiencia sensible.

Esa voluntad de perforar la narración y dejar huecos a lo largo del texto por los el lector pueda intervenir se hace más explícita incluso en la novela que acaba de editarse: Epígrafe (Periférica). La novela está construida por una serie de cartas escritas por un tal Gordon Lish tras la muerte de su mujer, Bárbara. Un detalle biográfico que podría facilitar una lectura autobiográfica del libro, ya que Bárbara, la esposa de Lish, falleció en 1984. Pero eso supondría una lectura desviada y errónea del libro. Además de dos citas de Julia Kristeva y una de Nietzsche al inicio y cierre de la narración, la novela se sostiene a través de las cartas, más o menos delirantes, en las que el redactor reconstruye instantes de la agonía de su esposa y resuelve asuntos pendientes relacionados con su enfermedad, que constituyen un fascinante cuaderno de bitácora del viaje a la locura del protagonista. La radicalidad de la apuesta narrativa es, si cabe, mayor que en Perú, ya que en este caso se incluye al final del volumen una última nota de corrector con indicaciones sobre el orden que deben seguir las cartas que forman la narración. Eso convierte el delirante conjunto de cartas en algo más que un texto dirigido al lector, ahora se trata de un conjunto de textos a la espera de ser editados. Un nuevo salto mortal que ya no apela al destinatario, sino que lo introduce dentro de la obra.

Durante muchos años, injustamente, Lish ha sido tan sólo una sombra dentro del mito de Raymond Carver. El hosco editor que “mutiló” sus cuentos. Ha bastado leer Principiantes para convencerse de que Lish mejoró notablemente esos cuentos cuando los editó para formar los dos primeros libros de Carver, editados en Alfred A. Knopf para revolucionar la narrativa norteamericana de la época. Labor comenzada, por cierto, a mediados de los años sesenta cuando se conocieron en Menlo Park y corrigió los primeros cuentos de Carver que se editaron en revistas de alcance nacional. Con todo, aunque haya sido durante muchos años la faceta de editor la que le ha dado fama –Ford, Hempel, Ozick, Brodkey o DeLillo son credenciales más que suficientes-, es a través de su narrativa donde podemos calibrar la voluntad de riesgo y de exploración narrativas de Lish. Además de admirar su capacidad de conmover al lector.

Enviado el 17 de Febrero. << Volver a la página principal << | delicious

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