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Agosto 21, 2011

El instante de la escritura / una lectura de Patricio Pron - Miguel Á. Hernández-Navarro

El instante de peligro

3870-30.jpg “Articular históricamente el pasado no significa conocerlo 'tal y como ha sido'. Significa apoderarse de un recuerdo tal como éste relumbra en un instante de peligro”. El comienzo de la sexta tesis sobre la historia de Walter Benjamin alude claramente a la fugacidad con la que aparece la posibilidad de conocer el pasado. Una posibilidad que se abre en un momento y desaparece para siempre. La historia se nos manifiesta en un instante. Y ese instante corre el peligro de desaparecer para siempre y no volver jamás a ser mostrado. Porque la imagen del pasado “pasa de largo velozmente”, y el pasado “sólo es atrapable como la imagen que relumbra, para nunca más volver, en el instante en el que se vuelve reconocible” (Tesis V).

Ese instante fugaz tras el que desaparece la posibilidad de conocimiento, ese instante oportuno, sólo puede ser percibido si el historiador se siente convocado en él, si se siente apelado y llamado por el pasado. Y es que “la imagen verdadera del pasado es una imagen que amenaza con desaparecer con todo presente que no se reconozca aludido en ella” (Tesis V). Ante la imagen del pasado, el historiador ha de sentirse tocado, punzado, atravesado y movilizado incluso físicamente. La imagen dialéctica benjamiana funciona de modo muy semejante a como lo hace el punctum en la fotografía según Barthes, atravesándonos y tambaleándonos porque “reconocemos” algo nuestro que está en la imagen, algo que está allí y que debería estar aquí, una familiaridad extraña muy cercana al unheimlich freudiano. Es así como ha de tomar el historiador consciencia del pasado, sintiéndolo presente, tangible, espeso, real, igual que el recuerdo de la magdalena en Proust, una imagen que no es una mera imagen visual, sino una imagen-tacto que logra movilizar todo el cuerpo, que nos eriza la nuca al abrir el tiempo. Una imagen que actúa en el presente, y que demuestra que el pasado no es totalmente pasado, sino que se encuentra latente, vivo, denso, perceptible en el presente. Una imagen lo que lo revive. Una remembranza o, mejor, una recordación, que despierta lo que pudiera estar dormido.

La historia tiene así para Benjamin una estructura apelativa: nos llama, nos alude… nos insta. Como ha recordado Cuesta Abad, “el instante presente sería ‘lo instante’ de la historia, eso que en cada presente insta –exhorta, incita, apremia– a leer y reconocer, liberar y redimir lo nunca escrito (lo no-impreso: oprimido-suprimido-reprimido) del pasado histórico” (Juegos de duelo. Madrid: Abada, 2004: 40).

Por tanto, para Benjamin, la historia no es algo meramente epistemológico, sino una cuestión política y ética. Política, porque es necesaria para actuar. Y ética, porque es una cuestión de responsabilidad. Al concebir el tiempo como algo abierto, Benjamin observa que nada está resuelto del todo –“ni los muertos estarán a salvo si el enemigo vence. Y el enemigo no ha cesado de vencer” (Tesis VI)–, pero también que lo posible sigue siendo posible. Y que ésta se ofrece como posibilidad de cambiar las cosas: “A nosotros, como a cada generación precedente, nos ha sido dada una débil fuerza mesiánica sobre la que el pasado tiene sus derechos” (Tesis II). Es decir, somos responsables del pasado. Lo somos porque, como sugiere Reyes Mate (Medianoche en la historia. Madrid, Trotta, 2006), nuestro presente se ha construido sobre las espaldas de las generaciones pasadas. Y lo somos porque tenemos “una débil fuerza mesiánica” sobre el pasado, y aún podemos hacer algo por él. Poco, porque el poder es débil, pero sí algo. Una redención mínima, pero redención al fin y al cabo. Redención que, sin duda, pasa por responder las preguntas que las generaciones anteriores dejaron formuladas y por intentar hacer efectivo aquello que quedó interrumpido.

Redimir la historia, cumplir nuestro compromiso con el pasado, es acabar lo que allí fue empezado, lo que nunca pudo llegar a ocurrir del todo, lo suspendido, la posibilidad que sigue siendo posibilidad porque no ha sido realizada. Se trata, por tanto, de “realizar” el pasado, y sólo así podremos comprenderlo y conocerlo. Quizá es el verbo inglés “to realise” el que mejor ofrece un significado a este sentido de la historia: ser consciente, comprender o darse cuenta, pero también realizar, llevar a cabo, cumplir, efectuar.

Reconocerse en el pasado

El espíritu de mis padres sigue subiendo en la lluvia, el libro de Patricio Pron, es un ejemplo paradigmático de esta manera de entender la historia. Una serie de preguntas sobre la historia y sobre cómo contarla donde nada está nunca dado por sentado y donde cada una de las preguntas conduce, a su vez, a otra aún más relevante. Se podría decir que el texto de Pron presenta 1) la búsqueda de uno mismo –el escritor–, que acaba siendo 2) la búsqueda del padre, que se transforma en 3) la búsqueda de un desaparecido –Alberto Burdisso–, que en el fondo es una manera de revivir 4) la búsqueda de una desaparecida –la hermana de Burdisso, amiga de juventud de su padre–, y que todo al final acaba convirtiéndose en 5) la búsqueda de una época –lo que sucedió a toda una generación de argentinos– y que sobre todo tiene que ver con 6) la búsqueda de la mejor manera de contar lo sucedido –el cuestionamiento de las capacidades de la escritura para decir el pasado.

Toda esta serie de búsquedas ocurren como si el pasado estuviese estructurado en diferentes estratos de tiempo y diferentes escalas, casi como en los sueños múltiples de Origen, la película de Cristopher Nolan, donde, para llegar al fondo del inconsciente, hay que ir entrando en sueños dentro de sueños hasta llegar a la verdad, oculta en el lugar más recóndito. Sin embargo, en el libro de Pron no hay una verdad única y accesible que se logra desvelar. Sólo hay preguntas que se formulan una y otra vez. Hay encontronazos con el pasado, objetos, textos, imágenes, pero nunca es posible la iluminación absoluta que desvele por completo lo sucedido.

Pron nos habla de una desaparición concreta, pero en ella está todo condensado. La historia, como sugería Benjamin, es monadológica: todo está en todo. La carpeta que abre el escritor contiene la historia de Burdisso, pero esa historia está empapada, penetrada y atravesada por la historia de un pueblo, y al mismo tiempo la historia de una situación que se repite, y que no es otra que la historia de los vencidos. Y esa es también la historia de su padre y es su propia historia. Y es también la historia de cómo contar historias.

Pero todo lo anterior no puede advertirse si uno no se encuentra apelado por el pasado, si no siente, por decirlo de algún modo, la llamada del tiempo. Una llamada que sólo es posible a través de un reconocimiento en el pasado y desde un compromiso con él, sólo si el pasado es tomado como una cuestión personal, si uno logra reconocerse y encontrarse en la imagen del pasado, si logra ver su escisión y si entiende que el sujeto es una mancha en la historia y que al mismo tiempo la historia es una mancha en el sujeto.

En el libro, el escritor se encuentra “con” el pasado, pero también se encuentra “en” el pasado. Se siente reconocido allí, en cada una de las preguntas que no han obtenido respuesta. Es cada uno de los silencios, en cada tachón, en cada olvido. Igual que el historiador benjaminiano, el escritor advierte que el pasado es cosa del presente, y que uno tiene que poner las cosas en orden, no callar y no pasar página. Porque hay un pasado que no ha pasado del todo y, si se deja pasar, pasará de largo para siempre. Por eso es necesario acabar lo que comenzaron los padres, intentar responder a las preguntas que ellos dejaron trazadas, porque de lo contrario esas ya nunca serán respondidas, y en esos interrogantes también nosotros nos perderemos.

Escribir… a pesar de todo

En La invención de la soledad, otro libro sobre el padre y la memoria, Paul Auster aludía a Sherezade y a la necesidad de contar historias para salvar la vida. Salvar la vida del que cuenta, pero también salvar la memoria. Y contar historias al final conduce a preguntarse cómo contarlas. Porque la responsabilidad sobre la historia implica la responsabilidad sobre el cómo decir el pasado. Por eso la obra de Pron no es sólo acerca de la historia y la memoria, sino también acerca del cómo transmitirla y construirla. Una construcción de la historia que es al mismo tiempo una pregunta por la manera de escribirla. De este modo, el libro de Pron cuestiona la historia establecida pero también los modos de establecerla a través de la anulación de la propia estructura de la ficción:

“Comprendí por primera vez que todos los hijos de los jóvenes de la década de 1970 íbamos a tener que dilucidar el pasado de nuestros padres como si fuéramos detectives y que no quisiéramos haber comprado nunca, pero también me di cuenta de que no había forma de contar su historia a la manera del género policíaco o, mejor aún, que hacerlo de esa forma sería traicionar sus intenciones y sus luchas, puesto que narrar su historia a la manera de un relato policíaco apenas contribuiría a ratificar la existencia de un sistema de géneros, es decir, de una convención, y que esto sería traicionar sus esfuerzos, que estuvieron dirigidos a poner en cuestión esas convenciones, las sociales y su reflejo pálido en la literatura”. (p. 143)
Escribir acerca de quien quiso cuestionar las convenciones requiere, sin duda, convertir la escritura en una pregunta continua. Por eso Pron rompe la ficción, pero lo hace desde dentro, poniendo en cuestión el dispostivo-novela al mismo tiempo que no deja de habitarlo del todo. Porque no es libro de historia, no es un ensayo, no son unas memorias. Es una novela, una novela que se interroga por su propia capacidad de enunciar y decir.

Aunque al final, lo importante es escribir. Poniendo en cuestión la escritura literaria para poner en cuestión la historia. Pero escribir al fin y al cabo:


“Alguien alguna vez había afirmado que los hijos serían la retaguardia de los jóvenes que en la década de 1970 habían peleado una guerra y la habían perdido y yo pensé también en ese mandato y en cómo ejecutarlo, y pensé que una buena forma era escribiendo algún día acerca de todo lo que nos había sucedido a mis padres y a mí y esperando que alguien se sintiera interpelado y comenzase también sus pesquisas acerca de un tiempo que no parecía haber acabado para algunos de nosotros” (p. 185).

Escribir como una manera de actuar. Escribir porque el tiempo sigue abierto. Escribir sobre lo no resuelto para que al menos las preguntas sigan abiertas. Porque ya no es posible contestarlas de una vez y para siempre. Siempre hay flecos, lugares oscuros, no resueltos, interrupciones que quedan para otro momento, para otro escritor, para ser retomadas, como un regalo, como un ofrecimiento, o, mejor, como un mandato, como una llama que no debe ser apagada. Escribir quizá sea entonces la forma de transmitir la pregunta, de volver a elevarla, de intentar que el eco no cese, aunque la pregunta nunca tenga una respuesta satisfactoria. Al fin y al cabo nuestro poder mesiánico es débil.

El historiador benjaminiano, dice Reyes Mate, “se hace fuerte en la formulación de la pregunta, en la fundamentación de la vigencia de la injusticia y, por tanto, en el derecho a una respuesta” (p. 302). Su manera de hacer historia al final no tiene otro sentido que el de “transformar en preguntas sonoras los silencios de aquellos que, desde las cunetas de la historia, ya han sido condenados a historia natural” (p. 302).

Escribir, por tanto, como una forma de extender la pregunta de aquellos cuya voz está a punto de cesar de escucharse. Porque el instante de peligro es precisamente el instante en el que podemos perder la historia. Porque esa voz del silencio puede no ser escuchada. Porque, de hecho, eso sería lo más fácil. No escuchar el silencio, no ver aquello que está en sombra, no advertir aquello que está sepultado. Porque la voz y la imagen sólo se hacen perceptibles para aquel que se sienta instado por el pasado. El peligro es que miremos para otro lado, aunque sea momentáneamente. Porque entonces todo se perderá para siempre.

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Imagen: Fouad Elkhoury, "Anarchy Je teme", Paris, 2001.

Enviado el 21 de Agosto. << Volver a la página principal << | delicious

Comentarios

Gracias por tan extraordinario artículo. Buscaré el libro. Saludos.


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