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Marzo 12, 2011

La moralidad en la televisión y otros mitos modernos - Aitor Méndez

La moralidad en la televisión y otros mitos modernos. Breaking Bad (3ª temporada).

Originalmente en Impostura

breaking-bad.jpg EL SEÑOR. ¿Nada más tienes que decirme? ¿Has de venir siempre a acusar? ¿Nunca hay para ti algo bueno en la tierra?

MEFISTÓFELES. No, Señor; encuentro lo de allá deplorable como siempre. Lástima me dan los hombres en sus días de miseria, y hasta se me quitan las ganas de atormentar a esos pobres.

Fausto. J. W. Goethe

A lo largo del tiempo el relato fáustico aparece, en el cine y la televisión, en todo tipo de formulaciones y variantes. Aquel personaje, ya maduro, que tras una vida de estudio decide vivir como un hombre joven, aunando así la experiencia de la madurez con la frescura y el ímpetu de la juventud reúne las condiciones de un deseo que se revela ancestral: “ah..., si pudiera vivir de nuevo con lo que ahora sé”. Sin ir muy lejos, el mismo James Bond, capaz de enamorar a las mujeres más hermosas y sofisticadas (siempre desde su kitch histriónico y hortera) y descolgarse por los abismos más intransitables podría también responder satisfactoriamente a una pregunta sobre física de partículas o recomendar sin ambigüedades la mejor añada de Chateau Lafite. A Bond no se le ha visto en momento alguno estudiando, ni tan siquiera aprendiendo. Tan sólo presumiendo de saberlo todo con asombrosa precisión. Aunque fáustico, por esta confluencia del conocimiento y el ímpetu arrebatador de la juventud, debido a la falta de una explicación verosímil para su existencia, o sea, por la ausencia de un Mefisto que explique tales habilidades ante la carencia de entrenamiento, el personaje de Bond se acerca más a Mortadelo que a Fausto.

Mas allá, la importancia de la metamorfosis de Fausto no reside en su rejuvenecimiento mediante pacto diabólico sino en la renuncia a una moralidad construida sobre falsedades. Fausto, llegado un momento en su vida, se percata de que todo lo aprendido es una farsa.


Con ardiente Afán, ¡ay!, estudié a fondo la filosofía, jurisprudencia, medicina y también, por desgracia, la teología; y heme aquí ahora, tan sabio como antes. Me titulan maestro, me titulan hasta doctor, y cerca de diez años hace ya que llevo de narices a mis discípulos de acá para allá, a diestro y siniestro... y veo que nada podemos saber.

De joven, ya como reconocido doctor, afronta diagnósticos que desembocan, eventualmente, en tragedia. A pesar de ello, su reconocimiento crece y la veneración que se le profesa permanece intacta. Su idea sobre el bien y el mal se desmorona y entra en una crisis existencial cuya resolución vendrá guiada por el cuestionamiento absoluto de todo un sistema de valores y su correspondiente moral. Es en este terreno donde encontramos las mejores similitudes con Walter White, protagonista de Breaking Bad, una serie de televisión que, como tantas otras, evoluciona como un ensayo continuo sobre la moral.

El enfoque moral de cada serie es muy distinto. Por hacer un repaso breve, en Misfits, cuyo desarrollo no está a la altura de su magistral planteamiento, en mi opinión, desaprovechado, vemos cómo una pandilla de patanes (en principio. Luego los personajes evolucionan), del tipo de los que protagonizan reality shows y debates televisivos, son misteriosamente galardonados con superpoderes aparentemente absurdos. La característica esencial aquí es que esta concesión no es aleatoria sino que se basa en el propio deseo inconfeso del agraciado. Así, una paranoica de tendencia bacala o pokera es retribuida con el poder de escuchar los pensamientos, un reprimido voyeur de sexualidad confusa obtiene el poder de hacerse invisible o una beata meapilas adquiere la capacidad de adoctrinar, ipso facto, con su mera presencia. Los acontecimientos que genera esta concesión de los deseos más íntimos debería desembocar, lógicamente, en en un fuerte distanciamiento del superego, cuestionando la pertinencia de lo que uno es, debido a que la consecución sin freno del deseo no desembocará nunca en su satisfacción. La serie apunta, pero no desarrolla bien esta idea y conduce a los personajes hacia situaciones más o menos estandarizadas en la guionización televisiva pero este cuestionamiento sobre lo que uno es y desea tiene ya suficientes implicaciones en el territorio de la moral. “Cuidado con lo que somos”, parece advertir, “el enemigo está dentro”.

Muy distinta es la moralidad explorada en otras narraciones como Boardwalk Empire, con la confusión explícita entre una moral de los poderes públicos y otra de los poderes fácticos ya que el máximo exponente de ambas es la misma persona, al más puro estilo Chesterton en “El Hombre que fue Jueves”.

Aunque la lista sería interminable, daré una última referencia sobre el tema. En la serie Walking Dead, cuyo planteamiento pretende desarrollar los acontecimientos a medio plazo tras una plaga zombie, el enfoque moral es, cómo no, radicalmente opuesto. La población que ha conseguido escapar a la infección deviene minoría frente a la masificación irracional zombie, que en última instancia representa aquí la desaparición de la sociedad civil, con la consecuente pérdida de los derechos cívicos que la estructura sustenta: educación, trabajo, sanidad y, en especial, seguridad. Pongan, si quieren, un largo etcétera. La minoría no infectada, por tanto, deviene en salvaguarda de la civilización y los valores más rancios, abanderados por una idea de sensatez, van aflorando a lo largo de los capítulos. Al contrario que en los anteriores ejemplos, en los que se incentiva el cuestionamiento de uno mismo, en The Walking Dead son aquellos otros, los zombies, ineludible encarnación de la otredad, los que se encargan de cuestionar el orden establecido, dejando que los personajes limpios de la infección con los que un espectador se identifica actúen en su defensa. Es, en este sentido, un planteamiento claramente reaccionario.*

Volvamos a Breaking Bad. El protagonista, Walter White, es profesor de química. Su actitud vital se dirige de forma sensata y con corrección impecable. Es trabajador, esforzado, familiar y excepcionalmente sabio en lo relacionado con su disciplina. Todo un ejemplo de conducta. A pesar de ello tuvo que soportar que algunos compañeros le arrebataran un futuro desahogado al apropiarse miserablemente de su brillante trabajo. Debe emplearse en una segunda ocupación para afrontar los gastos familiares entre los que se encuentra un hijo con leve parálisis cerebral. Todo ello es soportado estoicamente hasta que un hecho desencadena su personal crisis: es diagnosticado con un cáncer terminal que rebaja su esperanza de vida a menos de dos años.

Ante la inminente debacle su motivación sigue arraigada en sus convicciones: debe dejar suficiente dinero a su familia para subsistir cuando él no esté, aunque la acción subsiguiente rompe, por fin, su paciente relación con las instituciones. Decide fabricar metanfetamina, una poderosa droga de síntesis.

Surge de aquí un personaje completamente fáustico, cuyo método científico intersecta con el desapego hacia las convenciones sociales, desapego producido por la seguridad de una muerte inminente. El camino hacia sus objetivos, ahora, queda libre. Lo único que le importa es el bienestar de su familia y todas las consideraciones morales acerca del recorrido quedan resueltas mediante ese maquiavélico enfoque.

Gracias a estas cualidades, la libertad de conciencia y su conocimiento científico, el Fausto de Breaking Bad consigue sobreponerse a la jungla de la calle y sintetiza la mejor metanfetamina conocida hasta la fecha introduciéndose, no sin problemas, en el mercado a gran escala. Convertido así en superhombre es capaz de seducir a toda la comunidad de malhechores y yonkis aunque aún es incapaz de organizar una red de distribución estable. Habrá de asociarse con su particular Mefistófeles (el traficante Gus Fring) que le proporcionará un laboratorio, mercado y una seguridad que se convertirá luego en su propio dispositivo de control. A partir de aquí, toda la serie gira en torno a las consideraciones morales desplegadas ante el intento de conservar intacto su sistema de valores en un entorno agresivo, es decir, de seguir siendo él mismo ante una realidad completamente distinta.

En esta batalla por la conservación de la identidad jugará un importante papel Jesse Pinkman, un traficante de poca monta, con un acentuado sentido de la lealtad, pero sin muchas luces. El Fausto de Goethe se enamora de la pureza e ingenuidad de Margarita, pero éstas desaparecen al contacto con el propio Fausto, que recula y abandona a su amada. White, por su parte, no puede prescindir de la ayuda de Pinkman, a pesar de sus continuas meteduras de pata, porque es la única conexión que le queda con su sitema de valores, consigo mismo.

El desarrollo de la relación triangular entre Fausto, Margarita y Mefistófeles tiene su correspondencia en los personajes de Walt White, Jesse Pinkman y Gustavo Fring. Como hemos visto, Margarita/Pinkman representa la pureza a la vez que la inconsciencia, una especie de brutalidad primordial que seduce a Fausto y sostiene a White. La relación con Mefisto/Fring viene vehiculada por la provisión de recursos, a Fausto le proporciona juventud y herramientas para seducir y a White su laboratorio, un mercado, etc. Además, la condición de Fausto/Fring es completamente coincidente en lo relativo a la corrupción del alma. Es sabido que Mefisto convence a Fausto que, por su parte, se deja convencer. Fring hace lo propio en una secuencia donde se plantea el dilema moral en toda su crudeza:

White ha perdido a su familia a pesar de sus esfuerzos por hacer dinero para ellos. De hecho, es justo a causa de estos esfuerzos. Al conocer sus actividades, su mujer se aleja. White abandona la producción de droga y Fring le convence para que siga adelante.

— Lo dejo. He perdido todo lo que me importa. No tiene sentido seguir.

— ¿Que ha de hacer un hombre? Un hombre tiene que proveer. Proveer a los suyos... aunque sea rechazado por ellos.

Una buena historia puede contarse tantas veces como queramos, de mil maneras distintas, y aún la seguiremos disfrutando.


* Me autocito: “Como ejemplo mencionaré un capítulo de la serie Walking Dead en donde uno de los personajes, suprematista blanco, nazi recalcitrante y sociópata irreversible pone al grupo en peligro constante ante la amenaza inminente de la muerte andante. El grupo representa el orden establecido y el sentido común en un entorno donde esas cualidades se han puesto en cuestión permanente debido a una plaga zombie y uno desea que el personaje muera porque está amenazando irracionalmente ese bien escaso. Incluso desea que los demás lo maten.

No lo matan, aunque, finalmente, lo dejan esposado en una azotea en la ciudad a la espera de una muerte probable y el grupo regresa al campamento. Una vez allí deciden volver al rescate en un alarde de sensatez y de humanidad más allá del que sería capaz un espectador que se ha dejado llevar por el planteamiento y ha deseado su muerte. Este espectador (que soy yo pero podría ser usted) es sorprendido aquí pensando de sí mismo "cómo he podido ser tan cerdo". El trayecto emocional trazado por el guionista es nítido y sin bifurcaciones: primero odio, luego culpa.” Extraído de: Frank Sobotka como imposibilidad ontológica del sujeto. The Wire (2ª temporada).

Enviado el 12 de Marzo. << Volver a la página principal << | delicious

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