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Mayo 03, 2011

El mejor amigo de David Foster Wallace - LPC

Originalmente en La Petite Claudine

d_f_w.jpg Abril ha sido un mes intenso para los fans de David Foster Wallace. El Guardian publicó una entrevista con su viuda, la artista Karen Green, hablando de la publicación de su novela inconclusa, The Pale King. Poco después Jonathan Franzen, su mejor amigo, publicó un articulo en el New Yorker hablando de Robinson Crusoe, la isla chilena de Masafuera y el suicidio, donde sugiere que la muerte de DFW (que se colgó en su propia casa y fue descubierto por su mujer) fue en parte un gesto calculado para establecerse como mito de la literatura contemporánea.

Los fans sabrán lo que les importa ese relato. Los que no son fans podrán interesarse en el proceso de un escritor cuya muerte devora su obra y las dificultades que impone la muerte deliberada de un ser amado.

Me disculpo de antemano por la traducción, que es mía:

Estaba enfermo, desde luego y, de alguna manera, la historia de nuestra amistad es que yo quería a una persona mentalmente perturbada. Esa persona acabó suicidandose, de manera premeditada para inflingir el mayor dolor posible en aquellos a los que mas quería, dejando a los que más le queríamos furiosos y traicionados. Traicionados no sólo por la pérdida de una inversión emocional sino por la manera en que ese suicidio nos quitó a la persona amada para convertirla en leyenda. Gente que nunca leyó sus relatros, que jamás oyó hablar de él, había leído su discurso en Kenyon College y lamentó la pérdida de un alma grande y gentil. La oligarquía literaria que jamás seleccionó ninguno de sus libros para el premio nacional se unía para declararle tesoro nacional. Como escritor, sé que no le pertenece a sus lectores más de lo que me pertenece a mí. Pero cuando sabes que su carácter era mucho más complicado y equívoco de lo que la gente se cree, que era mucho más adorable -divertido, payaso, necesitado, más decididamente en guerra con sus propios demonios, más perdido, más infantil en sus mentiras y contradicciones- que ese beatífico y clarividente artista-santo que han hecho de él, es mucho más duro no sentirse traicionado por la parte de él que prefirió la adulación de extraños al amor de aquellos más cercanos a él.
Son aquellos que le conocieron menos los más proclives a hablar de él en términos de santidad. Esto es esecialmente extraño dada la ausencia casi absoluta del amor ordinario en su ficción. Las relaciones de amor profundo, que para casi todos nosotros son una fuente fundamental de significado, no tenían lugar en el universo Wallace. Nos ofrece, en su lugar, personajes que ocultan sus frías obsesiones de sus seres queridos, personajes que maquinan la apariencia del amor o que se convencen a sí mismos de que aquello que parece amor no es más que un velado egoísmo. O, como mucho, personajes que dedican un amor abstracto o espititual hacia alguien profundamente repulsivo, como el cerebro chorreante que es la esposa de "La broma infinita" o el psicópata de la última entrevista con hombres repulsivos. La narrativa de David (Foster Wallace) está poblada por fraudes, manipuladores y autistas emocionales y, sin embargo, la gente que sólo le conoció de manera oficial o anecdótica tiende a tomarse su extrema consideración y su sabiduría moral de manera absoluta.
Algo curioso sobre la narrativa de David es lo reconocidos e identificados, lo amados que se sentían sus más devotos fans al leerlo. Si es verdad que cada uno de nosotros está atrapado en su propia isla existencial- y creo que es aproximadamente correcto afirmar que sus lectores más sensibles han sido aquellos familiarizados con los efectos socal y espiritualmente aislantes de la adicción, la obsesión o la depresión- - todos esperábamos agradecidos cada nueva entrega de aquela isla lejana que era David. En cuanto al contenido, él siempre nos dió lo peor de sí mismo: desplegó, con una intensidad de autoanálisis comparable a la de Kafka, Kierkegaard o Dostoyevsky, los extremos de su propio narcisismo, misogina, obsesión, decepción, moralismo deshumanizante y su constante teologizar, sus dudas en torno a la existencia del amor y la trampa de sus notas-dentro-de-más-notas. En cuanto a la forma y la intencion, sin embargo, el mero catalogo de su deseperar acerca de su verdadera bondad ha sido recibido por el lector como el regalo de su bondad genuína: sentimos el amor en el hecho de su escritura, y le amamos por eso.

Después de dos años comprensiblemente tratando de no pensar en ello, Frazen ha entendido que “la diferencia entre su incontrolable miseria y mis pequeños descontentos era que yo podía ampararme en la belleza de los pájaros pero él no". Además de la clínica, casi autista descripción de la depresión del propio Foster Wallace, me ha recordado al relato de William Styron de su propia depresión, donde describe la enfermedad como una dolorosa incapacidad fisica para derivar placer de ningún estímulo, una especie de aburrimiento mortal.

El artículo, como era de esperar, ha traído cola y pataletas. Yo no soy una gran fan de David Foster Wallace pero pasé gran parte de mi adolescencia pensando en la muerte de Sylvia Plath y Robert Walser, que imagino fulminado en la nieve por un rayo de belleza mortal.

Enviado el 03 de Mayo. << Volver a la página principal << | delicious

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