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Abril 01, 2012

ESTAN CLAVADAS TRES CRUCES - Armando Montesinos

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1.

-“¿Por qué en un estado aconfesional sigue habiendo crucifijos en colegios y edificios públicos?
-Porque la libertad religiosa permite la existencia de símbolos religiosos.
-Pero sólo están los símbolos católicos.
-Yo hago mía la respuesta de Tierno Galván cuando era alcalde y el PCE le pidió que quitara el crucifijo del salón de plenos. Dijo: “Por encima de cualquier creencia, este es un símbolo de paz”. A nadie le puede molestar si se ve así.”

Así contesta el ministro de Justicia, Alberto Ruiz Gallardón, a las preguntas de una periodista en la página 13 del periódico El País del 11 de marzo. Curiosamente, la entrevistadora cambia de tema, tal vez distraída por el hábil guiño con el que Gallardón reclama, con la soltura propia entre colegas, como si dijéramos de alcalde a alcalde, la herencia del viejo profesor, redimiéndole (“si eso dijo, no sería tan malo”) ante la derecha que en vida le odió visceralmente, y apelando a la nostalgia de los socialistas blandos. O quizá la respuesta del ministro –que esquiva sin disimulo la cuestión planteada- tuvo la virtud de conseguir que efectivamente la reportera lo viera así, y callara para siempre.

Pero las palabras de Tierno que Gallardón hace suyas no han de distraernos de las suyas propias. Utiliza el “nadie” de modo totalitario, excluyendo la posibilidad de que exista alguien -un don nadie, probablemente- en desacuerdo. Usa “molestar”, implicando que cualquier argumento en contra es fruto de una reacción irritada, y por tanto, irracional. ¿Hay alguien que se atreva a significarse ante ese tono y esa implicación?

Alguien podría preguntar al ministro si cree que, molestias aparte, puede haber otras, y subrayo la palabra, razones. Por ejemplo, entender que la formación religiosa corresponde al ámbito familiar y no a la educación pública, o preferir que los niños no tengan que ver todos los días a un torturado o a un objeto de tortura. O considerar que el valor de la palabra dada por una persona no es mayor porque incline la cabeza ante un crucifijo o ponga la mano sobre una biblia. Pero bastaría con preguntar al ministro si le parece bien que en las aulas o centros públicos aparezcan, junto al crucifijo, otros símbolos religiosos -Buda, la media luna islámica, la estrella judaica, etc.- o de paz: la bandera blanca, la paloma picassiana, o el propio “Guernica”, que al parecer ha sufrido una transfiguración como la de la cruz, pasando de expresar el horror a ser leído, por algunos, como símbolo de paz. O, ya puestos, el símbolo hippie, o el gran defensor de la paz Superman, o cualquier símbolo que cualquier padre o trabajador en un centro público entienda que – ahora yo hago mía la respuesta de Gallardón- “a nadie puede molestar si se ve así”. Sería bueno ver si el ministro, más allá de su ideología o creencias, atiende a razones.

2.

Los periódicos del 3 de marzo recogían la noticia de que la presidenta de Castilla-La Mancha, María Dolores de Cospedal, apelaba a los valores de la Semana Santa para afrontar la crisis, “porque de la celebración de la Semana Santa se pueden extraer vivencias muy positivas para la difícil situación actual”. Cospedal animaba a todos a aprovechar esos días, “en estos tiempos de tanto trajín” –buen eufemismo para la crisis- y más allá de las creencias de cada uno, para reflexionar “y volver a reencontrarnos con nosotros, porque eso es un lujo.” Y añadía: “Recomiendo a todos introspección para saber lo que tiene cada uno dentro y sacarlo fuera”.

Esta última frase es bastante familiar para quienes trabajamos como docentes en el campo artístico; de hecho, a la vista de los resultados, parece que algunos la siguen utilizando como consejo a los estudiantes. Allá ellos. Siempre he pensado que lo único que tenemos dentro son vísceras y detritus en tránsito, y que es lo que producimos fuera, en lo público, lo que nos define. Y, por otro lado, ya sabemos que el resultado de exteriorizar las supuestas interioridades tiene por nombre telebasura.

Los sueldos de la presidenta le permiten, sin duda, acceder a productos de lujo, así que se supone que hace tiempo que se reencontró consigo misma y sabe lo que tiene dentro. Por lo que ha sacado fuera hasta ahora, parece que la introspección de Cospedal le ha proporcionado el convencimiento de que hay que precarizar lo público. Como botón de muestra entre otros muchos, ha reducido en un tercio -¡un tercio!- el presupuesto anual de la Universidad de Castilla-La Mancha (UCLM). El siguiente paso –forzada penuria obliga- solo puede ser la externalización, que en curiosa inversión de significados no significa hacer público, sino convertir, al mejor postor, lo público en privado.

Obsérvese otro interesante detalle. Gallardón dice –pues hace suyas las palabras de Tierno- “por encima de cualquier creencia”; Cospedal, “más allá de las creencias de cada uno”. Ambos vienen a decirnos que, independientemente de nuestras creencias, hemos de (y subrayo la palabra) comulgar con las suyas.

3.

Un buen amigo me comentaba el otro día que en el programa de radio de Julia Otero de hace unas semanas -siento no poder dar referencia más precisa- escuchó una interesante anécdota daliniana, que resumo.

Don Salvador, persona de enorme avidez intelectual, tan interesado en los recovecos matemáticos del cuerno de rinoceronte como en la mística –no sólo la del dinero- o en el ácido desoxirribonucleico, al parecer había prestado atención al hecho de que las guarniciones del Imperio Romano estaban sometidas a continuos cambios de destino –movilidad laboral, decimos ahora- con el fin de que las tropas no llegaran a establecer relaciones profundas con la población de las distintas plazas en las que se acuartelaban. Sus investigaciones le habían llevado al punto en el que pudo llegar a afirmar que las tropas estacionadas en Jerusalén, en los días en los que Jesús de Nazaret fue torturado y muerto en la cruz, eran las procedentes de Tarraco. De esta manera Dalí, que en lenguaje de sastres no daba puntada sin hilo, reclamaba para los catalanes su olvidado protagonismo nada menos que en la más famosa ejecución de la historia.

Sigamos ahora el consejo de Cospedal, y extraigamos vivencias positivas de la semana santa. Estamos en las afueras de Jerusalén, en el Gólgota, un viernes de hace 1979 años, asistiendo, por las buenas o por las malas, a la ejecución pública de dos ladrones y de, en lenguaje actual, un agitador anti-sistema. Ajenos al dolor de los torturados, al padecimiento de familiares, amigos y patriotas, un poco alejados de las tres cruces, sentados en el suelo o en cuclillas, endurecidos por su trabajo o enardecidos por el poder de su violencia, los legionarios al servicio del Imperio -que de ser dalinianamente tarraconenses, y de acuerdo a la actual composición del Estado español, serían compatriotas del ministro de Justicia y de la Presidenta de Castilla-La Mancha y Secretaria General del PP- se rifan, tras repartirse las otras prendas, la túnica inconsútil que han arrebatado al ajusticiado Jesús de Nazaret, un hombre del pueblo.

Quien tenga ojos para ver, que vea.

Enviado el 01 de Abril. << Volver a la página principal << | delicious

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