« Conversación del sociólogo y el artista: Bourdieu – Haacke - Néstor García Canclini* | >> Portada << | Knew you well - Cultfever »

Julio 08, 2012

Derivas de la narratividad I / Contarlo todo sin saber cómo - María Virginia Jaua

CA2M Alex Reynolds Le Buisson St. Louis 2007.JPG Podríamos empezar diciendo que el título es un acierto. Ya ahí, en “Contarlo todo sin saber cómo”, encontramos una cierta plasticidad “literaria” que nos permite jugar con aquello, transformarlo, darle la vuelta, intervenirlo: “Cómo contarlo todo, sin saber, cómo”; “Sin saber, cómo contarlo todo”; “Sin saber todo, ¿cómo contarlo?”; “Sin saber cómo, ¡contarlo todo!” Incluso: “Como todo, contarlo sin saber”, dando por hecho en todas las versiones la dificultad a la que se enfrenta todo intento narrativo autocuestionado.

Una frase cuasi elíptica en la que se logra elidir “algo” que sin embargo es “todo”; y sin que se le llegue a echar en falta, consigue entregarse en su no saber, en su pregunta. El adverbio de modo “cómo” deja al título sin principio ni fin y con una pregunta siempre abierta. De esa manera, las posibilidades sintácticas y gramaticales de la frase que Martí Manen da como título a su novela y a su exposición son variadas y audaces, como la propuesta en sí misma: presentar una novela y una exposición o una exposición que es una novela o a la inversa. El juego está puesto, porque aquí se trata de eso, de arriesgarse a trabajar en dos formatos en los que se busca cuestionar, contrastar, ensayar, poner en duda lo “narrable”.

Ambos proyectos, tanto la novela como la exposición, auspiciados por el Centro de Arte Dos de Mayo (CA2M) buscan indagar en lo que se ha dado en llamar desde Paul Ricoeur “narratividad”.

Primero demos una vuelta por la exposición, asomémonos a lo que ahí se cuenta, pues el libro nos lo podemos llevar a casa, pero lamentablemente las piezas de la exposición no. Sobre todo los vídeos, que a veces me pregunto la necesidad de ir a un museo para sentarse frente a un monitor o una pantalla de televisor. Pero sí tiene “sentido” es parte de la convención “ficcional”, el pacto que se establece entre el público y la obra: el espacio museístico, el formato libro. Y que secretamente me gustaría "romper".

En esta exposición, lo primero que vemos es un proyector de acetatos en los que podemos leer el inicio de la “novela”, el mismo de la exposición. Aquí, me atrevería a afirmar que el “autor” de la exposición acierta de nuevo: todo comienzo está ligado a una muerte; todo relato se da a la vida en pérdida de algo; toda narración que merezca la pena ser contado comienza con una desaparición, con una existencia en fuga, con un borramiento, con una negación...

El inicio que el Martí Manen elige es la muerte del artista Félix González-Torres, quien, a su vez, en una suerte de otro desdoblamiento en elipsis, hizo parte de su obra con el relato de otra desaparición: la de su pareja, víctima del sida.

“Suena el teléfono. Félix ha muerto.” Una vez establecido ese comienzo, el orden de las piezas, en la exposición deja de ser importante. Ella deviene un espacio “emancipado” del orden secuencial al que, en cambio, sí está sometido el libro en papel. Por lo tanto el orden de la lectura de la piezas no altera el resultado final de la lectura, que en el libro sí está ceñido a la voluntad del autor, sometido a su vez al orden-secuencia que nos dan las páginas.

En la exposición, la premisa que une a artistas como Eija-Liisa Ahtila, Rosana Antolí, Rosa Barba, Karen Cytter, Kajsa Dahlberg, Lili Hartmann, Rosalind Nashashibi /Lucy Skaer, Christodoulos Panayiotou, Job Ramos y Alex Reynolds es la pulsión narrativa, y la diversidad de géneros y de formatos que cada uno adopta para contar en sus obras.

Sabemos que la necesidad de “narrar” es inherente al ser humano, por ello no nos sorprende que gracias a la tecnología hoy existan más de 900 millones de usuarios en facebook “contando” en tiempo real sus vidas, o como diría otro Félix: sus “autobiografías sin vida”. Casi podríamos afirmar que todo el mundo quiere, anhela, aspira, sueña con contarlo todo sin saber cómo.

El impulso de narrar es tan potente como antiguo: una manera de probarse a sí mismo la existencia, o dejar huella: ocupar un espacio en el tiempo. Sin embargo, sólo algunos logran capturar la atención, y consiguen crear relatos en los que el ser llegue a trascender, que se atreve a cuestionar los límites de la realidad o incluso el concepto de “verdad”, las convenciones sociales, los límites del lenguaje, la posibilidad de la imposibilidad.

En la muestra Rosa Barba cuenta como si fuera verdad la historia falsa de una isla a la deriva: la metáfora siempre tiene un trasfondo de verdad. La imagen de una isla a la deriva que puede coalisionar y en la que algunos intentan inútilmente amarrar a un poste para evitar la catástrofe, a veces tiene más relación con la realidad que un testimonio supuestamente “real”. Otra artista, Eija-Liisa Ahtila, relata la fragilidad del límite entre delirio y cordura y traduce al lenguaje audiovisual la disociación del sonido en un estado mental alterado y el aislamiento del mundo exterior.

A veces, los relatos resultan más humorísticos e “infantiles como la “reconstrucción” de un western por un adulto que interpreta todos los roles en un piso en el que cualquiera de nosotros podríamos vivir. O el relato de Kajsa Dahlberg “Female Fist” en el que una mujer lesbiana –a la que no se ve mientras habla- confiesa su anhelo de hacer una película porno, no para su venta ni para los ojos masculinos, sino de distribución gratuita entre amigas lesbianas.

Parecen fuera de lo común, pero son tan cotidianos como el relato de los miembros de una familia hippie-chic que se embarca en la aventura de construir una residencia-comunitaria en los años setenta. A pesar de creerse diferentes, descubrimos una familia normal: vive con las mismas aspiraciones y fracasa en ellas como cualquier otra. Cada uno de sus miembros –padre, madre, hijo, hija mayor e hija menor- cuenta su experiencia y el resultado de un ideal comunitario frustrado. Que termina con la separación de la padres, la imposibilidad de alcanzar al otro, la eterna utopía de la comunidad inalcanzable, los hijos que a los treinta y tantos años siguen buscándose. Todos tienen la desolación en el rostro, menos el padre que se ha vuelto a casar con una mujer más joven, tiene un bebé y a los cincuenta años -como muchos- reactiva el mito de la eterna juventud.

Esta pieza de Alex Reynolds, "Le Buisson St. Louis", digna de un Houellebecq pero sin su cinismo, es quizás la más potente de la exposición. La que más dice de nuestra sociedad. La que con más contundencia y sin piedad cuestiona el presente de una “comunidad” al borde del fracaso, poniendo en evidencia de un presente incumplido por los relatos sobre los que fue proyectado. La que se despoja de las máscaras de la ficción, y quizás, la única obra en la que queda al desnudo esa dificultad que parece exclusiva de la sociedad occidental.

Ella, parece ser el núcleo tanto de la exposición como del libro, pues ejerce la fuerza suficiente para que todas las demás graviten a su alrededor. Sin embargo, aquí se trata del “relato”. Todos tienen algo que contar, ya sea una experiencia propia, de otro, real o ficticia. Qué más da, lo importante es que haya relato. Y relato hay, se nos dice. Por lo tanto, la pregunta aquí sería: ¿Qué sentido tiene reunir estas historias? ¿Qué tienen en común? ¿Qué se cuenta en ellas y qué dicen de nosotros?

Alguna vez Beckett prescribió el fracaso como seguro recuerdan: “Fracasa otra vez, fracasa mejor”. Pues según él, sólo en el fracaso podrá cumplirse la aspiración del arte (hago aquí un pequeño guiño a la muestra de Inéditos que se presenta en Casa Encendida de la que hablaré en otro texto). Quizás –por una vez- y esto hay que reconocerlo, el que más arriesga es el comisario. Y aquí diría también, el que más y mejor fracasa.

Es el comisario quien “arma” una historia –"la suya"- con las historias de los otros. Y aquí entra la construcción de la “novela”. Articulada como un ejercicio narrativo por medio del cual, las piezas de los artistas encuentran una lógica secuencial en forma de una ficción contenida en un libro, por el que transcurre la historia de "ella" y de "él": un adán y una eva expulsados del paraíso: quizás ese paraíso no es otro que la casa de la comunidad utópica de Le Buisson.

La propuesta de Manen es desafiante, sin embargo, hay algo en ella que no funciona, que no termina de cobrar fuerza ni en la construcción narrativa de la novela ni en su desmantelamiento. Quizás porque en la exposición no es necesario justificar las obras, mientras que la novela como apuesta "artística" no alcanza a arriesgar nada. El formato de la exposición se presta a que casi cualquier cosa pueda entrar y tenga más o menos coherencia: la condición "narrativa" puede justificar cualquier pieza. Por ejemplo, se puede poner una obra en la que el libro de Virginia Woolf Una habitación propia aparece subrayado y anotado en una lengua desconocida junto a los vídeos de la familia de la utopía incumplida. Cada una posee su propia lógica y su propia coherencia, cada una puede activar a la otra o no. Todo depende de cómo constelen las obras entre sí, de su relación con el espacio, de la sensibilidad o el interés de cada uno de los visitantes y de cómo cada quien realice la lectura. Incluso, depende de lo que se ha dado en llamar su "performatividad".

Sin embargo, dentro de un libro el arte no funciona igual. La "performatividad" se activa por otras vías. Quizás por la vía del "autocuestionamiento" del lenguaje que el escritor no llega a recorrer. Esa pieza que traduce en imágenes los límites de la locura de pronto pierde su fuerza y aparece dentro de la novela como un recurso “depotenciado”. Quizás ese es el efecto por medio de cual el comisario al busca convertir la exposición en una novela, cuestionar el para qué del arte. Y entonces habría que elogiarlo. Pero si ese es el caso, no ha conseguido llevar su ensayo hasta sus últimas consecuencias y el arte queda ahí como un accesorio narrativo prestado.

Quizás por ello, la exposición funciona mejor que la novela. Porque en ella las obras están más o menos emancipadas de un discurso que en la novela resulta doblemente forzado. Para que hubiera novela, ésta habría tenido que liberarse de las obras expuestas y habría tenido que inventarse las suyas, obligando al espectador a imaginarlas a ponerlas o a acabar con ellas para siempre: aniquilarlas. ¿Pues qué sentido tiene contar dos veces lo mismo en dos formatos si no es poniéndolos a prueba, llevándolos hasta más allá del límite?

Sin embargo, hay que reconocer la apuesta, y cómo Manen pone a prueba la relación entre arte y “narrativa”, que da como resultado, en este caso, que la exposición no necesita a la novela, pero que la novela no se sostenga sin la exposición. Y que ahí, convertidas en relato –en una interpretación, en una sola lectura- las piezas pierdan precisamente lo que les da fuerza: su posibilidad de ser leídas y “completadas” por el espectador, al estar sometidas a una sola: la del autor.

Quizás a la novela le haya faltado ese pequeño gesto de borramiento, de distancia, de descrédito hacia la propia autoridad formal, de puesta en duda. Quizás exigía un formato digital, no lineal puesto a disposición de esos usuarios ávidos de contar sus "biografías sin vida", con la materia de otros. Sin embargo, precisamente ahí, en ese título confesional, en esa pregunta, en esa apuesta es en donde el proyecto de Martí Manen fracasando mejor acierta. En ese reconocimiento de un ir a ciegas en la construcción narrativa, en su no saber desde un principio -como una muerte- anunciado.

----------------------

Contarlo todo sin saber cómo
13 jun – 11 nov 2012
Comisario Martí Manen

Enviado el 08 de Julio. << Volver a la página principal << | delicious

Publicar un comentario.

[ Netiquette: Protocolo de publicación de comentarios ]

(Si no dejó aquí ningún comentario anteriormente, quizás necesite aprobación por parte del administrador del sitio, antes de que el comentario aparezca. Hasta entonces, no se mostrará en la entrada. Gracias por su paciencia).

Copia las dos palabras de la imagen en la casilla correspondiente: