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Abril 16, 2011

Mil años de historia no lineal - Manuel de Landa

Originalmente en Replicante

datamatics14.jpg A pesar de su título, éste no es un libro de historia sino un libro de filosofía. Lo es, sin embargo, de una filosofía profundamente histórica, cuya tesis central sostiene que todas las estructuras que nos rodean y forman nuestra realidad (montañas, animales y plantas, lenguajes humanos e instituciones sociales) son el resultado de procesos históricos concretos. Es por ello que para ser consistente esta filosofía debe necesariamente tomar la historia real como su punto de partida. El problema es, por supuesto, que aquellos que escriben historia, incluso académicamente, lo hacen ya desde un punto de vista filosófico, lo cual nos mantiene atrapados en un círculo vicioso. Pero así como la historia y la filosofía pueden interactuar para hacer imposible una vinculación objetiva con la realidad —cuando determinadas visiones del mundo anquilosadas y procedimientos para reunir la evidencia histórica se constriñen mutuamente de manera negativa— ambas disciplinas también pueden interactuar positivamente y convertir su dependencia mutua en un círculo virtuoso. Más aún, podemos afirmar que esa interacción positiva ya ha empezado. Son muchos los historiadores que han abandonado su eurocentrismo y ahora cuestionan el ascenso económico de Occidente (¿Por qué no ocurrió en China o en el Islam?, es hoy día una pregunta común.) Otros historiadores han dejado atrás incluso su antropocentrismo e incluyen una multitud de historias no humanas en sus investigaciones.

Por su parte, un buen número de filósofos se ha beneficiado de la nueva evidencia histórica que nos ha sido revelada por historiadores como Fernand Braudel y William McNeill, y la han usado como punto de partida para crear una nueva versión del materialismo, libre de los dogmas del pasado. La filosofía no es, sin embargo, la única disciplina que ha sido influenciada por esta nueva conciencia histórica. No sería una exageración afirmar que en las últimas dos o tres décadas la historia se ha infiltrado en la física, la química y la biología. Es verdad que la termodinámica del siglo XIX había ya introducido la flecha del tiempo en la física, enriqueciendo este campo con procesos históricos irreversibles. Y la teoría de la evolución, por su parte, había mostrado que los animales y las plantas no eran encarnaciones de esencias eternas, sino acumulaciones históricas de rasgos adaptativos consolidadas por el aislamiento reproductivo. No obstante, las versiones clásicas de estas dos teorías incorporaron una noción limitada de la historia en sus respectivos aparatos conceptuales. Tanto la termodinámica clásica como el darwinismo admitían sólo un resultado histórico posible, el alcance del equilibrio térmico o del diseño más apto. En ambos casos, una vez que este punto era alcanzado, los procesos históricos cesaban de contar. En cierto sentido, el diseño óptimo o la distribución óptima de energía representaban para estas teorías el fin de la historia.

No debe de sorprendernos, pues, que la actual irrupción de inquietudes de orden histórico en la ciencia sea una consecuencia de los avances en estas dos áreas del conocimiento científico. Ilya Prigogine, por ejemplo, revolucionó la termodinámica en los años sesenta al mostrar que los axiomas clásicos eran válidos solamente para sistemas cerrados, donde la energía total es siempre conservada. Pero si uno deja entrar y salir de un sistema un flujo intenso de energía —si uno empuja al sistema lejos del equilibrio— el número y el tipo de posibles resultados históricos se incrementa considerablemente. En lugar de una simple y única forma de estabilidad, tenemos en cambio múltiples formas de variada complejidad (atractores estáticos, periódicos, y caóticos). Por otra parte, cuando un sistema cambia repentinamente de un estado estable a otro (en un punto crítico llamado “bifurcación”) fluctuaciones menores pueden desempeñar un papel decisivo en el resultado final. Así, cuando estudiamos un sistema físico lejos del equilibrio necesitamos conocer la naturaleza específica de las fluctuaciones que han estado presentes en cada bifurcación. En otras palabras, necesitamos conocer su historia para entender su estado dinámico actual.1

Y lo que es cierto de los sistemas físicos lo es más aún de los biológicos. Los atractores y las bifurcaciones son rasgos de cualquier sistema en el cual las dinámicas están lejos del equilibrio y cuyo comportamiento es no lineal, es decir, en sistemas en los que existen fuertes interacciones (o retroalimentaciones) entre los componentes. Ya sea que el sistema en cuestión esté compuesto de moléculas o de criaturas vivas, exhibirá estados estables endógenamente generados (atractores) y transiciones abruptas entre estos estados (bifurcaciones) siempre y cuando exista retroalimentación y un flujo intenso de energía. En la medida en que la biología ha comenzado a incluir estos fenómenos no lineales en sus modelos —por ejemplo, la estimulación mutua entre depredadores y presas que caracteriza sus “carreras armamentistas”— la noción de un diseño óptimo en la evolución ha dejado de tener sentido. Es decir, y para continuar con el mismo ejemplo, en una carrera armamentista no existe una solución óptima fijada de antemano, ya que el criterio de lo que cuenta como más apto cambia con la dinámica.2

En la medida en que la creencia en un criterio fijo del grado óptimo de aptitud ha ido desapareciendo de la biología, la complejidad de los procesos históricos ha vuelto a ser revalorada.
Pero así como la historia y la filosofía pueden interactuar para hacer imposible una vinculación objetiva con la realidad —cuando determinadas visiones del mundo anquilosadas y procedimientos para reunir la evidencia histórica se constriñen mutuamente de manera negativa— ambas disciplinas también pueden interactuar positivamente y convertir su dependencia mutua en un círculo virtuoso.

Este libro es una exploración de los problemas que pueden ser abiertos a la reflexión filosófica por una operación similar en las ciencias sociales y en la historia humana en particular. En las siguientes páginas se explora la posibilidad de una historia no lineal y fuera del equilibrio, trazando el desarrollo de la civilización occidental en tres distintas narrativas históricas. Cada una comienza aproximadamente en el año mil y termina en nuestro tiempo, mil años después. Ciertamente, cabría preguntarse si esta aproximación al problema no contradice el propósito inicial. ¿No es en sí misma lineal la idea de seguir una línea de desarrollo siglo por siglo? La respuesta es que una concepción no lineal de la historia no tiene que ver en lo absoluto con el estilo de presentación, como si uno pudiese capturar la dinámica compleja de los procesos históricos humanos dando saltos atrás o adelante entre los siglos. Por el contrario, lo que es necesario aquí no es una operación textual sino física. Así como la historia ha permeado la física, debemos ahora permitir que la física se infiltre en la historia humana.

Anteriores intentos en esta dirección, y de manera muy destacada el trabajo pionero del físico Arthur Iberall, ofrecen una ilustración muy útil de los cambios conceptuales que implicaría esta infiltración. Iberall fue tal vez el primero en visualizar las grandes transiciones de la historia —la transición de cazadores-recolectores a agricultores, y de agricultores a pobladores de asentamientos urbanos— no como un avance lineal en la escala del progreso sino como el producto del cruce de umbrales críticos. Más específicamente, así como una sustancia química puede existir en varios estados distintos (sólido, líquido o gaseoso) y puede cambiar de un estado estable a otro en puntos críticos de la intensidad de temperatura, así las sociedades humanas pueden ser vistas como un “material” capaz de sufrir cambios de estado en puntos críticos de la densidad de población, de la cantidad de energía consumida o de la intensidad de la interacción social. Iberall nos invita a visualizar a los grupos de cazadores-recolectores como partículas de gas, en el sentido que tales grupos vivían distanciados unos de otros y solían interactuar raramente y de manera poco sistemática.3 Cuando la humanidad comenzó a cultivar cereales y la interacción entre seres humanos y plantas creó comunidades sedentarias, se podría decir que la humanidad misma se condensó en grupos cuyas interacciones fueron a partir de entonces más frecuentes, aunque todavía poco reguladas. Finalmente, cuando estas comunidades intensificaron su producción agrícola de manera que los excedentes pudiesen ser guardados y redistribuidos (permitiendo, por primera vez, una división del trabajo entre productores y consumidores de alimentos), la humanidad adquirió por vez primera el estado físico de un cristal, en el sentido de que los gobiernos centrales pudieron desde entonces imponer una red simétrica de leyes y regulaciones a las poblaciones urbanas.4

Pese a que este cuadro puede estar sobresimplificado contiene una indicación muy importante sobre la naturaleza de la historia no lineal: si las distintas etapas de la historia humana fueron realmente ocasionadas por transiciones críticas entonces no son propiamente etapas, es decir, pasos progresivos en un desarrollo donde cada paso dejaría atrás al anterior. Por el contrario, así como las fases gaseosa, líquida y sólida del agua pueden coexistir, así cada nueva fase humana se agrega a las anteriores, coexistiendo e interactuando con ellas sin dejarlas en el pasado. Más aún, se podría decir que así como un material dado puede solidificarse en formas alternativas (hielo, copo de nieve, cristal, vidrio) así la humanidad tendría distintas maneras de condensarse o solidificarse. Los nómadas de las estepas (hunos, mongoles) no domesticaron plantas sino animales migratorios, y el estilo de vida pastoril consecuente les impuso la necesidad de moverse con sus rebaños, como si ellos se hubiesen condensado no dentro de un recipiente, sino como un fluido móvil y por momentos turbulento. Cuando estos nómadas adquirieron un estado sólido (como ocurrió durante el reinado de Gengis Khan) la estructura resultante fue más parecida a un vidrio que a un cristal, más amorfa y menos centralizada. En otras palabras, la historia humana no sigue una línea recta que apunta hacia las sociedades urbanas como meta última. Por el contrario, en cada transición crítica hay estados estables alternativos, y se pueden dar coexistencias complejas de estados.

Claro está que todo lo anterior puede ser sólo una metáfora sugerente. Uno de los propósitos de este libro consiste precisamente en remover ese contenido metafórico. Pero, además, incluso como metáforas de la evolución social, las imágenes de Arthur Iberall adolecen de otro inconveniente: el mundo material posee un rango más amplio de alternativas para la generación espontánea de estructura que las transiciones críticas mencionadas. Incluso las formas más simples de materia y energía poseen un potencial de autoorganización que va más allá del tipo relativamente sencillo implicado en la creación de cristales. Existen, por ejemplo, estados estables que pueden sostener actividad cíclica coherente (periódica o cuasiperiódica).5 Y a diferencia de los ejemplos anteriores donde la innovación no puede ocurrir, existe la combinatoria no lineal donde pueden ser generadas estructuras verdaderamente nuevas.6 Todas estas formas de generación espontánea de estructura en el mundo material sugieren que la materia inorgánica es mucho más variable y creativa de lo que nos imaginamos. Es por ello que esta nueva visión de la creatividad inherente a la materia debería ser asimilada en toda su riqueza conceptual por una nueva filosofía materialista.

Pese a que el concepto de autoorganización ha sido elaborado considerablemente en las últimas tres décadas, necesita ser redefinido antes de poder ser aplicado al ámbito de las sociedades humanas. De manera más específica, necesitamos tomar en cuenta que cualquier explicación de la conducta humana debe introducir entidades intencionales irreductibles, como las creencias y los deseos individuales, dado que tanto preferencias como expectativas sirven de guía y motivación para las decisiones humanas. En algunos casos las decisiones tomadas por seres humanos están determinadas por la posición y el rol de éstos en una organización jerárquica, o son llevadas a coincidir con las metas de tal organización. Tal toma de decisiones centralizada, y la implementación de planes basada en ella, dejan muy poco espacio para la autoorganización. Pero en otros casos lo que importa son las consecuencias colectivas no intencionales de las decisiones intencionales, y es en estos últimos que podemos esperar que ocurra generación espontánea de estructura. La mejor ilustración de una institución social que emerge espontáneamente de la interacción de la toma de decisiones descentralizada es la de los mercados “precapitalistas”, entidades colectivas que surgen de la interacción de muchos compradores y vendedores sin necesidad de coordinación central. En su versión clásica (la de Adam Smith) la dinámica de los mercados es pensada como si estuviera gobernada por un atractor estático que define el punto mas eficiente en la relación de la oferta y la demanda: el punto donde no hay ni exceso ni déficit. Pero versiones más modernas de la dinámica de mercado indican que ésta puede estar estabilizada por un atractor periódico que la fuerza a atravesar ciclos de bonanza y quiebra de duración variante, desde los ciclos de negocios de tres años hasta largas ondas cíclicas de cincuenta años.
Necesitamos tomar en cuenta que cualquier explicación de la conducta humana debe introducir entidades intencionales irreductibles, como las creencias y los deseos individuales, dado que tanto preferencias como expectativas sirven de guía y motivación para las decisiones humanas.

Ya sean aplicados al mundo material o a los resultados no planeados del quehacer humano, estos nuevos conceptos exigen una nueva metodología. Algunas de las implicaciones metodológicas de este cambio son obvias: los matemáticos, por ejemplo, necesitan modelar procesos no lineales usando computadoras porque las ecuaciones no pueden ser resueltas exactamente. Para decirlo más técnicamente: a diferencia de las ecuaciones lineales (el tipo que más prevalece en la ciencia) las no lineales son muy difíciles de resolver analíticamente y exigen el uso de simulaciones numéricas muy detalladas que son obtenidas con el auxilio de máquinas digitales. Esta limitación de las herramientas analíticas para el estudio de las dinámicas no lineales se vuelve una restricción aún mayor en el caso de la combinatoria no lineal. En este caso, ciertas combinaciones pueden exhibir propiedades emergentes, es decir, propiedades de un todo no poseídas por sus partes. Estas propiedades emergentes son producidas por las interacciones entre los componentes, y esto implica que un tratamiento analítico que empiece con el todo y lo diseccione en sus partes (un ecosistema en distintas especies, o una sociedad en distintas instituciones) está condenado a dejar fuera precisamente tales propiedades. Por supuesto, las herramientas analíticas no pueden ser simplemente rechazadas debido a sus limitaciones. Más bien, podríamos decir que toda estrategia analítica que enfoque un problema de arriba hacia abajo (del todo a sus partes) debería complementarse con una investigación que fuese en el sentido opuesto, es decir, de abajo hacia arriba: el análisis necesita ir de la mano de la síntesis. Y es aquí donde las computadoras nos ofrecen una ayuda insustituible. Por ejemplo, en vez de iniciar el estudio de un ecosistema complejo de forma analítica, comenzando por el ecosistema como un todo y luego dividiéndolo en especies, podemos simular en una computadora una población virtual de animales y plantas interactuando entre sí. Y sólo si las propiedades emergentes que se le atribuyen al ecosistema (su resistencia o su estabilidad) se generan de modo espontáneo de estas interacciones podremos afirmar que hemos capturado la combinatoria no lineal del ecosistema.7

El presente libro intenta realizar una investigación filosófica de la historia del milenio que vaya lo más posible de abajo hacia arriba. Esto no significa, por supuesto, que la narrativa aquí presentada haya surgido a partir de simulaciones sintéticas de la realidad social. Aunque los resultados de simulaciones de dinámicas urbanas y económicas se han incluido, las investigaciones en esta dirección aún están en su infancia. Más bien, a través del libro se hace un esfuerzo por no tomar como dada la existencia de propiedades sistemáticas, ya sea las que caracterizan a las comunidades, a las organizaciones institucionales o las ciudades. Si se postulan propiedades no reductibles pertenecientes a estas entidades sociales, se debe dar una explicación del proceso que las sintetizó. En otras palabras, las entidades sociales a cualquier nivel son tratadas como el resultado dinámico de interacciones de entidades localizadas en el nivel inmediatamente inferior (personas en el caso de comunidades u organizaciones; organizaciones en el caso de gobiernos o redes industriales.) Metodológicamente esto implica un rechazo de los fundamentos ortodoxos tanto de la economía como de la sociología clásicas. Aunque la microeconomía clásica comienza su análisis en la parte más baja de la sociedad, es decir, en el nivel de la toma individual de decisiones, lo hace atomizando sus componentes, cada uno de los cuales es modelado por separado como buscando maximizar la satisfacción individual, sin interacción ni contacto. Se ignoran con ello las normas y los valores sociales que restringen de distintas maneras la conducta individual. Por su parte, la sociología clásica (ya sea funcionalista o marxista-estructuralista) toma como dada a la sociedad como un todo y sólo muy raramente intenta explicar en detalle el proceso histórico mediante el cual las instituciones sociales han ido emergiendo de las interacciones entre los individuos.

Afortunadamente, las últimas décadas han sido testigo del surgimiento de una poderosa síntesis de ideas económicas y sociológicas bajo la bandera de la economía neoinstitucional. En el trabajo de autores como Douglass North, Victor Vanberg y Oliver Williamson se rechaza tanto el atomismo de los economistas como el holismo de los sociólogos. Estos autores defienden por un lado el individualismo metodológico (apropiado a cualquier estrategia explicativa que parta de abajo hacia arriba) pero sin aceptar la idea de que los individuos toman decisiones aisladamente, de acuerdo con un cálculo de maximización de bienestar. Por el contrario, su marco teórico permite modelar la toma de decisiones como sujeta a diferentes tipos de restricciones normativas e institucionales que se aplican colectivamente. Por otro lado, aunque el neoinstitucionalismo rechaza el holismo metodológico de la sociología, preserva lo que podríamos llamar su holismo ontológico: la idea de que pese a que las instituciones sociales emergen de las interacciones entre individuos, una vez que se han formado adquieren vida propia y pueden afectar de distintas formas las acciones personales.8

Además, estos autores han introducido conceptos sociológicos en la economía mediante el remplazo de la noción de “intercambio de bienes” por una noción más compleja como lo es la de transacción económica, la cual pone en juego los contratos formales y los procedimientos para hacer cumplir la ley. El concepto de transacción puede asimismo agregar al pensamiento económico los aspectos no lineales que sus modelos tradicionales suelen dejar fuera: imperfecciones en los mercados debido a una racionalidad limitada; información defectuosa; retrasos y embotellamientos; oportunismo; altos costos para hacer valer los contratos. El puro hecho de añadir estos costos de transacción al modelo clásico es una forma de reconocer la presencia continua de fenómenos no lineales en la operación real de los mercados. Uno de los propósitos del presente libro es realizar una síntesis entre estas nuevas ideas y metodologías de la economía neoinstitucional y los conceptos correspondientes en las ciencias de la autoorganización.9

El primer capítulo esboza esta síntesis mediante una exploración de la historia de la economía urbana a partir de la Edad Media. Toma como punto de partida una visión común a varios historiadores materialistas: la dinámica específica de las ciudades europeas fue una de las razones más importantes por las que China y el Islam, a pesar de su previo liderazgo económico y tecnológico, eventualmente terminaron subordinándose al dominio occidental. Dado que uno de los objetivos más importantes de este libro es eliminar de la historia cualquier aspecto teleológico, la conquista progresiva del pasado milenio por el Occidente no será vista como el producto de una necesidad histórica. La explicación de este desenlace tiene que ser hecha en términos contingentes: procesos que ocurrieron pero que pudieron no haber ocurrido. En particular, se usará una variedad de procesos de estimulación mutua que llevaron a la intensificación constante de la actividad económica para explicar por qué las ciudades europeas siguieron una línea de desarrollo turbulenta ausente en otras civilizaciones. Por ejemplo, veremos cómo la Revolución Industrial puede ser analizada en términos de una estimulación recíproca entre tecnologías e instituciones, en la que los diferentes componentes se las arreglaron para formar un circuito cerrado que pudo volverse autosostenible. Nos referimos a esta narrativa histórica como “geológica” para enfatizar que sólo le conciernen aquellos elementos dinámicos (flujos de energía, causalidad no lineal) que los seres humanos tenemos en común con las rocas y las montañas.
Cada capítulo inicia su relato en el año mil de nuestra era y continúa hasta el año dos mil. Pero como se mencionó anteriormente, y a pesar del estilo de presentación, estos tres relatos no constituyen una historia de sus respectivos tópicos, sino más bien una reflexión filosófica sobre tres clases de materiales: energéticos, genéticos y lingüísticos.

El capítulo dos se orienta a otra esfera de la realidad, el mundo de los gérmenes, las plantas y los animales, enfocando el estudio de las ciudades como ecosistemas simplificados. Este capítulo va más allá de las cuestiones propias de los flujos inanimados de energía, para tomar en cuenta los flujos de materia orgánica que han formado parte de la vida urbana desde la Edad Media. En particular, se considera los flujos de alimentos que mantienen vivas a las ciudades y que por lo general proceden del exterior. Las ciudades siempre han sido entidades parasitarias que toman su sustento de las regiones rurales cercanas, o por medio de la conquista y la colonización, de territorios lejanos. En este capítulo también se analiza el flujo de materiales genéticos a lo largo de varias generaciones, no tanto el flujo de genes humanos como el perteneciente a las especies de animales y plantas bajo nuestro control, así como el flujo genético que ha permanentemente eludido nuestro control: los genes de plagas, malas hierbas y microorganismos. Las empresas coloniales se presentan en este capítulo no solamente como el medio para reorientar los flujos de alimentos hacia los territorios de las ciudades, sino también como el medio por el cual los genes de múltiples especies no humanas han invadido y conquistado ecosistemas extraños.

Finalmente, el tercer capítulo trata de otro tipo de “materiales” que entran en la compleja mezcla que constituye lo humano: los materiales lingüísticos. Como los minerales, la energía inanimada, el alimento y los genes, también los sonidos, las palabras y las construcciones sintácticas se acumularon dentro de los muros de los pueblos medievales (y modernos) y han ido transformándose con la propias dinámicas urbanas. Algunos de estos materiales lingüísticos (por ejemplo, el latín escrito y prestigioso) eran tan rígidos e inmutables que simplemente se acumularon como una estructura inerte. Pero otras formas de lenguaje (el latín vulgar y hablado) constituyeron entidades dinámicas capaces de generar nuevas estructuras, como son el francés, el castellano, el italiano y el portugués. Este capítulo traza la historia de estas emergencias, la mayoría de ellas en ambientes urbanos, y su eventual petrificación (por medio de la estandarización) en aquellos dialectos pertenecientes a capitales nacionales y regionales, así como el impacto que varias generaciones de medios de comunicación (imprenta, medios electrónicos y redes informáticas) han tenido en su evolución.

Cada capítulo inicia su relato en el año mil de nuestra era y continúa hasta el año dos mil. Pero como se mencionó anteriormente, y a pesar del estilo de presentación, estos tres relatos no constituyen una historia de sus respectivos tópicos, sino más bien una reflexión filosófica sobre tres clases de materiales: energéticos, genéticos y lingüísticos. El puro hecho de que cada capítulo se centre en un material en particular (observando la historia humana desde la perspectiva de cada uno de estos materiales) hace que su narrativa difícilmente sea reconocible en el marco de la historiografía clásica. Pese a ello, la mayoría de las generalizaciones que se puede encontrar aquí han sido hechas por historiadores y no son producto de la especulación filosófica.

En el espíritu no lineal de este libro, estas tres esferas de la realidad (geológica, biológica y lingüística) no serán vistas como etapas progresivamente más sofisticadas de una evolución que culminaría en la humanidad como la corona de todo el proceso. Es verdad que un pequeño subconjunto de materiales geológicos (carbón, hidrógeno, oxígeno y otros nueve elementos) constituyeron el sustrato necesario para la emergencia de los seres vivos; de igual forma, un pequeño subconjunto de materia orgánica (ciertas neuronas en la neocorteza del cerebro humano) proporcionó el sustrato necesario para el lenguaje. Pero lejos de ir avanzando en etapas progresivas que irían incrementando el grado de perfección, estas emergencias sucesivas son meras acumulaciones de diferentes tipos de materiales, acumulaciones en las que cada capa sucesiva no forma un nuevo mundo encerrado en sí mismo, sino, por el contrario, se resuelve en coexistencias e interacciones de distintos tipos. Además, cada una de las capas acumuladas es animada desde dentro por procesos de autoorganización que son comunes a todas las capas.

En un sentido muy real, podemos decir que la realidad es un flujo continuo de materia y energía experimentando transiciones críticas, y en las que cada nueva capa de material acumulado enriquece la reserva de dinámicas y combinatorias no lineales disponibles para la generación de nuevas estructuras y procesos. Las rocas y los vientos, los gérmenes y las palabras, son diferentes manifestaciones de esta realidad dinámica y material. En otras palabras, todas estas entidades representan los diferentes caminos por los cuales un flujo único de materia y energía se expresa a sí mismo. De este modo, las páginas que siguen no serán una crónica del “hombre” y sus logros históricos, sino una reflección filosófica sobre la historia de la materia y la energía en sus diferentes manifestaciones, así como de sus múltiples coexistencias e interacciones. A los diferentes materiales geológicos, orgánicos y lingüísticos se les permitirá hablar, y el coro de voces resultante nos proporcionará una nueva y más fresca perspectiva de los distintos procesos y acontecimientos que dieron forma a la historia del pasado milenio.

Enviado el 16 de Abril. << Volver a la página principal << | delicious

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