« El espíritu del terrorismo - JEAN BAUDRILLARD | >> Portada << | Escritores inclasificables: la extrañeza (primera parte) - Daniel González Dueñas »

Mayo 11, 2011

AUTOINMUNIDAD: SUICIDIOS SIMBÓLICOS Y REALES - Jacques Derrida

Originalmente en Derrida en castellano

[Les presentamos otro texto que vale la pena volver a leer, la entrevista de Giovanna Borradori con Jacques Derrida realizada el 22 de octubre de 2001 en New York.[i] Traducida del francés por: J Botero en «La filosofía en una época de terror. Diálogos con Jürgen Habermas y Jacques Derrida» Taurus, Buenos Aires, 2004.]

11_septiembre.jpg El 11 de septiembre (le 11 septembre) nos dio la impresión de haber sido un major event, uno de los acontecimientos históricos más importantes a que asistiremos en nuestra vida, en particular para quienes no vivimos la (Segunda) Guerra Mundial. ¿Está usted de acuerdo?

DERRIDA: «El 11 de septiembre», dice usted -o, ya que nos hemos puesto de acuerdo para hablar dos lenguas, September eleventh. Más adelante deberemos regresar a este asunto de la lengua, así como a este acto de nombrar: una fecha y nada más. Cuando usted dice «el 11 de septiembre», se trata ya de una cita, ¿no? Para invitarme a hablar, usted recuerda, como entre comillas, una fecha, una datación, que invade nuestro espacio público y nuestra vida privada desde hace cinco semanas. Hay algo que fait date, diría yo en francés, «hace época», y éste es su impacto, el impacto mismo de aquello que es, por lo menos, sentido, de manera aparentemente inmediata, como un acontecimiento que marca, un acontecimiento singular o, como se dice en inglés, unprecedented Y digo «de manera aparentemente inmediata», pues este «sentimiento» es menos espontáneo de lo que parece: en gran medida está condicionado, constituido, si no efectivamente construido, en todo caso mediatizado, por una formidable maquinaria tecnosociopolítica. «Hacer época», en todo caso supone que «alguna cosa» ocurre por primera y última vez, «alguna cosa» que todavía no podemos identificar, determinar, reconocer, analizar, pero que en adelante debería permanecer como inolvidable: un acontecimiento imborrable en el archivo común de un calendario universal -o supuestamente universal, pues no tenemos, y quiero insistir en ello desde el comienzo, más que supuestos y presupuestos, primarios, dogmáticos, o bien pensados, organizados, calculados, estratégicos, o bien todo eso a la vez-. Pues el índice que señala esta fecha, el simple acto, el deíctico mínimo, el apuntar minimalista de este fechado marca también otra cosa. ¿Qué? Pues bien, que quizá no disponemos de ningún concepto, de ningún significado para nombrar de otra manera esta «cosa» que acaba de ocurrir, este supuesto «acontecimiento». Acto del «terrorismo internacional», por ejemplo (volveremos sobre ello), es cualquier cosa menos un concepto riguroso y satisfactorio para captar la singularidad de aquello de lo que vamos a tratar de hablar. «Alguna cosa» tuvo lugar, se tiene el sentimiento de no haber podido verla venir, y es innegable que la «cosa» tiene sus consecuencias. Pero el lugar y el sentido mismos de este «acontecimiento» permanecen inefables, como una intuición sin concepto, como una unidad sin generalidad en el horizonte, sin horizonte incluso, fuera de alcance para un lenguaje que confiesa su impotencia y en el fondo se limita a pronunciar mecánicamente una fecha, a repetirla, a la vez como una especie de encantamiento ritual, conjuro poético, letanía periodística, ritornelo retórico que confiesa no saber de qué habla. No se sabe bien qué es lo que se llama o nombra de este modo: el 11 de septiembre, September eleventh, le 11 septembre La brevedad de la denominación (September eleventh, 9/11) surge no solamente de una necesidad económica o retórica. El telegrama de esta metonimia (un nombre, una cifra) muestra lo incalificable al reconocer que no se reconoce: ni siquiera se conoce, aún no se puede calificar, no se sabe de qué se habla.

Éste es el primer efecto, indudable, de lo que se produjo (que haya sido calculado, bien calculado o no), precisamente, el 11 de septiembre, a algunos pasos de aquí: se lo repite, y hay que repetirlo, tanto más cuanto que no se sabe muy bien qué es lo que denominamos de ese modo, como para exorcizar por partida doble: por una parte, para conjurar mágicamente la « cosa» misma, el miedo o el terror que inspira (la repetición tiene siempre el efecto protector de neutralizar, de amortiguar, de alejar un traumatismo, lo cual vale para la repetición de las imágenes televisivas de que hablaremos más adelante); y, de otra parte, para negar, en este mismo acto de habla y de enunciación, la impotencia para nombrar de manera apropiada, para caracterizar, para pensar la cosa de que se trata, para ir más allá del simple deíctico de la fecha: algo terrible tuvo lugar el 11 de septiembre, y en el fondo no se sabe qué. Pues, por más que nos indignemos ante la violencia, por más que deploremos sinceramente, como lo hago yo con todo el mundo, el número de muertos, no haremos creer a nadie que en el fondo es de eso de lo que se trata. Sobre esto volveré de nuevo. Por el momento sólo nos preparamos para decir algo.

Hace ya tres semanas que estoy en Nueva York. No solamente es imposible no hablar de este tema, sino que uno siente, o se le hace sentir, que le está prohibido (no se le da el derecho de) empezar a hablar de cualquier cosa, sobre todo en público, sin cumplir con esta obligación y sin hacer una referencia, en el fondo siempre ciega, a esta fecha (pero lo mismo ocurría ya en China, en donde me encontraba el 11 de septiembre, y después en Francfort el 22 de septiembre)[ii]. Admito que me he sometido regularmente a esta conminación; y de algún modo lo hago de nuevo al tomar parte con usted en esta amigable entrevista, pero siempre tratando de acudir, por encima de la conmoción y la mas sincera compasión, a preguntas y a un «pensar» (entre otras cosas, un verdadero pensamiento político) lo que, tal parece, acaba de ocurrir el 11 de septiembre allí, a dos pasos de aquí, en Manhattan y, no muy lejos, en Washington.

Siempre creo en la necesidad de poner atención en primer término a ese fenómeno del lenguaje, la denominación, la dotación; a esa compulsión de repetición (a la vez retórica, mágica, poética). A lo que esta compulsión significa, traduce o revela. No para encerrarse en el lenguaje, como quisieran creerlo personas apuradas, sino, al contrario, para tratar de comprender lo que pasa precisamente más allá del lenguaje que lleva a repetir sin fin y sin saber de qué se habla, precisamente allí en donde el lenguaje y el concepto encuentran sus límites: «11 de septiembre, 11 septembre, September eleventh, 9/11».

Hay que tratar, pues, de saber más, de tomarse el tiempo y mantener la libertad para empezar a pensar este primer efecto del así llamado acontecimiento: ¿de dónde nos viene, cómo se nos impone esta amenazante conminación? Quién o qué nos da esta orden conminatoria (algunos dirían este imperativo aterrorizante, incluso terrorista): nombre, repita, re-nombre, el «11 de septiembre», «11 septembre», «September 11 th », aun cuando en el fondo usted no sepa lo que dice ni haya aún pensado en lo que llama de este modo. Estoy de acuerdo con usted: sin duda, esta cosa, «el 11 de septiembre», «nos dio la impresión de haber sido un major event». Pero ¿qué es una impresión en este caso? ¿Y un acontecimiento? ¿Y sobre todo, a major event? Tomándola al pie de la letra, voy a señalar más de una precaución. Voy a hacerlo en un estilo aparentemente «empirista», pero apuntando más allá del empirismo. Indudablemente, diría un empirista del siglo XVIII, ha habido una «impresión», la impresión de lo que usted llama, y no por nada, en inglés, a majar event. Insisto en lo del inglés porque es la lengua que hablamos aquí, en Nueva York, aunque no sea ni la suya ni la mía; pero también porque la conminación viene ante todo de un lugar en donde domina el inglés. No lo digo solamente porque se haya apuntado, atentado, violado a los Estados Unidos en su propio suelo por primera vez en este siglo, y desde hace cerca de dos siglos, desde 1812, sino porque el orden mundial que sintió que se le apuntaba a través de toda esta violencia está ampliamente dominado por el idioma angloamericano, un idioma indisolublemente ligado al discurso político que domina la escena mundial, el Derecho Internacional, las instituciones diplomáticas, los medios de comunicación, la mayor potencia tecnocientífica, capitalista y militar. Y aquí se trata mucho de la esencia, aún enigmática pero también crítica, de esta hegemonía. Por crítica entiendo a la vez decisiva, potencialmente decisoria, y en crisis hoy en día más vulnerable y amenazada que nunca.

Que esta «impresión» esté justificada o no, ella es en sí misma un acontecimiento, no hay que olvidarlo jamás, sobre todo cuando, aunque de manera diferenciada, es un efecto propiamente mundial. No se puede disociar la «impresión» de todos los afectos, interpretaciones, retóricas que la han reflexionado, comunicado, «globalizado», pero también, y ante todo, que la han formado, producido, hecho posible. La «impresión» se parece así a la «cosa misma» que la produjo. Incluso si esa «cosa» no se reduce a ella. Si, por consiguiente, el acontecimiento no se reduce a ella. El acontecimiento está hecho de la «cosa» misma (lo que sucede) y de la impresión (a la vez «espontánea» y «controlada») que tal cosa nos da, nos deja o nos hace. Digamos que la impresión está «informada», en el doble sentido de la palabra: un sistema predominante le dio forma, y esta forma pasa por una maquinaria de información organizada (lenguaje, comunicación, retórica, imagen, medios, etc.). Este dispositivo de información es de una vez político, técnico, económico. Pero se puede, y yo creo que se debe (se trata de un deber a la vez filosófico y político), distinguir entre el hecho supuestamente bruto, la «impresión» y la interpretación. Reconozco que es, por supuesto, casi imposible disociar el hecho «bruto» del sistema que produce la información acerca de él. Pero el análisis debe llegar tan lejos como sea posible. Por desgracia no basta, y esto es cierto desde hace tiempo, con matar en algunos instantes cerca de 4.000 personas, sobre todo «civiles», utilizando una tecnología reconocida como avanzada, para producir un major event. Se podrían dar muchos ejemplos durante la guerra mundial (y usted precisó muy bien que este acontecimiento parece aún más importante para quienes no han «vivido una guerra mundial»), pero también después de ella, de semejantes asesinatos masivos y casi instantáneos que no fueron registrados, interpretados, sentidos, presentados como major events. Esos asesinatos no dieron la «impresión», en todo caso no a todo el mundo, de constituir catástrofes inolvidables.

Hay que preguntarse entonces por qué, y distinguir entre estas dos «impresiones»: por una parte, la compasión hacia las víctimas y la indignación ante la matanza; esta tristeza y esta condena no deberían tener límites, deberían ser incondicionales y de principio; responden a un «acontecimiento» innegable, situado más allá de todo simulacro y de toda virtualización posibles; responden al evento con lo que podríamos llamar el corazón, y van al corazón del acontecimiento; por otra parte, la impresión interpretada, interpretativa, informada, la evaluación condicional que nos hace creer que se trata de un major event. La creencia, el fenómeno del crédito y de la acreditación, es una dimensión esencial de la evaluación, de la datación, incluso de la inflación compulsiva de la que hablábamos. Al distinguir la impresión y la creencia hago como si privilegiase este lenguaje del empirismo inglés, el cual sería un error desdeñar aquí. Las preguntas filosóficas siguen estando, entonces, abiertas, a menos que se nos abran de nuevo de manera tal vez inédita: ¿qué es una creencia?, ¿qué es una impresión? Pero, sobre todo, ¿qué es un acontecimiento digno de este nombre? ¿Y un acontecimiento «mayor», es decir, uno que es más «acontecimiento», que tiene más «acontecer» que cualquier otro? ¿Un acontecimiento que daría testimonio, de manera ejemplar o hiperbólica, de la esencia misma de un acontecimiento, incluso de un acontecimiento más allá de la esencia? Pues un acontecimiento que se conformara aun a una esencia, a una ley y una verdad, incluso a un concepto del acontecimiento, ¿sería un acontecimiento mayor? Un acontecimiento mayor debería ser tan imprevisible e irruptivo como para perturbar hasta el horizonte del concepto o de la esencia desde donde se cree reconocer a un acontecimiento en cuanto tal. De ahí que las preguntas «filosóficas» sigan estando abiertas, y quizá más allá de la filosofía, en cuanto se trata de pensar el acontecimiento.

¿El acontecimiento en el sentido de Heidegger?

DERRIDA: Sin duda. Pero, curiosamente, en la medida al menos en que el pensamiento de la Ereignis en Heidegger no estaría tornado solamente hacia la apropiación de lo propio (eigen) sino también hacia una cierta expropiación que el mismo Heidegger nombra (Enteignis). La prueba a que nos somete el acontecimiento, aquello que en la prueba a la vez se abre y resiste a la experiencia, es, me parece, cierta inapropiabilidad de lo que sucede. El acontecimiento es lo que sucede y al suceder llega a sorprenderme, a sorprender y a suspender la comprensión: el acontecimiento es ante todo lo que yo no comprendo. O mejor: el acontecimiento es ante todo que yo no comprenda. Consiste en aquello que yo no comprendo: lo que yo no comprendo, y ante todo que yo no comprenda, el hecho de que yo no comprenda: mi incomprensión. Éste es el límite, a la vez externo e interno, sobre el que quisiera insistir aquí: aunque la experiencia de un acontecimiento, el modo bajo el cual nos afecta, precisa de un movimiento de apropiación (comprensión, reconocimiento, identificación, descripción, determinación, interpretación a partir de un horizonte de anticipación, saber, denominación, etc.), aunque este movimiento de apropiación sea irreductible e inevitable, sólo hay acontecimiento digno de este nombre en donde esta apropiación fracasa en una de las fronteras. Pero en una frontera sin frente ni confrontación, una frontera contra la cual la incomprensión no choca de frente, pues ella no tiene la forma de un frente sólido: ella se escapa, permanece evasiva, abierta, indecisa, indeterminable. De ahí la inapropiabilidad, la imprevisibilidad, la sorpresa absoluta, la incomprensión, el riesgo de engañarse, la novedad inanticipable, la singularidad pura, la ausencia de horizonte. Si aceptamos esta definición mínima, aunque doble y paradójica, de acontecimiento, ¿podríamos afirmar que el «11 de septiembre» constituyó un «acontecimiento» sin precedentes? ¿Un acontecimiento imprevisible? ¿Un acontecimiento totalmente singular?

No es seguro. No era imposible prever el ataque, en suelo norteamericano, por parte de los llamados «terroristas» (habrá que volver sobre esta palabra, cuya carga política es tan fuerte y tan equívoca), de un edificio o de una institución sensibles, espectaculares, altamente simbólicos. Para no hablar de Oklahoma City (se dirá que el atacante venía de los Estados Unidos, pero lo mismo pasó el «11 de septiembre»), ya había ocurrido un atentado con bomba contra las Torres Gemelas hace unos años, y las secuelas siguen siendo de actualidad, puesto que los presuntos autores de este acto de «terrorismo» siguen presos y enjuiciados[iii]. Para no hablar de tantos otros atentados del mismo tipo, fuera del territorio nacional de los Estados Unidos pero contra sus «intereses». Y de los fracasos que se han denunciado de la CIA y del FBI: esas antenas del organismo norteamericano estaban ahí para ver venir los atentados, para evitar la sorpresa (digamos de pasada, ya que acabo de decir «territorio nacional de los Estados Unidos» o «intereses» norteamericanos, que lo que el «11 de septiembre» recuerda, más que revela, es al menos que, por miles de razones, sería difícil definir los límites rigurosos de estas «cosas»: el «territorio nacional» y los «intereses de Estados Unidos». ¿Dónde se detienen hoy en día? ¿Quién está autorizado para responder a esta pregunta? ¿Solamente los ciudadanos de Estados Unidos? ¿Solamente sus aliados? Es aquí donde se encuentra quizás el fondo del problema, y una de las razones para que sea tan difícil saber si hay, stricto sensu, dónde y cuándo, un «acontecimiento»).

Sin embargo, aceptemos, como hipótesis, hablar a este propósito de un «acontecimiento» y procedamos lentamente, con paciencia. Después de todo, cada vez que algo sucede, hasta en la experiencia cotidiana más trivial, hay una parte de acontecimiento y de imprevisibilidad singular: cada instante marca un acontecimiento, y todo lo que es «otro» también, y cada nacimiento, y cada muerte, por más tranquila y «natural» que sea. ¿Se dirá por eso que (y aquí la cito a usted) el 11 de septiembre fue un «acontecimiento mayor» («major event»)? Aunque la palabra «mayor» haga alusión a la altura, la evaluación no podría ser en este caso puramente cuantitativa, trátese de la dimensión de las torres, del territorio atacado o del número de víctimas. Usted sabe muy bien que no se cuenta de la misma forma a los muertos en todas partes. Es nuestro deber recordarlo, sin atenuar con ello nuestra tristeza por las víctimas de las Torres Gemelas, nuestro espanto o nuestra rabia frente a este crimen. Tenemos el deber de recordar que la resonancia que tienen estos asesinatos jamás es puramente natural y espontánea. Depende de una maquinaria compleja (histórica, política, mediática, etc.). Trátese aquí de respuesta o de reacción psicológica, política, policial o militar, hay que reconocer lo que es obvio, a la vez cualitativa y cuantitativamente: matanzas cuantitativamente comparables, e incluso superiores en número, inmediatas o indirectas, jamás producen, en Europa, en los Estados Unidos, sus medios de comunicación, su opinión pública, una conmoción comparable cuando ocurren fuera del espacio europeo o norteamericano (Camboya, Ruanda, Palestina, Irak, etc.). Lo que parece nuevo y major tampoco es el arma empleada: aviones que destruyen inmuebles repletos de civiles. No es preciso remontarse, por desgracia, a todos los bombardeos de la segunda guerra mundial, a Hiroshima y Nagasaki para encontrar muchos ejemplos. Lo menos que se puede decir de estas agresiones es que sus dimensiones, cuantitativas o de otra índole, no fueron inferiores a las del «11 de septiembre». Y los Estados Unidos, digámoslo en forma de lítote, no siempre estuvieron del lado de las víctimas.

Hay que buscar entonces otras explicaciones que sean significantes y cualitativas. Primero que todo, nadie, bien sea o no aliado de los Estados Unidos, que apruebe o no lo que permanece más o menos constante y continuo en sus políticas de una administración a la siguiente, discutirá, me parece a mí, un hecho de bulto que determina el horizonte del «mundo» desde lo que se conoce como el fin de la Guerra-Fría (tendremos que reinterpretar sin cesar esta cosa, el llamado fin de la Guerra Fría, desde diversos puntos de vista, y eso es lo que voy a hacer dentro de un momento; pero por ahora permítame recordar solamente que el «11 de septiembre» es también, en muchos aspectos, un efecto lejano de la Guerra Fría, antes de su «fin», de la época en que los Estados Unidos sostenían a los enemigos de la URSS que ahora se han convertido en los suyos, armándolos y formándolos, por ejemplo, en Afganistán, pero no solamente allí). ¿Cuál es este hecho de bulto? Desde el «fin de la Guerra Fría», lo que podemos llamar el orden mundial, con su relativa y precaria estabilidad, depende ampliamente de la solidez y confiabilidad, es decir, del crédito del poderío norteamericano. Y ello en todos los planos: económico, técnico, militar, mediático, incluso en el de la lógica discursiva, de la axiomática que sostiene mundialmente a la retórica jurídica o diplomática, y por consiguiente al Derecho Internacional, por más que los Estados unidos lo violen sin dejar de presentarse como sus máximos defensores. De ahí que desestabilizar a esta superpotencia que cumple al menos con el «papel» de guardián del orden mundial es arriesgarse a desestabilizar al mundo entero, incluyendo a los enemigos declarados de los Estados Unidos. ¿Y qué es lo que se amenaza, entonces? No solamente un gran número de fuerzas, de poderes, de «cosas» que dependen, incluso entre los adversarios más determinados de los Estados Unidos, del orden más o menos asegurado por esta superpotencia; también, y de manera aún más radical (quisiera subrayar este punto), el sistema de interpretación, la axiomática, la lógica, la retórica, los conceptos y las evaluaciones que, se supone, deben permitirnos comprender y explicar, precisamente, una cosa como «el 11 de septiembre». Hablo aquí de todo el discurso que se encuentra acreditado, de manera predominante, masiva, hegemónica, en el espacio público mundial. Lo que se encuentra legitimado de este modo por él sistema predominante (conjunto constituido por la opinión pública, los medios, la retórica de los políticos y la presunta autoridad de todos aquellos que, mediante diversos mecanismos, tienen o se toman la palabra en el espacio público) son las normas inscritas en todas las frases aparentemente con sentido que se pueden hacer con el léxico de la violencia, de la agresión, del crimen, de la guerra y el terrorismo, con las supuestas diferencias entre guerra y terrorismo, entre terrorismo nacional e internacional, terrorismo anti-Estado y terrorismo de Estado, con el respeto de la soberanía, del territorio nacional, etc. Lo que se ha tocado, herido, traumatizado con este doble crash ¿es sólo esto o aquello, un «qué» o un «quién», unos edificios, unas estructuras urbanas y estratégicas, unos símbolos del poderío político, militar y capitalístico, un número considerable de personas de todos los orígenes que viven sobre un territorio nacional intocado desde hace muchísimos años? No, no es solamente eso; quizás es, sobre todo, y a través de ellos, el aparato conceptual, semántico, hermenéutico, si usted quiere, que habría podido permitir ver venir, comprender, interpretar, describir, hablar, nombrar el «11 de septiembre», y, al hacerlo, neutralizar el traumatismo, amortiguarlo en un «trabajo de duelo». Lo que sugiero aquí puede parecer abstracto y demasiado dependiente de lo que parece ser una simple actividad conceptual o discursiva, de una cuestión de saber; en efecto, es como si me contentara con decir: lo que es terrible en el «11 de septiembre», lo que sigue siendo «infinito» en esta herida, es que no sabemos lo que es y, así, no sabemos describirlo, ni identificarlo, ni nombrarlo. Y esto es, efectivamente, lo que estoy diciendo. Pero para mostrar que este horizonte de no saber, este no horizonte de saber (la impotencia para comprender, para conocer, para reconocer, para identificar, para nombrar, para describir, para ver venir) puede ser todo menos abstracto e idealista, tengo que decir algo más. Y decirlo, precisamente, de manera más concreta.

Lo voy a hacer en tres momentos. Y dos veces con referencia a lo que se ha llamado la «Guerra Fría», el «fin de la Guerra Fría» o «el equilibrio del terror». Estos tres tiempos, estas tres series de argumentos recurren todos a una misma lógica. ¿Cuál? Pues bien, la que en otro lugar[iv] he propuesto reconocer, extendiéndola ilimitadamente, bajo la forma de una ley implacable: la ley que rige todo proceso autoinmune. Un proceso autoinmune, como se sabe, es ese extraño comportamiento del ser vivo que, de manera casi suicida, se aplica a destruir «él mismo» sus propias protecciones, a inmunizarse contra su «propia» inmunidad.

1. Primer momento, primera autoinmunidad. Reflejo y reflexión. La Guerra Fría en la cabeza. Mucho más allá de los mismos Estados Unidos, el mundo entero se siente oscuramente afectado por una transgresión que no solamente se presenta, en cuanto transgresión, como sin precedente en la historia (la primera violación del territorio nacional de los Estados Unidos desde hace casi dos siglos, prácticamente, en todo caso en la fantasmagoría que ha prevalecido siempre), sino como una transgresión de un nuevo tipo. ¿Cuál? Antes de responder a esta pregunta recordemos una vez más la evidencia: esta transgresión viola el territorio de un país que, aun a los ojos de sus enemigos, y sobre todo desde el llamado «fin de la Guerra Fría», desempeña un rol virtualmente soberano entre los Estados soberanos. Desempeña, por consiguiente, el rol de garante o de tutor de todo orden mundial, el cual, en principio y en última instancia, se supone que garantiza el crédito en general, el crédito en el sentido de transacción financiera tanto como el crédito acordado a los lenguajes, a las leyes, a las transacciones políticas o diplomáticas. Los Estados Unidos disponen de este crédito (cuya necesidad es sentida por todo el mundo, aun por quienes tratan de arruinarlo) y lo hacen manifiesto, no solamente en razón de su riqueza y de su poderío tecnocientífico y militar, sino también, al mismo tiempo, por el ejercicio de su arbitraje en todos los conflictos, a través de su presencia dominante en el Consejo de Seguridad y en muchas otras instituciones internacionales. Incluso cuando, con total impunidad, no respetan ni el espíritu ni la letra de sus resoluciones. Los Estados Unidos, con todo, tienen el poder de acreditar frente al mundo una autopresentación: representan la última presunta unidad de la fuerza y del derecho, de la mayor fuerza y del discurso del derecho.

Ahora bien, aquí aparece el primer síntoma de autoinmunidad suicida: no solamente el suelo, esto es, la figura literal del fundamento o de la fundación de esta «fuerza de la ley», se ve expuesto a la agresión, sino que la agresión de que es objeto (el objeto expuesto, precisamente, a la violencia pero también, «en un bucle»,[v] a sus propias cámaras, en su propio interés) viene, como desde el interior, de fuerzas que aparentemente no tienen fuerza propia pero que encuentran la manera, mediante la astucia y el despliegue de un saber high-tech, de apoderarse de un arma norteamericana, en una ciudad norteamericana, en el suelo de un aeropuerto norteamericano. Inmigrantes formados, preparados para su acción en los Estados Unidos por los Estados Unidos, estos hijackers incorporan, si puede decirse, dos suicidios en uno: el suyo (y lo que más aterroriza es que siempre estaremos desarmados ante una agresión suicida, autoinmune), pero también el suicidio de quienes los recibieron, los armaron, los entrenaron. No hay que olvidar que anteriormente los Estados Unidos habían preparado el terreno y consolidado las fuerzas del «adversario» al formar gente como «Ben Laden», quien aquí representa un ejemplar eminente, pero ante todo al crear situaciones político-militares favorables a su surgimiento y a su cambio de bando (por ejemplo, la alianza con Arabia Saudita y otros países árabes musulmanes en su guerra contra la URSS o Rusia en Afganistán; pero se podrían multiplicar al infinito los ejemplos de estas paradojas suicidas).

Doblemente suicida, esta fuerza se ajustará con una extraordinaria economía (el máximo de seguridad, de preparación, de competencia técnica, de eficacia destructiva con una inversión mínima de medios). Apuntará y alcanzará el corazón o, mejor, la cabeza simbólica del orden mundial. A la altura de la cabeza (head, cap, caput, capital, capital, Capitolio), el doble suicidio tocará dos lugares simbólica y efectivamente esenciales del cuerpo norteamericano: el lugar económico o la «cabeza» capital del capital mundial (el World Trade Center, el arquetipo del género, pues ahora hay, con este nombre, WTC en muchos lugares del mundo, por ejemplo en China) y el lugar estratégico, militar y administrativo de la capital, la cabeza de la representación política norteamericana, el Pentágono, no lejos del Capitolio, sede del Congreso.

Al nombrar al Capitolio, paso ya a un segundo aspecto del mismo «acontecimiento», de lo que podría hacer de él un major event. Se va a tratar nuevamente de un terror autoinmune, y de nuevo de la «Guerra Fría», de lo que se llama un poco a la ligera su «fin» y de lo que, visto desde el Capitolio, podría ser peor que la «Guerra Fría».

2. Segundo momento, segunda autoinmunidad. Reflejo y reflexión. Peor que la Guerra Fría. ¿Qué es un acontecimiento traumático? En primer lugar, todo acontecimiento digno de este nombre, incluso si es «feliz», tiene dentro de sí algo traumatizante, siempre inflige una herida al tiempo corriente de la historia, a la repetición tanto como a la anticipación ordinaria de toda experiencia. Un acontecimiento traumático no está solamente marcado, como acontecimiento, por el recuerdo, incluso inconsciente, de lo que ha ocurrido. Al decir esto parece que voy en contra de una evidencia, la que vincula el acontecimiento con la presencia o con el pasado, con el ocurrir de lo que ocurrió, de una buena vez, innegablemente, de modo que la compulsión de repetición que pueda seguirse no haría más que reproducir lo que ya se ha producido. Pero yo creo que tenemos que complicar este esquema (incluso si no es totalmente falso), tenemos que sospechar de su crono-logía a saber: del pensamiento y el orden de la temporalización que parece implicar. Tenemos que pensar de manera distinta la temporalización de un traumatismo si queremos comprender en qué el « 11 de septiembre» se parece a un major event. Pues la herida permanece abierta por el terror ante el porvenir, no solamente ante el pasado (por lo demás, usted misma definió el acontecimiento en futuro, en su pregunta: usted se anticipó y dijo «al que asistiremos en nuestra vida»). La prueba que nos hace sufrir el acontecimiento tiene como correlato trágico, no lo que pasa actualmente o lo que pasó en el pasado, sino el signo precursor de lo que amenaza con pasar. El porvenir es quien determina lo inapropiado del acontecimiento, no el presente ni el pasado. O, por lo menos, si son el presente o el pasado, será solamente en tanto lleven sobre su cuerpo el signo terrible de lo que podría o podrá suceder, y que será peor de lo que haya sucedido jamás.

Permítame precisar esto. Se trata de un trauma y, por consiguiente, de un acontecimiento cuya temporalidad no procede ni del ahora presente ni del presente pasado, sino de un impresentable que está por venir. Un arma hiere y deja abierta por siempre una cicatriz inconsciente; pero esta arma es aterradora porque viene del porvenir, de un porvenir tan radicalmente por venir que se resiste incluso a la gramática del futuro anterior. Imagine que se hubiera dicho a los norteamericanos, y a través de ellos al mundo entero: lo que acaba de pasar (la destrucción espectacular de las torres, la muerte teatral pero invisible de miles de personas en unos pocos segundos, etc.) es algo grave, un crimen terrible, un dolor sin fondo; pero, bueno, ya se acabó, no volverá a comenzar, jamás habrá algo tanto o más grave que esto. Presumo que el duelo habría sido posible en un tiempo bastante corto. Uno podría quejarse o alegrarse por ello, pero en todo caso muy rápidamente las cosas habrían vuelto a tomar su curso normal. Hay que trabajar el duelo, se habría dicho, y se habría vuelto la hoja como se hace con tanta frecuencia y con tanta facilidad para lo que ocurre en otras partes, lejos de Europa y de Norteamérica. Pero eso no fue lo que ocurrió, en absoluto. Hay traumatismo sin trabajo de duelo posible cuando el mal viene de la posibilidad de que lo peor esté por venir, de la repetición por venir, pero mucho peor. El traumatismo es producido por el porvenir, por la amenaza de lo peor por venir más que por una agresión pasada y «terminada»[vi]. Lo que pasó, aunque no haya sido dicho, y con razón, con toda la claridad necesaria, es esto: para el futuro, y para siempre, la amenaza que se señaló mediante estos signos puede ser peor que todas, peor aún, como lo vamos a precisar, que la que organizó la llamada «Guerra Fría». Amenaza de agresión química, sin duda, amenaza de agresión bacteriológica (se creyó recibir ese mensaje aquí, en Nueva York, recuerde, ayer mismo, en las semanas siguientes al 11 de septiembre), pero sobre todo amenaza nuclear. Aunque se haya dicho más bien poco sobre eso, los responsables de la administración y del Congreso tomaron rápidamente las medidas necesarias para que el Estado de derecho sobreviva a un ataque nuclear contra Washington, el jefe de Estado y el Congreso (Pentágono, Casa Blanca y Capitolio). Ciertos representantes del Congreso lo han hecho saber, por ejemplo, en el transcurso de un debate público televisado que pude observar aquí: en adelante, todas las cabezas del Estado (presidente, vicepresidente, ministros y congreso) no se reunirán jamás en un mismo sitio en el mismo momento, como ocurre hoy en el caso del Discurso sobre el Estado de la Unión, por ejemplo Esto significa que ,el acontecimiento mayor» no habrá consistido el «11 de septiembre» en una agresión pasada, presente y efectiva. X habrá sido traumatizado (¿X? ¿Quién? ¿Qué? Nada menos que el «mundo», bastante más allá de los Estados Unidos, en todo caso la posibilidad del «mundo»), pero traumatizado no en presente, o desde el recuerdo de lo que habrá sido un presente pasado. No; ha sido traumatizado desde el porvenir impresentable, desde la amenaza abierta de una agresión capaz de golpear un día, más tarde, quién sabe, a la cabeza del Estado-nación soberano par excellence.

¿Por qué esta amenaza tiene la firma del «fin de la Guerra Fría»? ¿Por qué es peor que la misma «Guerra Fría»? Como la constitución de redes terroristas árabe-musulmanas equipadas y entrenadas durante la Guerra Fría, ella representa la consecuencia residual tanto de la Guerra Fría como del rebasamiento de la Guerra Fría. De un lado, en razón de la diseminación, incontrolable a partir de entonces, del poder nuclear, es difícil medir los grados y las formas de este poder, así como es difícil delimitar las responsabilidades de esta diseminación; pero dejemos este punto en suspenso. De otro lado (y aquí tocamos lo que es peor que la Guerra Fría), en adelante ya no puede haber equilibrio del terror. Ya no hay un duelo entre dos Estados poderosos (EU/URSS) empeñados en una teoría de juegos y capaces ambos de neutralizar el poderío nuclear del adversario en una estimación recíproca y organizada de los riesgos respectivos. En lo sucesivo, la amenaza nuclear, la amenaza «total», no proviene de un Estado sino de fuerzas anónimas, absolutamente imprevisibles e incalculables. Y como esta amenaza absoluta habrá sido secretada por el fin de la Guerra Fría y la «victoria» del campo de los EU, como ella amenaza aquello que supuestamente sostiene el orden del mundo -a saber: la posibilidad misma de un mundo y de una mundialización (Derecho Internacional, mercado global, lenguaje universal, etc.)-, lo que se encuentra de este modo puesto en riesgo por esta aterradora lógica autoinmune es nada menos que la existencia del mundo, de lo mundial mismo. No hay límites a esta amenaza que busca sus antecedentes o sus recursos en toda la historia de la Guerra Fría, pero que a la vez parece infinitamente más peligrosa, horrorosa y aterradora que ésta. De ahí que veamos, en efecto, incontables signos de que esta amenaza acelera y confirma el fin de la Guerra Fría, precipitando la reconciliación al menos aparente de dos enemigos igualmente atemorizados. Cuando Bush y los suyos acusan a «the axis of evil», sin duda hay que sonreír y al mismo tiempo denunciar las connotaciones religiosas, las estratagemas infantiles, las mistificaciones oscurantistas de esta prosopopeya. Y, sin embargo, hay efectivamente un «mal» absoluto que por todas partes extiende la sombra de su amenaza. Mal absoluto, amenaza absoluta, pues compromete nada menos que la mundialización del mundo, la vida sobre la Tierra y en otras partes, sin ningún recato.

Pero hay otra paradoja: aun si éste es el origen del «terror» con el que juegan los «terrorismos», aun si este terror es el peor de todos, aun si toca al inconsciente geopolítico de todos los seres vivos y deja en ellos huellas indelebles, aun si eso es a lo que se alude cuando se habla, como acaba de hacerlo usted, y como se hace con tanta frecuencia, del «11 de septiembre» como de un major event porque es el primer signo (consciente-inconsciente) de este terror absoluto, pues bien, al mismo tiempo, a causa de la invisibilidad anónima del enemigo, a causa del origen indeterminado del terror, a causa de su ausencia de rostro (individual o estatal), a causa del hecho de no saber lo que es un acontecimiento del inconsciente y para este inconsciente (que sin embargo hay que tener en cuenta aquí), pues bien, sí, lo peor puede parecer simultáneamente inconsistente, pasajero, ligero, negado, reprimido, hasta olvidado, relegado a ser un acontecimiento entre otros, uno de los «acontecimientos mayores», si lo prefiere, de una gran cadena de acontecimientos pasados y por venir. Sin embarga, todos estos esfuerzos por atenuar o neutralizar el efecto del traumatismo (para negarlo, reprimirlo, olvidarlo, para hacer su duelo, etc.), son, a su vez, tentativas desesperadas. Y movimientos autoinmunes que producen, inventan y alimentan la monstruosidad que pretenden abatir.

Lo que jamás se dejará olvidar es entonces el efecto perverso de la autoinmunidad misma. Hoy sabemos que la represión, en el sentido psicoanalítico y en el sentido político-policivo, político-militar, político-económico, produce, reproduce, regenera precisamente aquello que trata de desactivar.

3. Tercer momento, tercera autoinmunidad. Reflejo y reflexión. El círculo vicioso de la represión. No se puede decir que la humanidad esté indefensa ante la amenaza de este mal. Pero hay que saber que las defensas, y todas las formas de eso que llaman, con dos palabras tan problemáticas la una como la otra, «war on terrorism», trabajan para regenerar, a corto o a largo plazo, las causas del mal que pretenden exterminar. En Irak, en Afganistán e incluso en Palestina, las «bombas» no serán jamás lo suficientemente «inteligentes» para evitar que las víctimas (militares o civiles, otra distinción cada vez menos confiable) respondan, en persona o por delegación, con lo que les será fácil presentar como represalias legítimas, o contraterrorismo. Y así hasta el infinito...

Por comodidad y porque así lo exigía el análisis, he distinguido tres terrores autoinmunes. Pero en la realidad estos tres recursos del terror no se distinguen: se acumulan y se sobredeterminan. Son en el fondo el mismo, en la «realidad» perceptible y sobre todo en el inconsciente, el cual no es la menos real de las realidades.

Sea o no el 11 de septiembre un acontecimiento de importancia mayor, ¿qué papel le ve usted a la filosofía? ¿Puede la filosofía ayudarnos a comprender lo que pasó?

DERRIDA: Sin duda, un «acontecimiento» semejante requiere una respuesta filosófica. Mejor aún, una respuesta que replantee, con la mayor radicalidad, los presupuestos conceptuales mejor anclados en el discurso filosófico. Los conceptos con los que más a menudo se ha descrito, nombrado, categorizado este «acontecimiento» pertenecen a un «sueño dogmático» del que sólo nos puede despertar una nueva reflexión filosófica, una reflexión sobre la filosofía, especialmente sobre la filosofía política y sobre su legado. El discurso corriente, el de los medios y el de la retórica oficial, confía fácilmente en conceptos como el de «guerra» o el de «terrorismo» (nacional o internacional).

Una lectura crítica de Schmitt, por ejemplo, sería muy útil. Por una parte, para seguirlo tan lejos como sea posible al distinguir entre la guerra clásica (confrontación directa y declarada entre dos Estados enemigos, en la gran tradición del derecho europeo), la «guerra civil» y la «guerra de partisanos» (en sus formas modernas, aunque ella aparece, como lo reconoce Schmitt, desde el comienzo del siglo XIX). Pero, por otra parte, tenemos que reconocer, contra Schmitt, que la violencia que se desencadena en la actualidad no se desprende de la guerra (la expresión «guerra contra el terrorismo» es muy confusa, por lo que hay que analizar la confusión y los intereses a los que pretende servir este abuso retórico). Bush habla de «guerra» pero es incapaz de determinar el enemigo al que declara haber declarado la guerra. Afganistán, su población civil y sus ejércitos no son enemigos de los norteamericanos, cosa que jamás se ha dejado de repetir. Suponiendo que «Ben Laden» sea aquí quien toma las decisiones soberanamente, todo mundo sabe que este hombre no es afgano, que es rechazado por su país (por todos los «países» y por todos los Estados casi sin excepción), que su formación debe mucho a los Estados Unidos y sobre todo que no está solo. Los Estados que le ayudan indirectamente no lo hacen como Estados. Ningún Estado como tal lo respalda públicamente. En cuanto a los Estados que albergan (harbour) las redes «terroristas», es difícil identificarlos como tales. Los Estados Unidos y Europa, Londres y Berlín, son también santuarios, lugares de formación y de información para todos los «terroristas» del mundo. Desde hace tiempos, entonces, ninguna geografía, ninguna asignación «territorial» es pertinente para localizar la sede de estas nuevas tecnologías de transmisión o de agresión. (Digámoslo muy apresuradamente y de pasada, para prolongar y precisar lo que decía atrás acerca de una amenaza absoluta de origen anónimo y no estatal: las agresiones de tipo «terrorista» no tendrían ya necesidad de aviones, de bombas, de kamikazes, pues basta con introducirse en un sistema informático con valor estratégico, con instalar en él un virus o alguna perturbación grave, para paralizar los recursos económicos, militares y políticos de un país o de un continente. Eso se puede intentar desde cualquier lugar sobre la tierra, a un bajo costo y con medios muy reducidos. La relación entre la tierra, el territorio y el terror ha cambiado; y hay que saber que ello se debe al conocimiento, es decir, a la tecnociencia. Es ella quien enturbia la distinción entre guerra y terrorismo. A este propósito, comparado con las posibilidades de destrucción y de desorden caótico que se encuentran en reserva, para el futuro, en las redes informatizadas del mundo, el «11 de septiembre» pertenece aún al teatro arcaico de la violencia destinada a impactar la imaginación. Se podrá hacer un daño mucho peor mañana, de manera invisible, en silencio, mucho más rápido, sin sangre, al atacar las «networks» informáticas de las que depende toda la vida [social, económica, militar, etc.] de un «gran país», de la mayor potencia del mundo. Un día se dirá: el «11 de septiembre» fueron los [«buenos»] viejos tiempos de la última guerra. Las cosas aún eran del orden de lo gigantesco: ¡visible y enorme! ¡Qué tamaño, qué altura! Desde entonces ha habido cosas peores. Las nanotecnologías de todo tipo son mucho más poderosas e invisibles; inasibles, se insinúan por todas partes. Son rivales micrologicos de los microbios y las bacterias. Pero nuestro inconsciente ya es sensible a eso, ya lo sabe, y eso es lo que da miedo.)

Si bien esta violencia no es una «guerra» entre Estados, tampoco es una «guerra civil» o una «guerra de partisanos», en el sentido definido por Schmitt, en la medida en que no consiste, como la mayoría de las «guerras de partisanos», en una insurrección nacional ni en un movimiento de liberación destinado a tomar el poder en el suelo de un Estado-nación (incluso si uno de los objetivos, lateral o central, de las redes de «Ben Laden» es desestabilizar a Arabia Saudita, aliada ambigua de los Estados Unidos, e instalar un nuevo poder estatal en ella). Si después de todo se persiste en hablar aquí de terrorismo, esta denominación cubre un nuevo concepto y nuevas distinciones.

¿Usted cree que se pueden hacer estas distinciones?

DERRIDA: Hoy es más difícil que nunca. Si no se quiere confiar ciegamente en el lenguaje corriente, el cual casi siempre se presta con docilidad para las retóricas de los medios de comunicación o las gesticulaciones verbales del poder político dominante, hay que ser muy prudente al usar la palabra «terrorismo» y, sobre todo, «terrorismo internacional». Ante todo, ¿qué es el terror? ¿Qué lo distingue del miedo, de la angustia, del pánico? Hace un momento, al sugerir que el acontecimiento del 11 de septiembre sólo era major en la medida en que el traumatismo que infligió a las conciencias y a los inconscientes no consistía en lo que había ocurrido sino en la amenaza indeterminada de un futuro más peligroso que la Guerra Fría, ¿hablaba yo de terror, de miedo, de pánico o de angustia? ¿En qué se diferencia el terror organizado, provocado, instrumentalizado, de ese miedo que toda una tradición, de Hobbes a Schmitt, e incluso a Benjamin, considera como la condición de la autoridad de la ley y del ejercicio soberano del poder, como la condición de la política misma y del Estado? En el Leviathan, Hobbes no habla solamente de fear sino de terrour (11, X27). Benjamin dice, a propósito del Estado, que éste tiende a apropiarse, mediante la amenaza, precisamente, del monopolio de la violencia (Crítica de la violencia). Se dirá, naturalmente, que no toda experiencia de terror, incluso si es muy específica, es necesariamente efecto de un terrorismo. Sin duda; pero la historia política de la palabra «terrorismo» se deriva ampliamente de la referencia al terror revolucionario francés que se ejerció a nombre del Estado y que suponía precisamente el monopolio legal de la violencia. Si nos remitimos a las definiciones corrientes o explícitamente legales del terrorismo, ¿qué encontramos? Allí la referencia a un crimen contra la vida humana cometido en violación de las leyes (nacionales o internacionales) siempre implica a la vez la distinción entre civil y militar (se supone que las víctimas del terrorismo son civiles) y una finalidad política (influenciar o cambiar la política de un país aterrorizando a su población civil). Estas definiciones, por consiguiente, no excluyen el «terrorismo de Estado». Todos los terroristas del mundo pretenden responder en defensa propia a un terrorismo de Estado previo que no dice su nombre y se cubre con toda clase de justificaciones más o menos creíbles. Usted conoce las acusaciones que se han lanzado, por ejemplo, y sobre todo, contra los Estados Unidos por la sospecha de practicar o alentar el terrorismo de Estado[vii]. De otra parte, los desbordamientos terroristas eran frecuentes incluso durante las guerras declaradas de Estado a Estado, dentro de las formas del derecho europeo tradicional. Mucho antes de los bombardeos mas o menos masivos de las dos últimas guerras mundiales, la intimidación de las poblaciones civiles constituía un recurso clásico. Desde hace siglos.

Hay que decir algo también acerca de la expresión «terrorismo internacional» que alimenta los discursos políticos oficiales en todo el mundo. Esta expresión se encuentra también en numerosas condenas oficiales de parte de las Naciones Unidas. Después del 11 de septiembre, una mayoría aplastante de los Estados representados en la ONU (quizás incluso la unanimidad, no lo recuerdo, habría que verificarlo) condenó, como lo había hecho en más de una ocasión en el transcurso de los últimos decenios, lo que llama el «terrorismo internacional». Ahora bien: durante una sesión televisada de las Naciones Unidas el secretario general Kofi Annan tuvo que recordar de pasada numerosos debates anteriores. En el momento mismo en que se alistaban para condenarlo, algunos Estados manifestaron sus reservas sobre la claridad de ese concepto de terrorismo internacional y sobre los criterios para identificarlo. Como ocurre con muchas nociones jurídicas que tienen una importancia crucial, el que haya cosas oscuras, dogmáticas o precríticas en esos conceptos no impide que los poderes establecidos y llamados legítimos hagan uso de ellos cuando les parece oportuno hacerlo. Por el contrario, entre más confuso es un concepto, con mayor docilidad se presta para su apropiación oportunista. Por lo demás, fue como consecuencia de esas decisiones precipitadas, sin debate filosófico, a propósito del «terrorismo internacional» y de su condena, que la ONU autorizó a los Estados Unidos a utilizar todos los medios que la administración de ese país juzgara oportunos y apropiados para protegerse contra el llamado «terrorismo internacional».

Sin necesidad de ir demasiado atrás, incluso sin recordar, como se hace tan a menudo, y con razón, por estos días, que unos terroristas pueden ser admirados como combatientes de la libertad en un contexto (por ejemplo, en la lucha contra el ocupante soviético en Afganistán) y denunciados como terroristas en otro (hoy en día, a menudo los mismos combatientes con las mismas armas), no olvidemos la dificultad que tendríamos para decidir entre lo «nacional» y lo «internacional» en el caso de terrorismos que han marcado la historia de Argelia, de Irlanda del Norte, de Córcega, de Israel o de Palestina. Nadie puede negar que hubo terrorismo de Estado en la represión francesa en Argelia, entre 1954 y 1962. El terrorismo que practicaron los rebeldes argelinos fue considerado durante mucho tiempo como un fenómeno doméstico, mientras se considero que Argelia hacía parte integrante del territorio nacional francés; igualmente, el terrorismo francés de ese entonces (ejercido por el Estado) se presentaba como una operación de policía y de seguridad interior. El Parlamento francés solamente confirió el estatus de «guerra» (y, por consiguiente, de confrontación internacional) a ese conflicto retrospectivamente, varios decenios después, en los años noventa, y eso con el fin de poder asegurar unas pensiones a los «veteranos» que las reclamaban. ¿Qué reveló entonces esta ley? Que se debía, y se podía, cambiar todos los nombres utilizados hasta entonces para calificar lo que antes se había denominado con pudor, en Argelia, precisamente los «acontecimientos» (a falta, una vez más, para la opinión pública popular, de poder nombrar la «cosa» de manera adecuada). La represión armada, como operación de policía interior y terrorismo de Estado, se convirtió de pronto en una «guerra». En el otro bando, los terroristas eran y en adelante fueron considerados en una gran parte del mundo como combatientes de la libertad y héroes de la independencia nacional. En cuanto al terrorismo de los grupos armados que impusieron la fundación y el reconocimiento del Estado de Israel, ¿se trataba de un terrorismo nacional o internacional? ¿Y el de los diversos grupos de terroristas palestinos de hoy? ¿Y los irlandeses? ¿Y los afganos que lucharon contra la Unión Soviética? ¿Y los chechenios? ¿A partir de qué momento un terrorismo deja de ser denunciado como tal para ser saludado como el único recurso de un combate legítimo? ¿O a la inversa? ¿Por dónde trazar el límite entre lo nacional y lo internacional, la policía y el ejército, la intervención para «mantener la paz» y la guerra, el terrorismo y la guerra, lo civil y lo militar, en un territorio y dentro de unas estructuras que aseguren el potencial defensivo u ofensivo de una «sociedad»? Digo vagamente «sociedad» Porque hay casos en los que una determinada entidad política más o menos orgánica y organizada no es ni un Estado ni una entidad totalmente no estatal, sino un estado virtual: véase lo que se llama hoy en día Palestina o Autoridad Palestina.

Inestabilidad semántica, confusión irreductible de la frontera entre los conceptos, indecisión en cuanto al concepto mismo de frontera: no basta con que todo ello sea analizado como un desorden especulativo, un caos conceptual o una zona de turbulencia aleatoria en el lenguaje público o político; por el contrario, es preciso reconocer allí unas estrategias y unas relaciones de fuerza. El poder dominante es quien logra imponer, y por consiguiente legitimar, incluso legalizar (pues siempre se trata del derecho), en un escenario nacional o mundial, la denominación y, consecuentemente, la interpretación que le conviene en una determinada situación. Es así como, en el transcurso de una larga y complicada historia, los Estados Unidos han conseguido suscitar un consenso intergubernamental en América del Sur para llamar oficialmente «terrorismo» a toda resistencia política organizada al poder establecido, verdaderamente establecido, y por ahí derecho convocar a una coalición armada contra el susodicho «terrorismo». De ese modo, los Estados Unidos pueden delegar tranquilamente la responsabilidad en los gobiernos de América del Sur y evitar las acusaciones justificadas de intervencionismo violento.

Pero en lugar de continuar en esta dirección multiplicando ejemplos, me voy a contentar con subrayar una vez más la novedad que hace urgentes tanto una refundación, si es que aún se puede decir así, de lo jurídico-político, como una mutación conceptual, es decir, a la vez semántica, léxica y retórica. Consideremos nuevamente la mayor parte de los fenómenos que se pretende identificar e interpretar como acciones «terroristas» (nacionales o internacionales), actos de guerra o intervención de peacekeeping. Estos fenómenos ya no tienen como objetivo la conquista o la liberación de un territorio y la fundación de un Estado-nación. Ni de parte de los Estados Unidos o de Estados (ricos) llamados del Norte, los cuales no ejercen ya hegemonía en la forma colonial o imperial de una ocupación del territorio, ni de parte de los países que en otra época estuvieron sometidos a este colonialismo o a este imperialismo. La alternativa «terrorista/combatiente de la libertad» también corresponde a categorías del pasado. Incluso allí en donde hay «terrorismo de Estado», ya no se trata de ocupar un territorio sino de asegurar un poder tecnoeconómico o un control político que sólo requiere un mínimo de territorio. Si bien el recurso petrolero, por ejemplo, sigue siendo uno de los raros territorios, uno de los últimos lugares terrestres no virtualizables, será suficiente con asegurar el derecho de paso para un oleoducto. Pero es cierto que por el momento toda la estructura tecnoindustrial de los países hegemónicos depende de él y que, por más compleja y sobredeterminada que sea, la posibilidad de aquello de lo que acabamos de hablar sigue anclada, si se me permite decirlo, en esos lugares no reemplazables, en esos territorios no desterritorializables. Los cuales siguen perteneciendo, en derecho y dentro de la tradición aún sólida del Derecho Internacional, a Estados-naciones soberanos.

Lo que usted dice exige un cambio muy profundo en el ámbito de las instituciones internacionales y del Derecho Internacional.

DERRIDA: Una mutación semejante deberá producirse. Pero es imposible prever a qué ritmo ocurrirá. En todas las transformaciones de que hablamos sigue siendo incalculable ante todo el ritmo, el tiempo de aceleración y la aceleración del tiempo. Y ello por razones que son esenciales y que se refieren a la velocidad misma de los cambios de velocidad tecnocientíficos, así como a los cambios de dimensiones que las nanotecnologías introducen en nuestras evaluaciones y en nuestras mediciones. Estos trastornos del Derecho Internacional son necesarios, pero pueden producir en una o en veinte generaciones: ¿quién puede decirlo? Sin considerarme capacitado para saber quién merece hoy en día el nombre de filósofo (no confiaría para ello en criterios profesionales o corporativos), estaría tentado a llamar en el futuro filósofo a todo aquel que reflexione de manera responsable sobre estos asuntos y pida cuentas a quienes tienen a su cargo la palabra pública, el lenguaje y las instituciones del Derecho Internacional. Es «filósofo» (yo preferiría decir «filósofo-deconstructor») quien intente analizar, con el fin de extraer consecuencias prácticas y efectivas, el vínculo entre las herencias filosóficas y la estructura del sistema jurídico-político aún dominante y visiblemente en mutación. Es «filósofo» quien busque una nueva criteriología para distinguir entre «comprender» y «justificar». Se puede describir, comprender, explicar determinadas sucesiones de eventos que conducen a la «guerra» o a los «terrorismos» sin justificarlos en lo más mínimo, incluso condenándolos y tratando de inventar nuevas cadenas de eventos. Se puede condenar incondicionalmente los actos de terrorismo (sean o no de Estado) sin desconocer la situación que pudo generarlos, si no legitimarlos. Para dar ejemplos tendríamos que empeñarnos en análisis largos, en principio hasta interminables. Se puede condenar incondicionalmente, como lo hago yo aquí, el atentado del 11 de septiembre sin prohibirse tener en cuenta unas condiciones, reales o alegadas, que lo hicieron posible. Todos aquellos que, en todo el mundo, organizaron o intentaron justificar este atentado vieron en él una respuesta a los terrorismos de Estado de los Estados Unidos y de sus aliados. Tal fue el casó, por ejemplo, solamente por ejemplo, en el Medio Oriente, aunque Yasser Arafat haya condenado también el «11 de septiembre» y rehusado con razón a Ben Laden el derecho a hablar en nombre del pueblo palestino.

Si la distinción entre guerra y terrorismo es problemática y se acepta la noción de terrorismo de Estado, aún queda la pregunta: ¿quién es más terrorista?

DERRIDA: ¿El más terrorista? Esta pregunta es necesaria, pero al mismo tiempo está destinada a quedar sin respuesta. Necesaria porque tiene en cuenta un hecho esencial: todo terrorismo se presenta como una réplica en una situación de puja y forcejeo. Equivale a decir: «Recurro al terrorismo como último recurso porque el otro es más terrorista que yo; me defiendo, contraataco; el verdadero terrorista, el peor, es quien me privó de cualquier otro medio diferente a éste antes de presentarse él mismo, el primer agresor, como víctima». Es así como los Estados Unidos, Israel, las potencias coloniales, los países ricos, los poderes de forma imperialista son acusados de practicar el terrorismo de Estado y de ser «más terroristas» que los terroristas de los que se dicen víctimas, etc. Como el patrón es bien conocido, no insisto. Pero es difícil descalificarlo pura y simplemente, incluso aunque a veces se lo utiliza de forma simplista y abusiva. Inversamente, la pregunta que usted hace, la de un «mas o menos» en el terrorismo, no se debería referir a una lógica pura y objetivamente cuantitativa, pues no debería dar lugar a ninguna estimación formalizable. La acción «terrorista» busca producir efectos psíquicos (¡conscientes e inconscientes!) y reacciones simbólicas o sintomáticas que pueden tomar numerosos rodeos (incalculables, en realidad). La calidad o la intensidad de las emociones que provoca (conscientes o inconscientes) no siempre guarda proporción con el número de víctimas o con la cantidad de daños causados. En una situación y una cultura determinadas, siempre y cuando la repercusión mediática no espectacularice el acontecimiento, la muerte de miles de personas en un tiempo muy breve puede provocar menos efectos psíquicos y políticos que el asesinato de un solo individuo en otro país, otra cultura, otro Estado-nación sobre equipado desde el punto de vista mediático. Pero, además, ¿el terrorismo pasa solamente por la muerte? ¿No se puede aterrorizar sin matar? ¿Y matar es necesariamente hacer morir? ¿No es también «dejar morir»? ¿Acaso «dejar morir», «no querer saber que se deja morir» (a cientos de millones de seres humanos de hambre, del sida, de falta de atención médica, etc.) no puede hacer parte de una estrategia terrorista «más o menos» consciente y deliberada? Quizás es un error suponer con ligereza que todo terrorismo es voluntario, consciente, organizado, deliberado, intencionalmente calculado: hay «situaciones» históricas o políticas en las que el terror opera, por decirlo así, como por sí mismo, como simple efecto de un dispositivo, en razón de las relaciones de fuerza instaladas, sin que nadie, ningún sujeto consciente, ninguna persona, ningún yo se sienta consciente o se haga responsable de él. Todas las situaciones de opresión, social o nacional estructural, producen un terror que no es nunca natural (que es, por lo tanto, organizado, institucional) y del cual dependen, sin que jamás quienes se benefician de él tengan que organizar actos terroristas y sean tratados como terroristas. El sentido estrecho, demasiado estrecho, que se le da comúnmente a la palabra «terrorismo» hoy en día se hace circular en todas sus formas en el discurso que domina el espacio público, ante todo gracias al poderío tecnoeconómico de los medios de comunicación. ¿Qué habría sido el «11 de septiembre» sin la televisión? Esta pregunta ya se planteó y se exploró, y no voy a insistir más en ella. Pero hay que recordar que la mediatización máxima era un interés común de los organizadores del «11 de septiembre», de los «terroristas» y de quienes, en nombre de las víctimas, ansiaban declarar la «guerra contra el terrorismo». Entre estas dos partes, este cubrimiento mediático era, como el buen sentido al decir de Descartes, la cosa mejor repartida del mundo. Más que en la destrucción de las Torres Gemelas o el ataque al Pentágono, más que en el asesinato de miles de personas, el verdadero «terror» consistió (y comenzó efectivamente) en exponer, en explotar, en haber expuesta y explotado su imagen por parte del propio objetivo del terror Este objetivo (digamos que son los Estados Unidos y todo lo que se una o se alíe a ellos en el mundo, lo cual prácticamente no tiene límites) estaba él mismo interesado (tenía el mismo interés, el cual, por consiguiente, comparte con su enemigo mortal) en exponer su vulnerabilidad, en darle toda la resonancia posible a la agresión contra la que quiere protegerse. Se trata otra vez de la misma perversión autoinmune. Habría que decir más bien «pervertibilidad», para designar así una posibilidad, un riesgo o una amenaza cuya virtualidad no tiene la forma de una intención maligna, de un espíritu del mal, de una voluntad de hacer daño. Pero esta virtualidad sola basta para asustar, digamos que para aterrorizar. Es la raíz no erradicable del terror y en consecuencia de un terrorismo que se anuncia incluso antes de organizarse como terrorismo. Implacablemente. Sin fin.

Añado aquí un llamado: no hay nada puramente «moderno» en esta mediatización del terror, en un terrorismo que opera mediante la propagación, a través del espacio público, de imágenes o rumores que aterrorizan a la llamada población civil. Es cierto que, a través de la radio y la televisión, lo que se llama «propaganda» organizada (cosa en efecto relativamente moderna) tomó en el siglo XX, y ya desde la Primera Guerra Mundial, parte esencial en la guerra «declarada». Acompañó, de manera indisociable, bombardeos (convencionales o atómicos) que no podían distinguir entre lo «civil» y lo «militar», como por su parte tampoco podían hacerlo las «resistencias» y las represiones de los movimientos de resistencia. Ya entonces, en las dos guerras mundiales, era imposible distinguir rigurosamente entre guerra y terrorismo. Vea, por ejemplo, a los héroes de la Resistencia francesa, que continuaron la «guerra» después del armisticio y a menudo en nombre de la «Francia libre» de De Gaulle. Estos resistentes eran tratados regularmente de «terroristas» por los nazis y por los colaboradores de Vichy. Esta acusación cesó con la Liberación de Francia, pues era un instrumento de propaganda nazi. Pero ¿quién puede alegar que no tenía nada de verdad?

¿Dónde estaba usted el 11 de septiembre?

DERRIDA: Estaba en Shanghai, al final de un largo viaje a China. Allá era por la noche, y el dueño del café en donde me encontraba con unos amigos nos anuncia que un avión se había «estrellado» contra las Torres Gemelas. Yo regreso precipitadamente al hotel y desde las primeras imágenes televisadas (las de CNN, preciso) era fácil prever que aquello se iba a convertir, a los ojos del mundo, en lo que usted ha llamado un «acontecimiento mayor», Aun si lo que debería seguir era, en cierto modo, invisible e imprevisible. Pero para darse cuenta de la gravedad del acontecimiento y de sus dimensiones «mundiales» bastaba con movilizar dentro de sí algunas hipótesis políticas probadas con anterioridad. Hasta donde me pude dar cuenta, China trató durante los primeros días de circunscribir el alcance del acontecimiento como si se tratara de un episodio local. Pero ya esta interpretación organizada, que respondía al estado de las relaciones entre China y los Estados Unidos (tensiones diplomáticas e incidentes de orígenes diversos), tuvo que ceder ante otras necesidades: CNN y otros medios internacionales penetran el espacio chino, y China también tiene su propio problema «musulmán». Le tocó unirse, de una u otra forma, a la «coalición» «antiterrorista». En la misma lógica habría que analizar las motivaciones y los intereses detrás de los diversos desplazamientos geopolíticos o estratégico-diplomáticos que, por decirlo así, «revistieron» al «11 de septiembre» (acercamiento entre Bush y Putin, a quien se dejan las manos libres en Chechenia, asimilación bastante útil pero bastante apresurada del terrorismo palestino al terrorismo internacional, lo cual implica un llamado a una respuesta universal, etc. En estos dos casos hay quienes están interesados no solamente en presentar a sus adversarios como terroristas -que lo son, en efecto, en cierta medida-, sino solamente como terroristas, y sobre todo «terroristas internacionales que hacen parte de la misma lógica, incluso de la misma red, y a quienes se pretende oponer, no un contraterrorismo, sino una «guerra», en el subentendido de que se trata de una guerra «limpia». Los «hechos» muestran bien que estas distinciones son impracticables, carentes de rigor y manipulables de la manera más oportunista).

Si se deconstruye radicalmente la distinción entre guerra y terrorismo, y entre tipos diferentes de terrorismo (nacional o internacional), se hace muy difícil concebir la política de manera estratégica. ¿Quiénes son los actores en el escenario mundial? ¿Cuántos hay? ¿No ve usted el riesgo de una anarquía total?

DERRIDA: La palabra «anarquía» amenaza con llevarnos a renunciar demasiado rápido al análisis y la interpretación de lo que, en efecto, se parece a un puro caos. Hay que tratar, tanto como sea posible, de dar cuenta de esta apariencia. Hay que hacer todo para que este nuevo «desorden» sea lo más inteligible posible. El análisis que acabamos de esbozar hace un momento iba en este sentido: un fin de la «Guerra Fría» que deja un solo campo, en realidad una coalición de Estados que aspiran a la soberanía, frente a potencias anónimas y no estatales, organizaciones armadas, virtualmente con poder nuclear, pero que también pueden, sin utilizar armas, sin provocar explosiones, sin realizar ataques personales, utilizar técnicas informáticas temiblemente destructoras, o en todo caso capaces de llevar a cabo operaciones para las cuales no se tiene un nombre (ni guerra ni terrorismo), que no se realizan ya en nombre de un Estado-nación y cuya «causa», en todos los sentidos de la palabra, es difícil de formalizar (causa teológica, étnica, socioeconómica, etc.). De ningún lado se cuestiona jamás una lógica de la soberanía (política, relativa al Estado-nación, de origen ella misma ontoteológico aunque más o menos secularizado en una parte, o puramente teológico y no secularizado en la otra). Ni del lado de los Estados-naciones y de las grandes potencias que tienen sede en el Consejo de Seguridad, ni del otro, ni de los otros lados, pues precisamente hay un número indeterminado de ellos. No hay duda de que todo el mundo señalará la existencia del Derecho Internacional (cuyos fundamentos, en mi opinión, pueden ser perfeccionados, revisados, y exigen una completa reestructuración, tanto conceptual como institucional). Pero este Derecho Internacional no se respeta en ningún lugar. En cuanto una parte no lo respeta, las otras dejan de considerarlo respetable y lo traicionan su vez. Los Estados Unidos e Israel no son los únicos países que desde hace tiempos se dan todas las libertades que consideran necesarias con respecto a las resoluciones de la ONU.

Para responder de manera más precisa a su pregunta, diría que los Estados Unidos no son tal vez el único blanco, ni siquiera el blanco central o final de la operación a la que se ha asociado el nombre de «Ben Laden», al menos por metonimia. Quizá se trata de provocar una situación militar y diplomática que desestabilice a algunos de los países árabes que se encuentran desgarrados entre una poderosa opinión pública (antinorteamericana, incluso antioccidental por mil razones que tienen que ver con una historia compleja, vieja de varios siglos, pero también, como consecuencia de la era colonial o imperial, con la miseria, la opresión y un adoctrinamiento ideológico y religioso), de una parte, y de otra, la necesidad de asentar su autoridad no democrática en una alianza diplomática, económica y militar con los Estados Unidos. La lista la encabeza Arabia Saudita, país que sigue siendo el enemigo privilegiado de todo aquello que puede representar un «Ben Laden» (me sigo valiendo de este nombre como de una sinécdoque) o un S

Enviado el 11 de Mayo. << Volver a la página principal << | delicious

Publicar un comentario.

[ Netiquette: Protocolo de publicación de comentarios ]

(Si no dejó aquí ningún comentario anteriormente, quizás necesite aprobación por parte del administrador del sitio, antes de que el comentario aparezca. Hasta entonces, no se mostrará en la entrada. Gracias por su paciencia).

Copia las dos palabras de la imagen en la casilla correspondiente: