« LA ABOLICIÓN DE LOS PEDESTALES O LA ELOCUENCIA DE LO VULGAR - Alejandro Hernández Gálvez | >> Portada << | Tres noticias sobre Facebook - Patricio Pron »

Mayo 01, 2012

LA LLEGADA DE LOS BÁRBAROS - Armando Montesinos

4jcs_pqns.jpg 1.

Hace pocos meses, Manuel Cruz señalaba (“Un minuto antes de que lleguen los bárbaros”, El País, 25 septiembre 2011), la necesidad de que la comunidad universitaria, que a menudo confunde la imprescindible autocrítica sobre el funcionamiento de la institución con el tradicional “no dejar títere con cabeza” -resultado último de algo tan patrio como deslizarse de la crítica al desprecio-, encontrara “las formas de hacerle saber a nuestros conciudadanos, no ya solo de qué voluntariosa pasta está hecha toda esa gente empeñada en trabajar en y por el saber, sino, sobre todo, que no hay futuro que no pase por el cuidado y la transmisión de la herencia cultural recibida”, y alertaba del peligro que se cernía, en forma de “los nuevos bárbaros (cuyas avanzadillas ya están entre nosotros)“, sobre esta herencia y sobre la institución que la sustenta:

”Son muchos los que, desde muy diversos lugares, se afanan -a veces con notable ahínco- en su liquidación. Al igual que no son pocos, ni poco poderosos, los que parecen estar dispuestos a rematar la faena, tijera presupuestaria en mano. Frente a ellos, a los que no disponen de más arma que su palabra y su entusiasmo por lo que hacen acaso a estas alturas ya sólo se les pueda dar este modestísimo consejo: no se lo pongamos demasiado fácil. (…) Porque resultaría un sarcasmo insoportable que, con nuestra ligereza a la hora de referirnos a ella, pudiéramos estar regalándole el argumento que necesitaban para poder consumar su barbarie”.

Los bárbaros ya han llegado. Como los sacerdotes mayas o los emperadores y emperatrices chinos y chinas (discusión ésta sobre los géneros que ha hecho visible el interés de los españoles por la filología, una de esas carreras universitarias al parecer a punto de ser consideradas inservibles), han consultado el calendario de los rituales estacionales de pan y circo y han aprovechado, con alevosía, el momento álgido del espectáculo balompédico, y el consiguiente turbión emocional del enfrentamiento cainita entre sus máximos rivales, para publicar, mediante decreto ley en el Boletín Oficial del Estado, (21 abril 2012), su doctrina (llamarlo política económica sería espejismo) sobre educación y sanidad. Como profesional de la primera, me centraré en ella, aunque lo referente a sanidad me pone, con perdón, enfermo.

2.

Los ciudadanos, unos ya acostumbrados al “¡que viene el lobo!” (¿o era el dóberman?), otros conocedores del poema de Kavafis, amedrentados los más por la sorda amenaza a su futuro, están paralizados. Y digo sorda, que no muda, pues las medidas de los bárbaros atruenan con la violencia que imputan, impertérritos, incluso a la pacífica resistencia pasiva, venga Gandhi y lo vea. El riesgo de la censura y represión de cualquier modo de producción de gestos puramente simbólicos de resistencia empieza a ser alarmante. Para muestra, el tratamiento dado a quienes han hecho visible el deseo y la necesidad de echar el freno a la situación, sean los “terribles saboteadores” del metro de Madrid (un preciso gesto de pacífica protesta, sin ningún riesgo para nadie, como demuestra que su visibilidad –su recepción- solo pudo producirse a posteriori, cuando apareció su dibujo tras unirse todos los puntos, y que sin su difusión mediática sólo habría sido una situación cotidiana de breve retraso para los viajeros afectados) o los “peligrosos estudiantes” menores de edad de Valencia (cualquier adulto, especialmente los entrenados en labores de orden público, debería poder distinguir entre la intensidad inofensiva de hormonas agitadas y la violencia odiosa de la kale borroka o de los futboleros ultra).

Pero, ¿cómo no estar paralizados? Cuando se recibe una doble información contradictoria, la parálisis del pensamiento y de la acción está asegurada. Se nos dice continuamente que nuestros jóvenes son los mejores preparados de nuestra historia, y al tiempo se nos machaca con la idea de que el sistema educativo no funciona. Parecería que los ciudadanos del estado español se han educado, de los fascículos de los años 60 al Internet del siglo XXI, de manera autodidacta. ¿Dónde y cómo, y con quién, se han formado, entonces, esas generaciones sobradamente preparadas, sino en la Universidad, con fondos públicos, y con su valioso profesorado?

El problema es la Universidad, nos dicen. Hablan de nepotismo y endogamia, y lo hacen, desde la nomenklatura de los partidos políticos con disciplina de voto, quienes se arrogan la potestad de subirse el sueldo que les paga la ciudadanía sin preguntarla, quienes saltan de la gestión de lo público a la empresa privada del ramo, y viceversa, otorgándose privilegios y concediéndose indultos. Y también quienes, desde la propia institución, suspiran por devolver la Universidad a las manos de una casta superior, e imponen a sus propios compañeros condiciones laborales precarias, exigencias que ellos no tuvieron que cumplir y baremos que ellos no habrían podido superar. Los mandarines, ya se sabe, prefieren castigar a estimular con el ejemplo.

La Universidad, insisten, ha de acercarse a la sociedad -como si no fuera parte fundamental de ella- y preparar a los estudiantes para satisfacer la demanda del mercado laboral. Nada dicen, en cambio, del empobrecedor carácter de dicha demanda, de un mundo empresarial obcecado en el negocio fácil y la especulación, pero incapaz no sólo de acercarse con curiosidad al gran laboratorio multidisciplinar que es la Universidad, sino de generar iniciativas de negocio –es decir, inversión- a partir de la preparación y el conocimiento, enormemente diversos, que aquella produce. Han desligado la palabra “cultura”, en toda la enorme riqueza de su significado, de la idea misma de Universidad, y prefieren usar “excelencia”- posiblemente porque la palabra todavía reverbera con los ecos de la autoridad de “su excelencia”- y “rentabilidad”, término que sabemos rige los intereses de la empresa privada, del mismo modo que “bien común” rige los criterios de la gestión pública.

El problema no está en los claustros académicos, pese a los fallos implícitos a todo sistema, especialmente si funciona con recursos escasos, que los propios profesionales trabajan para corregir desde una gestión democrática, sino en aquellos, en muchos casos, sus propios egresados, que olvidan, por dinero o poder –caras de la misma moneda, que quieren única- la alta función del universitario: acuñar la moneda del pensamiento, en cualquiera de sus dos caras: técnico o humanista, en la investigación o en el aula. El problema, no nos engañemos, es decidir qué moneda es de curso legal.

La separación entre investigadores y docentes que establece el decreto ley del 21 de abril vulnera los derechos de miles de profesores universitarios, para quienes supone el fin de la posibilidad de desarrollar una carrera académica. Pero, sobre todo, dicha separación no es sino una más de esas nefastas falsas dualidades, como la que se establece entre teoría y práctica, o ciencia y humanidades, tan dañinas para un verdadero conocimiento. Y resulta demoledora para la propia idea de la tarea universitaria, pues transmite perversamente que la docencia no implica investigación, es decir, que solo consiste en repetir como un disco rayado conocimientos más o menos obsoletos. Además, el anunciado aumento de las horas de trabajo de los docentes –diseñado para ampliar la brecha entre las castas, pues es imposible investigar y conseguir recursos si se ha de emplear todo el tiempo en dar clase- implica, añadiendo a la injuria el insulto, la idea de que son unos vagos y no trabajan suficiente.

De la CRUE (Conferencia de Rectores Universitarios de España) se espera que no cometa la imprudencia de confundir prudencia con sumisión ante lo intolerable, especialmente porque lo intolerable ya se ha producido: la Universidad ha sido despojada de su fundamental autonomía para diseñar, desde el conocimiento profesional y no desde el caciquil control político, cómo se distribuyen las responsabilidades académicas.

3.

Durante una conferencia en un país sudamericano, alguien del público reprochó al conferenciante, un historiador español (creo recordar, sin seguridad, que pudo ser Salvador de Madariaga), su imperdonable condición de descendiente de aquellos que tan brutalmente colonizaron y explotaron a los pobladores indígenas. En otras palabras, le llamó bárbaro. El conferenciante replicó que tal condición, en todo caso, correspondería a los antepasados del interpelante, habida cuenta que, vino a decir, los suyos se habían quedado en su castellano pueblo.

La comunidad universitaria, el mundo académico, tiene que explicar a la sociedad española esta situación, so pena de convertirse en mudo testigo, y muchos de sus miembros en víctimas, del fin de la era de la educación pública. Que no se olvide –es decir, dejemos fehaciente memoria- que los bárbaros son ellos, no nosotros.


Enviado el 01 de Mayo. << Volver a la página principal << | delicious

Publicar un comentario.

[ Netiquette: Protocolo de publicación de comentarios ]

(Si no dejó aquí ningún comentario anteriormente, quizás necesite aprobación por parte del administrador del sitio, antes de que el comentario aparezca. Hasta entonces, no se mostrará en la entrada. Gracias por su paciencia).

Copia las dos palabras de la imagen en la casilla correspondiente: