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Julio 10, 2011

LA IMAGINACIÓN - Luis Francisco Pérez

Evelina-Domnitch-CL.jpgHay dedicatorias que incluso en la sobriedad de su más pura elegancia formal nos emplazan, nos empujan, a ir en busca de esa filiación establecida por medio de una referencia admirativa. Cuando en 1980, en los albores de la ahora tan denostada postmodernidad, Roland Barthes publica La chambre claire. Notes sur la photographie (1) nada hacía presagiar que el desciframiento del signo expresivo, en lo referente a la imagen fotográfica llevada a cabo por Barthes, incluyera en la primera página de su ensayo esta discreta y silenciosa dedicatoria: “En homenaje a La imaginación de Jean-Paul Sartre”. Nada, en verdad, en el tiempo y en el espacio del alegre y fastuoso París de la era Mitterrand, hacía pensar en la necesidad de recordar el breve ensayo publicado por Sartre en el mismo año, 1936, del triunfo electoral en Francia del Frente Popular. Es más: el cartesiano laconismo de la dedicatoria contribuye a desestabilizar, por su ausencia, las coordenadas culturales e intelectuales tan necesarias para establecer puentes comunicativos entre ambos referentes. Nada. Pura esencia. La imaginación, parece decirnos Barthes, únicamente admite ser homenajeada. En silencio. Sin el recurso de halagos y alabanzas. Mudos han de quedar clarines y trompetas.

Sartre es un brillantísimo joven de poco más de treinta años cuando publica La imaginación (2). Casi contemporáneo de los extraordinarios descubrimientos formales y conceptuales de la Vanguardia, en 1936, año de la publicación del citado ensayo, Sartre ya ha tenido tiempo de calibrar, filosóficamente, los primeros signos de corrupción del ideario vanguardista, máxime cuando el retour a l’ordre del periodo de entreguerras, ya plenamente establecido, ha conseguido la “claudicación” de dos de los más augustos guerreros de la Vanguardia, Picasso y Stravinsky. Es precisamente en este estadio intermedio de disolución de la brutalidad vanguardista, o de nivelación en función de una representación comprensible de la imagen-cosa, donde Sartre sitúa su trinchera defensiva: la imagen (la imaginación) y su relación con el pensamiento. Premisa ésta que, cual flecha proyectada al futuro, recoge Barthes indirectamente, lúcido sabedor que las tesis defendidas por Sartre tenían su comprensión más cabal en un tiempo muy posterior con respecto al de su fecha de escritura.

Barthes considera a la fotografía como una “obstinación del Referente”, cualidad o audacia que permite a la imagen “estar siempre ahí”, imagen-cosa imperturbable a cualquier veleidad interpretativa excepto de la turbia mirada del voyeur, personaje-lector que, sabiendo sin saber, sospecha que toda imagen, como bien nos dice la fenomenología, es la nada del objeto, pues ese voyeur piensa (actúa) con respecto a aquello que contempla como una cosa. Imagina y desea la posesión de esa cosa. No necesariamente de una manera física o intelectual: pura posesión vaciada de contenido alguno.

Hacia el final de su ensayo, Sartre, quizá un poco cansado de la densa travesía llevada a cabo por el pensamiento de los grandes metafísicos de los siglos XVII y XVIII, desea finalizar su brillante recorrido por “le problème de l’imagination” por lo que podríamos definir como “una apuesta de futuro”, o mejor: por aquello que vendrá. Dice así: “Todo el mal procede de haber llegado a la imagen como una idea de síntesis. Nos hemos propuesto mostrar que necesariamente debía de ser así, desde que se aceptaba el postulado de una imagen-cosa. La imagen es un acto, no una cosa”.

Lo que Sartre denunciaba en la década de los treinta, Barthes lo confirma con una simple dedicatoria cincuenta años más tarde, y nos corresponde a nosotros, inmersos en arenas movedizas sin escapatoria posible, seguir acusando recibo, ahora más que nunca, del obsceno triunfo del arte en tanto que imagen-cosa, anulada cualquier posibilidad de establecer una relación directa entre imagen y pensamiento y esclavizada la imaginación a ser un burdo referente bien de una vulgar estampa sociológica, bien de una tramposa alusión coyuntural y falsamente política, bien sometida a una miserable encadenación de causa-efecto sin más consecuencia que la triste aprobación de un mal chiste, tan fácil como patético.

Sartre muere en 1.980, el mismo año, recordamos, que Barthes publica La cámara lúcida, y si bien hacía mucho tiempo que las cuestiones de estética habían dejado de preocuparle, resulta conjeturable pensar que el autor de La náusea se congratuló de saber que sus tesis defendidas hacía casi medio siglo se cumplían con matemática precisión, y que su melancólico lamento de “necesariamente debía de ser así…” iba a tener un largo y dictatorial reinado. En verdad, ya todo es imagen-cosa, u objeto-cosa, o instalación-cosa, o vídeo o película-cosa, poco ha de importarnos la disciplina escogida, porque fuera cual fuera la alternativa deseada, la fantasía allí demostrada –portentosa, ni qué decir tiene- existe en tanto que resumen, o síntesis, de una acción que posee como único fin reconducir la experiencia estética a su más pura visibilidad –echar un vistazo, para entendernos, y con eso basta. Con eso, y el “asombro” ante tal despliegue de “imaginación” desarrollada por el artista.

En el primer capítulo de La imaginación, Sartre analiza la imagen en términos de “dominio de la apariencia, pero de una apariencia a la cual nuestra condición humana presta una suerte de sustancialidad”. Queremos entender o interpretar esta frase-idea en los siguientes términos: si lo que domina es la apariencia, el espectador –el espectador contemporáneo- presta su visión de la obra contemplada no a su propia condición ontológica en tanto que regalo u ofrenda estética o intelectual, sino a la propia obra, y que en un perverso juego de espejos deformantes sustancializa la imagen contemplada únicamente como reconocimiento de un acto concreto –que ese “reconocimiento” sea aprobatorio o no carece de utilidad alguna, pues su fin último no es la especulación crítica o el docto análisis de sus componentes formales, sino el simple reconocimiento de un acto. Ver por ver, y asombrarse.

Condenada la imaginación a ser fantasía improductiva -¿improductiva? Nadie lo diría ante la imparable y colonizadora bienalización de la producción artística del más puro presente- rindamos honores, loas y alabanzas a Damien Hirst y Maurizio Cattelan, gloriosos guerreros vencedores de esta cruzada, y la lista de tan insigne guardia pretoriana podría ser infinita, con artistas españoles incluidos, naturalmente. Ante esta claudicación sólo nos resta asentir impotentes al argumento que Marcuse consideraba natural y propio del siglo XX –y quedándose muy corto en lo que respecta a lo que llevamos transcurrido del XXI. Llevando el agua a nuestro propio molino, es decir: limitándonos únicamente a la producción estética del presente, si bien, es innegable, otros territorios han sido igualmente colonizados con el mismo argumento, Marcuse considera que nuestro presente (el suyo, obvio, pero de una forma mucho más terrible y pesante también el nuestro) está instrumentalizado por “la colonización del Inconsciente”(3), o “desublimación represiva”, indicando con ello la puesta del inconsciente al servicio de la alienación; una operación, en efecto, que sería imposible sin los recursos de la creatividad estética, cómplice (queremos creer que a su pesar) del asesinato de la imaginación por la fantasía.

Ah, el Inconsciente… con él (ello) nunca sabe uno a qué carta quedarse. Si la Imaginación perturbaba, pero sobre todo liberaba, la Fantasía esclaviza – y el tiempo en pasado del verbo es melancólicamente intencional. En nuestro atribulado presente estético parece claro quién está ganando esta incruenta batalla. Una Fantasía que, al menos tal y como la practican Hirst y Cattelan, es decir: su desprecio del pensamiento, se diría obsesionada por la satisfacción (desublimación represiva) del Deseo. Y al respecto ya sabemos lo que nos advirtió Freud: que esa satisfacción es siniestra.

Notas

1 Roland Barthes, La Cámara lúcida – Nota sobre la fotografía, Edit. Paidós, Barcelona 1990
2 Jean-Paul Sartre, La Imaginación, Editorial Sudamericana, Buenos Aires 1978
3 Eduardo Grüner, El sitio de la mirada, Edit. Norma, Buenos Aires 2001


Enviado el 10 de Julio. << Volver a la página principal << | delicious

Comentarios

El asistir como espectador a esta lucha en la que las fuerzas "luminosas" vencen a las "luciferinas" debería ser tan fascinante como vivir el espectáculo -horrorizados- del maremoto que nos destruirá. Pero …no es así. Produce sopor, aburrimiento. Y la tormenta perfecta sigue avanzando. Un saludo.


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