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Noviembre 21, 2011

España, la crisis como forma de gobierno - Patricio Pron

Visto en el Boomeran(g)

cerrado-crisis.jpg UNO
Unas semanas atrás, una mujer ahogó en la bañera a dos de sus tres hijos en Jaén, en el sur español; al parecer, lo hizo por temor a no poder alimentarlos. Algo después, un hombre irrumpió en una iglesia al norte de Madrid y mató de un disparo en la cabeza a una mujer embarazada, disparó contra otra que también se encontraba en misa y se quitó la vida de un tiro en la boca al pie del altar; desde hacía meses, dormía en la calle. Ambas historias no son imaginarias: tuvieron lugar en las últimas semanas y son la demostración de que la crisis que afecta a España no es económica sino principalmente de valores y de proyectos de futuro. Los años de bonanza que este país disfrutó durante lo que se dio en llamar la "burbuja inmobiliaria" (y la significativa mezcla de racionalismo empresarial y molicie autóctona que estos provocaron) crearon en muchos españoles la convicción de que, al igual que sus vecinos del norte de Europa, podían disfrutar de los frutos del trabajo sin pasar por las dificultades y las molestias de trabajar. Aun entre los más jóvenes (que enfrentaban ya un escenario distinto al que conocieron sus padres, con la precarización del empleo y el crecimiento exponencial del desempleo, el aumento del costo de la vivienda y de los precios en general) se impuso en algún momento la idea de que "lo normal" para cualquier español era disponer al menos de dos viviendas en propiedad (una en la ciudad y otra en la playa) y un auto para cada uno de los miembros adultos de la familia y realizar dos vacaciones anuales. Naturalmente, cuando el sistema colapsó debido a que estas demandas no tenían asidero en la realidad económica española "real", el sentimiento generalizado fue de indignación, lo que explica (aunque no completamente) las recientes manifestaciones en diferentes ciudades españolas. ¿Qué sucede cuando sus ciudadanos temen y odian tanto a su gobierno como éste teme y odia a sus ciudadanos?, preguntó alguna vez el escritor estadounidense Gore Vidal. Muy posiblemente, España vaya a darle una respuesta en algunos días.

DOS

Quizás todo esto le resulte conocido al lector, y desde luego lo es para quienes, siendo argentinos, hemos presenciado más de una crisis a lo largo de nuestras desafortunadas vidas. Al igual que en Argentina durante el período previo a los acontecimientos de diciembre de 2001, en España puede asistirse estos días a la polarización de la sociedad en bandos enfrentados, principalmente en torno a las próximas elecciones del 20 de noviembre pero también a casi cualquier otro asunto: la injerencia de la Iglesia Católica en los asuntos públicos, los derechos civiles de homosexuales y lesbianas, la integración de los inmigrantes y otros. Algunos otros fenómenos también establecen paralelismos entre ambas situaciones: los jóvenes empiezan a dejar el país (principalmente a Alemania, pero también a Argentina, lo que demuestra que al menos son optimistas) y quienes se quedan procuran consumir tanto o más que en mejores épocas para fingir al menos que su poder adquisitivo no ha disminuido y que las cosas están bien mientras los indigentes y los mendigos se apiñan en largas colas frente a las puertas de la caridad. En este contexto, los medios de prensa también actúan de forma sorprendentemente similar a lo que sucediera en Argentina: se han distribuido rápidamente el espectro político, convirtiendo sus páginas en los panfletos de un partido u otro y bombardean a sus oyentes y lectores y telespectadores con las peores noticias posibles. Unos meses atrás, amigos españoles que reían a carcajadas con la extraordinaria parodia de medio tendencioso y crispado de Diego Capusotto "Hasta cuando (vamos a ser un país poco serio)" ya no ríen tanto al ver que sus propios medios de prensa igualan en crispación a los argentinos: como estos últimos, que hacia 2001 anunciaban minuto a minuto el aumento de la tasa de desempleo o daban cuenta de la evolución del riesgo país y de otros indicadores económicos incomprensibles para el lego pero supuestamente imprescindibles para entender la situación económica real (todos indicadores que no sirvieron de nada finalmente cuando en diciembre se produjo la anunciada debacle), bombardean a sus consumidores con reportes de la evolución de la Bolsa cada quince minutos, y los consumidores creen que su suerte depende de que ésta suba o baje. Claro que su suerte no depende de ellas, y que la crisis que afecta a España no es (como decía) económica, sino principalmente social y política: atenazada por el bipartidismo, la sociedad española suele votar a A para que no gane B y a B para que no gane A; sucedió en 2004 cuando fue elegido José Luis Rodríguez Zapatero y en 2008, cuando su reelección; posiblemente también pase el 20 de noviembre, lo que (desde luego) resulta ruinoso para el sistema democrático español, que crea regularmente alternativas al bipartidismo (la más reciente, la Unión Progreso y Democracia de Rosa Díez y Fernando Savater) pero no les permite crecer para convertirse en alternativas a los partidos mayoritarios.

Que la economía es principalmente un estado de ánimo es algo bien conocido por los argentinos, que vimos cómo nuestro humor se derrumbaba hacia 2001 sin explicación alguna (ya que la degradación del empleo y el empobrecimiento de numerosos sectores de la sociedad argentina no se produjo ese año sino al menos desde 1990) y cómo comenzó a recuperarse a partir de 2003. A raíz de esa experiencia previa, y a diferencia de muchos españoles, personalmente no me resulta difícil imaginar que todo esto también terminará y que los españoles volverán a tener trabajo y olvidarán la Bolsa; como, por otra parte, el sistema económico siempre se recompone en torno a un ajuste a la baja de las expectativas, es necesario decir que sus futuros trabajos serán peores y que les pagarán por ellos setecientos euros mensuales (al punto que recordaremos con nostalgia la época en que ser un "mileurista" era estar en lo más bajo de lo más bajo del sistema económico); pero los españoles volverán a ser más o menos felices y seguirán viviendo, aunque eso no significará el final de la crisis: obligados a satisfacer a unas clientelas electorales cuya diversidad hace que resulte imposible llevar a cabo cualquier iniciativa de gobierno en beneficio de un sector de su clientela sin perjudicar a otro, con la consiguiente pérdida de votos, los partidos políticos europeos parecen haber establecido un acuerdo de mutuo beneficio con las Bolsas de la región para que éstas (investidas de la inevitabilidad con la que algunos conciben las evoluciones del sistema económico) los "fuercen" a tomar decisiones impopulares sin tener que asumir su costo político. Aunque muy posiblemente las próximas elecciones españolas vayan a ser ganadas por la derecha (de la que lo mejor que puede decirse es que, al menos, administra con cierta eficacia los recursos del Estado), el problema no está en ese triunfo electoral ni en la más que visible incapacidad de sus principales figuras sino en el hecho de que los dos principales partidos españoles con chances de ganar las próximas elecciones parecen haber internalizado dos principios completamente erróneos: el primero, el de que el Estado debe funcionar como una empresa (es decir, producir beneficios o, al menos, no ocasionar pérdidas), algo que éste, por su naturaleza, no puede lograr a excepción de que no cumpla con sus obligaciones en materia de educación y salud públicas; el segundo, que la "credibilidad" del país en los mercados tiene mayor importancia que el bienestar de sus ciudadanos. Ambos principios sólo pueden ponerse en práctica con la ayuda de la crisis, que, en ese sentido (y a diferencia del caso argentino), no funciona como un accidente de la economía que proyecta su sombra sobre los asuntos políticos sino que es una nueva forma de gobierno y nueva la ideología de los países europeos, la única que quizás merezcan hasta que comprendan que el futuro es suyo y aún no ha sido escrito.

Enviado el 21 de Noviembre. << Volver a la página principal << | delicious

Comentarios

¡Excelente! ¡NO a la cultura del miedo!


Muy buen artículo Patricio. En efecto los latinoamericanos (yo soy mexicano) somos expertos en crisis y su resolución. El problema es que con o sin crisis el modelo que va a imperar el día de mañana es el chino y ya no va a existir Estado del Bienestar en ninguna parte y si acaso, como único consuelo,los más pobres del planeta mejorarán un poquito, pero ya está


No conocí la situación Argentina pero creo que es similar a lo que ha acontecido aquí: demasiado consumo y demasiado préstamo a todo el mundo a cambio de nada. Vivir en un mundo color rosa cuando por debajo era más negro que los agujeros galácticos.

En parte no coincido con lo de los indignados porque esto es algo que viene de más lejos. La burbuja inmobiliaria nace en 1998 con la ley del suelo. Mi indignación artística nació -fue representada- en 1995. El problema es el sistema y su base: la educación. La gente que protesta en la calle no es que tenga dos casas precisamente, muchos no tienen ni una o están sin terminar y además hipotecados hasta las cejas. No todos han comprado casa+coche+tele, hay descerebrados como en todas partes, pero esos creo que no son los 15M precisamente.

Que todo va a bajar, por supuesto: austeridad: estudios para ricos, sanidad para ricos, etc...bueno todo no: las manifestaciones subirán...ya lo están advirtiendo desde el propio gobierno (gobierno que fue en parte el causante de esta situación, al menos en la construcción, fomentando la especulación, la corrupción, el endeudamiento, etc).

Cerca de mi casa, cuando todavía vivía Franco si no recuerdo mal 2 de marzo 1995, año de mi nacimiento, mataron a dos manifestantes del naval. A mi padre sólo le dieron unos porrazos. Yo nací en las manifestaciones y en medio de jeringas. Hay una estatua en ese lugar con esos obreros muertos. ESO ES ARTE. ASÍ ES LA VIDA: PERO DE LO QUE SE TRATA ES DE QUE CADA VEZ LA GENTE PRESIONE MÁS Y PARA ESO NO HACE FALTA TENER UN PARTIDO POLÍTICO (lo cual en muchos casos significa: cobrar para calentar silla cuando me sale del puro -reconocido por los mismos senadores, que hay que tenerlos CUADRADOS).


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