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Abril 13, 2011

Crítica de arte y la lucha por la publicidad (1) - Peio Aguirre

Originalmente en Crítica y metacomentario

kritik.png Un posible comienzo habría que encontrarlo en las primeras líneas de La función de la crítica, de Terry Eagleton, donde escribe: “La tesis de este libro es que hoy en día la crítica carece de toda función social sustantiva. O es parte de la división de relaciones públicas de la industria literaria, o es asunto privativo del mundo académico.”[1] Nos costará poco sustituir “industria literaria” por “mercado,” y/o podremos mantener la fe en el discurso académico siempre que encuentre objetos reales de estudio. Sin embargo, este diagnóstico (en apariencia reduccionista), expone con sencillez una condición endémica de la crítica en cualquiera de sus géneros en un momento histórico donde la “crítica” ha sido evacuada, sustituyendo el escrutinio por la glosa y la creatividad por la transferencia de información. Paradójicamente, ciertos análisis tienden a ser simultáneos; los males son fáciles de identificar, los remedios son más arduos de imaginar.

No es una exageración afirmar que nunca antes en la historia la cantidad (de crítica) ha sido tan abundante –en medios escritos que van desde revistas especializadas, catálogos de exposiciones de instituciones y galerías a suplementos culturales en periódicos de diversa cualidad- y que no por ello, aunque nadando en la abundancia, la crítica pasa por su mejor momento. Extraña contradicción, cuanto mayor parece su expansión, más pobre se nos presenta. [2]

El desarrollo de los medios impresos y las industrias de la comunicación juegan un papel fundamental. Esta certeza es algo de lo que nadie dudará, como si éstas mismas industrias de la edición hubieran engullido definitivamente a la crítica bajo la ley del consumo rápido, la ojeada rápida y la identificación de patrones. De igual modo, nunca antes esta profusión informativa se había encarnado de un modo tan solicitado y requerido desde los consejos editoriales, es decir, la reseña y el comentario de cualquier elemento cultural, periodístico y de lifestyle como género multi-presente.

Pero lo que es más raro, nunca antes la crítica de arte, como objeto de estudio y herramienta, había recibido un “paquete de medidas” tan amplio a partir de encuestas, seminarios, dossieres y conferencias sobre su estado de salud. Quizás su multiplicación sea el síntoma de la misma afección que le acosa. Cuanto mayor parece la preocupación, menores son los efectos de una crítica en fase de desintegración, absorbida por la fuerza centrífuga del mercado, el requerimiento institucional, el engrandecimiento de la figura del comisario y el director de museo y la falta de imaginación generalizada.

Crítica y crisis

Uno de estos dossieres sobre el “estado de” lanzaba la siguiente cuestión: “La crítica de arte no está en lo sucesivo dominado por la Historia y la teoría.”[3] Entonces, ¿por qué fuerza está dominada? ¿Cuál es su fundamento y su rol hoy en día? ¿Crea esto espacio para la curiosidad y la apertura, o deja a los escritores equipados de manera enferma a la hora de describir las complejidades de la producción cultural del presente?

Preguntas que anuncian una crisis en la crítica. Éste parece ser un diagnóstico repetido una y otra vez. Su nombre aparece gritado a los cuatro vientos: ¡Crisis!

Este planteamiento mostraría la falta de autoridad, la dispersión, de un código maestro consensuado que regule la actividad, un vacío que ha conducido a una manifiesta situación de crisis en las formas en las que se escribe sobre arte, mientras la fantasía sobre la necesidad que tenemos de dotarnos de una crítica fuerte persiste, aunque difícilmente se realice algo efectivo al respecto, más allá de la escenificación de un conflicto anunciado que automáticamente sirve como resorte discursivo. Esta “fantasía” (o anhelo crítico) es confundida muchas veces con el impulso adolescente que supone poner en marcha una revista, y es compartida por críticos y comisarios, a lo largo y ancho del mundo. A este respecto, Eagleton comenta en su libro de memorias, irónicamente, que cuando un izquierdista está sumido en una crisis lo primero que hace es, casi como acto reflejo, o sacar una revista o convocar un congreso.[4]

Igualmente, existe un espíritu derrotista, como si la constatación de una defunción atrajera a los agentes a comentar el hecho luctuoso, pero no sus causas, orígenes y genealogías. La gran cantidad de seminarios organizados por y dentro de la institución-arte, así como la proliferación de revistas de todo tipo (desde las autogestionadas, las de mayor difusión a los boletines de carácter más académicos) corroborarían esta paradójica situación; más “cantidad” de crítica pero menos efectiva, si bien se continúa hablando de crisis en la crítica, en la institución-arte, como un automatismo discursivo, de la misma manera que se habla de la educación artística o del estatus del documental.
A este respecto, cualquier tratado de productividad nos informará que la cantidad per se no sirve, que sólo ésta es positiva si se transforma en calidad, pero, en el caso de la crítica de arte sólo será efectiva, cualquier crítica, si irrenunciablemente va acompañada de “calidad.”

Todo esto nos lleva pensar en el par Krisis und Kritik (Crisis y crítica), el título de la revista planeada por Walter Benjamin y Bertolt Brecht, y que nunca tuvo su primer número. Podemos hacernos una idea, desde la posición privilegiada que nos otorga el presente, del estilo y del contenido de dicha revista. Aunque nunca llegara a publicarse siquiera el primer número, sigue existiendo como una forma teórica eternamente aplazada, todavía a ser llevada a cabo, como si de un horizonte límite se tratara.
Las preguntas aquí son retóricas. ¿Deriva etimológicamente crítica de crisis?¿Es consustancial la una a la otra? ¿Qué comparten, si es que comparten, ambas, la crítica y la crisis? [5]

Un argumento aquí es que una de las posibles funciones de la crítica es producir una crisis temporal en su objeto de estudio. La metáfora del cirujano se cumple. Cuanto más profundamente penetra (la crítica), mayor es la vida que le devuelve. Cuanto mayor es la crisis, en su rigor, mejores son las consecuencias para lo analizado o, en una lógica del retorcimiento, cuanto más dolor (crítico), más placer. El miedo a la crítica es, entonces, un miedo ciego. El placer en la crítica, que todos buscamos, deviene entonces en un placer doble.[6] Identificamos la crisis con la debilidad, mientras que otorgamos a la autoridad un estatus de fortaleza pero, ¿cómo puede una crítica en crisis posicionarse desde un estadio de autoridad? ¿Es tarea de la crítica el poner en crisis la institución artística? ¿Acaso poner en crisis la propia institución de la crítica? ¿Cómo se resiente o se fortalece la crítica cuando se pone en cuestión el lugar desde donde se está hablando?

The Crisis of Contemporary Criticism; en este texto, Paul de Man establece que las dos, crisis y crítica, van a juntos de la mano y a menudo de manera productiva. De Man asegura que está en la naturaleza de la crítica, o en su lógica estructural, estar en un estado perpetuo de crisis.[7] Cualquiera que sea la validez que deseemos dar a este planteamiento, no cabe duda de que la re-examinación de las condiciones desde donde se enuncia la crítica pasa por un continuo y auto-consciente recordatorio de las funciones que se le asignan pues, ¿qué sería de una crítica que no se piensa a sí misma? Qué sería de una crítica que no es en sí misma una forma de auto-crítica? y siguiendo la fórmula de Jameson de que después de la crítica viene el comentario, ¿no es acaso toda crítica una forma de meta-crítica que se vuelve sobre sí misma?

Este grado de auto-consciencia es necesario cuando consideramos que todo comentario es en el fondo un meta-comentario, una técnica ésta que funcionaría como vacuna contra el ejercicio de una crítica “ingenua.”

Podemos decir sin ambigüedad que no existe tal forma de crítica, pues ésta nunca es “ingenua” ni tampoco la persona que la ejerce (el crítico, la crítica), son, nunca, ingenuos. La crítica es cualquier cosa menos una disciplina inocente. Toda crítica significa, en su presencia o en su ausencia, toda crítica ejerce, se representa a sí misma desde su enunciabilidad. Que la crítica no es ingenua, sino que deviene siempre en una elaborada forma de meta-crítica no es más que ponerla a funcionar bajo el prisma de la historia.


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Notas:

[1] Terry Eagleton, La función de la crítica, Paidós, 1999, pág. 9.
[2] James Elkins, What happened to art criticism? En este ensayo Elkins hace un repaso del estado de la cuestión desde una perspectiva típica norteamericana donde llama poderosamente la atención lo que el crítico cobra y que dependiendo de si se trata de una reseña o de un ensayo, su estimación sobrepasa con optimismo la realidad de casi todas las revistas de tirada internacionales y los honorarios de las instituciones para con el ejercicio de la crítica.
[3] Frieze nº 94, Octubre 2005. Esta es la pregunta que hace el consejo editorial de la revista a los críticos Jerry Saltz y Katy Siegel.
[4] Terry Eagleton, El Portero, ed. Debate, 2004.
[5] http://en.wikipedia.org/wiki/Criticism
[6] Un buen ejemplo del “médico-crítico” podemos encontrarlo en la célebre serie televisiva House. Sin ser fan de la serie, reconozco que Gregory House posee las cualidades sherlockholmescas, escéptico-deductivas propias del crítico para ser capaz de infligir cierta autoridad, aportar negatividad y manejar una excentricidad antisocial e irónica para acto seguido insuflar “vida” al objeto-paciente de la crisis.
[7] Uno de los debates sobre la crisis de la crítica ha tenido lugar en las páginas de la revista Art Monthly, creando numerosas a la inherente crisis de la crítica, citando a Paul de Man: “the rethoric of crisis states its own truth in the mode of an error. It is itself radically blind to the light it emits”. AM 297, p. 14.
El debate ha sido desarrollado de un número a otro por críticos británicos como JJ Charlesworth, Peter Suchin, Sally O’Reilly bajo el formato de la polémica.

Enviado el 13 de Abril. << Volver a la página principal << | delicious

Comentarios

Fantástica reflexión! Paradójicamente necesitamos más a la vez que nos desborda la "cantidad de produción supuestamente crítica" que se menciona, a la vez que cada vez se contrae mas y mas el espacio para la atencion a tantisimas opciones y fuentes que se nos brindan.

Una voz que se defina, que diga lo que piensa y que piense en lo que sí cree. Que se la pueda contradecir si es preciso, porque así podemos ir hacia algun lado.
Ultimamente varios compañeros me hablan de su rescate personal de Greenberg....

No me gusta imaginarme a nuevos críticos con voz, sepultados entre la algarabía del coro al que estamos sometidos, un coro amable y servil mas cerca del PR.. que del autor con convicciones y dudas sobre lo que observa e intenta asimilar o desechar...

¿Quién no recuerda esa sensación de redención al leer algo que intuimos pero que nos costaba tanto articular? sensación que aun gente tan lejana en el tiempo pero tan aquí y ahora como Benjamin puede
provocar aun... Incluso no estaría mal poder volver a "odiar" al crítico, al menos querría decir que aun existe!


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