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Julio 01, 2012

FRAGMENTOS CONTRA LA VOZ PERSONAL - Carlos Pardo

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A Lorenzo Oliván

Los inconvenientes del Autor son: constituir un punto de partida o de origen, formar un sujeto de enunciación del que dependan todos los enunciados producidos, hacerse reconocer e identificar en un orden de significaciones dominantes o de poderes establecidos: "Yo en tanto que…"

Diálogos, Gilles Deleuze y Claire Parnet

Supongamos que al principio se dio de manera natural y luego fue complicándose. Mentira: supongamos que primero fue un artificio desligado de la experiencia, una abstracción sacada del resto de cosas para actuar de pegamento de las cosas, y luego se convirtió en algo de apariencia natural.

Poco tiempo después volvería la obligación de recomenzar, esa inseguridad.

Es una cuestión sencilla: quién habla en el poema. Esta pregunta, de la que los poemas parecen respuestas (casi como si una voz se impusiera, necesaria, a las demás) a los enfermos de posibilidad los volvió locos. Han intentado responderla más de un centenar de veces (cada vez que escribían un poema) y la respuesta nunca fue la misma. No era una respuesta porque no era necesaria. Era más bien marcharse a otra parte. Una digresión.

Tenían una desconfianza natural a aceptar una voz como propia. Y esta cualidad, teatral, en ellos no iba acompañada de un talento para la máscara: inventarse un personaje con sus nombres y apellidos, o, como Pessoa, crearse una tradición.

Si la poesía era palabra en el tiempo, para ellos, buscándoles las vueltas, fue más bien una voz en el tiempo, es decir, un acto de habla cambiante, mudable, intencionado, inconcluso. No palabra, sino habla que vive en el contexto. Un trazo, una caducidad. Una voz por poema. Una voz por verso. Ninguna voz.

Asumir una voz era mostrar sus trucos y carencias, sus límites. El primero de todos, la primera persona.

¿Habían creído que esa incapacidad de dar con la voz correcta era una elección personal?

“Cómo escribir después de la muerte del autor” era la rimbombante cuestión que se les planteaba a los aprendices de poeta. La respuesta que dieran iba a determinar los temas y los modos de su poesía. De alguna manera intuían que no había otro tema que la voz que emerge al escribir y no existe antes ni estará después, ni es reutilizable. Aparece en la página con sus contradicciones, su ocultamiento y su asidero en el presente perpetuo de la página. Después de la página desaparece. Construir una voz era su moral y su política. Era el único tema de la poesía.

Querían una poesía que recuperase la primera persona. No porque el yo hubiese desaparecido, sino porque era verosímil, un buen actor de sus emociones. Había que probar otra primera persona menos creíble pero más verdadera.

Querían una voz que no resolviera las ambigüedades, que no se redujera a un ejemplo. Era propio (no como imperativo, sino como incapacidad y como sublimación de la incapacidad, es decir, como deseo) dar vueltas una y otra vez a la articulación de una voz homogénea. Recuperar potencia.

La fragmentación, la flexibilidad, el nomadismo, el cambio eran los distintivos del capitalismo de identidades (intensidades) múltiples. Al sujeto mediador (una voluntad de poder), lo veían sobreestimulado, fatigado. Un yo superviviente de sus propios deseos de aniquilación.

En los departamentos de filología se decía que el yo era de mal gusto. Como ejemplo se citaban poemas de herencia simbolista (de Machado a Valéry) donde el poeta se ausenta de la escena (que sus ojos y su inteligencia han creado). Otros recurrían al surrealismo, a René Char, a la objetividad de Ponge. Pero ellos eran incapaces de no sentir que detrás, no de la página, sino de su propia espalda, alguien guiaba su cabeza con mano delicada.

El yo era el primer paso del extrañamiento, de una aporía resuelta en el papel y no en el tiempo.
Señalar estas aporías lo llamaban “retórica de lo breve” o “grandilocuencia del minimalismo”.

Se repetían el verso de la novena elegía de Rilke: "Aquí está el tiempo de lo decible, aquí su patria."

No querían defender una postura como la propia de su tiempo, pues elegir era perder el pacto con el presente complejo, pero podían nombrar. No había un modo de arrogarse beneficios sobre el presente, pero a su vez estaban lejos de una idea de universalidad. Eran lo que faltaba entre las cosas. Los versos de Mark Strand:

Dondequiera que esté soy lo que falta.

La escritura insuficiente de los diarios íntimos se acomodaba a esta ficción: el autor era una presencia por sobrentendidos. Un diario secreto (privado pero comunicativo, privado por voraz) de alguien cuyo nombre es secundario, de una figura en un segundo plano. Aceptar la primera persona multiplicaba los problemas.

Parece que no me creyeran del todo cuando hablo de fracasos en mis poemas. Suponen exigencias del estilo o de temperamento o en el peor de los casos un fraude de la escritura. Realmente es lo mismo, existencia y lenguaje. Si se toma uno la vida en su conjunto -aquí me pongo sentencioso y cadavérico- no es difícil comprobar tangibles temas que conducen al desastre común. Es verdad que hay poesía indiscutible en el derrumbe de cada cosa. (La retórica de los acordes finales, odas a la muerte, discursos en los cementerios.) Pero también es verdad que fumo como por última vez lo cual está significando un naufragio en alguna parte. (Giannuzzi, “Tema poético”)

Una biografía era un ejemplo chusco de azar y falsificación. Una escritura en presente, sin significación, y un yo a modo de brújula. Si querían escribir sin hacer el ridículo (sin dar nada por supuesto, pensaban), nuevos problemas igual de importantes que la voz habrían de salirles al paso. Por ejemplo: ¿Qué era una experiencia? ¿Una perspectiva sobre las cosas, un extrañarse entre las cosas? ¿Puede haber un yo distante de las cosas? ¿Era Wordsworth? ¿Era un resumen, una contradicción, una moraleja? ¿La Erlebnis, una vivencia? ¿Un acontecimiento? ¿Una perla que se forma “en el interior”, como en Cernuda?

El personaje no era nunca lo dado, lo normal dentro de una sociedad de iguales. No podía existir un “personaje” normal. La comunidad basada en la existencia de una clase media era el primer resumen de la disolución del individuo en su perfil. El individuo normal lo era en tanto marca (cosa) y consumidor (deseo). Un consumidor de experiencias pero, ante todo, de su propia identidad, de su estatus, del reconocimiento de otros. El relato de esa intimidad no podía dejarse asimilar en un personaje conocido por todos y en todas partes crucial. Intimidad era el eufemismo de insustancialidad.

¿Y cuando el personaje estaba roto, arruinado y no garantizaba la intimidad?

Yo que no he tenido nunca un oficio que ante todo competidor me he sentido débil que perdí los mejores títulos para la vida que apenas llego a un sitio ya quiero irme (creyendo que mudarme es una solución)…

Les sedujo el yo superviviente de Rafael Cadenas en “Derrota”.

Debía romperse, ser engañoso, fracasar, sobrevivirse. No hacían hincapié en este orden, pero sí en su final: sobrevivirse. Era un proceso de reagrupamiento. La fragmentación era lo dado (el mito de las posibilidades). La identidad sobrevivía a su propio ritual destructor, pero ya no idéntica a sí misma, sino descreída de lo identitario.

El yo estaba enfermo. La enfermedad del yo era otro síntoma de una enfermedad plural: la autonomía. Algo quedaba oculto en el resumen, no nombrado. El mundo había perdido relieve. El paisaje era un inventario de diminutivos. El yo era todas las personas del verbo. Persona y experiencia dos clichés opresores. Se pondrían a estudiar las formas de vida, sus agrupaciones.

"La asociación libre constituye la forma de recuerdo más incoherente y, en consecuencia, más fluida; a causa de la represión, el pasado sólo puede regresar en forma de un conjunto desorganizado de fragmentos desnarrativizados. [...] A través de estos fragmentos, de nuestras pausas, errores y juegos de palabras, nuestras vidas no expresadas insisten en ser reconocidas. La continuidad de los relatos sobre nuestra vida es lo que utilizamos para ocultar el pasado; mediante la asociación libre, el relato pierde su estructura ordenada y pasa a asemejarse a un collage, en el que las palabras preferidas aparecen involuntariamente en contextos alternativos. [...] En el análisis, los relatos sobre la propia vida se fragmentan a medida que se narran; para ser leídos, para ser interpretados, deben ser ilegibles. El paciente tiene que rechazar las satisfacciones del narrador convencional. Al quedar derogada la necesidad de exposición, nudo y desenlace, a menudo se ve obligado a convertirse en un mal narrador y contar su vida como un absurdo." Flirtear, Adam Phillips.

El autor había muerto en la página, el lector le daba vida al leer, luego ambos caían en el olvido. La biografía, género de ficción, era una huida hacia el absurdo. Escribir un diario es como perseguir la propia sombra (Jean Paul).

La autobiografía vela una desfiguración de la mente de la que ella misma es la causa (Paul de Man). La autobiografía inventa la experiencia que no se daba antes. La vida imita a la autobiografía.

Los poemas no terminan con una catarsis. El poema no se cierra cuando se cierra el libro. Está decantado hacia el contexto, hacia eso llamado vida o desorden o presente o forma.

El poeta se entretiene hablando de su propia incapacidad, en broma o en serio el poema se convierte en el tema primordial del poema. Un lugar tranquilo. El enfermo que se deleita con los síntomas de la enfermedad (aburriendo a los sanos). No quiere curarse.
Se consuela con repetir que escribir es difícil, que la palabra está partida, que no da medida de todo, que es como un desierto, que balbucea, que trina.

Barthes, ese autor de autobiografías: el escritor se escribe aunque hable de otra cosa. Se escribe mejor si mira a otra cosa, si está desprevenido, en falta. La vida se alimenta de esas faltas. En esas faltas aún podían vivir.

Lo intentaron de varias maneras, con mayor o menor éxito. A veces con el plural. A veces con el tú: “Sólo estando juntos podremos despistarles.” Carlos Martínez Rivas.

En los departamentos de filología no hablaban de otra cosa que de libertad. Elegir una voz era una hipoteca. El compromiso con la propia voz. El pacto de la voz. La usura de la voz. Su habitabilidad.

Enviado el 01 de Julio. << Volver a la página principal << | delicious

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