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Septiembre 18, 2011

La lectura, la observación (otras formas de la conversación)* – M. P.

spiritualité_II.jpg A veces es necesario desaparecer para que otras voces regresen.

Para nosotros, que no pretendemos más que refutarla en sí misma, sin ocuparnos para nada de sus orígenes históricos podemos resumir la tesis de Ruskin con bastante exactitud en estas palabras de Descartes: “la lectura de todos los buenos libros es como una conversación con los hombres más ilustres de otros siglos que fueron sus autores”.

* * *

La diferencia esencial entre un libro y un amigo, no es su mayor o menor sapiencia, sino la manera en cómo se establece la comunicación con ellos.


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Y es ésta, efectivamente, una de las grandes y maravillosas cualidades de los bellos libros (y que nos hará comprender el papel a la vez esencial y limitado que la lectura puede desempeñar en nuestra vida del espíritu) algo que para el autor podrían llamarse “Conclusiones” y para el lector “Incitaciones”. Somos conscientes de que nuestra sabiduría empieza donde la del autor termina, y quisiéramos que nos diera respuesta cuando todo lo que puede hacer por nosostros es excitar nuestros deseos. Y esos deseos, él no puede despertárnoslos más que haciéndonos contemplar la suprema belleza que el último esfuerzo de su arte le ha permitido alcanzar. Pero por una singular ley, providencial por añadidura, de la óptica de la mente (ley que significa tal vez que no podemos recibir la verdad de nadie y que debemos crearla nosotros mismos), aquello que es el término de su sabiduría no se nos presenta que como el comienzo de la nuestra, de manera que cuando ya nos han dicho todo lo que podían decirnos surge en nosostros la sospecha de que todavía no nos han dicho nada. Por lo demás, si les planteamos cuestiones que no pueden resolver, les estamos pidiendo también respuestas que no nos aclararían nada. Pues no es más que una consecuencia del amor que los poetas despiertan en nosotros por lo que concedemos una importancia literal o cosas que no son para ellos más que la expresión de emociones personales.

En cada cuadro que nos muestran, no parecen darnos más que una ligera idea de un paraje maravilloso, diferente del resto del mundo, y en cuyo secreto quisiéramos que nos hiciesen penetrar. “Conducidnos”, nos gustaría poder decir al señor Maeterlinck, a Madame de Noailles, “al jardín de Zélande donde se cultivan flores de otras épocas”, por el sendero perfumado “de trébol y artemisa”, ya todos los lugares de la tierra de los que no habláis en vuestros libros, pero que en vuestra opinión se igual hermosura. Nos gustaría ir a ver ese campo que Millet (pues los pintores nos enseñan tanto como los poetas) nos muestra en su Printemps, nos gustaría que el señor Claude Monet nos condujese a Giverny, a orillas del Sena, a aquel recodo del río que nos deja distinguir apenas a través de la bruma matinal. Sin embargo, todas estas cosas no son en realidad más que simples azares de amistades o de parentesco que, proporcionándoles la ocasión de pasear o residir junto a ellas, han hecho que Madame de Noailles, Maeterlinck, Millet, Claude Monet, escojan para sus cuadros aquel sendero, ese jardín, ese campo, aquel recodo del río, en lugar de cualquier otro. Lo que hace que a nuestros ojos parezcan distintos y más hermosos que el resto del mundo es que contienen, como un reflejo impeceptible, la impresión que han producido en el genio, la misma que veríamos vagar tan singular y despótica por la superficie indiferente y sumisa de cualquier paisaje que pintasen.Esta apariencia con la que nos seducen y nos decepcionan a la vez y que quisiéramos atravesar, es la esencia misma de esa cosa en cierto modo sin espesor –ilusión fijada sobre un lienzo–, que constituya una visión. Y aquella bruma que nuestros ojos ávidos quisieran penetrar, es la última palabra del arte del pintor. El supremo esfuerzo del escritor como el del artista no alcanza más que a levantar parcialmente en nuestro honor el velo de miseria y de insignificancia que nos deja indiferentes ante el universo. En ese momento, es cuando nos dice:

“Observa, observa
Perfumados de trébol y artemisa.
Ceñidos por angostos arroyos de aguas vivas
Los paisajes del Aisne y del Oise.”

“Observa la casa de Zélande, rosa y brillante como una concha. ¡Observa! ¡Aprende a ver!” Y en ese mismo instante desaparece. Tal es el valor de la lectura y ésta es también su insuficiencia. Es conceder un papel demasiado grande, a lo que no es más que una iniciación, erigirla en disciplina. La lectura se encuentra en el umbral de la vida del espíritu; puede intrucirnos en ella; pero no la constituye.


*Estos fragmentos escogidos casi al azar, han sido extraídos de “Sobre la lectura” de Marcel Proust. La traducción es de Manuel Arranz, aunque realizó una traducción excelente publicada por la editorial Pretextos, he hecho una pequeña modificación: he adoptado la expresión “vida del espíritu” en lugar de “vida espiritual”. Que aunque parece lo mismo, no lo es.

Enviado el 18 de Septiembre. << Volver a la página principal << | delicious

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