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Enero 22, 2012

Musicalidad absoluta* – María Virginia Jaua

*Una lectura comentada de Butes de Pascal Quignard. Sexto piso, 2011.

M_R_1.jpg Primero nos abocaremos a la elucidación del mito, más tarde, si nos dejan, daremos rienda suelta a la imaginación…

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Se trata ahí de una disputa antigua, y por ello, quizás, aún vigente. La oposición de dos géneros, de dos mundos, también, por qué no admitirlo, de dos facciones morales o mejor: de dos “formas de vida”. No otra cosa subyace en la tensión de esa célebre escena en la que se narra el encuentro entre Ulises y los argonautas con las Sirenas.

Detengámonos en ese misterioso episodio, tan rico en lecturas e interpretaciones.

Según el mito, en la nave de los argonautas, esos primeros héroes occidentales, iban tres tipos de aventureros y, al parecer, valientes navegantes. Éstos al enterarse de la amenaza que corría la nave y la tripulación ante la presencia inminente de las Sirenas tomaron sus precauciones. El primer grupo, probablemente el que conformaba la mayoría, decidió sellar sus oídos con tapones de cera para no sucumbir al canto de aquellas criaturas seductoras: nótese ahí cierta correspondencia con la masa y la ceguera del mito platónico. El segundo, habría estado representado por un solo hombre, Nadie mejor conocido por el nombre de Ulises, el cual haciéndose amarrar a un mástil, se rindió a la curiosidad del canto pero sin poner en peligro su vida. Quizás por esa y otras astucias, sea él el antecedente mitológico de nuestro hombre moderno: el irremisible voyeur que sin arriesgar gana. Es él quien vence a las sirenas con una “cobardía feliz y segura” y oyendo se hizo sordo, pues dejó la “experiencia” de la plenitud incumplida, que amarrada a la verga del barco quedó sometida al “bien común”: la pervivencia de la colectividad.

Mientras que el tercero, un héroe rescatado de las aguas del olvido en el relato de Quignard, habría estado representado por un solo hombre que ni se taponeó los oídos ni se hizo amarrar; y que en su deseo de escuchar aquella música se entregó sin precauciones para perderse en ella. Este hombre llamado Butes encarnaría el salto al agua, la entrega, el abandono, el encuentro con lo imaginario, pero también la promesa –esa sí, al parecer– cumplida del gozo de la petite mort. Él representa la fracción política del rigor que no teme lanzarse al abismo de una moral del goce, que logró vencer al miedo a ser o a dejar de serlo, sin temor a la desindividuación. Y que en esa entrega vital alcanzó un saber en el que también se encontraba la muerte y el duelo:

La música comienza por murmurar al oído del que la ama y que se acerca al canto que le envuelve, donde consiente en perder su identidad y su lenguaje: Acordaos, un día, antaño, se perdió lo que se amaba. Acordaos que un día perdisteis todo de todo cuanto era amado. Acordaos que es infinitamente triste perder lo que se ama.

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Podría decirse, que al final no fueron tres sino cuatro tipos de hombres los que iban en la embarcación. Y a ese cuarto, llamado Orfeo, se le debe la metamorfosis de la música: el abandono de aquellas melodías antiguas en las que se gestó la vida por la música hecha pensamiento. A él debemos el paso de la música blasfema que invita al baile, al orden y contención de la escucha del concierto: el auditorio.

Dice Quignard: “Ni siquiera Orfeo, el Músico quiso escuchar nada de ese canto continuo” y por ello tocó la lira para los navegantes e impidió que el canto de las Sirenas llegara a oídos de los argonautas.

Y prosigue el relato mítico que se quiere historia: “La lira de Orfeo sustituyó a la flauta. Cuando se toca la lira se puede hablar a la vez que se hace música”. Mientras que “la flauta y el canto son prácticas indignas. Una y otra hinchan las mejillas y desfiguran la armonía del rostro humano.”

En otro lugar Quignard afirma: “Ulises se sienta, Butes baila”. La música órfica es prudencia, mesura: mientras que la otra, sin otro nombre que antigua, arcaica, original, es imprudencia, vocación de trance y abandono: un peligro para el orden social.

Y por ello, una amenaza que exigiría otro fantasma: el de la domesticación. Otro de los nombres de la pornografía.


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Dice Blanchot: “Siempre hubo en los hombres un esfuerzo poco noble para desacreditar a las Sirenas tildándolas llanamente de mentirosas: mentirosas cuando cantaban, engañosas cuando suspiraban, ficticias cuando se las tocaba, en todo inexistentes, de una existencia tan pueril que el sentido común de Ulises bastó para exterminarlas.”

Quizás sea esta una manera bastante resumida y parcial que tiene el mito de contarnos no sólo la historia de la música occidental sino la forma en que la civilización de la que somos herederos fue cobrando forma.

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Aunque algunos lo dieron irremediablemente por perdido, Butes sumergido en las profundidades del mar, ahogado en la música, muerto en pleno éxtasis se hace productivo, ofrece una descendencia…

Se nos cuenta en el libro:

Butes fue arrancado de las olas por Cipris. Cipris es la Afrodita de las olas. Más precisamente, Afrodita es la diosa nacida cuando el sexo de Urano, cercenado por Cronos, cayó del cielo al mar. Es la diosa del esperma. La diosa pare a Érice, del esperma de Butes. […]

“Butes es aquél que, atraído por el canto de las Sirenas, se ahoga en la espuma de Afrodita.”

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“Pocos, muy pocos, son los humanos que se lanzan al agua para alcanzar la voz del agua, la voz infinitamente lejana, la voz sin ser voz, el canto todavía no articulado que viene de la penumbra.

Algunos músicos.

Algunos escritores más silenciosos que los demás, en páginas más mudas todavía."

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También ahí, en ese lugar incierto habrían podido surgir las preguntas: “¿Cómo piensa la música? ¿Cómo avanza en el pensamiento?”

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“Yankélévitch escribió: La música nos envuelve y así nos penetra porque es vasta e infinita como la mar.”

“Ahí está la imagen del primer mundo. Es la vieja agua sin porqué, sin límite de piel; vieja agua extraña por el hecho de que, en los hombres, su experiencia precede a la de la mar misma.”

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Soltemos las riendas de la imaginación. Ahora, fijémonos bien en la imagen.

Quizás ella también, de alguna manera, resuma la historia líquida de la música, no bajo la forma tensa del conflicto entre la fuerza del caos y la civilización, sino como su resolución, como forma reconciliada, perdonad: encuentro de dos mundos y diálogo susurrado de dos formas de vida. Si nos fijámos bien, allí no hay nada que pudiera suscribirse a lo que llamamos “pornográfico”, eso que en nuestros tiempos viene a ser una forma devaluada y depotenciada del deseo, sino que al contrario expone claramente su fuerza: algo de placer y mucho de gozo. Lo que ahí parece operar es un arcaico mecanismo musical aún vigente; y que ha llegado a nosotros gracias a la caída de Butes en los brazos de la diosa del esperma, o si se prefiere de la espuma.

Detrás de esa imagen también están ellas, las Sirenas, esas voces imposibles de describir que lo condujeron por medio de sus cantos a donde él siempre habría querido ir. Fueron ellas, pájaros con senos y rostros de mujer, quienes tocaron la flauta del origen, de la fiesta incontrolada, de la libertina euforia, de la música sin palabras que más tarde fue desterrada de la educación griega, por la mesura de la lira, la música orquestada del pensamiento humano. Sin embargo, al final ellas no sucumbieron por completo a la astucia de Ulises y su heroicidad mediocre, pues han sido quienen –desde las leyes secretas de la fantasía– han seguido activando el dispositivo de la llamada, para que la inhumanidad de todo canto humano siga emergiendo de los labios de él.

Ahí es donde fue vencido el temor del héroe: el de escuchar su propia voz, descubrirse a sí mismo entregado al canto masculino en los labios de ella, arrastrado por una fuerza incontrolable: conducido por su propio e inconfesable deseo de alcanzar la región de la fuente y el origen y morir un poco ahí.

Mientras que, también ahí, en la imagen, ella toca la flauta, él se abandona y canta: por un instante enmudece el lenguaje y el cuerpo habla. Por un instante se resuelve la tensión entre lo que parecía imposible: delirio o cordura. En palabras de Quignard lo que estaría produciéndose en la evolución a lo largo del tiempo, sería el resonar de ambos cuerpos como testigos naturales de la musicalidad absoluta, o para decirlo con otras palabras, lo que la imagen vendría a representar sería lo que no puede escucharse: la política de la entrega irrefrenable, necesaria en un beso prolongado, mitológico y musical.

Enviado el 22 de Enero. << Volver a la página principal << | delicious

Comentarios

Excelente lectura para una mañana dominguera... la compartimos en las redes sociales de http://www.poliedromagazine.com/ Gracias María Virginia! :)


Susan,
Como siempre,
un gusto compartir estos domíngos caníbales :-)

besos
mv


Siempre es bienvenida una bocanada de cultas palabras caníbales, devorado ha sido este artículo, masticado, hasta dejar sabores en el paladar caníbal, domingo quimerico, ha sido un placer casi,casi sensual de palabras órficas, gracias por la zambullida...


Querida Maria Virginia,

Buenísimo el texto y lo que sugiere, increible cuando hace muchos muchos años descubri el texto
de FG Lorca sobre el Juego y Teoría de Duende, cambió mi vida... sobre todo porque yo estaba estudiando danza y me sentía muy involucrada pero a la vez super insatisfecha y en total crisis de valores... gracias a Lorca me di cuenta de que yo era "una medium" y no una "enterteiner" justo un ensayo sobre Lorca, unos años después... circa 1986/7 mencionaba la influencia de Nietzsche sobre el tema del Duende en su texto El Nacimento de la Tragedia...
Lo fui a buscar en el acto... y fue devastador! me iluminó y me pareció "la verdad".
Mi crisis de identidad como performer siempre tiene que ver con este mundo Apolíneo, Órfico...
interesante cómo esta moral le va como guante a lo burgués. Cuándo comenzó todo el desastre... Cuando se domesticó al rito y se incorporó en el Circo Romano para entretener y ser entretenido desde la "barrera"...
Yo apuesto por el tajo gitano y por el duende donde se halle...
Muy buena propuesta!!!
Hay que conseguir ese BESO!!!


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