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Diciembre 18, 2011

Disecado apócrifo - Juan S. Cárdenas

images_dog.jpg El Reseñista de Disecado, la que hasta la fecha es la última novela de Mario Bellatin, termina de leer el libro y no tiene nada que decir. El Reseñista, sin embargo, no siente que haya llegado a las fronteras de una experiencia sublime ante la cual solo cabría callar. No experimenta nada parecido a la muda perplejidad de los místicos. Inicialmente sus dudas son puramente instrumentales. Debe entregar su reseña en pocos días y su silencio está relacionado precisamente con cierta incapacidad para percibir la obra Disecado, de Mario Bellatin, como un objeto pasivo de la acción de reseñar. El libro mismo parece poner en cuestión esa relación ya mecánica en la que un Autor produce una obra que se vuelve objeto de un comentario crítico por parte de un Reseñista. Ello quizás se deba a la insistencia del Autor de Disecado por describir en el interior de la ficción sus manipulaciones de los distintos actores que participan de la institución literaria. Es lo que el Autor llama “Sucesos de Escritura”, ejercicios que, casi siempre, consisten en resituar elementos de la obra de Mario Bellatin en contextos ajenos a los propios libros. En una ocasión, el Autor anunció el inminente estreno de una falsa obra teatral basada en su libro Perros héroes. Para ello contó con la complicidad de algunos directores de teatro que se prestaron a anunciar sus respectivas adaptaciones de la novela. Un crítico se prestó también al juego y escribió una reseña de la obra teatral inexistente. Tiempo después se organizó una presentación de Perros héroes en un templo católico antiguo, como acto de desagravio para quienes se habían perdido el estreno de la obra ‒estreno que nunca se produjo‒. Quienes asistieron a la presentación se encontraron con un escenario cubierto casi totalmente por decenas de perros disecados de la raza pastor belga malinois. Hubo también una serie de charlas en las que, por ejemplo, el personal técnico de la obra teatral explicó las dificultades para conseguir los animales disecados o una prestigiosa académica habló sobre la novela mientras uno de los perros del escenario cobraba vida y se paseaba amenazante entre el público. El perro, entrenado durante meses por el propio Autor, debía simplemente gruñir y erizar los pelos del lomo para lograr cierto efecto de tensión y distracción. Por desgracia, en un momento el Autor perdió el control del animal y una mujer del público llamada María Virginia Jaua resultó levemente mordida. La editorial se vio obligada a pagarle a dicha mujer una indemnización millonaria. Desde entonces la enemistad entre el Autor y María Virginia Jaua fue rotunda.

No es de extrañar, por tanto, que el Reseñista de Disecado esté cuestionándose profundamente la relación normalizada que habitualmente entabla con sus objetos, esto es, los libros que reseña. El hecho de que esos Sucesos de Escritura estén descritos en el interior de la ficción hace que el Reseñista se sienta interpelado y vea peligrar su lugar de enunciación. De pronto comprende su papel en un contexto más amplio y al mismo tiempo percibe el extrañamiento que se está produciendo sobre dicho papel. Por otro lado, las relaciones entre los diversos papeles de la institución literaria también se extrañan. Se vuelven cáscaras vacías.

Mientras piensa esto, desde la mesa de trabajo, el Reseñista mira por la ventana. Al otro lado de la calle su vecino sale al balcón y pone a secar una sábana blanca. Sus ojos se encuentran por un instante con los ojos del vecino. No se saludan. Algo similar viene ocurriendo desde que el Reseñista vive en esa casa. El vecino sale al balcón para fumar, para colgar la ropa, se miran y no se saludan. Es un pacto tácito que se ha establecido desde el primer momento en que se vieron, dos años atrás. La calle es tan estrecha y tan cerca está ese balcón de su propia ventana que, de haber mediado un primer saludo, tanto el vecino como el Reseñista se habrían visto obligados a ceder buena parte de su intimidad. Cada vez que sus miradas se encuentran los dos rostros se borran, de modo que no surja en ellos ningún signo legible, ni curiosidad, ni hostilidad, ni simpatía. Nada. Dos caras vacías que se enfrentan. El pacto ha resultado provechoso para ambos. En especial para el Reseñista y su novia, que suelen pasearse desnudos por el apartamento.

Hace un invierno especialmente frío. El vecino, una vez que termina de colgar la sábana, vuelve a refugiarse en el interior de su casa. La sábana está extendida en una cuerda que sobresale unos centímetros por fuera del balcón. El viento helado hace ondear la tela vacía. La mirada del Reseñista se pierde entre los suaves pliegues que no le sugieren ninguna idea en particular.

Bellatiniana. Un vídeo que circula por la red: Pablito Ruiz, malograda estrella pop latinoamericana de finales de los 80, en el plató de Canta si puedes, un programa de máximo rating de la televisión peruana actual. Pablito Ruiz, ya adulto, está enfundado en un traje protector, con casco de fútbol americano. Mientras canta su ya casi olvidado hit “Oh, mamá, ella me ha dejado”, dos perros de la raza rottweiler se lanzan a morderlo y tiran con fuerza de la gruesa tela del traje protector, tanto así que la voz de Pablito Ruiz tiembla.

Si no estuviera obligado a entregar la reseña, el Reseñista preferiría no escribir nada sobre el libro Disecado, de Mario Bellatin. Es más, el Reseñista siente que le basta con estar mirando aquella sábana que ondea con el viento, justo después de haber terminado la lectura, para experimentar toda la satisfacción intelectual que necesita. Sin embargo, los compromisos laborales lo fuerzan a entregar un texto.

A continuación lee muchas reseñas de Disecado publicadas en Internet y le asombra que esos críticos hayan sido capaces de tomar el libro como un simple objeto de sus escritos.

El Reseñista decide finalmente extraer frases de cada uno de esos artículos y otras líneas más de la contraportada del libro. Después de parafrasear, desviar y engordar con elogios los párrafos, el Reseñista consigue un pastiche bastante creíble. A los editores de la revista les parecerá adecuado, sesudo sin llegar a ser grave, con la dosis justa de velocidad periodística. Después de revisar la ortografía, el Reseñista envía su texto por correo electrónico a la redacción de la revista. No experimenta culpa alguna pero sí la clara sensación de que participa, aunque con un papel minúsculo, en una representación mediocre.

Bellatiniana.
Los hijras, la casta de transexuales de la India, son repudiados por toda la sociedad, a pesar de que, hasta antes de la llegada de los ingleses, formaban parte integral de la vida y las costumbres del pueblo e incluso se les concedía un origen divino, gracias a una antigua leyenda que cuenta cómo Krishna se transformó en doncella para tener hijos con un soldado. Una vez al año, los hijras peregrinan a cierto templo para rendirle culto a Krishna, conmemorando el carácter sagrado de su colectividad.

El Reseñista relee su pastiche y se da cuenta de que, a pesar de todo, algo notable ha ocurrido en su ejercicio de plagio de las otras reseñas. Las palabras han quedado vaciadas. La función de legitimación del texto sobredetermina el sentido de un modo tan extremo que las frases no significan realmente nada. Solo cumplen la tarea de elogiar el libro. Pero aún así encuentra cierto goce estético en esas naderías precisamente por el hecho de que no dicen nada. Entonces el Reseñista se pregunta si ese vaciado del lenguaje que se produce en la crítica no quedará incluido, de algún modo, en las acciones del Autor de Disecado. Y se pregunta también si la inclusión no exigirá a su vez una transformación radical del ejercicio de la crítica.

Como no puede responder a estas preguntas y la sábana del vecino ya no le despierta el mismo interés injustificado, el Reseñista sale de su casa y pasea por el barrio de la periferia madrileña donde vive. A medida que recorre las calles casi desiertas observa los edificios anodinos de ladrillo colorado. Dan la impresión de haber sido construidos con las prisas de un auge económico repentino. El Reseñista los encuentra objetivamente feos, pero al mismo tiempo le produce un equívoco placer ver cómo conviven en una sola manzana con casas viejas de distintos estilos. En los antejardines de esas casas viejas crecen árboles y prosperan las colonias de gatos. Al Reseñista le gustan los gatos más que los perros. A pesar de que durante su infancia convivió con perros de la raza Boxer.

De pronto, la similitud de estos pensamientos con el argumento de los libros de Mario Bellatin le hace pensar al Reseñista que se encuentra viviendo un Suceso de Escritura. Y evoca la teoría del Autor, según la cual los Sucesos de Escritura exploran la idea de que es posible escribir sin escribir, es decir, que determinadas acciones ejecutadas fuera de los libros tienen el poder de rescribir lo que ocurre dentro de ellos. Por tanto, los libros se escribirían sin palabras no menos que con ellas. Asimismo, el Reseñista recuerda con sorna las ideas de ciertos jóvenes escritores que, en un ejercicio de narcicismo y autocomplacencia, adornan sus presentaciones en público con toda clase de pantomimas, muecas y proyecciones, valiéndose de una retórica que toman prestada de los presentadores de música pop de la televisión. Algunos de estos escritores creen estar ejecutando Sucesos de Escritura, pero en realidad solo hacen publicidad. Un Suceso de Escritura puede ser, de manera muy secundaria, un acto publicitario. Pero algo que es esencialmente publicidad no puede ser un Suceso de Escritura.

El Reseñista piensa entonces que tanto la división entre arte y vida como los intentos por parte de las vanguardias históricas de fundir ambas cosas, encuentran en la obra de Mario Bellatin un despliegue inesperado. La vida en sí misma no es nada. Es una categoría vacía que solo se puede concebir a partir de una determinada construcción previa. En otras palabras, el Reseñista, siguiendo de cerca al Autor de Disecado, cree que la vida es algo a lo que se llega a través del arte. La vida es un subproducto del arte. De ahí que, del mismo modo en que es posible escribir sin escribir, también sea posible vivir sin vivir.
O al menos eso piensa el Reseñista cuando llega a un terreno donde, entre grandes extensiones vacías, se alzan unos cuantos edificios en ruinas.

Casi todos esos edificios están vacíos, puertas y ventanas tapiadas. Pero algunas personas, sobre todo familias de gitanos e inmigrantes sub-saharianos, han decidido instalarse ilegalmente en esas viviendas.
El Reseñista entra a uno de esos edificios. Sube por las escaleras. Entra a una casa vacía. El suelo está lleno de escombros y jeringuillas usadas, botellas.

Bellatiniana. En el museo de mi ciudad, en el sur de Colombia, se roban la momia de un niño indio. Meses después, en un barrio marginal, se organiza un culto alrededor de la figura robada. El fervor popular es tal que las autoridades son incapaces de recuperar la pieza para devolverla al museo.

En últimas, piensa el Reseñista, todo lo que hace Bellatin es un Suceso de Escritura. Tanto lo que escribe con palabras como lo que escribe sin palabras. Los libros repiten situaciones extraídas de libros anteriores, pero esa repetición no se debe simplemente a un juego intertextual, sino a un sutil mecanismo de emborronamiento de los argumentos. La descripción de los procesos creativos se vuelve un ejercicio de ficción. Con ello, lejos de mitificar la obra cuyo origen se nos narra, el Autor la hace implosionar. Cada libro se rompe desde adentro y se riega sobre los demás. El residuo, ese “pálido reflejo de cualquier acto creativo”, es la realidad. Es la vida atada al conflicto de posiciones que se propone desde el arte. Así, Mario Bellatin ocupará un lugar distinto al de la obra. Pero ese lugar, por un lado, depende de ella para postularse, y por otro, se trata de un lugar igualmente indecidible que debe asumir denominaciones nuevas sin cesar: ¿Mi Yo?, El Autor y hasta una letra árabe cuyo significado es desconocido para el Reseñista.

No se trata, por tanto, de un juego de oposiciones cerradas entre extremos cerrados: vida-obra, autor-libro, autor-persona. Hay, eso sí, un disenso fundamental, una suerte de conflicto primario que produce devenires constantes de unas cosas en otras, transformación perpetua de unos términos en otros. De ahí que el concepto de contagio y de enfermedad sea tan importante. La enfermedad como aquello que nos convierte en el otro. O mejor, la enfermedad como la posibilidad constante de asumirnos desde el otro.

Todo esto es muy parecido, concluye el Reseñista, a lo que ocurre en el pensamiento andino prehispánico, donde todos los aspectos cruciales de la vida ‒desde la administración política hasta los cultos religiosos‒ estaban sustentados en el disenso. El principio que aún hoy rige la vida en el mundo andino es el conflicto, no la armonía. A veces el Imperio Inca tenía dos capitales y dos reyes.

Bellatiniana. Un armario que había en la casa de mi abuela, donde se guardaban las muletas de un familiar que falleció en circunstancias nunca aclaradas.

El Reseñista pasea por el apartamento vacío, intentando no pisar las jeringuillas usadas. En uno de los cuartos se sorprende al encontrar, tirado en el suelo, a un hombre negro vestido con harapos. El hombre se incorpora, alarmado. Se queda en cuclillas. El Reseñista está paralizado de terror. Ninguno de los dos sabe qué hacer.

De pronto, el hombre negro da un suspiro y vuelve a recostarse en el suelo. Cierra los ojos.
El Reseñista sale prudentemente del cuarto, ajusta la puerta.

Al volver a su casa, el Reseñista se sienta en su mesa de trabajo. Mira por la ventana. La sábana sigue agitándose con el viento frío. No hay nadie en el balcón.

El Reseñista se siente mal. Ha debido de resfriarse durante el paseo. Se toma la temperatura.
Esa noche sueña que alguien detrás de un biombo le dicta sus Reseñas y él solo debe limitarse a copiar. Es una pesadilla dulce producida por la fiebre.



Disecado, Mario Bellatin. Editorial Sexto Piso. Madrid, 2011.

Enviado el 18 de Diciembre. << Volver a la página principal << | delicious

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