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Abril 10, 2011

Distancias cortas: la trampa de las imágenes – María Virginia Jaua

“La única pregunta es esta: ¿cómo puede una máquina semejante seguir funcionando en medio de la desilusión crítica y del frenesí comercial?” Jean Baudrillard

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Aquí también todo parece programado para la desilusión del espectador, diría Baudrillard. La exposición del artista portugués Julião Sarmento que actualmente se presenta en la Casa Encendida parece un compendio de lugares comunes, de imágenes gastadas con una fallida pretención de “épater les bourgeois” o de suscitar un anacrónico instinto “voyeur” –imposible ya de concebir en la era de las imágenes electrónicas que proliferan en la red. Este artista no parece ingenuo, pero en cambio sí parece ignorar que en el terreno de las imágenes ya se ha visto casi todo –incluso lo que no se ha hecho– y aunque parezca una paradoja, si acaso queda algo por ver será precisamente lo que huye y se nos escapa, lo imposible: lo que no hay ni habrá.

En la muestra Sarmento parece hacer un alarde a la hora de dominar todas las técnicas y todos los lenguajes de la producción artística, pues la exposición incluye escultura, instalación, video, pintura, collage y performance, sin embargo, por muy diverso el resultado del conjunto es homogéneo y carece de potencia estética. Pareciera como si la fuerza que podría tener una obra solo lograra anular y neutralizar a la siguiente: de tanto pretender causar un efecto y sorprender al visitante, logra lo contrario: la indiferencia ante unas imágenes que de tanto hablar se han quedado mudas y depotenciadas.

“Lo que me interesa es el abismo, el error, el riesgo” afirma Sarmento, pero en su obra no encontramos rastros de ninguna aventura, sólo una larga secuencia de lugares comunes. Un ejemplo es la serie titulada Porn stars que consiste en la reproducción por medio de siluetas de escenas de sexo explícito que resultan de una obviedad sorprendente a estas alturas de nuestra producción cultural.

Discrepo con la mayoría de las lecturas que se han hecho de estas obras en algunas reseñas y críticas a la exposición, no hay nada allí que no sea evidente: el espectador que se asome a estas obras puede descifrar muy facilmente si la escena “oculta” está compuesta por dos mujeres y un hombre, si hay una felación, si el sexo es anal entre hombres, entre mujeres o se trata de "partouze". Las ilustraciones pierden su poder de transgresión y están tan cuidadas y son tan perfectas que no parecen implicar ningún riesgo, no asoman a ningún abismo, no hay error ni posble equivocación.

Por otra parte, la serie de dibujos Veneno (unos cuadros en los que se representa a unas mujeres “descabezadas” sobre fondo amarillo) así como la serie de collages de las divas del cine no logran animar ni el deseo ni la ilusión inherentes al arte, tampoco llevan el discurso de la fetichización o de producción de subjetividad a un más allá, si acaso logran algo es repetir caminos por los que otros muchas veces ya han transitado. Tampoco logran sacudir o provocar el más mínimo disgusto o incomodidad en el espectador las instalaciones Film noir o Forget me. Ambas instalaciones presentan la reproducción tamaño natural de mujeres a las que no podemos ver el rostro: una de pie sobre una alfombra, frente a una pantalla vacía desde donde se le ilumina por unos reflectores, y otra en la que también vemos a una mujer de pie pero con un cubo de miel en el piso, entre las piernas justo debajo de su sexo. Aquí parece que se busca asociarla "puesta en escena" con la crueldad humana o con el instinto perverso y voyeur...

Pero cuando en un gesto el artista confiesa que podría ser un mentiroso y esgrime la posible intención de engañar, parece no darse cuenta de que el primer engañado es él. Él es la víctima de sus imágenes son ellas las que lo instrumentalizan, son ellas las que por su obviedad le piden ser “enmascaradas”: ellas son las que se han hecho con el poder y no dudan a la hora de ejercer el mando.

Las imágenes que la televisión nos obliga a consumir, las innumerables imágenes de todo tipo que transitan en internet, cargadas de violencia, de sexo superan con mucho estas, y si como apunta Baudrillard las imágenes del arte esconden las de la realidad aquellas son demasiado pálidas y no logran ocultar éstas, ni siquiera consiguen desenfocarlas, desestabilizarlas o hacer que se desvíe la mirada.

El resultado final de este compendio de imágenes que pretenden la transgresión, la pulsión erótica y el voyerismo carecen del genio y la ironía de un artista como Andy Warhol: demiurgo del deseo, él sí, una máquina productora de pulsión que va del consumo hasta el sexo, del culto a la personalidad hasta la pérdida absoluta de la singularidad. Un artista-máquina de una fuerza mística que sí fue capaz de transformar el mundo y las imágenes.

Sin embargo, no todo resulta inútil. Hay allí una pieza interesante y por la cual vale la pena ir a ver la exposición: la que Sarmento realizó en colaboración con el cineasta Atom Egoyan y que se titula Close.

Se trata de un video. Se accede a la proyección a través de un estrecho corredor, tan “cerca” de la pantalla que es imposible “ver” la imagen que en ella se proyecta. Imposible caminar hacia atrás, poner un poco de “distancia”. El espectador se ve atrapado por la imagen, cercado por ella, tan próximo (so close) que es incapaz de descifrarla. No puede ver, pero sí puede escuchar. Una voz hace el relato que del célebre cuento infantil “La cenicienta” se expurgó una escena terrible, en la que la hermanastra se mutila el pie con un cuchillo para que la ansiada zapatilla la “calce” con el príncipe: la sangre inunda la zapatilla de cristal y esto traiciona el engaño.

En algún momento de la historia de la sexualidad, la moralidad “victoriana” que nos domina consideró esa escena demasiado fuerte para el público, y como muchas otras fue desterrada del universo disneylandizado que habitamos. Nuestra hipocresía es capaz de censurar escenas de la ficción al considerarlas violentas pero no pone reparos al “bombardeo” constante que se nos hace de imágenes de la realidad mucho más crueles e inmorales.

Lo que en verdad llega a estremecer de Close no es la restitución de la anécdota expurgada del cuento –aunque se trate de una referencia literaria rica en alusiones susceptibles a la lectura– sino que esta obra consigue emular la perversa y enorme máquina productora de imágenes y su funcionamiento: esa inmensa industria en la que estamos sumidos, que por un lado juega a escatimar lo que anhelamos, que nos somete -al igual que al “artista”- y nos obliga a ver o no lo que ella quiere y por otro, nos hace espectadores “conscientes” del mecanismo en el que irremediablemente estamos “atrapados”. Ella está tan cerca de nuestros ojos que no vemos cómo nos devora y nos consume. Ella, una inmensa máquina caníbal que produce lo que consume y la alimenta: es decir, nosotros.

Enviado el 10 de Abril. << Volver a la página principal << | delicious

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