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Junio 02, 2011

X* - Víctor Balcells Matas

Originalmente en Huesos de sepia

child.jpg X es una curiosa novela de Percival Everett. Digo curiosa porque si quiero transcribir algún fragmento, tendré que hacerlo en varias partes. El motivo es muy sencillo: la novela tiene otra novela dentro de la propia novela. Bueno, es una manera farragosa de decir que el libro tiene como mínimo tres voces. Así que voy a transcribir tres fragmentos. El primero corresponde al narrador principal, que es un escritor negro de poco éxito llamado Thelonius Monk, autor de reescrituras portmodernas de Esquilo y otras obras más extrañas e infumables. Es un hombre abrumado por el éxito avasallador de otros contemporáneos suyos a los que no soporta. Habla de sus problemas como escritor, pero también reconstruye su propio drama familiar. El que, supongo, todos tenemos de una forma u otra. Me gusta mucho su elegancia y su sutileza.

- ¿Qué preferirías perder, la vista o el oído? -preguntó Lisa una noche cuando estábamos sentados a la mesa de picnic que había en la parte de atrás.
Los mosquitos ya empezaban a salir y casi todos los cangrejos se habían escondido.
- El oído -respondió Bill al instante-. En este mundo hay demasiadas cosas que ver. Cuadros, paisajes, caras. Sin oír puedes espabilarte, y también puedes aprender a leer los labios.
- ¿Y tú, Monksie? -preguntó mamá.
Los temas de ese tipo le parecían adecuados para la conversación, creía que nos harían bien.
- No sé. Echaría en falta oír la música y los grillos. Echaría de menos poder ver los cuadros, como ha dicho Bill. El oído, supongo. Preferiría ser sordo.
- Yo también.
- ¿Y tú, papá? -preguntó Bill.
Papá masticaba y nos escuchaba con ese aire ausente tan suyo. Miró a Lisa y luego me miró a mí como si estuviera estudiándonos. Miró a mamá, en un extremo de la mesa, y movió la cabeza en señal de asentimiento. A Bill le dedicó la mirada más prolongada. Luego miró el grupo que formábamos y dijo: "La vista", con una sonrisa que no llegaba a serlo del todo, pero que bastó para que nos echáramos a reír, como si en vez de insultarnos nos hubiera tomado el pelo.

Otro narrador es Stagg R. Leigh. Se trata de un pseudónimo que utiliza el narrador principal para escribir una novela comercial sobre negros. Como he dicho, no soporta a sus contemporáneos y, en un arrebato de desenfreno, decide escribir una novela al más puro estilo callejero y macarra, titulada "Porculo". No voy a decir qué ocurre, pero la escritura de esta obra, que se incluye íntegra dentro del libro, cambiará la vida del protagonista. Un fragmento para que comparéis las dos voces:

La mama nos mira a mí a la Tardreece y nos llama "desechos humanos". Así empieza todo. "desechos humanos", dice. "Desechos humanos, eso es lo que sois, malparidos". La miro y pienso en qué querrá decir "desecho" y no me gusta cómo me mira, y me levanto de la silla en la que estoy sentado, voy hasta la otra punta de la cocina y cojo un cuchillo así de grande de la incimera. "¿Y qué vas a hacer tú con eso, desecho humano?". Y rajo a la mama. Le clavo el cuchillo en el estómago y lo saco todo rojo, y la mesa toda roja, todas las piernas chorreando sangre y mi hermanita se pone a chillar y yo le digo "¿Y ahora por qué chillas, Niña?", y me mira y me dice que porque he rajado a la mama. Me miro las manos y las veo todo rojas y no sé qué está pasando. Y rajo a la mama otra vez. La rajo porque tengo miedo. La rajo porque la quiero. La rajo porque la odio. Porque la quiero. Porque la odio. Porque no tengo padre.


El tercer narrador corresponde a una voz que utiliza el personaje principal, Thelonius Monk, para redactar ideas para posibles relatos. En ocasiones son ideas para tramas y a veces son diálogos imaginarios para una posible obra que no llega a escribir. Aquí uno de esos diálogos, que se produce entre Rothko y Motherwell, ambos pintores pertenecientes al expresionismo abstracto:

Rothko: Soy un hombre viejo
Motherwell: No eres tan viejo.
Rothko: Y soy un viejo amargado. Me he aficionado a esta brocha de pintor que encontré. Con ella, los contornos parecen casi etéreos. Curioso, ¿verdad? Una brocha de pintor. Apuesto a que ese diablo de Hitler usó una parecida cuando era un jovenzuelo repugnante. Y aquí me tienes a mí con la brocha. Tengo todas esas pinturas en polvo y mezclo y vuelvo a mezclar, pero ¿mis colores son de verdad tan distintos? ¿Está la gente harta de mis cuadros? A mí me gustan mis primeras obras. Esto que estoy haciendo ahora me deprime.
Motherwell: El trabajo nos deprime a todos.
Rothko: Bonita homilía en boca de un joven apuesto.
Motherwell: No soy tan joven.
Rothko: Y formal. Lo he advertido. Estoy pensando en suicidarme, pero eso ya lo habrás adivinado, sin duda. Y crees que, de algún modo, entiendes lo que siento. Sí, eres un tipo formal. Tus cuadros dan pena, por supuesto.

* X, Percival Everett, Blackie Books, Barcelona 2011.

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