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Septiembre 11, 2011

Con peluca o sin peluca: bienvenidos al desierto de lo real - María Virginia Jaua

TORRES-GEMELAS.jpgCuando ocurrió la caída de las Torres gemelas, Baudrillard se quejaba de una huelga de acontecimientos. Más allá de la muerte de Lady Di, según él, no pasaba nada en el mundo… O digamos, no pasaba nada que lo conmosionara y en esa conmosión se activara con toda su potencia la “aldea global”.

Hoy han transcurrido diez años y en los noticieros no se hace alusión a casi ninguna otra cosa cosa. Se hacen recuentos del suceso, de la manera en que fue transmitido, en cómo fue recibido por los conductores de televisón, cómo fue interpretado –lamentablemente se hace mucho más énfasis en el impacto “emocional”-, salen a la luz imágenes inéditas, testimonios, incluso se vuelve hacer alusión –velada o abierta- a lo que todavía algunos suponen que realmente pasó: “la conspiración al interior.”

No es una novedad para ninguno el poder de los medios de convertirlo todo ya no en espectáculo –cuánto echamos de menos aquellos días felices y dorados- sino en materia de deshecho, si no ¿cómo explicar el astronómico encumbramiento y la vulgar caída del mesías Julian Assange como una torre en el tablero? Ellos lo crearon y le dieron brillo, ellos lo han echado al vertedero: estamos más que nunca sumidos en lógica de la in-fama fugaz.

El derrumbamiento, ese sí, de las torres -y la fecha que le da dimensión en la historia reciente de Occidente- podrían ser el acontecimiento de mayores proporciones –ya no humana ni trágica pues desde entonces a la fecha han ocurrido guerras, genocidios, hambrunas y masacres hasta operativos antiterroristas en directo- sino productor de imagen más brutal y apocalíptica en tiempo real para una sociedad cuyo principal objeto de consumo es la imagen.

Recordar ese episodio, “revivirlo” tiene diferentes consecuencias. Para algunos es una manera de rendir homenaje a las víctimas, sellar un pacto tácito de unión ante la adversidad del superviviente, aunado a ese compulsión irrefrenable que tiene el ser humano por ingerir la imagen distópica y sembrar el miedo en su interior: en su corazón.

A esto se viene a sumar que son tiempos de crisis y no se puede andar “desperdiciando nada”, por lo tanto toca reciclar el capital de los medios, su mayor tesoro: la potestad sobre las imágenes y su distribución.

No deberíamos quejarnos, ni siquiera hacer la menor crítica a que la oferta televisiva, periodística, incluso los programas de cocina, estén dedicados al 11 de septiembre, pues existe algo mucho peor. Los noticieros que dedican la mitad de su tiempo a presentar la polémica entre el párroco de un pueblo que ha sacado en procesión a la virgen con peluca, mientras que los fieles prefieren calva.

Es verdad que este pequeño conflicto es muy productivo para el análisis cultural: la importancia del pelo en la sociedad y su evolución a lo largo de la historia; el fetichismo de la imagen religiosa (no hace falta recordarlo, todas las imágenes lo son: fetiche y objeto de culto) y las derivas del universo lúdico, infantil y perverso de los adultos creyentes católicos.

Lo cierto es que hoy Baudrillard no tendría de qué quejarse, pues este regreso a las actividades, tras el merecido “descanso” del verano guarda una promesa: la democratización de los acontecimientos y la estandarización de las imágenes: tienen igual importancia el 11-S y el “look” de la virgencita del pueblo que comparten el mismo espacio y la misma atención, o sea en la lógica televisiva tienen el mismo valor. Menos mal, eso al menos nos asegura que no habrá "escasez".

Pero no se confundan, estamos en un punto cero en el que ya da igual lo que se ponga ahí, y no debería sorprendernos porque los acontecimientos prometen que no harán huelga, mientras que el resto de la gente se prepara para salir a la calle a exigir el cambio, para que en el fondo todo permanezca y "dure". Sin embargo, siempre habrá algunos optimistas que no lo vean ni tan calvo ni con dos pelucas y con una amable sonrisa nos reciban diciendo: ¡Bienvenidos al desierto de lo real!

Enviado el 11 de Septiembre. << Volver a la página principal << | delicious

Comentarios

Siempre me gustan tus artículos. El mundo realmente vive la cultura del reciclaje. El reciclaje no es que sea malo, simplemente es siempre lo mismo. Además la crisis ha potenciado la sociedad del "más barato todavía". Las cosas no necesitan ser para siempre, cuando no son útiles se tiran, no hay mucho que perder.

Una cosa, el pueblo quiere la Virgen con peluca, es el cura el que la quiere calva. No importa mucho, pero al pueblo lo que es del pueblo. Como decía la canción, antes de morir "ponte peluca ya"...


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