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Agosto 25, 2011

¿Criticar o escribir sobre arte? - Jairo Salazar

Visto en [esferapública]
P1020887.JPG En Colombia hay cientos de críticos de arte, pero pocos historiadores. En el mismo portal de Esfera Pública se leen a diario docenas de críticas de todo tipo, pero pocas tesis planteadas sobre la obra de alguien en particular. Estamos atacando mucho, pero construyendo poco. No estamos generando historia ni documentando con bases sólidas qué es lo que está aconteciendo en el arte contemporáneo colombiano hoy día. Y eso nos afecta a todos.

He descubierto con el paso de los años cómo cuantos más artistas conozco más me doy cuenta de la brecha ideológica y por ende del desinterés colaborativo entre muchos de ellos con los historiadores. Me pregunto yo, de donde o por qué esa tendencia de los artistas a evadir o preferir no interactuar con los historiadores de arte? Y la respuesta creo que es más simple de lo que pensaba. Muchos de esos historiadores se autoproclaman primero que nada críticos de arte. O, por otra parte, muchos artistas asumen que ser historiador de arte automáticamente lo convierte a uno en crítico. Son pocos quienes se atreven a asumir y llevar su rol como historiadores o como personas cuya responsabilidad primaria debería ser la del documentar la experiencia, producción, y difusión del arte, así como son muchos los que al ser historiadores o tener un conocimiento teórico sobre estética del arte se atribuyen el poder de hablar sobre, o hacer crítica de, arte.

Hasta el momento no he logrado comprender ese empecinamiento de quienes hacen crítica de arte por destruir por completo no sólo la obra sino la integridad moral del otro, como si los artistas fueran ídolos de papel y no personas. Y en Colombia nos está sucediendo mucho esto. Es que el rótulo de crítico de por sí es problemático desde el punto de vista semántico, pues muchos asumen que ser crítico de arte significa inmediatamente el juzgamiento de la obra del artista, por un lado, y el conocimiento y dominio del campo artístico, por el otro. Y no necesariamente tiene que ser así. No es cuestión ni de buscarle el pelo al huevo ni de encontrarle la quinta pata al gato. Por otra parte, pareciera que el crítico tiende a acomodarse plenamente en una aparente posición de poder que en realidad es más frágil y subjetiva de lo que ellos creen. Preferiría leer el tipo de lectura estética que respeta la posición del artista con respecto a una temática plástica o conceptual, en vez de entrar de lleno y con la predisposición de no tragar entero y buscar de qué forma se puede criticar de forma negativa el producto hecho por el artista. Menos en un contexto como el nuestro, en donde tenemos pocos lugares, pocos escenarios, y en donde lo poco que sale a la luz –que quizá no sea la panacea pero tampoco es cien por ciento malo como lo quieren hacer creer- es inmediatamente destruido y despedazado con un alma de odio que a veces me pregunto si es que realmente nuestra idiosincrasia nacional es esa: la del destruirlo todo.

El problema también radica en que las críticas están fundamentadas más en un discurso metafórico y poco puntual que en un acto claro y conciso del por qué algo en un artista no funciona. Los juzgamientos, que al final sería más acertado utilizar este término que el de crítica, están basados en argumentos teóricos de corte barroco, llenos de excesos, referencias, pies de página, y de un lenguaje inflado, florido, y excluyente, que poco o nada puede llegar a interesarle al ciudadano de a pie y que incluso a la gente del mismo medio les resulta monótono y aburrido, tal como menciona un artículo del diario El País de España publicado en 2007[1.

Uno de los problemas más comunes y persistentes en la práctica de escribir sobre arte en este país resulta en la creencia –volvemos al modernismo más arraigado- de que cuanto más elaborado sea el texto y el lenguaje que le infiere, mayor credibilidad tendrá su crítica. El continuismo de esta actitud de quienes escriben sobre arte es de un perjuicio tremendo, más en un contexto como el nuestro, pues lo que necesitamos es acercar más a la gente a que hable y disfrute del arte, y no espantarlos aún más por adefesios literarios que dicen poco o nada y que transmiten la imagen de que el mundo del arte, en vez de ser un lugar que invita, es un lugar al que hay que entrar con credenciales. Y en pleno 2011, es una pena que mantengamos ese tipo de actitud de élite con respecto a algo que debería incluirnos a todos.

Estamos entonces ante un problema de rol, de lenguaje, y de actitud. En muchas ocasiones pareciera que algunos de los llamados críticos tienen complejo de jurado de reality show y salen inmediatamente de una exposición a ventilar todo lo que tienen que decir escudados en esa ya mencionada posición de poder otorgada por ellos mismos. El problema además se amplía cuando pensamos que es muy fácil hablar del trabajo del otro desde el punto de vista temático/conceptual/estético/teórico/filosófico, etc. cuando muchos de estos críticos jamás se habrán manchado las manos si quiera con dos gotas de pintura ni sabrán lo que es tener un pincel entre sus manos. Cada día entonces comprendo y concuerdo más con los artistas, tanto profesionales como estudiantes, que ven en los críticos de arte artistas frustrados que, al no ser capaces de producir objetos con un carácter estético y conceptual, se dedican es a hablar mal de aquello que ellos jamás pudieron ni podrán hacer bien.

En ningún momento busco que no se escriba ni que se haga crítica del arte. Pero si vamos a ser tan envalentonados de escribir sobre arte o de hacer crítica de arte entonces también tengamos la valentía de conocer primero cómo son los procesos de producción de cada uno de los artistas, por qué hacen lo que hacen, qué tipo de decisiones llevan a que el artista X le guste la técnica Y y no la Z, o por qué y bajo qué argumentos sólidos consideramos como juicio válido el tan modernista, cincuentero, y arrugado es que yo puedo hacer eso. Porque dichos procesos de conceptualización de la obra y de ejecución, esa selección de ideas y la elaboración final del producto, puede resultar tan o incluso más laboriosa, que sentarse en un escritorio detrás de un computador a escribir sobre lo que uno no ha hecho. Me gustaría que algún día se invirtieran los procesos y los artistas plásticos se dedicaran a escribir o comentar sobre lo que escriben sus críticos. Esa crítica de la crítica diría muchas más verdades que aquellas que algunos críticos con aires caudillistas pretenden imponer.

Hace falta que se escriba sobre arte desde el papel del historiador. De aquel que compila experiencias, escribe crónicas, y documenta manifestaciones artísticas dentro de un tiempo y un espacio determinado. Me resulta más interesante el historiador que aporta a la disciplina que el crítico que da balances de artistas y exposiciones del mismo modo que el narrador deportivo hace el balance de una contienda entre dos equipos. La crítica es necesaria, sin lugar a dudas, y también es necesario desmitificar el rol del artista como maestro supremo e intocable. Pero dejemos de un lado el aspecto destructivo e histérico de lo que escribimos, pues de ser así pasaremos entonces de tener críticos a tener censores.

Enviado el 25 de Agosto. << Volver a la página principal << | delicious

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