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Marzo 12, 2012

Una biblioteca con vista* - Esther Cross

Originalmente en :: radar libros ::

hoppc3a9-estate.jpg En “La muerte de la polilla”, Virginia Woolf se encuentra en una situación típica de ella: está leyendo en un cuarto y desde afuera llegan señales de una “energía” que le impide “mantener los ojos estrictamente clavados sobre el libro”. La vida –resumida en una polilla– la interrumpe. Por eso piensa a su manera, que es escribiendo, y una, que es su lectora común, la sigue en ese viaje a la “extrañeza de la vida”, patética y grandiosa al mismo tiempo. No es un tour inofensivo a la existencia, porque la guía es especial. Propone una crítica que registre “los pensamientos que se forman” al calor de la lectura, “sin deberes hacia los editores ni consideraciones a los amigos”. Renunció al “arte de la vida familiar” matando a golpes al Angel de la Casa –que es la señora que siempre queda bien– porque ese ángel “habría arrancado el corazón de la escritura”. Escribe cartas, novelas y cuentos, lleva un diario, concibe un plan literario y de acción, que encima cumple: releer toda la literatura inglesa –toda la literatura impuesta–. Cuando mira la polilla y piensa en la vida, piensa en la muerte porque si “al leer la mente teje una red”, como dice en otro texto, al escribir las palabras hacen lo mismo.

La biografía de solapa de esta excelente edición, recuerda que Woolf creció bajo la influencia literaria de su padre, Leslie Stephen, autor de Horas en una biblioteca. Woolf dice que “todos los grandes escritores tienen una atmósfera” preferida y la de ella es la lectura, como forma de comprensión en general, que comparte en este libro. Dice que Henry James “está en su elemento cuando se trata de recuerdos” y lo cierto es que ella está en el suyo cuando se trata de leer. ¿Pero qué significa leer cuando ella está a cargo? Nadie diría al verla leer en su cuarto que es una mujer de acción.

“Leer es abrir la puerta a una horda de rebeldes que la atacan a una en veinte flancos distintos a la vez”, dice en su “Carta a un joven poeta”. Suena movido pero vale la pena. “No hay nada más desesperante que abrir la puerta y no obtener respuesta”, agrega. Para confirmarlo, responde desde la primera página, sin distinguir categorías ni géneros. Ficción o no ficción, se trate de una crítica de “suave superficie”, o de la revelación de “Tres pinturas”, del registro de un paseo por la calle, del ensayo sobre un escritor o un libro, la lectura siempre tiene el ritmo sostenido de un pensamiento pura sangre –un “highbrow” por usar sus términos–. “Es imposible leer demasiado”, agrega. E. M. Forster dijo que a Virginia Woolf escribir le gustaba “con una intensidad que alcanzaron pocos escritores”. Ese deseo poderoso se contagia. Es una de esas escritoras que mejoran al lector. Lo hacen escribir en voz baja mientras lee, todo el tiempo.

Para leerla, valen las consignas de su paseo por Londres: “el cerebro duerme mientras mira”, “nos hace flotar mansamente sobre la corriente” y una cosa lleva a otra en el camino. Al paso se abren algunas claves de lectura, algunos temas propios de Virginia Woolf. Para empezar, no habla de personas, situaciones o libros aislados, sino de relaciones. Arma redes, lee en contexto. Las personas, las palabras y las cosas nunca están solas cuando escribe. Por otro lado, al poco tiempo de leerla, se cumple el pase entre “leer” y “leer en forma consciente” que ella misma observa cuando el lector, asombrado, cae en la cuenta de eso que llama, muchas veces, “milagro”. El milagro de la escritura ocurre en un mundo específico porque para escribir crítica hay que tener una posición tomada, una visión de la vida. En el mundo de Virginia Woolf, el sepulturero cava una fosa al lado de su familia, que hace un picnic y hay atardeceres tan perfectos que hacen mal. “A pesar de su pobreza y sus harapos”, las personas “tienen cierto aspecto de irrealidad, un aire de triunfo” y existen amistades que sobreviven a cuarenta años de cartas y discusiones. El contraste entre la superficie y las profundidades de ese mundo es otra línea que atraviesa el libro. Las miserias de la ciudad tienen un aspecto “rociado de belleza”. Tapamos el grito desgararrador con “una pintura tras otra de felicidad y satisfacción”. La bondad y la seguridad sólo están arriba, aunque a veces los términos se invierten y en la superficie hay bombardeos. El escritor busca la relación entre ese mundo de afuera y el yo que conoce. Mientras escribe, Woolf apunta también con sus preguntas al espejo. ¿Quién es la que escribe y lee, la que deja el libro y mira por la ventana, la que se va? “El yo es tan variado y errático que sólo al darle rienda suelta a sus deseos y seguir su camino somos nosotros mismos”. En el camino, escribe en su cuarto propio y después sale para leer en la Women’s Service League o hablar por radio; reflexiona sobre la biografía –ideal para el lector de ficción que tiene “la imaginación cansada”– y sobre la escritura de cartas –que es una forma de salir del cuarto sin moverse–. Le importan los gajes del oficio y su experiencia “en tanto cuerpo”, la lucha de Shelley en la vida privada, George Moore y el episódico fracaso teatral de Henry James (que para James fue “un fracaso de su público”). En todos los casos, vida y literatura se abren y comunican porque se incluyen. La verdad, “mucho más bella que cualquier mentira”, también la ocupa. Para alcanzarla hay que “romperla en muchas astillas de muchos espejos y luego seleccionar”. Es lo que hace delante del lector. Sólo hay que dejarse llevar. Entregarse. “Mejor es ser pasivo. Aceptar seis navajas pequeñas para cortar el cuerpo de la ballena”, escribe en un atardecer de Sussex desde un automóvil que se aleja mientras piensa en el futuro, que la incluye.


*La muerte de la polilla y otros ensayos. Virginia Woolf, Traducción de Teresa Arijón, La Bestia Equilátera, 264 págs.

Enviado el 12 de Marzo. << Volver a la página principal << | delicious

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