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Agosto 26, 2012

Los papeles propios de mi oficio* - Mario Bellatin

soyhumanocopia.jpg Se me rebeló el esclavo. ¿Habrá ahora alguien dispuesto a cumplir el rol? ¿Cuál es el punto donde reside el dolor? me pregunto una y otra vez. Es cierto, el esclavo huyó. Aprovechó que yo estaba lejos. De viaje. En otras comarcas. Con un océano de por medio. Quizá no fui, en los últimos tiempos, lo suficientemente radical en el trato que acostumbro llevar a cabo. Flaqueé tal vez en algunos puntos. Entre otros, recuerdo que después de volver de un viaje anterior le obsequié un pañuelo escogido de manera especial. Alguien muy cercano me lo hizo notar. Afirmó que semejante obsequio podía significar un paso atrás en la relación que supuestamente había edificado. Aquel pañuelo -fabricado con una seda delicada- podía ser motivo de confusión sobre la naturaleza del vínculo que nos mantenía unidos. ¿Fui entonces acaso yo, con esta dádiva torpe, quien propició el actual estado de cosas? Mi esclavo mantuvo su condición durante varios años seguidos. El sistema que comenzamos a establecer al momento de conocernos pasó por distintas etapas. La primera fue la aceptación por su parte de mi desmedido -y poco explicado incluso para mí mismo- gusto por rodearme de la mayor cantidad posible de perros. Allí lo veía yo todas las mañanas desde mi cama. Más bien escuchaba a lo lejos, como un vago rumor, cómo sacaba a pasear seis perros -punto máximo al que llegó mi pulsión en aquel tiempo-. Esa acción, de salir a la calle con los animales, la solía llevar a cabo varias veces al día. En la mayoría de las ocasiones los llevaba a correr a un parque cercano. Se preocupaba asimismo de las fechas de las vacunas, de los baños y cepillado de pelo que los animales requerían. De la compra, -casi siempre al por mayor y en lugares especializados y distantes- de alimento deshidratado y de los antiparasitantes que se les debe administrar a los perros como mínimo cada tres meses. Aparte de cuidarlos otra de sus misiones -demás está decir que cada uno de los pasos que dábamos en nuestra relación se llevaba a cabo de modo tácito- debía amar de manera profunda a cada uno de los animales de los que se ocupaba. Yo miraba cómo iba encariñándose con los canes. Cómo muchas veces ese amor era recíproco, pero sólo permitía que esa reciprocidad se llevara a cabo únicamente hasta cierto punto. Ninguno de los dos, ni los perros ni el esclavo, podían relacionarse entre ellos a un grado mayor al amor que estaban en la obligación de profesarme. El mecanismo que utilizaba el esclavo para mantener la situación dentro de los límites lo puedo imaginar. Parecía tratarse de un esclavo con experiencia. De nacimiento, podría decirse. Pero lo que sucedía en la psique de los canes era un verdadero misterio.

No sé cómo ellos sabían, sin titubeos y a pesar de las muestras de cariño que podían mostrarle al esclavo, quien era el verdadero amo. Hacer que cuidara y se encariñara con los perros, que los amara de manera profunda, era uno de los pasos más sencillos. Lo que me impresionaba era el estoicismo que mostraba cuando llegaba el momento de ir desembarazándome de cada uno de los animales. Por la misma extraña razón por la cual sentía de pronto la necesidad de vivir rodeado de perros, por un impulso semejante me veía obligado, de un momento a otro, de deshacerme de cada uno de los ejemplares. El esclavo nunca dijo una palabra, ni de aceptación ni de rechazo. Fue de ese modo cómo aquella pulsión -de mantener la mayor cantidad posible de perros alrededor mío- fue avalada por el esclavo en la mejor de las condiciones posibles. Me parece importante señalar la manera en la que encontré un esclavo semejante. Sucedió de una manera vulgar. Por medio del facebook. Recuerdo que, de pronto, cierta persona comenzó a hacer comentarios en mi perfil de manera recurrente. Empezó asimismo a enviarme fotos de su persona. Las imágenes, como cualquiera puede imaginar, no eran de cómo es él en la realidad sino quizá, porque nunca se lo pregunté, de la idea física que tal vez tenga él de sí mismo. Se trataba de imágenes antiguas. De una época en que el esclavo llevaba el pelo largo, que se rizaba de tal modo que podía guardar algún parecido con una versión precolombina de los autorretratos de Durero. Me llamó la atención que alguien de sus características -desde el primer mensaje enviado a través del facebook dejó en claro su rol de esclavo- se atreviera a mostrar una imagen semejante: la de un pintor renacentista. Me pareció curioso además verme dispuesto a hacer comentarios a las figuras que se me iban presentando. En esa época me encontraba en una situación que podía considerar anímicamente como de dueño de mí mismo. Estado que me hace sentir como capaz de tomar las decisiones cotidianas desde una perspectiva racional. Estado que a veces parezco olvidar, y que quizá sea la razón -el olvido de la situación en la que me siento dueño de mí mismo- por la que sufro el actual desconcierto que debe sentir alguien que de pronto se enfrenta a la rebelión absoluta de un esclavo.

Como en ese entonces me encontraba en un supuesto momento de lucidez, le pregunté qué era lo que podía ofrecer. Qué pensaba sería capaz de interesar a un escritor mayor. "Te puedo dar mi cuerpo", contestó sin mayor trámite. ”¿Su cuerpo?", pensé. ¿Sería acaso realmente interesante involucrarse con semejante copia de Durero? ¿Con un estudiante de una universidad de letras del Estado? Tuve ciertas ganas de reír. ¿Es que ese esclavo no conocía acaso las decenas de maneras, casi inmediatas además, con las que cuenta la Ciudad de Mèxico para establecer en cualquier momento del día la relación sexual que se desee? Estoy seguro que lo sabía a la perfección. Que era consciente que ese argumento -el de ofrecer el cuerpo- no iba a movilizar en lo más mínimo mi interés. Sin embargo, en el hecho de expresarlo -en su aparente falsa inocencia- es que advertí -de manera vaga en un principio- su condición de esclavo por naturaleza y convicción. Creo que eso fue lo que me llevó a interesarme en su propuesta. La manera absurda en que fue formulada. Convinimos entonces en una cita. Recuerdo que hizo un vano intento de establecer -en el momento de ese acuerdo, no antes ni después-, una cierta distancia. Quiso hacer evidente una determinada dignidad. ¿Una invitación más para llevar a cabo sus planes? Comprendí entonces que me estaba poniendo a prueba. Yo debía en aquel preciso instante establecer quién era el amo y quién el esclavo. Dejar en claro qué clase de amo era yo además. Señalé entonces una fecha y una hora como únicas para el encuentro. O se hacía presente en ese momento o se acababa por completo la incipiente comunicación. Por supuesto, al percibir la contundencia de mis palabras dejó de lado los aparentes compromisos pendientes y lo encontré sentado frente a la mesa señalada incluso unos minutos antes de la hora que yo había dispuesto. La conversación fue relativamente breve. Para que el acuerdo quedara sellado no se necesitó de mucho tiempo ni de palabras innecesarias. Pronto nos dirigimos a mi casa y comenzamos ese mismo día con la rutina que yo había entrevisto en los mensajes. Desde ese momento han pasado casi tres años. Tiempo en el que las leyes del intercambio se han visto sometidas a una serie de modificaciones, pero nunca cambiadas en lo esencial. Casi al instante comenzaron a aparecer los perros en la casa y descubrí esa misma noche un hecho fundamental: su especialidad profesional era la de servir de asistente a académicos renombrados. No podía haberme ocurrido algo mejor. Desde hace varios años sufro de la carencia de alguien que se encargue de los aspectos administrativos de mi trabajo intelectual. Fue entonces cuando no sólo tuve a una persona a quien podía tratar como esclavo en lo cotidiano -siempre dispuesto a cumplir con el mínimo de mis deseos-, sino que, además de encargarse de los perros y otros asuntos, iba a sacar adelante los aspectos tediosos de mi labor de escritor. A partir de ese momento confirmé que la relación no iba a detenerse en el sexo. Estoy seguro que algo de esa naturaleza la hubiera desvirtuado casi en el instante de su inicio. La esclavitud hubiese tomado una senda trillada y aburrida. Creo que -además de que semejante sujeto no despertaba en mí una libido en especial- habría durado la relación el limitado tiempo en el que el interés por lo desconocido -que supuestamente siempre trae oculto el otro consigo tarda en desaparecer. Este vínculo daba la impresión de estar destinado a convertirse en algo más importante. Parecía llevar la esencia de lo que se necesita para que se logre una sumisión absoluta.

En un momento que nadie delimitó de manera explícita, el esclavo comenzó antes de mis viajes a hacerme las maletas casi a la perfección. Igualmente, y con una rapidez extraordinaria, puso en orden los archivos. Consiguió no sólo resolver los asuntos internos sino también los que involucraban a otras personas e instituciones. Se presentaba ante los demás como mi asistente personal. En determinada ocasión -estando los dos en una ciudad del interior del país donde compré una bicicleta- yo regresé en avión y él llevando el vehículo que acababa de adquirir en las bodegas de un autobús interprovincial. Sin embargo, a pesar de esta claridad aparente en los roles, muy pronto dejó de saberse quién era realmente el amo y quién el esclavo. Poco a poco, como advertí, comenzó a hacerse indispensable. Aparte de empacar el equipaje, saber los números y claves de las cuentas bancarias, los passwords de las computadoras conocía también el lugar exacto donde se encontraban guardadas las tijeras o los sacapuntas, los focos recién comprados, el par de calcetines buscado hasta la saciedad. En esa etapa una de sus compensaciones -aparte de las obvias de una situación semejante- era hacer pública su condición. Parecía encontrar un placer extremo mostrando a los demás que yo lo había escogido como esclavo. En un comienzo, una situación semejante no llamó demasiado mi atención. Pensé que incluso algo tan fuera de lugar podría aumentar el mito que acostumbro estructurar en torno a mi persona. Fue precisamente en esa época cuando comenzó una de las mayores crisis emocionales que he sufrido en toda mi vida.

Repito, se me rebeló el esclavo. ¿Habrá ahora alguien dispuesto a cumplir el rol? ¿Cuál es el punto donde reside el dolor? me pregunto una y otra vez. Es cierto, el esclavo huyó. Aprovechó que yo estaba lejos. De viaje. En otras comarcas. Con un océano de por medio. Quizá no fui, en los últimos tiempos, lo suficientemente radical en el trato de acostumbro llevar a cabo. Flaqueé tal vez en algunos puntos. Entre otros asuntos, recuerdo que después de volver de un viaje anterior le obsequié un pañuelo escogido de manera especial. Alguien muy cercano me lo hizo notar. Afirmó que semejante obsequio de mi parte podía significar un paso atrás en la relación que supuestamente había edificado. Aquel pañuelo -fabricado con una seda delicada- podía ser motivo de confusión sobre la naturaleza del vínculo que nos mantenía unidos. ¿Fui entonces acaso yo, con esta dádiva torpe, quien propició el actual estado de cosas? Mi esclavo mantuvo su condición durante varios años seguidos. El sistema que comenzamos a establecer al momento de conocernos pasó por distintas etapas. La primera fue la aceptación por su parte de mi desmedido -y poco explicado incluso para mí mismo- gusto por rodearme de la mayor cantidad posible de perros. Allí lo veía yo todas las mañanas desde mi cama. Más bien escuchaba a lo lejos, como un vago rumor, cómo sacaba a pasear seis perros. Esa acción, de salir a la calle con los animales, la solía llevar a cabo varias veces al día. En la mayoría de las ocasiones los llevaba a correr a un parque cercano. Se preocupaba asimismo de las fechas de las vacunas, de los baños y cepillado de pelo que los animales requerían. De la compra, -casi siempre al por mayor y en lugares especializados y distantes- de alimento deshidratado y de los antiparasitantes que se les debe administrar a los perros como mínimo cada tres meses.

Fue después de unos meses de llevar a la práctica una rutina semejante, cuando comenzó una de las mayores crisis emocionales que he sufrido durante mi existencia. Empecé, poco a poco, a padecer de una creciente depresión y a sufrir cada noche de ataques de pánico. Felizmente que contaba con mi esclavo al lado, quien de muy buena gana se iba a encargar no sólo de los perros, sino también de la organización de los papeles propios de mi oficio así como de los tratamientos médicos. Fue así como empezamos a visitar juntos a profesionales de prestigio, quienes comenzaron a recetarme una serie de medicinas que empeoraron ya no sólo mi estado mental sino también el físico. Engordé de manera inusitada. Tuve que comenzar a utilizar ropas de medidas especiales. Curiosamente, los médicos comenzaron a mostrarse cada vez más ineptos. Recuerdo que el esclavo los consultaba por teléfono y volvía con el nombre de un nuevo medicamento que se apresuraba a salir a comprar. Una vez pasada la etapa de estos doctores hubimos de acudir a los diferentes hospitales especializados en salud mental que existen en la ciudad. Para eso tenía al esclavo. Para que tuviera lista desde el día anterior la ropa que debía llevar al día siguiente, las alarmas para despertar puestas a la hora precisa, las rutas que habríamos de seguir desde muy temprano en la mañana. Los documentos que seguramente nos pedirían en cada una de la institución que visitáramos. De esa manera recorrimos decenas de hospitales, donde ningún médico parecía poder dar con el origen del mal. Nunca vi a mi esclavo cumpliendo de manera tan diligente su rol de verdadero amo. Eran impresionantes los elementos de su conducta que se hacían evidentes en tales circunstancias. Había momentos -creo que eran los extáticos- en que parecía olvidarse de sí mismo para entregarse a su misión de amo esclavizado. Finalmente, al ver que ninguno de los tratamientos surtía efecto pregunté a un investigador de mi confianza lo que él haría si estuviera en una circunstancia semejante. Me dijo que había una suerte de acuerdo entre los médicos del área, y si alguno mostraba un cuadro de una naturaleza semejante no recurrirían a los tratamientos que les ofrecían de rutina al resto de los pacientes -era obvio que esos métodos no me estaban produciendo ningún resultado positivo- y se someterían a uno de los últimos adelantos de la ciencia para tratar este tipo de desorden: la terapia electroconvulsiva. Me advirtieron que sonaba como algo extremo, pero que se trataba de un método benigno que se aplicaba a mujeres embarazadas y a personas con problemas hepáticos. Que no lo publicitaban, que no lo ofrecían como primera opción, ni a muchas personas con perfiles de ideas estandarizadas, porque se trataba de una cura que había sido duramente satanizada en los últimos treinta años. Para llevarla a cabo debía internarme en el hospital donde trabajaba el investigador a quien consulté. Someterme luego a una serie de sesiones para lo cual utilizarían una suerte de camilla provista de dos electrodos diseñados para ser colocados en las sienes de los pacientes. En el cuarto dormíamos tres internados. Aquella habitación estaba situada enfrente de las que ocupaban las mujeres. A la derecha de mi cama había un joven que daba la impresión de ser autista y a la izquierda un albañil que parecía haber sufrido un fuerte golpe que le afectó la razón mientras se encontraba trabajando. Nunca vi que nadie acudiera a visitar al joven mudo. En cambio todos los días aparecía la mujer del albañil a la hora de las visitas llevando un menú completo de comida casera. Era la única hora en que los internados podíamos salir a los jardines del hospital. Durante el resto del tiempo estábamos recluidos en una suerte de jardín techado con una plancha de acrílico transparente. En ese tiempo la misión de mi esclavo pareció alcanzar una suerte de plenitud. Se convirtió en aquel entonces en la persona indispensable por excelencia. Efectuó las gestiones burocráticas, consiguió los exámenes médicos que hacían falta para mi internamiento. Muy temprano en la mañana se ocupaba de los seis perros y luego llegaba diariamente a los horarios de visita del hospital.

Debo aclarar que el esclavo no se trata de una persona limitada mentalmente. Cuenta con un intelecto no deleznable -una memoria casi fotográfica-, aunque por una serie de problemas -creo que de personalidad- es poco probable que llegue a ser una persona destacada. Es por esa razón, porque se trata de individuo con un consciente medio superior, que me llama la atención que en ningún momento pusiera en cuestionamiento ninguno de mis deseos. En el caso de la terapia médica fui yo y no los médicos quien pidió que se aplicara el tratamiento radical. En el caso de los perros, que llegaban y eran intercambiados uno tras otro, sucedía lo mismo. Todo se hacía por mi voluntad.

En el tiempo que pedí ser internado y sometido a la terapia me encontraba en un estado de desesperación pero ahora, por ejemplo, jamás se me ocurriría semejante tratamiento. ¿Dónde estaba la presencia del esclavo en ese entonces? ¿Su misión era la de obedecer con una diligencia extrema, como ciega, el menor de mis caprichos? Puede sonar absurdo plantear algo así en este momento, pero claro, ése era el pacto que había establecido con el amo: obedecer de manera total la menor de sus exigencias. De otra manera resulta inexplicable que alguien con sus capacidades hubiese permitido no sólo la convivencia con seis perros en una casa pequeña sino el internamiento en semejante institución. ¿El esclavo en realidad busca el aniquilamiento del amo? Por supuesto, su obsesión por servir tiene que llegar al punto de devorar al elemento que es servido. Debe servir y servir, en una mecánica incesante, hasta que el amo deje de ser amo y convertido en un deshecho para poder encontrar así otro amo al cual servir de la misma manera.

Cuando tomé consciencia de lo absurdo y peligroso de la situación en la que me encontraba dentro de aquel hospital, tomé la decisión de salir de inmediato. Hablé con el médico, aduje que estaba allí por voluntad propia, y logré el alta instantánea. Cuando el esclavo arribó a la hora habitual de las visitas puso su diligencia habitual para llevarme a casa nuevamente. Me encontró en un momento previo a un ataque de claustrofobia. A esas alturas ya había sido sometido a cuatro sesiones de descargas eléctricas. Las dos primeras pasaron casi inadvertidas. Me acostaron en la camilla, me aplicaron la anestesia y desperté como si nada fuera de lo normal hubiese sucedido. En la tercera las cosas fueron diferentes. Desperté antes de tiempo y el relajante muscular que me habían aplicado no había dejado de surtir efecto. En otras palabras, me encontraba rígido sin poder respirar. Luego me enteré que durante las sesiones, dados los atributos de los medicamentos, me aplicaban respiración artificial por medio de un fuelle que abrían y cerraban con celeridad. En esa ocasión desperté y advertí que el movimiento del fuelle no coincidía con mi necesidad ni mucho menos con mi ritmo respiratorio.

En un momento que nadie delimitó de manera explícita, comenzó a hacerme las maletas a la perfección. Con una rapidez extraordinaria puso en orden los archivos, y comenzó a presentarse ante los demás como mi asistente personal.

Así empezó la rutina. Con el juego ya sabido de nunca saber quién era realmente el amo y quién el esclavo. Poco a poco, como advertí, comenzó a hacerse indispensable. Empezó a tener los números de las cuentas bancarias, las claves de las computadoras, el lugar exacto donde se encontraban las tijeras, los focos nuevos, el par de calcetines. En esa etapa una de sus compensaciones -aparte de las obvias de una situación semejante- era hacer obvia públicamente su condición. Parecía encontrar un placer extremo mostrando a los demás que yo lo había escogido como esclavo. En un comienzo, una situación semejante no llamó tanto mi atención. Pensé que incluso algo tan fuera de lugar podría aumentar el mito en torno a mi persona.

Cuando noté que las cosas fueron subiendo de tono en ese sentido, busqué ayuda profesional. Cuando pregunté por la terapia electroconvulsiva me advirtieron que sonaba como algo extremo, pero que se trataba de un método benigno que se aplicaba a mujeres embarazadas y a personas con problemas hepáticos. En ambos casos la medicación está contraindicada. Para eso debía internarme, someterme a una serie de sesiones y quedar hospedado junto al resto de pacientes. Cuando después de unas semanas de estar internado tomé consciencia de lo absurdo y peligroso de la situación en la que me encontraba en aquel hospital, tomé la decisión de salir lo más pronto posible. Hablé con el médico, aduje que estaba allí por voluntad propia y logré el alta inmediata. Cuando el esclavo arribó puso toda su diligencia en llevarme a casa nuevamente.

El esclavo había ido a la visita diaria. Traía consigo sólo la bolsa con los libros que estudiaba en forma constante. En ese tiempo el esclavo estaba a punto de obtener su título profesional y se había impuesto como meta ser mejor que sus demás compañeros. Daba la impresión que su necesidad de dependencia del otro estaba colmada con la relación que mantenía con su amo. Parecía que esa sumisión exclusiva le daba la fuerza necesaria para ser sobresaliente en los demás aspectos de su vida. Creo que fue por eso que acepté desde un comienzo la relación: porque no iba a ser excluyente. El esclavo iba a continuar con sus investigaciones académicas. La intensidad con la que me mostraba su esclavitud hubiese sido desesperante sin esta suerte de punto de fuga.

El esclavo huyó. Aprovechó que yo estaba lejos. De viaje. En otras comarcas. Con un océano de por medio. Quizá no fui, en los últimos tiempos, lo suficientemente radical en el trato que acostumbro llevar a cabo. Flaqueé tal vez en algunos puntos. Entre otros asuntos, recuerdo que después de volver de un viaje anterior le obsequié un pañuelo escogido de manera especial. Alguien muy cercano me lo hizo notar. Afirmó que semejante obsequio de mi parte podía significar un paso atrás en la relación que supuestamente había edificado. Aquel pañuelo -fabricado con una seda delicada- podía ser motivo de confusión sobre la naturaleza del vínculo que nos mantenía unidos.

El teléfono sonó varias veces. Yo estaba en Kassel. Era medianoche. Dudé. El número era desconocido. Contesté. Oí una suerte de respiración. Fue lo último que supe del esclavo.

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* Este texto es parte del libro en el que el autor se encuentra trabajando actualmente. Por ello, el lector no deberá sorprenderse si lo encuentra publicado en el futuro, bajo otro título.

Enviado el 26 de Agosto. << Volver a la página principal << | delicious

Comentarios

¿Seremos capaces de imaginar que esta situación no nos afecta? ¿Es que hay alguna otra relación posible con el arte? A usted... ¿realmente le gustaría que el arte fuera humano?


“Someterse es muchísimo más refinado que pensar. Quien piensa se subleva, y esto es siempre tan feo, tan nocivo…" Jacob Von Gunten. Robert Walser


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