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Mayo 13, 2011

Escritores inclasificables: la extrañeza (primera parte) - Daniel González Dueñas

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a Valentina, a Erick


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Una de las características de la mentalidad binaria occidental es la trampa dialéctica: resulta imposible concebir lo “alto” sin lo “bajo”, lo “lejano” sin lo “cercano”, lo “antiguo” sin lo “moderno”. Cualquier adjetivo implica, por contraposición, a su contrario. Por eso se dice que el poder depende de sus detractores, y sólo una mentalidad binaria puede afirmar, con total convicción, que la excepción confirma a la regla. Este mecanismo se presenta, desde luego, en la esfera del arte. Así por ejemplo, cualquier eufemismo que intenta calificar a la literatura “heterodoxa” reafirma (o recrea) a la ortodoxa. Cuando Rubén Darío usó la denominación “los raros” para aludir a artistas irreductibles a fórmulas o corrientes, no desconocía que esa misma palabra consagraba indirectamente a lo opuesto: los no-raros, es decir aquellos que automáticamente quedaban definidos como “los normales”. Incluso la frase “escritor secreto” parece destacar automáticamente, quiérase o no, a aquello que no es secreto, es decir, a lo que tiene divulgación.

Por lo demás, si la palabra “secreto” resulta peligrosa, no es sólo porque con ella parece sugerirse que se trata de escritores que no llegaron a publicar sino, peor aún, que se escondieron de la sociedad. En los casos en que se hace trampa, llamar “subterránea” a esta corriente (a partir de la denominación inglesa underground) no hace sino afianzar el reinado de lo superficial; pero existe otra forma que podría llamarse “transparente”, para la cual la literatura extraña es un poderoso testimonio de lo inclasificable, de lo irreductible, de lo paradójico, de lo simultáneo.

Hablaremos aquí de escritores inclasificables, de aquellos que parecen más reacios o más resistentes a las clasificaciones, pero es necesario darse cuenta de que ya el término “escritores inclasificables” es en sí una clasificación: se los clasifica precisamente como inclasificables. Puesto que los actos de inventariar, catalogar y jerarquizar resultan inevitables para nuestra mentalidad —que sólo sabe guiarse por los rubros, las etiquetas y las definiciones sumarias—, he elegido ese mote de “escritores inclasificables” no porque sea la más correcta o la más justa, sino porque es la que menos equívocos convoca: es la única que contiene su propia negación, la única que se permite dudar de sí misma abiertamente. Las otras dos que son benignas, “secretos” y “transparentes”, no están exentas de equívocos; al usarlas habría que explicar que los escritores aludidos no son “secretos” porque se hayan ocultado (aunque algunos sí lo hayan hecho deliberadamente) sino porque no manifestaron ningún interés en “hacerse notar” por su sociedad (en esta línea no hay sino un paso para llamarlos “invisibles”); y si se les calificara como “transparentes” habría que añadir que no es porque uno pudiera ver a través de ellos (aunque a nivel metafórico es el caso de muchos de estos escritores) sino porque no jugaron ese juego de las oscuridades graduadas al que se llama “vida socioliteraria”.

(Por la misma naturaleza del tema que nos ocupa, ninguno de los marcos de referencia aquí usados puede ser entendido como fijo e inamovible: todos son ambiguos y esquivos, y contienen más excepciones que reglas. Así, por ejemplo, el hecho de negarse a participar del juego de prestigios de la “vida cultural” no es en ninguna forma un determinante; algunos de estos escritores manifestaron un rechazo tajante a la autopromoción, es cierto, pero otros aceptaron, cada uno a su manera, jugar ese juego.)

Ha habido muchas formas de llamarlos, de aludir a esa forma de la extrañeza a la que estos escritores representan y encarnan. Puesto que Rubén Darío los llamó “los raros”, es esa la etiqueta que más se emplea, sin duda debido al prestigio del poeta nicaragüense; sin embargo, como se ha visto, esa denominación no está exenta de precariedad y trampa, como tampoco lo están las más frecuentes, entre ellas “heterodoxos” y “subterráneos”. Casi cada crítico que se interesa en estas figuras propone nuevos eufemismos porque no hay quien no se dé cuenta de que todas esas fórmulas fallan cuando tratan de aludir a estas personalidades sui generis.

Cuando en cualquier medio de comunicación se usan lugares comunes como la frase “escritor de reconocido prestigio”, brinca por detrás algo como una autoridad que parece totalmente independiente de esos medios: si algo es mencionado con respeto (aunque éste sea formal y de mero trámite), y si estas menciones son reiteradas, se provoca en el escucha un sobreentendido correspondiente a “Por algo será”. Toda referencia acerca de lo reconocido se hace siempre pensando que sucede en un mundo abstracto, puro, desapasionado, en el que el reconocimiento se da por sí mismo, “por méritos propios”, y que por lo tanto no depende —como en realidad sucede— de una avalancha de factores sociales, culturales y políticos, y sobre todo de mecanismos de propaganda y publicidad, como en el caso de cualquier “producto”.

Sabemos muy bien que la propaganda y la publicidad se basan en la repetición: mientras más se reitera un nombre más se aumentan las posibilidades de que la memoria colectiva lo retenga. La repetición genera el reconocimiento: el “producto” comienza a ser reconocido, es decir, comienza a tener prestigio, que es lo que se entiende como renombre. Los medios nos hacen sobreentender que si un nombre se repite es “por méritos propios”, y sin duda así sucede en muchos casos, pero el acento no está en el mérito sino en el consenso que define a lo que es meritorio y a lo que no lo es. Y ese consenso resulta muy simple: es meritorio lo que se repite, y se repite lo que es meritorio. Nosotros, los supuestos beneficiarios de los medios masivos (en realidad somos sus consumidores), sabemos que esos medios no pueden cubrirlo todo y que hacen una selección. Lo curioso es que, aunque intuimos que en esa selección “ni están todos los que son ni son todos los que están”, a la vez pensamos que los que están, son, y los que no están, no merecen existir (existir es tener los méritos necesarios para “estar en la luz pública”).

Sabemos que la información es selectiva y discriminatoria, pero creemos que basta atender a los medios para estar informado: los medios no pueden ufanarse de cubrir la totalidad de lo que sucede en el mundo en todo momento y lugar, y ni siquiera lo intentan; no nos hacen sobreentender que lo que no mencionan no existe, sino sencillamente que no vale la pena, que no tiene méritos, que no ha sido reconocido por el consenso. Por tanto, no nos preocupa ignorar a todo aquello que no tiene prestigio suficiente, es decir, que carece de los méritos necesarios para estar “en el candelero”. Brillar, ser notorio o reconocible resulta la meta apetecida o “éxito”, cuya falencia implica al temido “fracaso”: no ser capaz de salir de la oscuridad y del anonimato.

Y puesto que cualquiera puede llamar la atención a partir de la extravagancia, la vociferación o la sordidez (ahí está la estereotípica historia de Eróstrato, que supuestamente incendió la Biblioteca de Alejandría con objeto de lograr la perduración de su nombre), existen rígidas reglas para la “ascensión”, es decir para demostrar los méritos. Quien no sigue ese decálogo (basado en la baja pasión, el canibalismo y la doble moral) no obtiene reconocimiento oficial y queda fuera del canon.

Existe todavía otra inferencia, aún más agresiva: la de que acaso un determinado autor tuvo prestigio en “su” tiempo, pero lo ha perdido y, por tanto, ya no es “vigente”, es decir, ya no pertenece a “los temas de actualidad”: ha perdido injerencia en el presente, lo cual significa que está fuera de la historia. Aquí actúa otro rapaz lugar común referido a la progresión prestigio/fama/gloria: “es peor haberlo tenido y perdido que nunca haberlo tenido”.

La gran palabra que se relaciona con esto es “éxito”. El lenguaje de los medios y sus inferencias muestran claramente que cuando se usa esa palabra no se habla de un triunfo humano, artístico o espiritual, sino de una victoria de la capacidad individual para hacerse notar y convencer al consenso del valor y autoridad de la obra personal. El sobreentendido es apabullante: quien no emprende esa tremenda lucha contra el anonimato, carece de toda autoridad (si no reclama por sí mismo la voz cantante, nadie va a concedérsela, pero tampoco si no lo hace en los términos aceptados y acatando las severas reglas establecidas para reclamar un sitio en el medio cultural). Y en la retórica del poder que rige a Occidente, no hay mayor contradicción que la de un autor sin autoridad.

Puede imaginarse que por cada acto o hecho mencionado por los medios hay innumerables sucesos que ellos no recogen; en ese vasto cúmulo de lo insignificante (lo que llega a los medios es, como se sobreentiende, lo significativo) quedan, tal vez, innumerables sucesos que podrían llamarse insignificantes, pero también otros que podrían ayudarnos a redefinir esa tabla de valores que determina para los medios lo que significa y lo que no lo hace. Ese vasto e incierto territorio es la Tierra de Nadie de los medios, que cubre desde lo “insignificante” hasta lo “no prioritariamente significativo”.

Una gran inferencia que aquí sólo puede tratarse de paso es la que ejemplifica muy bien un lugar común entre los antropólogos: “Los pueblos felices no tienen historia”. Sólo tiene historia lo que implica a lo contrario de la “felicidad” (tan precaria y tramposamente definida como lo es su opuesto): conflicto, devastación, catástrofe, tragedia. No resulta gratuita esta liga entre historia y rapiña (o entre felicidad e insignificancia) y, de hecho, de ella proviene una de las mayores venganzas mediáticas contra lo inclasificable. Un turbio sobreentendido implica que los “pueblos felices” no son desarrollados ni evolucionados y que son ajenos al progreso. La palabra “felicidad”, en este contexto, infiere primitivismo. En una palabra, la expresión “pueblos felices” implica que son tontos, puesto que la inteligencia es amargura y cinismo, o no es. Esta es la liga que suele hacerse entre los escritores inclasificables y lo naïf.

Es por todo ello que Henry Miller llega a exclamar:


Estar en silencio todo el día, no ver ningún periódico, no oír ninguna radio, no escuchar ningún chisme, abandonarse absoluta y completamente a la pereza, estar absoluta y completamente indiferente al destino del mundo, es la más hermosa medicina que uno puede tomar. Poco a poco se suelta la cultura libresca; los problemas se funden y se disuelven; los ligámenes se rompen; el pensamiento, cuando uno se digna entregarse a él, se hace muy primitivo; el cuerpo se transforma en un nuevo y maravilloso instrumento; se mira a las plantas, a las piedras y a los peces con ojos diferentes; se pregunta uno a qué conducen las luchas frenéticas en que están envueltos los hombres [...]. Los periódicos engendran mentiras, odio, codicia, envidia, sospecha, temor, malicia. No necesitamos a la verdad tal como nos la sirve la prensa diaria. Lo que necesitamos es paz, soledad y ocio. [El coloso de Marusi, 1941.]


“¡Qué irresponsabilidad!”, espeta el hombre de los media, incapaz de concebir a alguien que no quiera estar “al corriente” de lo que sucede en el mundo. Pero Miller no habla de irresponsabilidad, todo lo contrario: atisba lo que podría ser el individuo si lograra deshacerse de lo que hacen los medios con él (no estamos al corriente del mundo sino en la corriente mediática): sólo entonces podría comprometerse verdaderamente con el mundo. Miller, ese gran inclasificable, sabe que sólo estamos comprometidos con los medios, esto es, con la realidad que ellos presentan; que lo que llamamos mundo es la imagen construida expresamente para construir al hombre que debe habitarla. La obra de Miller es el testimonio de su intenso compromiso, del insobornable impulso que lo lleva no a la autogratificación narcisista sino a la exigencia de redefinición, comenzando por las palabras paz (una renuncia a las guerras de todo tipo en que consiste la cotidianidad), soledad (un rechazo al compacto gregarismo necesario para mantener incólume a la pirámide del poder) y ocio (un reclamo del tiempo y el espacio interiores a los que la imperante imagen del mundo ataca y adormece).

Enviado el 13 de Mayo. << Volver a la página principal << | delicious

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