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Septiembre 25, 2011

De la teoría y la hermenéutica sublimes al infortunio poético - Eduardo Lizalde

93DBG1qa5rpd.jpg La jaula del pájaro

¿Qué es esto? ¿Qué significa el del en esa línea, decíamos? ¿Que la jaula es una prisión destinada al pájaro? ¿Que es propiedad suya? ¿Que se está comparando el pájaro mismo con la jaula?

El del, en esa simple frase, puede significar entonces muchas cosas, puede tener muchos sentidos: procedencia (la jaula viene del pájaro); propiedad (la jaula del pájaro); prisión (la jaula es el recinto en que está cautivo el pájaro, la cárcel del pájaro); comparación o metáfora (el pájaro es como una jaula, el pájaro es la jaula de su propio corazón, verbigracia). Hay otras posibles.

Eso no era ninguna locura. Era el terreno de la pura lógica, para desgracia del poeticismo. Pero ilustraba, en efecto, una técnica de análisis verbal, hacía ver los peligros de la expresión involuntariamente imprecisa (aquí es interesante el subrayado) del que quiere decir algo y lo dice con una frase aparentemente impecable desde el punto de vista significativo: la jaula del pájaro, que para un lector atento y eficaz puede no significar nada, y mucho menos si combina con una segunda referencia:

Esta jaula del pájaro
Un emplumado corazón encierra

En el lenguaje poético todo es posible:
¿Es el pájaro mismo una jaula, cuyo corazón posee plumas y alas? ¿Tiene un fabuloso pájaro, como propiedad, una jaula donde hay un corazón con plumas? ¿Un corazón emplumado (¿de hombre, de animal?) encierra una jaula en que está un pájaro? ¿En la jaula en que antes habitaba un pájaro sólo hay un corazón, el canto, emplumado? (un silbo alado, Quevedo y todos los de su siglo). En suma, ya en la doble línea, las interpretaciones pueden ser muy numerosas, como en el ajedrez cuando se analizan múltiples variantes.

La ambigüedad significativa está a la vista en el uso de ese simple del, de aquel artículo, de ese inocente posesivo. Una preocupación banal que ha dado curso a toda la filosofía y toda la semántica y la semiótica contemporáneas, pero que en el terreno de la poesía y del ejercicio creativo particular no debió ser nunca más que una referencia iluminadora y un apoyo, nunca una rémora. La conciencia de la polivalencia significativa de un verso, o de un poema, es lo que hace poderoso y comunicativo el trabajo. La univocidad como propósito era una mutilación congénita del poema. La ambivalencia, la oscuridad, el desconcierto, el propio caos significativo, al dispersión de los conceptos, el desorden del ojo, son los elementos que todo lo iluminan cuando el que los produce sabe lo que desordena al producirlos. El desorden perfecto es más perfecto que el orden, su gemelo mayor.

Para terminar con eso, la hermenéutica llevó al poetecismo a la determinación gráfica del sentido en cada partícula. Así, la comparación que indicaba la preposición de se escribía de este modo: –de–, cuando se decía, por ejemplo, “el río –de– mi cuerpo navega hacia tus mares” ¡para que no fuera a creer ningún despistado que ese de no implicaba metáfora, sino propiedad o procedencia!

Era la ofensiva y sistemática desconfianza frente al lector y era, también, la desconfianza de las capacidades comunicativas y emotivas del poeta, que pretendía transmitir su genio con nitidez indudable, apoyado en una maraña ininteligible de signos agotadoramente precisos y tediosos. Era la negación autoritaria del lector, al que se intentaba darle todo resuelto y digerido, sólo para abrumarlo, para aniquilarlo con infinitas descargas de centellas poéticas, para impedir su participación creativa en la lectura, para cegarlo. Un sueño malo, por fortuna imposible en cualquier tiempo.

Enviado el 25 de Septiembre. << Volver a la página principal << | delicious

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