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Julio 04, 2012

"Un mal poema de primavera”: Walter Benjamin y la socialdemocracia / Pablo Domínguez Galbraith

Visto en la revista Yagular #4

30493pqK.jpg Walter Benjamin tomó una posición política con respecto a su presente en muchos de sus libros, artículos, fragmentos, conferencias, cartas y notas crípticas. Esa posición política tomada es el resultado de una intensa reflexión sobre el papel de la cultura, el uso de la ideología, el lugar de la técnica y el carácter del lenguaje. Cada una de esas reflexiones problematiza su existencia y da pie a lo que se conoce como “teoría crítica”, el punto ciego de todo discurso. Hacer teoría crítica significa apostar por el punto ciego, a costa de provocar el derrumbamiento del sólido edificio teórico de lo que se examina. Cada edificio que se derriba vuelve más difícil pertenecer a un discurso, a una creencia, a un proyecto del futuro.

No por nada, Benjamin parece excluirse a sí mismo de cualquier club político, ideológico, teórico y teológico al que hace referencia, como si quisiera corresponder con aquel chiste de Groucho Marx, “nunca me uniría a un club que me tuviera a mí como miembro”, paradójico y paradigmático a un tiempo. En efecto, nunca podrá pertenecer a un marxismo, a un judaísmo, a una academia o a un mercado literario que lo tengan a él como miembro. En todo caso, esa imposible membresía que se gana para nunca pertenecer al club es un título honorífico que debe de colocarse en la vitrina de la identidad excluida, junto con el exilio, la persecución y el suicidio emblemático. Preseas invertidas y sarcásticas que cuentan un chiste cruel despojado de toda simpatía, un humor negro que rebana la sonrisa con una risotada histriónica y contrahecha.

Emplearse como “avisador de incendios”, como “cepillador de la historia a contrapelo”, como “pepenador de los despojos del progreso”, como “ángel redentor en el ojo del huracán” conlleva una radicalidad inconsecuente, la dificultad de comulgar con quienes confían en sus presupuestos ideológicos, la exposición a cuestionamientos igualmente duros de frentes completamente antagónicos: demasiado mesiánico para un comunismo ortodoxo, demasiado comunista para un sionismo teológico, demasiado literario y tentativo para una habilitación académica doctoral, demasiado radical en su materialismo para la construcción teórica de la Escuela de Frankfurt. El no man’s land de su época, ese terreno devastado en las trincheras de la Primera Guerra Mundial, se corresponde con el no land’s man que resulta ser Benjamin para las instituciones, las escuelas, las corrientes de pensamiento y para quienes lo acompañan en su destino.

Slavoj Žižek, en su libro Visión de paralaje, comenta esta imposibilidad de pertenencia y reconocimiento que se produce no sólo en la vida intelectual de Benjamin, sino en el seno de la filosofía misma, vista como un discurso peligroso, indecidible. Describe a la filosofía y al pensamiento radical en términos de la brecha de paralaje, es decir, la ilusión de un vínculo entre perspectivas afines que, como dos caras de una moneda, no pueden separarse pero tampoco mirarse. Una de las ideas más fuertes en el pensamiento de Benjamin es la de que el marxismo, el materialismo histórico y la praxis revolucionaria están atravesadas irremediablemente por la teología y por el mesianismo. Ese paralaje teológico-político lo consigna en sus Tesis sobre la historia de 1939, que resultó ser el testamento sobre el desencanto del comunismo real que practicaba Stalin, sobre la perversión de la práctica histórica servil a la ideología fascista y sobre la mediocridad de la izquierda socialdemócrata. Está dirigido a refundar el materialismo histórico y la tarea revolucionaria, para arrancarla de la tradición del fascismo, el Enemigo, y de la traición de Stalin, su “Aliado”.

Las Tesis sobre la historia concentran en unas cuantas páginas un potentísimo manual de combate frente al desastre de la política y la guerra, frente al despojo que engendra nuestro concepto de progreso y de continuidad histórica. Su núcleo es dar a conocer una visión materialista de la historia que tenga por objetivo traer al presente la tradición de los oprimidos. Esta tradición rescatada para el presente comporta un “índice de redención” y una “débil fuerza mesiánica” capaces de hacer estallar el continuum de la historia y terminar con el perpetuo desfile de los vencedores de siempre en la misma.
Mientras que el fascismo es visto como el enemigo directo de las tesis, el objeto de la críticas estará puesto en los partidos y la filosofía socialdemócrata, especialmente la tradición alemana. Al enemigo fascista hay que derrotarlo, pero a la izquierda debe de combatírsele para producir su versión depurada, valerosa, arriesgada y solidaria. La izquierda socialdemócrata contribuyó en gran medida al derrumbamiento de la República de Weimar y al ascenso del nazismo, y pervirtió los ideales y la praxis del socialismo. ¿Cuáles son pues, los supuestos más deleznables de su programa? El conformismo y el optimismo. El conformismo, en sus vertientes derrotista, pretencioso y vulgar, y el optimismo, que proyecta siempre un futuro edulcorado dejando de lado un presente en peligro y un pasado de marcas de la opresión herido por las astillas del tiempo mesiánico.

El conformismo es derrotista porque no salvaguarda la tradición de los oprimidos, y acaba entregándose como instrumento de la clase dominante. “En cada época es preciso hacer nuevamente el intento de arrancar la tradición de manos del conformismo, que está siempre a punto de someterla.” (Tesis VI). El conformismo es también pretencioso: “La teoría socialdemócrata, y aún más su práctica, estuvo determinada por un concepto de progreso que no se atenía a la realidad sino que poseía una pretensión dogmática.” (Tesis XIII). Para la socialdemocracia, el progreso es humano y universal, no tiene fin y no puede pararse, sin embargo, el siglo XX no ha hecho sino mostrarnos cómo el progreso crea siempre nuevas formas de catástrofe. El conformismo vulgariza la realidad, aceptando el trabajo y la ilusión de riqueza como única salvación. “Sólo está dispuesta a percibir los progresos del dominio sobre la naturaleza, no los retrocesos de la sociedad. Muestra ya los rasgos tecnocráticos con los que nos toparemos más tarde con el fascismo.” (Tesis XI) La técnica “no es dominio de la naturaleza, sino dominio de la relación entre naturaleza y humanidad.”, como dirá en su libro Dirección única de 1928.

En otro texto decisivo volverá sobre su crítica a la socialdemocracia. Es un artículo que publicó en 1929 titulado El surrealismo: la última instantánea de la inteligencia europea. En él, Benjamin pasa revista a las vicisitudes del movimiento surrealista hasta esa fecha, posicionándola como la única vanguardia capaz de sincronizar su reloj con la hora crucial de la historia, la hora del despertador revolucionario. El surrealismo tiene la posibilidad de hacer girar las manecillas que finalmente mueva al cuerpo colectivo a sacudir la Europa de entreguerras, llevándola de una manera lúdica, embriagadora y onírica hacia el horizonte de la organización, la toma de conciencia y la superación de la realidad en los términos del Manifiesto comunista. El surrealismo tiene las fuerzas de la ebriedad, capaces de crear experiencias donde se hallan iluminaciones profanas, imantaciones poéticas del espacio urbano y la experiencia vital que llevan a una revelación sobre el estado histórico y político de las cosas en el entorno. Tiene que transformar las fuerzas de la ebriedad y su nihilismo revolucionario anárquico en disciplina revolucionaria.

“Ganar las fuerzas de la ebriedad para la revolución. Con otras palabras: ¿política poética? ‘Nous en avons soupé. Todo antes que eso.’ Nos interesará por tanto aún más un excurso en la poemática de las cosas. Puesto que: ¿cuál es el programa de los partidos burgueses? Un mal poema de primavera, lleno hasta reventar de comparaciones. El socialista ve ese futuro más bello de nuestros hijos y nietos en que todos se porten como si fuesen ángeles y en que cada uno tenga tanto como si fuese rico y en que cada uno viva como si fuese libre. Pero de ángeles, riqueza, libertad, ni rastro. ¿Cuál es su ‘Gradus ad Parnassum’? El optimismo.”

Junto al conformismo socialdemócrata presente en las Tesis sobre la historia se encuentra también la invectiva al optimismo socialista de su artículo El surrealismo. La verdadera izquierda se encuentra en el extremo opuesto, en la “organización del pesimismo”, en esa atalaya desde donde podemos avistar los incendios, peinar la historia a contrapelo, pepenar los despojos del progreso, enfrentando su huracán. El pesimismo de Benjamin y su “desconfianza en toda regla” le permitió avizorar el papel devastador que jugarían la empresa I. G. Farben (famosa por haber dado con la fórmula del Ziklon B, el gas con el que asesinaban en masa a los judíos en los campos de concentración) y la fuerza aérea alemana (la Luftwaffe, que asoló las ciudades europeas dejando un rastro de devastación inédito con sus bombardeos): “El surrealismo se ha aproximado más y más a la respuesta comunista. Lo cual significa: pesimismo en toda la línea. Así es y plenamente. Desconfianza en la suerte de la literatura, desconfianza en la suerte de la libertad, desconfianza en la suerte de la humanidad europea, pero sobre todo desconfianza, desconfianza, desconfianza en todo entendimiento: entre las clases, entre los pueblos, entre éste y aquél. Y sólo una confianza ilimitada en la I.G. Farben y en el perfeccionamiento pacífico de las fuerzas aéreas. ¿Y entonces, entonces qué?”

Otra vez, el transcurso del pensamiento político y crítico de Benjamin lo lleva por la senda de los paralajes, sin otra opción que desconfiar absolutamente en las condiciones históricas y políticas dadas, intentando detener el huracán de la debacle llevado de la mano de sus intuiciones y asomándose al punto ciego de la víspera del nazismo. ¿Y entonces, entonces qué es lo que avizoramos nosotros en está época de transición presidencial? ¿Qué de la primavera mexicana nos resulta también un “mal poema de primavera”, insuflado de optimismo cursi y barato, que impide asomarnos al punto ciego de este juego político que instrumentaliza nuestra actividad colectiva y social? ¿Qué desfile del vencedor y del expropiador, cuyo botín de guerra es la democracia, la cultura, la educación y el acceso a la información, nos tocará presenciar junto a la tradición oprimida cuya débil fuerza mesiánica se fuga del horizonte de redención?

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BALAZOS:

-Al enemigo fascista hay que derrotarlo, pero a la izquierda debe de combatírsele para producir su versión depurada, valerosa, arriesgada y solidaria. La izquierda socialdemócrata contribuyó en gran medida al derrumbamiento de la República de Weimar y al ascenso del nazismo.
- Las Tesis sobre la historia concentran en unas cuantas páginas un potentísimo manual de combate frente al desastre de la política y la guerra, frente al despojo que engendra nuestro concepto de progreso y de continuidad histórica.
-Para la socialdemocracia, el progreso es humano y universal, no tiene fin y no puede pararse, sin embargo, el siglo XX no ha hecho sino mostrarnos cómo el progreso crea siempre nuevas formas de catástrofe.

Enviado el 04 de Julio. << Volver a la página principal << | delicious

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