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Junio 21, 2011

Imágenes a flote - Diego Mas Trelles

A propósito de la exposición “Exvotos” del artista y poeta Perejaume en la Galería Soledad Lorenzo.

surar10.jpg La proliferación de obras audiovisuales realizadas por artistas, conviviendo en el mismo maëlstrom de imágenes en el que se suceden largometrajes de ficción hechos por artistas (los trabajos recientes de Steve McQueen, Julian Schnabel, Sam Taylor Wood) documentales (Santiago Sierra, Gillian Wearing) o nuevas versiones del film d’art (sobre Sol Lewitt, Tinguely o Anselm Kieffer) hace que volvamos a la forma retórica de la Ekphrasis: descripción literaria de las imágenes.

Puesto que si de otras obras, una reproducción fotográfica pudiese bastar para tener cierto conocimiento de ellas, en el caso de las imágenes en movimiento un still aislado no da cuenta de la experiencia temporal ni de la narración si la hay, y frente a una videoinstalación, una mera fotografía de registro apenas alcanza para vislumbrar el dispositivo pero no la experiencia de su percepción.

Como modelo literario canónico y para explicar la ekphrasis, siempre se trae a colación a Homero, quien en el capítulo XVIII de La Ilíada, describe las escenas y paisajes presentes en el escudo de Aquiles forjado por el dios del fuego y de la metalurgia Hephaestus – Vulcano para los romanos - (versos retomados y recreados por el poeta W.H. Auden en The Shield of Achilles).
En lengua castellana no podemos dejar de citar al respecto, las alusiones a pinturas y obras de arte en Lope de Vega y Calderón de la Barca o las reflexiones sobre la imagen en gran parte de la obra de Lezama Lima.

En la exposición citada, se podían ver piedras y formas en poliestireno, explícitamente anti-naturales, trozos de alcornoque como support/surface de un monocromo negro, fotografías de varios árboles sucesivamente iluminados, aislados del conjunto, señalados y subrayados por la luz en la oscuridad del bosque, fotografías de otros árboles de cuyas ramas penden joyas y abalorios o niños con espigas como palmas instalados cual frutas coloridas entre las hojas y un vídeo en B/N de una hoguera a cuyo lado cae incesante un chorro de agua.

La obra principal, en tanto así está valorizada por el montaje de la exposición, es “Surar” (flotar), un vídeo rodado en HD en color (a partir de los ochenta diríamos: una proyección monocanal).
Una pieza de 9’ 50’’ que se comercializa en una edición de tres ejemplares.

Critiquemos de paso y a mansalva, que muchas galerías y museos no creen necesario poner la duración de las obras en las cartelas de acompañamiento respectivas. El espectador no sabe si se encuentra ante un breve loop que ha de repetirse hasta que alguien desconecte el lector de dvd, si en su visita el espectador podrá aprehender la totalidad de la obra o si ésta ha de durar 24 horas como The Clock, la obra de Christian Marclay.

“Surar”, 2009, con guión y dirección de Perejaume hace figurar en créditos como productora a Wasabi (la empresa productora de Isabel Coixet). La obra trata de una acción, de una intervención en el paisaje. Despojando un elemento del todo que integraba, escamoteando su presencia. Una extracción literal y un traslado para llevarlo en andas al mar, rehaciendo el paisaje.

Sabemos ya que la obra de Perejaume sigue planteando la relación entre arte y naturaleza, alejado de los presupuestos formales del Land Art y del Environmental Art, incidiendo en la representación del paisaje, en sus relieves y orografías, enmarcándolo, trabajando sobre él, en traducciones a nuevos objetos, en tergiversaciones y sumándole además una carga poética. Para establecer otras correspondencias con “Surar”, quiero citar expresamente a Ensayo de mimología forestal, que mostraba la trascripción del sonido de un bosque y Entrada del mar, en que el paisaje del bosque deviene un telón abierto luego a un paisaje submarino.

Muchas obras de arte, y de la arquitectura, han sido producto como ésta, del derribo y acarreo.

Un árbol en el monte. Un hombre se le acerca, lo tala –a lo sumo vemos dos, tres golpes en plano general- y se va.

Las imágenes no se regodean en la acción, ni la detallan ni se instalan en el fluir del tiempo (en ocasiones, ver crecer la hierba en tiempo real parece conmover a ciertos cineastas o artistas que se toman demasiado a pecho lo de “time based art”). Aquí, los planos hacen gala de brevedad, separados por fundidos a negro como estilema clásico de la elipsis.

Varios hombres con ropas comunes van hacia la figura derribada. La alzan del suelo, la mueven. Si hubiesen estado vestidos de negro habrían recordado a los partícipes de alguna ceremonia ficticia puesta en escena por Shirin Neshat. En todo caso, no hay énfasis ni búsqueda de lirismo. La acción está narrada en planos generales, no hay música y el sonido – no demasiado presente – es el que corresponde directamente a las imágenes.

Entre los transportistas, costaleros o campesinos reunidos para la labor comunal, se divisa al artista para aquellos que lo conozcan.

Y con el árbol derribado se internan, alejándose, entre el boscaje.
Después de una pausa, marcada como decíamos por el negro, el árbol es transportado a través de la ciudad, que se adivina pequeña, todo lo rápido que permite su peso repartido entre los hombres y mujeres – menos – que lo cargan, con el follaje raspando los muros de calles angostas.

“Pintura caminada”, se titula un poema de Perejaume.

Un puñado de niños forman por detrás del árbol, un cortejo con algarabía. No sabemos si es una escena documental, casual, o también puesta en escena.

Presa, trofeo, ya casi reliquia, ahora se lo divisa desde lo alto y con la cámara en picado al cruzar una vía férrea que linda la costa. Allí se lo arroja por la borda, por encima de un murete que separa el paseo, de la playa.

A partir de aquí los planos son perpendiculares a la acción, en proyección ortogonal.
El tronco, las ramas y las hojas (¿sigue siendo un árbol?) son empujadas al mar, evocando una canoa primigenia aún sin desbastar del todo, una balsa de fortuna, o aquellos árboles que son arrastrados por la corriente después de una gran inundación.
Sobrepasan la rompiente sin gran esfuerzo (es obvio que estamos en el Mediterráneo) y se adentran en el mar.

Los hombres nadan junto a la madera muerta cual diminutos remolcadores.
Vemos imágenes submarinas donde se muestran las hojas ondulando en el agua, perdiendo el color por puro efecto óptico ya que no por el paso del tiempo, deslavazando el verde original. Adivinamos cuerpos en escorzo, piernas, torsos que nadan en paralelo al follaje sumergido.
Al final, los últimos hombres abandonan el árbol a su suerte, se alejan de él a nado, como huyendo de un naufragio y dejándole solo, a la deriva en la inmensidad del océano.
Desde la altura y de lejos – ¿desde algún edificio? - lo vemos flotando en el agua como una ofrenda a Iemanjá, orishá femenina del panteón Yoruba, madre del mundo, reina de los mares, señora de las aguas.

“Surar”, podría parecer la transcripción visual de un rito agrario primitivo cuyo lirismo poético nacería de su propia simpleza, ruda y agreste como en algunas secuencias de films de los hermanos Taviani.

“…Arbres de totes les ones del mar,…” reza un verso de Perejaume y sin embargo, en un artículo de ensayo dice a su vez:

El paisajista debe saber arrancar la imagen del terreno donde se encuentra preservando tanto su integridad como su esplendor. Perejaume, Realitat i mite d'una veu no humana, 2005.

Aunque en esta ocasión arranque al objeto real para crear una nueva imagen, que a su vez se convierte en objeto, de exposición.

¿Ha preservado su integridad?

Es ahora la imagen la que porta su propio esplendor.

Podemos imaginar que él árbol flotante se corrompa, se disgregue paulatinamente mientras sus hojas sirven de alimento a los peces, que sus ramas sirvan de refugio a medusas hasta disolverse, que el tronco ya desnudo vuelva a la costa, quede varado en una playa para que algún bañista lo use de respaldo al leer, hasta que otro lo queme en una hoguera en una noche de San Juan, que algunas astillas o ramitas sobrevivan torneadas por la arena y el viento para ser encontradas y adornar el borde de una bañera o la parte de arriba de un televisor, para ser vendida en un mercado ibicenco de tallas artesanales o que otro artista la exponga, previa recolección y acomodo junto a otros restos marinos imitando tal vez a Jorge Barbi.

En honor a la memoria de ese árbol, quedará la intención poética del artista, quedarán las fotografías de Perejaume, el vídeo que ha resaltado su destrucción – por tanto singularizado su previa existencia - y nuestro recuerdo de esas mismas imágenes. Queda asimismo la huella en el mar, el claro en el bosque.

…Pero siempre en la imitación o semejanza habrá la raíz de una progresión imposible, pues en la semejanza se sabe que ni siquiera podemos parejar dos objetos analogados. Y que su ansia de seguir, de penetrar y destruir el objeto, marcha sólo acompañada de la horrible vanidad de reproducir.” José Lezama Lima, “Las imágenes posibles”, texto de 1948 compilado en Analecta del Reloj, 1953.

Enviado el 21 de Junio. << Volver a la página principal << | delicious

Comentarios

Podemos imaginar que él árbol flotante se corrompa, se disgregue paulatinamente mientras sus tóxicas hojas envenen a los peces, que sus ramas sirvan de refugio a medusas que infestan el agua, que el tronco ya desnudo vuelva a la costa, quede varado en una playa para que algún bañista lo use como letrina, hasta que otro lo queme en una hoguera de un botellón playero, que algunas astillas o ramitas sobrevivan para clavarse en nuestros pies o para ser encontradas y adornar el borde de una bañera o la parte de arriba de un televisor junto a un torito y una bailaora, o para ser vendida en un mercado ibicenco de tallas artesanales o que otro artista la exponga, previa recolección y acomodo junto a otros restos marinos imitando tal vez a Jorge Barbi.

(otra vida es posible)


La empressa que col·labora normalment amb la producció audiovisual de PereJaume és Wasabi Produccions i no te res a veure amb la productora d'Isable Coixet.


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