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Junio 06, 2012

La gran reclasificación - Eudald Espluga

018_chn.jpeg Uno de los más grandes bastiones de la psicología contemporánea y de la industria farmacéutica es el Diagnostic Statistical Manual, una obra que se erige como la más eficiente herramienta de diagnosis que describe y clasifica una verdadera psicopatología de la vida cotidiana. Encontramos en él un abanico de trastornos que son aceptados por las asociaciones de psiquiatría estatales de los diferentes países desarrollados como "enfermedades mentales": por ejemplo, el código 313.81 recoge el "negativismo", que se define como «un comportamiento de desobediencia, conducta negativista y oposición provocativa a las figuras de la autoridad»; así también el 301.50, llamado "trastorno histriónico de personalidad" nos habla de «individuos activos y teatrales» o bien "el trastorno por evitación" (301. 82) que se caracteriza por la «hipersensibilidad al rechazo, la humillación y la vergüenza potencial».

Este manual de diagnosis parece confirmar las proféticas palabras de uno de los padres de la antipsiquiatría de los años sesenta, Thomas Szasz, quien en su obra fundacional El mito de la enfermedad mental consideraba que «el médico, empeñado en asumir el rol de experto ingeniero del cuerpo humano -considerado como una máquina fisicoquímica- puede creer que todos los sufrimientos humanos que enfrentan caen dentro de la categoría de enfermedad» . La repulsión que Szasz sentía para con el modelo psiquiátrico emergente resulta del hecho que poco parecía diferir del determinismo que en su día defendieran autores como Hobbes o La Mettrie: en su caso, los modelos a rebatir eran, básicamente, el conductismo y el psicoanálisis.

Debemos preguntarnos, entonces, que ha llevado a que los médicos, y nosotros mismos, veamos todo sufrimiento como enfermedad. Eva Illouz, desde un análisis sociológico afín al modelo weberiano, nos abre el camino señalando como, en la actualidad, de la mano de los psicólogos del yo, la lógica institucional y epistemológica del discurso terapéutico se ha convertido en una narrativa autobiográfica del yo que ella llama ethos terapéutico. Como veremos, bajo la ubicua estrategia de postular un ideal de salud maximalista pero sin una definición extensiva, esta se vuelve un ente difuso que, a contrario, genera una incesante patologización de las conductas y personalidades: la salud es convertida en un atributo intrínseco de los seres humanos que incluye la tendencia a la autorrealización como motivación incorporada y presente en toda forma de vida.

La paradoja es que el determinismo fatalista del psicoanálisis de Freud y del conductismo de Pavlov se unen con las tesis antitéticas de la psicología humanista de Rogers y Maslow, legando a la contemporaneidad un concepto de salud que, como monstruo híbrido que es, encarna las contradicciones del capitalismo cultural: el resultado es la emergencia de una nueva categoría de persona así como una nueva estratificación social.

Esta tesis fundamental nos servirá de hipótesis de trabajo para evaluar las consecuencias de la aparición de nuevos criterios para definir la salud y la patología. Si bien Illouz cifra el análisis de una nueva estratificación social en términos de competencia emocional , nosotros nos centraremos en la caracterización de los nuevos ideales de "salud", "enfermedad mental" y "persona". Partiendo de las tesis de Szasz y Foucault que, si bien con diferentes matices, señalan la relación entre conducta o personalidad y medio social como origen y condición de posibilidad de la categorización patológica, veremos las implicaciones éticas y políticas del ethos terapéutico.

En suma, como afirma Szasz, «la cuestión de determinar si los trastornos de conducta -o problemas vitales, como prefiero denominarlos- deben considerarse y llamarse "enfermedades" siempre se encaminó como si fuese un problema ético y de política de poder. Es indudable que el asunto tiene implicaciones éticas, puesto que la respuesta a este problema puede influir en las estructuras de poder existentes o modificarlas» . Es por eso que llamamos "la gran reclasificación" al proceso de institucionalización, burocratización y clasificación de las conductas humanas bajo nuevos criterios de salud y enfermedad mental. En esta coyuntura, el DSM III aparece como paradigma de esta nueva narrativa terapéutica que clasifica, por ejemplo, "la oposición provocativa a la autoridad" como enfermedad mental.

* * *

En la contemporaneidad el lenguaje terapéutico está arraigado a las narrativas del yo de forma tan indisoluble que expresiones como "disfunción", "inteligencia emocional", "relación tóxica" o "salud emocional", entre muchas otras, forman parte del vocabulario con que las personas -sea cual sea su clase social- se comprenden a sí mismas. Foucault, en el tercer volumen de su Historia de la sexualidad, ya señalaba la tendencia según la cual el cuidado de sí, representado a través de metáforas de la salud, promovía paradójicamente la perspectiva de un yo "enfermo" que necesitaba corregirse y transformarse.

El peligro de esta tendencia a comprender las dolencias o sufrimientos de forma esencialista, y a llamarlos tastarnos o enfermedades mentales, es el de confundir el producto de la clasificación con los hechos mismos, con las cosas naturales . Dicho de otro modo: de la misma manera que no descubrimos una obra de arte, sino que -por motivos sociales, históricos, contextuales y, por ende, contingentes- la clasificamos y tratamos como tal, tampoco una conducta o una personalidad es una enfermedad mental. Esta argumentación ofrecida por Szasz tiene por objetivo poner al descubierto el carácter metafórico de la noción de enfermedad mental.

Si la incapacidad, el sufrimiento y la disfunción devienen los nuevos criterios para identificar la enfermedad mental, no solamente se podrá llamar "enfermedad mental" a la histeria, la hipocondría o la neurosis, sino «a todo aquello que permitiera detectar algún signo de disfunción sobre la base de cualquier tipo de norma. En consecuencia, la agorafobia es una enfermedad porque el individuo no debe temer a los espacios abiertos. La homosexualidad es una enfermedad porque la sociedad impone la heterosexualidad como norma. El divorcio también lo es, porque indica el fracaso del matrimonio. Se dice que el delito, el arte, el liderazgo político indeseado, la participación en los asuntos sociales o la falta de dicha participación son signos de enfermedad mental» .

Estas palabras de Szasz, escritas el año 1961, podían parecer exageradas, y más teniendo en cuenta la dureza de sus expresiones y comparaciones, pues el escritor húngaro llega a comprar los hospitales psiquiátricos con los campos de concentración. No obstante, ha de tenerse en cuenta que el movimiento antipsiquiátrico tenía su razón de ser dadas las condiciones y los tratamientos que se dispensaban en los manicomios: electroshock, lobotomía, experimentación conductista con pacientes contra su voluntad, etcétera.

Si nos remitimos a la caracterización del concepto de enfermedad mental que Anthony Giddens dibuja en su Sociología, vemos como Thomas Scheff (1966) la define como violación de las "reglas residuales" de la sociedad, entiendo que estás son las normas enterradas profundamente que estructuran nuestra vida cotidiana . En este sentido, comprendemos que tanto Szasz como Foucault reaccionaban a una psiquiatría y una psicología que reafirmaban acríticamente -y despojando de su carácter moral- algunas de estas normas sociales profundas (la heterosexualidad, la monogamia, el quietismo político, la obediencia a la autoridad).

Lo que aquí llamamos "la gran reclasificación" -en analogía a "el gran encierro" que describe Foucault en Historia de la locura en la época clásica- es el proceso de taxonomización y institucionalización de la conducta humana, no solamente en cuanto a sus "reglas residuales", sino de todos sus aspectos posibles. El yo se convierte en un campo de fuerzas puesto que se cierne sobre él una definición institucional: «lo interesante y tal vez sin precedentes de la corriente terapéutica es el hecho de que institucionalizó el yo por medio de la "diferencia" generalizada que se contrasta con un ideal moral y científico de normalidad. Al postular un ideal de salud indefinido y en constante expansión, todas las conductas a contrario podrían clasificarse de "patológicas", "enfermas", "neuróticas" o simplemente "inadaptadas", "disfuncionales", o, en términos más generales, "no autorrealizadas"» .

Las instituciones, entendidas como actores sociales, ya sean dependientes del Estado o pertenecientes al sector privado, construyen una coherencia cultural tratando de organizar la diferencia: Illouz, oponiéndose a una interpretación algo adulterada del pensamiento de Foucault (como la que ofrece Giddens ), considera que no se trata tanto de normalizar o homogeneizar, como de jerarquizar, encapsular, criminalizar, hegemonizar o marginalizar prácticas . En este sentido, podemos considerar este proceso de clasificación y, en último término, de patologización de las conductas humanas, como un fenómeno de "etiquetaje": la desviación no debe interpretarse como una serie de características ontológicas o esenciales de un individuo o grupo, sino como un proceso de interacción social. Según esta teoría del etiquetaje, propuesta por Edwin Lemert (1972), las categorías de desviación expresarían la estructura de poder de la sociedad : no habría, entonces, ningún acto intrínsecamente !
desviado.

Esta teoría es congruente con el operacionalismo de Szasz y la concepción que Foucault expresa en Enfermedad mental y personalidad: la anormalidad y la patología no serian fenómenos primarios, sino derivados de la alienación social, como trasposición mental de las contradicciones del medio; la enfermedad vendría determinada por el momento histórico. En consecuencia, si aceptamos a grandes rasgos esta caracterización de la enfermedad mental como categorización social debemos preguntarnos quién dirige el proceso: Foucault y Szasz denunciaron la falsa neutralidad de la epistemología médica con respecto a cuestiones éticas y políticas, y Illouz entra a denunciar como la doctrina terapéutica funciona a modo de "zona comercial": el Estado, académicos de la salud mental, farmacéuticas, aseguradoras, psicólogos y feministas están de acuerdo en «la definición de la vida emocional como algo que debe ser manejado y controlado y en torno a su regulación bajo el ideal -en incesante ex!
pansión- de una salud canalizada por el Estado y por el mercado. Una gran variedad de actores sociales e instituciones compiten entre sí para definir la autorrealización, la salud o la patología, haciendo de la salud emocional una nueva mercancía que se produce, circula y se recicla en terrones sociales y económicos que toman la forma de un campo».

Así las cosas, podemos entender "la gran reclasificación" como la constitución de este "campo emocional" que ofrecería la emergencia de nuevas formas de capital a la par que nuevos esquemas para comprender el yo en términos de enfermedad mental, de salud, de sufrimiento y de autorrealización. Illouz suscribe explícitamente la tesis de una "medicalización de la sociedad", que tendría su principal baza en la construcción institucional del ethos terapéutico definido como narrativa de un yo sufriente. La problematitzación omniabarcante de la conducta y la personalidad llevada a cabo por la psicología tendría la consecuencia que «la conquista de la existencia humana, o del fenómeno de la vida, por parte de las profesiones relacionadas con la salud mental que comenzó con la identificación y clasificación de las llamadas enfermedades mentales, culminó en nuestros días con la afirmación de que la vida toda "es un problema psiquiátrico" que la ciencia de la conducta debe "resolver"

Enviado el 06 de Junio. << Volver a la página principal << | delicious

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