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Julio 29, 2012

En imágenes, no en relatos - Miguel Á. Hernández-Navarro

20090.jpgHe encontrado al fin la foto. Ha sido después de acabar la lectura de El libro uruguayo de los muertos. Quizá hasta ese momento no me había puesto a buscarla con detenimiento. Por alguna razón, estaba convencido de que fui yo quien la tomó y creía que estaba en alguna de mis cámaras. Sin embargo, tras cerrar el libro de Bellatin, al intentar dar sentido a lo que allí ocurre con los muñecos y las fotografías, he recordado que me la enviaste por email.

“Las fotos que voy tomando están cada vez mejor y, curiosamente, como si estuvieran relacionados, los textos que redacto carecen de una manera creciente de energía.”[1]

Creo que te lo dije ya, el protagonista de mi novela está inspirado en Mario Bellatin. No del todo, pero sí bastante. He cambiado la prótesis por unos tatuajes por todo el cuerpo, pero la cabeza rasurada, las camisas largas, los pantalones y las babuchas le pertenecen. También su manera de actuar. Diría que mi performer tiene algo del escritor mexicano.

“Las fotos tendrás que imaginarlas.”

En el taller que Mario Bellatin impartió en Murcia escribí algunas cosas. Ninguna de ellas merece la pena. Lo que sí lo merecen son las imágenes. Pero no las que tomé con la cámara, sino las que quedaron fuera de ella.

“Es lo impresionante de esas cámaras: la aparición de realidades que te sorprenden desde el momento en que te entregan la copia revelada. Parece algo así como el acto inverso a la escritura, la que no suele ofrecerte otro camino que el de la escritura misma”.

No puedo hablar demasiado de la novela. Mi agente me lo tiene prohibido hasta que encuentre editor. Aun así te diré que en ella están muchas de las cosas de las que hablamos aquella tarde. El trasiego por el barrio de inmigrantes, el restaurante árabe, la sensación de haber cambiado de tiempo. … e incluso aquellas otras cosas que pasaron con Mieke. Sí, las que grabamos para las estéticas migratorias. El locutorio, la gasolinera, esas imágenes que tú conoces tan bien. Incluso aquel momento de la película en el que salía mi madre y que extrañamente apareció en la prensa. Las imágenes son espectros, tú lo dijiste.

“¿Tu imagen en el espejo te refleja?”

No lo creerás, pero estoy acabando de escribir este texto en Kassel. Y aquí, en una vitrina, he visto una cámara de madera como la que describe Bellatin en su libro. Inmediatamente he maginado las fotos que el artilugio ya no podrá hacer, las imágenes del mundo que ya nunca veremos.

“En lugar de escribir, paso la mayor parte del día pensando en imágenes fotográficas posibles.”

Aquí también he visto libros esculpidos en mármol y fotos de textos destruidos. Palabras que ya no pueden ser leídas. Y, por alguna razón, también me he acordado de Mario.

“Me encantaría que se publicara un libro sólo de imágenes.”

Hace unos años, escribí un pequeño texto para la revista digital El coloquio de los perros sobre una obra de Bellatin que no existía existía. Inventé una posible novela escrita solo con imágenes. Tinta de luz. Allí los textos serían imágenes, y las imágenes, texto. He leído en Internet que ya son varios los que citan Tinta de luz como una de las obras de referencia del autor.

“La primera imagen, por supuesto, y tomando en cuenta lo pedestre –y por lo mismo doblemente delicado– de la naturaleza de lo visual, será la toma de un texto convencional. Retrataré una hoja de papel luego de ser sometida a un proceso de corrección.”

El libro que imaginé consistía en una serie de fotografías borrosas de textos. Ciento veinte fotografías, que harían las veces de ciento veinte páginas. Esas fotografías serían acompañadas por pequeñas inserciones textuales donde el autor describiría imágenes tomadas por su cámara. Estoy seguro que a él le gustaría leerla. Toda su escritura está relacionada con la pulsión de ser otro. De leerse desde fuera, de buscar un extrañamiento sobre la propia escritura. Quizá escribir esa novela que yo imaginé para él podría ser una solución para dejar de ser Mario Bellatin.

“He aplazado este momento hasta que las fotos no sean todas un objeto físico.”

Como te digo, pensaba que fui yo quien hizo la foto. Y por eso busqué entre mis cámaras. Pero al acabar de leer el libro tuve claro que la foto la habías hecho tú. Siempre supiste mirar. Y aquella tarde fuiste en primero en verlo. El muñeco, en la mesa de al lado, el brazo caído y el niño llorando porque su juguete recién comprado había perdido un brazo.

“Se trata de una cámara de juguete de muy difícil obtención con la que me gustaría retratar cada una de mis partes.”

Nunca llegué a enviársela a Mario. Supongo que tampoco tú esperabas que lo hiciera. Fue nuestra broma privada. Mario Bellatin, en la mesa del al lado, en aquel muñeco recién roto, en aquel juguete que había dejado de funcionar para el niño y que, sin embargo, se había convertido en una imagen significativa para nosotros. Dos adultos convertidos momentáneamente en niños. Jugando al revés. Creando a partir de lo roto, a partir del accidente. Creo que fuiste tú –o quizá yo, o quizá nadie– quien mencionó entonces a Duchamp. Tyché. Accidente. El gran vidrio roto. Y ahí, lo Real. La imagen que no buscábamos, llamándonos e imponiéndonos su presencia. El pequeño brazo sobre la mesa, devolviéndonos la mirada y atrapándonos con nuestras propias proyecciones.

“A partir de lo intuitivo –me despertó esta idea en medio del sueño– me parece que se crea una de las imágenes más propias posible.”

He querido escribir aquí de esta foto, en este salón –quizá también salón de belleza– que tú creaste como una imagen. Escribir cuando vuelven las imágenes, cuando en ellas uno es consciente de lo que ya no está.

“Pretendo, mirando las imágenes, inducir la escritura.”

Es curioso que el último libro de Bellatin sea el más fotográfico de todos. Y no hay en él ni una sola imagen. Imagen visible, digo. Porque es un libro lleno de imágenes. De imágenes en off, fuera de campo, de reflexiones sobre la escritura y la fotografía. Mi novela también es sobre las imágenes. supongo que algún día se publicará. No sé si te gustaría. Quizá no. Demasiado banal.

“Mientras peor escribo mejor me salen las fotos.”

Las imágenes son espectros. Los otros son espectros. Todo son fantasmas que vuelven y se van. Uno habla a los espectros, a las pantallas, a los ecos del pasado, que vuelven y se convierten en presencias tangibles. Uno escribe a quienes un día lo entendieron. Toda escritura es una confesión a otro. Pero quizá aquí hoy sólo cabe hablar de imágenes. Es de eso de lo único que hablábamos. Porque hablar de imágenes era hablar de todo.

“Me dedico solo a escribir y a tomar fotos. Quiero sacar adelante este formato de texto-foto amalgama, que significa que no puede existir una sin la otra. La imagen sin el texto y viceversa.”

En Documenta he percibido un extraño retorno de lo material. Una corporalidad y una tangibilidad en todo lo expuesto que también me ha recordado a Bellatin. Quizá, en un tiempo en el que todo lo sólido parece ya haberse desvanecido para siempre en el aire, volver a los objetos, al fetichismo de su fisicidad, pueda ser una estrategia necesaria. Probablemente no estaríamos de acuerdo en esto. Pero la amistad era también eso, saber disentir.

“Nada que esté dentro del mundo virtual debe servirme para llevar a cabo mi proyecto. Tal como pretendo hacer con la escritura, lo primitivo debe tener una presencia real. No lo primitivo visto como una contraposición con lo contemporáneo, sino por el trabajo manual, real, que supone el proceso fotográfico, desde equipar la cámara con un rollo hasta tener la copia revelada después de un proceso”.

Tinta de luz. Vuelvo a lo mismo para acabar. Creo que El libro uruguayo de los muertos es lo más parecido a ese libro que un día inventé. Ahí está el desenfoque. Ahí están las imágenes. Y también las historias, y los tiempos trastornados, desquiciados, las reverberaciones, los espacios, el difuminado de relatos, de rostros, de presencias y ausencias.

He dicho en otro lugar que la escritura de Bellatin es performativa, que, en lugar de escribir, “ejecuta textos”. Sigo creyendo que eso es cierto. Pero habría que añadir que su escritura es también fotográfica. Y, en ese sentido, El libro uruguayo de los muertos es una foto. Una imagen posible, como la que aquella tarde vimos sobre la mesa, en el brazo caído, en el muñeco roto que tomó vida. Sin duda, aquel momento fue para nosotros el ahora de la cognoscibilidad. Y allí, más que nunca, fuimos conscientes de que la historia se descompone en imágenes, no en relatos.


[1] Todas las citas de este texto provienen de Mario Bellatin, El libro urugayo de los muertos, México, Sexto Piso, 2012.

Enviado el 29 de Julio. << Volver a la página principal << | delicious

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