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Enero 29, 2012

QUIGNARD Y LA MÚSICA - Paul Desenne

sessions_11.JPG “Cuando la música era escasa su poder de convocatoria era avasallante, como lo era su seducción vertiginosa. Cuando la convocación es incesante, la música repele. El silencio se ha convertido en el vértigo moderno. Su éxtasis. Interrogo los vínculos que mantiene la música con el sufrimiento sonoro”. Con semejantes líneas en la contraportada, no podía sino tomar el libro El Odio de la Música (La haine de la musique) del autor francés Pascal Quignard, y no soltarlo hasta entender algo de su título paradójico. Sabiendo que Quignard, director de la editorial Gallimard, es autor del libro Tous les matins du monde (vertido al cine por Alain Corneau) y ferviente amante de la música francesa para viola da gamba, la mágica y barroquísima música de Marin Marais y su maestro Sainte Colombe, (cuyas aventuras son el tema de la película), entendemos que el tal odio de la música esconde algo un poco más complicado que una alergia. Quignard, poco traducido al castellano, evita la linealidad en sus numerosos y cortos libros que terminan siendo como collages disparejos de micro-disertaciones eruditas, aforismos y citas obscuras de autores antigüos. Si Pierre Boulez se declara Pascaliano en su desprecio por la lisonja y el placer sensual de la escucha, Quignard parece estar en el lado opuesto de la escala. Los ornamentos del barroco francés son para él la tortura del éxtasis, pide más. Y donde Walter Benjamin estudia las implicaciones conceptuales de la reproducción mecánica de la obra musical, Quignard lanza una metralla de aforismos contra todo lo que no sea música acústica en vivo: “La duración del microsurco de laca (tres minutos) le impuso a la música moderna su brevedad hostigadora”; “La pretensión audio-analgésica de la música, liberándola de la depredación escrita, la devuelve a la hipnosis…

Paradójicamente, las vibraciones producidas por los ruidos de baja frecuencia en la música tecno amplificada han volcado parte de la escucha hacia el dolor”. La música multiplicada al infinito como las postales ha sido arrancada de su verdad, nos dice, ha perdido su poder de fascinación, por ende toda su belleza. Nunca sabemos realmente con qué música baila monsieur Quignard, pero después de tratar el tema doloroso del uso de la música en los campos de concentración nazis, apunta: “Los Chinos de la antigüedad estaban educados para decir: la música de una época informa sobre el estado del Estado”. El efecto de este libro fue para mí la inauguración de un nuevo registro conceptual para abordar la música como tema de la cultura: “La Alta fidelidad marca el final de la música docta escrita. Escuchamos la fidelidad material de la reproducción y no los sonidos estupefacientes del mundo de la muerte.” Un erudito de los clásicos mira la música desde la perspectiva de los siglos y los milenios, arrojando un veredicto complejo, saturado de consideraciones que llevan las conclusiones por senderos impredecibles, juzgando las torturas que impone la tecnología con jurisprudencia homérica. Es cierto: perdimos de vista el gigantesco poder mágico, ritual, religioso de la música; la multiplicación, la banalización, el sacrilegio de la copia digital infinita, el sonsonete ubicuo de la música comercial han destrozado el poder de los sonidos. Necesitamos una dosis de este autor para reajustar nuestros sentidos.

Enviado el 29 de Enero. << Volver a la página principal << | delicious

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