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Abril 07, 2011

Moscú* - WALTER BENJAMIN

Originalmente en Ñ

moscou.jpg Todos los ciudadanos de Moscú tienen sus días ocupados hasta el tope. A cualquier hora se convocan sesiones y comisiones en las oficinas, en los clubes, en las fábricas; muchas veces no cuentan con un espacio propio, se reúnen en rincones de redacciones ruidosas, en las mesas sin tender del comedor de una fábrica. Existe entre estos eventos una especie de selección natural, de lucha por la subsistencia. De alguna forma, la sociedad los proyecta, los planifica, se convocan. Pero esto debe repetirse muchísimas veces hasta que uno de ellos sale bien, está en condiciones de subsistir, se adecua, se lleva a cabo. Nada ocurre como estaba planeado y era de esperarse –esa frase banal para la realidad de la vida se cumple en todos los casos en forma tan absoluta y tan intensa que el fatalismo ruso se torna comprensible. Y si en la vida colectiva se fuera imponiendo el cálculo civilizador, en principio sólo se complicaría la cuestión (en una casa que sólo dispone de velas se está mejor provisto que en otra donde está instalada la luz eléctrica, pero la central de energía se descompone todo el tiempo). A pesar de toda “racionalización”, ni siquiera en la capital rusa existe una valoración del tiempo. Bajo la conducción de su director, Gastieff, el Trudd, el instituto sindical para la ciencia del trabajo realizó una campaña para promover la puntualidad. Desde entonces, muchos relojeros se radicaron en Moscú. Siguiendo constumbres medievales y gremiales se instalan todos en unas pocas calles, se pregunta quién los necesita. “El tiempo es dinero”: para esta frase asombrosa se recurre en las proclamas a la autoridad de Lenin; tan ajena le es al ruso la sensibilidad por el tema. Ante todo, se distraen, podría decirse que los minutos son un aguardiente barato que no termina de saciarlos, están ebrios de tiempo. Si en la calle se está rodando una escena para el cine, se olvidan por qué salieron y hacia dónde van, se quedan horas siguiendo la filmación y llegan perturbados a la oficina. Es por eso que en el aprovechamiendo del tiempo es donde el ruso aún seguirá siendo “asiático” por muchos años.

Un día, necesito que me despierten a las siete de la mañana: “Mañana, por favor, me golpea a las siete”. Con esta frase, desencadeno el siguiente monólogo shakespereano del schwejzar (así se llama a los criados): “Si nos acordamos, lo vamos a despertar, pero si no nos acordamos, entonces no lo vamos a despertar. En realidad, por lo general nos acordamos, entonces despertamos a la gente. Pero lógicamente, a veces también nos olvidamos, cuando no pensamos en ello. Entonces no despertamos. Es que obligados no estamos, pero si lo recordamos a tiempo, entonces lo hacemos igual. ¿A qué hora quiere usted que lo despierten? ¿A las siete? Entonces lo vamos a anotar. Usted ve, pongo el papelito allí, ahí él lo va a encontrar. Lógicamente, si no lo encuentra, entonces no lo va a despertar. Pero, por lo general, despertamos a la gente.” En el fondo la unidad de tiempo es el seichas . Eso significa “enseguida”. Se puede llegar a oír diez, veinte, treinta veces como respuesta y pueden transcurrir horas, días o semanas hasta que lo prometido sucede. Rara vez se escucha pronunciar la palabra “no”. La respuesta negativa queda en manos del tiempo. Por eso, las catástrofes temporales, los choques temporales, están tan a la orden del día como la remonte . Enriquecen muchísimo las horas, vuelven agotador cada día, convierten cada vida en un instante.

Viajar en tranvía en Moscú es ante todo una experiencia táctica. Tal vez el tranvía sea el primer lugar donde el advenedizo se acomoda a la marcha de la ciudad y al ritmo de su población campesina Un viaje en tranvía muestra en pequeña escala el experimento de trascendencia mundial que se está llevando a cabo en la nueva Rusia, es decir, cómo la técnica y las formas primitivas de existencia se penetran totalmente. En el tranvía eléctrico, las conductoras están en su sitio envueltas en sus pieles como las mujeres de los samoyedos en el trineo. Al subir al vagón, por lo general repleto a más no poder, se suceden enérgicos golpes, empujones y contragolpes en un clima silencioso y cordial (nunca percibí una palabra desagradable en esta circunstancia). Una vez en el interior del vehículo recién comienza la expedición. A través de los vidrios congelados no se puede reconocer dónde se encuentra el coche en ese momento. Pero enterarse de dónde se está tampoco es de gran ayuda...


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*Fragmento de “Moscu”, el capitulo dedicado al viaje que Benjamin hizo a esa ciudad entre diciembre de 1926 y febrero de 1927.

Enviado el 07 de Abril. << Volver a la página principal << | delicious

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