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Febrero 13, 2012

Hacia una "Europa-espejo" - Peio Aguirre

Originalmente en Crítica y metacomentario

eu_stlt.jpg Podemos convenir que Europa es un amplio territorio donde se articulan una multiplicidad de particularidades de manera que es posible encontrar al mismo tiempo innumerables diferencias y similaritudes entre distintas identidades nacionales y regionales. Cada vez vivimos más cercanos a un “mundo espejo”, esto es, según William Gibson, un mundo en el que nos reconocemos y que sin embargo nos resulta suficientemente ajeno como para pensarlo y leerlo con verdadera fascinación.[1] Este “mundo-espejo” es también un mundo globalizado, lleno de detalles en los cuales identidad y no-identidad constantemente se desempatan mutuamente. Imaginar una “Europa-espejo” equivaldría a la articulación de infinitas y sutiles diferencias orquestadas minuciosamente en un mismo movimiento. Una de las teorías del posmodernismo que estableció en su día una nueva relación entre lo particular y lo universal fue la del regionalismo. Dentro del debate de la arquitectura, el regionalismo crítico emergió a finales de 1970 y comienzos de 1980 como una corriente crítica que usaba las fuerzas contextuales del lugar (la geografía, el clima y la cultura locales) para dar sentido a las nuevas construcciones. Primero Alex Tzonis y Liane Lefaivre, y más tarde Kenneth Frampton, establecieron una teoría donde la sensibilidad hacia el entorno circundante influía decisivamente en las formas de hacer arquitectura. Pero el regionalismo fue más que eso: fue también una herramienta política del posmodernismo crítica con la homogenidad de la modernidad, cuya forma de organización política suprema era el estado-nación moderno. Las teorías regionalistas pregonaban la liberación de los localismos, el culto a lo vernáculo, la diferencia y el exotismo sin necesariamante tener que dar alas a los múltiples nacionalismos inscritos dentro del estado-nación.[2] Este canto a la distinción podría incluso verse como una variante europeizante del tan en boga multiculturalismo, pero ¿quién habla hoy en día de regionalismo?

Sin embargo, no hace tanto que la idea de una Europa de las Regiones ha sido impulsada desde diversos estamentos europeos. Esta Europa de las Regiones no ha acabado de despegar del todo como entidad supranacional a la vez que como utopía realizada de manera que el País Vasco, Galicia, Cataluña, Bretaña, Saxonia, Valonia, Flandes, Tirol o Galés (por poner solo algunos ejemplos) pudieran establecer una relación de vecindad paritaria como una nueva categoría jurídica: la Euroregión. Sin duda, existen tímidos experimentos, por ejemplo cuando se llega a acuerdos transfronterizos. Aquí, desde donde escribo, la Euroregión se extiende entre el País Vasco y Aquitania, que incluye distintos territorios pertenecientes a los estados de España y Francia. Existen una serie de tratados económicos para implementar el estatus de esta Euroregión surgida por la alianza de dos regiones/países vecinos. También entre la sueca Malmöe y la capital danesa Copenhague tiene lugar un borderline que se repite en otras zonas geográficas europeas. Estas relaciones transfronterizas son alentadas por gobiernos autonómicos y regionales así como por los propios Estados; el regionalismo, en cualquiera de sus variantes, parece más tolerable que el nacionalismo. Pero mientras que el concepto de estado-nación parece en crisis en un mundo cada vez más globalizado, el actual mapa de Europa podría hacer efectiva el ideal neo-liberal de que Occidente ha llegado finalmente a un punto de su realización donde (después de la desintegración de la ex-Yugoslavia) el mapa parece definitivamente completado, y sin ánimo de volver a ser modificado.

Pensar Europa mediante escenarios de futuro concebidos desde el arte contemporáneo resulta estimulante. Sin embargo, la propia condición descriptiva del escenario, en tanto ficción futura, choca en ocasiones con la propia idiosincrasia del arte y los artistas; el arte funciona en su mejor versión cuando consigue cortocircuitar los sistemas de representación dominantes.
Pero la propia idea de escenario contiene la posibilidad de imaginar alternativas, aún a riesgo de sonar utópico. El arte contemporáneo, al igual que la ciencia ficción, tiene la capacidad de imaginar futuros utópicos y/o distópicos. Pensamientos del tipo… ¿qué pasaría sí? (típicos del escenario). La ciencia ficción, por ejemplo, nos es útil pues estimula nuestra imaginación sobre cómo podrían haber sido las cosas o sobre cómo podrían ser si.... ¿Cómo sería Europa si esa Europa de las Regiones a la que me referido se hiciera efectiva políticamente y cada región se independizara, de manera que en lugar de una treintena de estados tuvieramos cientoypico micro-estados constituidos como tales? Esa imagen puede causar placer y terror al mismo tiempo, sobre todo bajo la amenaza de los distintos nacionalismos de derechas emergentes que aborrecen todo lo que suene a Europa. Pero, una vez más ¿sería posible imaginar una Europa que podría parecerse más bien a un escenario medieval de clanes tecnocratizados en, pongamos, 2078? La resolución de la utopía conduce a menudo a la distopía y, más que en su cumplimiento, el pensamiento utópico funciona mejor versión cuando se convierte en una aspiración perteneciente al ámbito del deseo.

[1] William Gibson, Pattern Recognition, Berkley, New York, 2003.
[2] Peio Aguirre, "The State of Spain; Nationalism, Regionalism and Biennialization", en e-flux Journal # 22. http://www.e-flux.com/journal/the-state-of-spain-nationalism-critical-regionalism-and-biennialization/

Enviado el 13 de Febrero. << Volver a la página principal << | delicious

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