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Octubre 19, 2011

Por saber que serán ceniza - Marcela Quiroz Luna

vlcn_tl.jpg “Separándose de sí misma, formándose allí toda ella, casi sin resto, de un solo trazo…” [1]

Las palabras de este pequeño libro brotan de una condena: ‘serán ceniza’. Condena que sin embargo, habilita y recibe. Condena que desnuda para poder hablar del duelo y de la hospitalidad en un mismo cuerpo.

De inicio se nos pide detener el paso. Respirar. Se nos destina lectores, destinatarios naturales, irrenunciables. Serán ceniza. Destinatarios de una escritura habitada por fantasmas y secretos. Fantasmas que de otras maneras igualmente telepáticas han sido también míos, nuestros. Edmond Jabès, Jacques Derrida, Roland Barthes, Safaa Fathy, Walter Benjamin, José Luis Brea y sus difuntas cenizas.

Las voces de esos fantasmas resuenan detrás de cada palabra y descansan a un lado entre alientos para germinar del primer duelo para gestar esa ‘conversación aparentemente impronunciable’ de la que escribía Derrida preguntando desde ese lugar-sin-lugar que se hace con la muerte al duelo: “¿Cómo hacer oír esa llamada fatídicamente silenciosa que habla antes de su propia voz?” [2]

En las palabras de este libro delicado y frágil como el cuerpo de quien lo escribiera, estamos en el origen de un dolor que nos ha unido –sin ser nunca el mismo– y sin embargo idéntico. Es el dolor con el que se aprende a vivir, apenas para seguir doliendo y en su ejercicio entregado aprender a morir escribiendo. Peleando, sin saberlo, por el derecho de la máscara y de la imagen.

Después de las primeras consideraciones, María Virginia Jaua extiende el duelo en la entrega confirmada de esa conversación impronunciable. En las letras, el dolor asienta inquebrantable su soledad. Soledad que, sin embargo, aún hace por mantenerse acompañada. No sólo él será ceniza, Jaua le pide a esa ceniza dada que hable. Y en ella, en su voz, contesta: “La pregunta no es qué muere o quién muere, sino qué de toda esa experiencia sobrevive.”

Su memoria nos hace parte de una historia de amor; para entender, acaso sin derecho, ese estado erótico y solitario del que duele la ausencia.

Entonces la condena deviene consuelo. Serán ceniza. Se desvanecerá el dolor. Terminará el duelo. Ellos también, en nosotros, serán ceniza.


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Notas

[1] Derrida. La difunta ceniza. Buenos Aires. La Cebra. 2009 (1987) p. 9.
[2] Ibid. p. 16.

Enviado el 19 de Octubre. << Volver a la página principal << | delicious

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