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Marzo 28, 2011

Últimas voluntades - Patricio Pron

Originalmente en El Boomeran(g)

Thomas_Bernhard_Krucka.jpg A la desatención de últimas voluntades debemos los lectores la posibilidad de acceder a algunos de los mejores textos de la literatura universal. Aunque es bien conocida en el mundo hispanohablante la traición de Max Brod a su amigo Franz Kafka, quien le rogó que quemara sus manuscritos tras su muerte (poco antes de decirle a su médico sus últimas y extraordinarias palabras: "Máteme, o usted es un asesino"), es menos sabido que el austríaco Thomas Bernhard prohibió también la reproducción, la impresión y la puesta en escena de sus textos en el territorio de su odiada patria centroeuropea, a la que dedicó sus párrafos más vitriólicos; con el tiempo, su prohibición fue desatendida por unos y otros tanto fuera como dentro de las fronteras de su país y a esa desatención de su última voluntad (que desplaza tácitamente la propiedad de los textos y la autoridad sobre ellos de manos del autor y de sus herederos a las de la comunidad de sus lectores, como quizás debiera hacerse siempre) debemos la publicación de textos tan importantes como estos poemas juveniles traducidos por Miguel Sáenz, el traductor de buena parte de su obra al español y el inventor de lo que los lectores hispanohablantes consideran el estilo de Thomas Bernhard y que no necesariamente lo es, pero que resulta esencial para comprender buena parte de lo que se ha escrito en español en las últimas décadas.

Así en la tierra [...] reúne tres libros de poemas escritos en 1957, 1959 y 1960 y caracterizados por un entusiasmo inicial por la naturaleza y la vida en las pequeñas localidades rurales austríacas que Bernhard conoció bien. Así en la tierra como en el infierno es el primero de los poemarios; allí el autor da cuenta de algunos recuerdos infantiles ("Mi bisabuelo vendía manteca [...]. / Inventó la música de los cerdos / y el fuego de la amargura, / hablaba del viento / y de la boda de los muertos. / A mí, para mis desesperaciones, / no me daba ni un trozo de tocino", 31), pero también de la percepción de sentirse "en los arcones negros de la tierra campesina", condenado a "[¡]llevar el ganado de mis padres y madres / a través de los milenios!" (32) y oír "el despacioso aliento de la descomposición entre las colinas..." (36); para Bernhard, la naturaleza es la que preserva la memoria de los muertos en su indolente repetición de sí misma, y el autor se aferra a ella para no ser olvidado por completo cuando ya no esté, cuando haya penetrado en ese "otro mundo" que hay "detrás de los árboles" y que es "la tierra de la podredumbre, la tierra / de los comerciantes" (48), las "ciudades calcinadas" que presiden una de las secciones del poemario y que es tanto un espacio metafórico como, allí y entonces (en la inmediata posguerra), un territorio completamente real de edificaciones en ruinas y baldíos que Bernhard recorre sumiéndose en la tristeza y en la evocación de la naturaleza y de un dios que sólo formalmente coincide con el de los católicos, ya que, por lo demás, Bernhard piensa en él como en un dios imperfecto al que sólo la imperfección del poema justifica como su destinatario: "Trabajaré con todas mis fuerzas. / Te prometo la cosecha. / Cantaré el canto de los pueblos que / perecieron. / Cantaré a mi pueblo. / Amaré. / ¡También a los criminales! / Con los criminales y los desvalidos / fundaré una patria nueva... / Con todo, lo que haga estará mal hecho, / lo que cante, mal cantado, / por eso tendrás derecho / a mis manos / y a mi voz" (94).

Los locos Los reclusos
tiene un tema diferente, el de los internados en un psiquiátrico y sus excentricidades, que Bernhard recrea en bellas cuartetas rimadas casi humorísticas pero también glosando (en cursiva) los pensamientos de los internos, que oscilan entre la ocurrencia filosófica y el delirio. Finalmente, Ave Virgilio reúne un puñado de poemas sombríos presididos por el duelo y la tristeza, que su autor escribió entre 1959 y 1960 en Oxford y en Taormina y que recuperó treinta años después para dar cuenta de su "estado de ánimo" y sus lecturas (211) del período, entre las que se puede mencionar a T.S. Eliot, Ezra Pound, Paul Éluard, César Vallejo, Rafael Alberti y Jorge Guillén; se trata del poemario menos atractivo de los reunidos en este volumen.

De hecho, es en los poemas en los que el autor es más consciente de su "torturado cerebro campesino" (60) que fantasea con el regreso a la aldea donde el lector encontrará los mejores poemas, poemas que desarrollan un tema y son puntuados por estribillos de resonancias bíblicas. El yo lírico creado por Bernhard en sus mejores poemas no contempla la naturaleza sino que se contempla a sí mismo contemplando la naturaleza, en un movimiento que no es de distanciamiento en relación al objeto observado sino de acercamiento al que es el verdadero asunto del poema, el autor del ciclo autobiográfico compuesto por El origen, El sótano, El aliento, El frío y Un niño, el autor cuya última voluntad ha sido traicionada por sus herederos para beneficio de sus lectores.


El día de los rostros

Mañana es el día de los rostros. Se alzarán
como polvo
y se echarán a reír.
Mañana es el día de los rostros que cayeron
en el patatal. No puedo
negar que soy culpable
de la muerte de esos brotes.
¡Soy culpable!
Mañana es el día de los rostros que llevan
mi tormento sobre la frente,
que poseen mi trabajo diario.
Mañana es el día de los rostros que bailan
como carne en el muro del cementerio
mostrándome el infierno.
¿Por qué he de ver el infierno? ¿No hay otro camino
hacia Dios?

Una voz: ¡No hay otro camino! Y ese camino
conduce a través del día de los rostros,
conduce a través del infierno.


Limbo

Te he visto como a un ahogado
con las fauces abiertas
sobre el mundo.
Te he visto,
pero sobre el puente hay una nube, que no tolera
que vendamos nuestra casa y quememos nuestro corazón
por un día de feria y veamos cómo el cuervo devora su carne
y la vaca pisotea su propia porquería.
Te he visto.
Tu rostro es el rostro del infierno.
Te he visto,
tus pies atraviesan mis bosques y causan tormento
tu voz huye por mi cuarto.
Te he visto,
tu sangre me pone enfermo: mi cabello se
descompone bajo la tierra,
bajo esta maravillosa tierra
que huele a la hierba de estepas funestas.


Ante el manzano

No moriré antes de haber visto a la vaca
en el establo de mi padre,
antes de que la hierba agríe mi lengua
y la leche cambie mi vida.
No moriré antes de que mi jarro esté lleno a rebosar
y el amor de mi hermana me recuerde
lo hermoso que es nuestro valle,
en donde amasan la mantequilla
y cortan signos en el tocino en Pascua...
No moriré antes de que el bosque envíe sus tormentas
y los árboles hablen de verano,
antes de que la madre vaya por la calle con un pañuelo rojo,
tras el carro traqueteante en el que empuja
su felicidad: manzanas, peras, gallinas y paja...
No moriré antes de que se cierre la puerta por la que
he venido
ante el manzano...


Thomas Bernhard
Así en la tierra como en el infierno. Ave Virgilio. Los locos Los reclusos
Trad. Miguel Sáenz
Epíl. Pilar Campos Gallego
Segovia: La Uña Rota, 2010

Enviado el 28 de Marzo. << Volver a la página principal << | delicious

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