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Septiembre 20, 2012

APROPIACIONISMO HOY, MULTIPLICACIÓN DEL ACCIDENTE* - Agustín Fernández Mallo

WAC_On.jpg El movimiento no puede ser comprendido. Ello no impide que pueda ser pensado de la única manera posible: defectuosamente. Film: ilusión óptica provocada por la suma y multiplicación de fotogramas. El movimiento no puede ser comprendido, no puede fragmentarse sin perder su componente: la continuidad ligada a un determinado acontecimiento en el espacio-tiempo. La práctica habitual de ordenar el tiempo en periodos históricos, generaciones literarias y demás políticas de carácter explícito, responde a la simplificación: “fotograma a fotograma”. Pero el tiempo, aún ligado a un acontecimiento específico, a una imagen en movimiento, sólo existe en el lenguaje. Pasa un coche y no vemos un coche pasando, sino la frase: “pasa un coche”: primer acto de apropiacionismo sobre Lo Real, ejecutado por un dispositivo abstracto. La única manera de “ver” la imagen es leyéndola. Las imágenes son leguaje verbal, no visual, y además, tal como corresponde a las lenguas de estructura lineal en el tiempo, se articulan en multiplicación de momentos estáticos: palabras, más algo añadido fruto de una multiplicación, [A+B+AxB]. De entre esos términos, es AxB lo que le da a la imagen en movimiento el rango de “flecha de tiempo complejo”, lo que multiplica a la imagen en una deriva de accidentes, de apropiaciones en suma. Una imagen móvil que no se traduzca en palabras multiplicadas no es imagen, sólo sombra panfletaria o populista de la misma. La retina es un registro, el vídeo es un registro; pero todo registro visual sólo es comprensible a través de una succión verbal. ¿Se destruye entonces la esencia de la imagen? Antes otra pregunta: ¿pero tal esencia existe? No, claro que no existe, presuponer la existencia de una esencia equivale a asumir que es posible el aislamiento de un objeto en un entorno. Las esencias sólo sirven para vender ideologías o perfumes en Navidad, al cabo lo mismo. ¿Qué pasó entonces con la imagen en movimiento? ¿Cómo es que la novela en la Era de la Imagen en Movimiento es cada vez más palabra y menos imagen [aunque contenga multitud de imágenes]?

Pues pasó que abandonó la esencialidad de la imagen y el movimiento, ejecutó el apropiacionismo radical, 100% político [opuesto al panfleto], se enteró de una vez por todas de que las imágenes en movimiento son palabras [no también palabras sino únicamente palabras]. El postulado inverso, “las palabras son imágenes en movimiento”, ya lo sabíamos, no en vano eso era, precisamente, la vaporosa esencia de la novela presuntamente naturalista-ideológica hasta entonces. Aparece, pues, felizmente, la catástrofe del sistema métrico-decimal, ideológico-decimal, político-decimal: el sistema de navegación genuinamente moderno, la imagen como pura imagen, se viene abajo. Precedente históricamente inmediato: dos aviones impactan contra las Torres Gemelas el 11 de septiembre de 2001.

A partir de ese momento la comprensión de tal catástrofe se erige en tema principal, implícito o explícito, de toda la novela nacional, subclase “nueva novela”. El 11-S, acontecimiento generacional que simula en cuanto a transfer simbólico al “desastre de 98” [todo lo que importa siempre parece ocurrir allende de los mares]. La comparación no es del todo exacta. No hay hoy manifiestos, no hay voluntad colectiva, no hay estética presupuesta en la “generación 11-S”, no podría haberla: un hábitat disperso y globalizado impide que toda acción sea espontánea y provinciana al mismo tiempo; dicho de otra manera, sólo a través de fuerzas estatales un escenario narrativo podría reprimir su expansión, su spam, hacia cualquier punto más allá de su hábitat cultural. Con todo, esas fuerzas estatales y represiones varias se ejercen y estimulan desde ciertas subclases culturales esencialistas, es decir, no apropiacionistas. Y fracasan. Los guardianes del abecedario no entienden que las imágenes en movimiento son letras concatenadas, creen que la imagen es imagen y que la letra es letra. De pronto en torno a ellos algo explota, de nuevo la catástrofe de su sistema métrico-literario-político-decimal, que sólo suma, [A+B+C+…+n], no multiplica, [AxBxCx…xn]. El relevante hallazgo de la narrativa de los últimos 10 años, subclase “nueva novela”, es, pues, leer la imagen en movimiento, no verla, utilizar el apropiacionismo como dispositivo inoculante, 100% político pero 0%panfletario. La eficacia de la apropiación sólo se da si actúa desde el interior de un sistema. Una imagen nunca se ve; tampoco el movimiento se ve. Toda imagen está atomizada en una complejidad de multiplicaciones. La nueva narrativa llega para recordar la incertidumbre y la singularidad de este modo de leer los hechos: no convierte todo entorno visual en palabra, sino que lee directamente la imagen como multiplicación de palabras; hablamos de deformaciones, de topología. Y ello sólo se consigue agrediendo a Lo Real. Pero Lo Real no es la Realidad, sino su simulacro más cómico y nivelado, socialdemócrata e injerencial. Lo Real son los Médicos del Mundo literarios: una clase de imagen en movimiento que cree no estar larvada de palabras. Lo Real es el artefacto estético que se postula único, succión mecánica, robotizada, tópicos falo-etno-céntricos que harían sonrojar a mismísimo Guy Debord. Sólo eso. Y no hay en la incertidumbre y la singularidad una acción premeditadamente colectiva, sino suma espontánea de agentes propios a los sistemas complejos. El hecho de que un acontecimiento como el 11-S, distante en el espacio, ocurrido en nuestra estratosfera cultural, haya tenido y tenga mucho más impacto en la narrativa última española que el 11-M, da una idea del eco, del fondo de microondas al que nos estamos refiriendo. O en términos sonoros, la apropiación radical que trabaja en nivel de los graves, de los gravísimos, en la banda de los 16-200Hz. La asunción de la imagen como palabra, como código verbal insertado en un cerebro, indica algo de sumo interés: la obsesión de la narrativa última por la identidad. No identidad como problema, sino como realización o zenit de un proceso que viene del principio de la historia de las imágenes. La identidad es una cuestión política o no es, y la política es compleja o no es. Un día cualquiera [podría no haber ocurrido, pero ocurrió, la política real, no panfletaria, es azar, o el azar es su conductor al tiempo que agente provocador -y en esa dualidad, en apariencia contradictoria, radica su potencialidad casi infinita-], un día cualquiera, decíamos, una mano apareció dibujada en una cueva a fin de cuestionar la identidad y, de paso, expulsar la idea de la muerte, práctica que llega a su perfección en la esfera publicitaria: lo único que rechaza la publicidad es la muerte, la publicidad odia la muerte. Todo narrador menor de 50 años de edad ha crecido ya con la publicidad de masas. El panfleto es la versión desviada de la publicidad, supera en muchos dígitos a la de Nike. La recurrente aparición, en la narrativa última, de universos simulados, juegos de otros estados posibles, construcciones paralelas del sujeto [lo que incluye ocasionalmente la autoficción], denota una obsesión: de nuevo la identidad, en esta caso sí como problema, que no es otro que el problema de la traducción, es decir, un problema neta y felizmente político en sus diversas manifestaciones. Una traducción siempre es una simulación, simula ser una lengua distinta a la original: una transformación topológica. La traducción nunca está tranquila ni quieta, no para de buscar su identidad. Eso convierte a lo traducido en un objeto mucho más interesante que el original, que era ontológicamente panfletario en tanto que “origen”. Traducir es construir una apropiación.

El Universo de expande, le repetía insistentemente el niño Woody Allen en Annie Hall a su médico de cabecera. El niño Woody Allen estaba muy deprimido: Brooklyn algún día se despedazaría. A principios del siglo 21 los cosmólogos detectan en el fondo del Universo un fenómeno aún hoy no comprendido: el Universo no sólo se expande, sino que esa expansión es acelerada. Dicho en símil: el Universo no es una flecha, que tarde o temprano pierde velocidad y regresa al suelo, sino un cohete que portase infinitos tanques de combustible: nunca regresa. El Universo se nos va, se va de nuestros ojos, algún día el cielo será totalmente oscuro porque no veremos ni sol ni estrella alguna. Otra feliz catástrofe. Tal descubrimiento coincide más o menos en el tiempo con el citado derrumbe de las Torres Gemelas, el acontecimiento mediático que ha cosechado más imágenes en lo va de siglo 21 [paradójicamente generado por facciones radicales de una cultura, la islamista, no precisamente afín a la representación en tales soportes]. La imagen está compuesta de palabras, es lenguaje verbal, sí, lo hemos dicho, no todo el mundo lo sabe. Además, hay un hallazgo magnífico, terrible: se sabe que el cerebro humano ya no evolucionará más. No habrá nunca humanos con un coeficiente intelectual de 815, por decir una cifra. Tras un crecimiento de potencialidades casi exponencial, hemos llegado a una curva plana de rendimiento mental. Como tercer elemento en discordia, la economía mundial deja caer sus curvas en picado, muta en cuerpo anoréxico, pero el cerebro sigue a lo suyo, ¿estático ya? Sólo en apariencia. En esta fase plana del cerebro, plenitud de una red sintáctico-neuronal, cambiamos a un sistema horizontal, quizá decepcionante por cuanto es el fin de un ascenso, pero sublime por cuanto necesita mutar radicalmente, traducirse, a fin de seguir avanzando. Necesita entonces del apropiacionismo. A esa complejidad se le oponen fuerzas arbóreas, vectoriales, panfletarias [político-publicitarias], a través del aparataje legal y sus súbditos. La imagen es la imagen, y tiene un dueño, y la palabra es la palabra, y también tiene un dueño. Sí, hombre, eso ya lo sabíamos. Hay cerebros que fingen aún la existencia del sistema evolutivo que los trajo hasta aquí, cerebros que son Lo Real, una escalada de dividendos en crecimiento exponencial, una imagen de la peor calaña, la más devaluada de todas las posibles: una imagen moral. ¿Quien no ha soñado en alguna ocasión con un accidente que lo mande todo a la mierda, salvapatrias de ambas orillas del río político incluidos?

De modo que la novela última es la primera que parte de unas condiciones de contorno radicalmente opuestas a cuanto se conocía: la abundancia material, simbólico y estructural. Asume su hábitat cultural no como una cultura de la precariedad [nada hay que mendigar], sino como la del crecimiento exponencial de materiales de trabajo cuando, precisamente, como hemos señalado, las capacidades del cerebro no crecerán más. Así, sólo queda una solución para dar cabida a tal inflación de información y conocimiento: expandirse en horizontal, lo que indefectiblemente pasa por el “sampleo”, la apropiación. Paradójicamente, tal abundancia de materia prima genera obras derivadas, copias, traducciones al cabo. Y no es de extrañar, la materia prima no es ya el árbol, la vaca, la ciudad, la política normativa o el mineral, sino productos culturales mucho más sofisticados, que ejercen de paisaje, información que es cultura y viceversa. Esa aparente contradicción [cerebro en curva horizontal + abundancia exponencial de materiales de uso posible], activa un principio de mímesis distorsionada tremendamente protéica: hay pensamiento apropiacionista en esa novela. Felizmente, pensamiento desviado. Al mismo tiempo, la novela última se articula en una serie de catástrofes: geopolíticas, macroeconómicas, espectaculares [contrariamente a lo que se cree, el espectáculo prácticamente ha desaparecido, comido por Lo Real-político al uso]. De entre las dos subclases posibles de posmodernidad tardía, la apolínea y la dionisíaca, la novela última elije la dionisíaca, la tecnológicamente incorrecta: uso incorrecto de las tecnologías para fines desviados de la norma, uso de las teorías para fines no menos desviados y espectaculares: acto 100% político que, de nuevo felizmente, deja ver al homo subdesarrollado que llevamos dentro, el aborigen paleodigital.

En estas coordenadas, la novela hoy parece reunir, entre otras, estas características:

1) La narración estructurada como red o sistema complejo, una relación de materiales de diferentes extractos sin que la cultura de extrarradio aparezca como materia de condescendencia por parte de la alta cultura; dialogan a un mismo nivel sensitivo, metafórico, científico o emocional. Esto sólo puede articularse en un modelo de red (casi) horizontal.
2) La incorporación, no camuflada, a los materiales narrativos, tanto de teoría fuerte, principalmente sociología del consumo y geopolítica ficción más real que Lo Real. Inserción de resultados puramente científicos, desviados, así como la incorporación del género poético sin complejo alguno: directamente inyectado.
3) Pérdida de la hegemonía del personaje, que, como responde a la cultura del post-humanismo, se ve desplazado en beneficio de tramas en ocasiones puramente teóricas o articuladas en torno a los objetos. El personaje tiende a estar disuelto, se presupone como material previo a la ficción. Toda ficción es, en mayor o menor medida, autoficción.
4) Hegemonía del espacio sobre el tiempo, como cabe esperarse de una novela insertada en una sociedad digital, la cual acentúa los rasgos espaciales, propios de las pantallas. Lo que podemos llamar, Tiempo Topológico [1]
5) La relación del personaje con los objetos y, en última instancia, con su entorno es tratada no a través de la intensidad de una mirada que induce la “mágica” interiorización del objeto o la escena, sino por las relaciones contextuales, sociales y políticas que establece con ese objeto. Esto presupone la existencia de un lazo mediador, un “campo de fuerzas”, que vendría a ser el trasmisor de las emociones, el link. Las relaciones existen no porque el sujeto se enfrente al objeto puro, sino porque ese objeto, que nada tiene de puro, se halla en un contexto determinado, que es variable.
6) Interés por el residuo, que es una traducción del original, un sampleo conceptual [2], la apropiación como dispositivo distorsionante y “realmente” político.

Pero lo que no puede adscribirse a un cajón teórico, no puede ser comprendido, suscita el recelo, activa la pregunta, típicamente paranoide: ¿para qué servicio de espionaje esta clase de novela trabaja?. Y tal indefinición, propia de los objetos traducidos, objetos que trabajan a pérdida, a grifo abierto, le resulta insoportable a cierto estado narrativo establecido. Aparece la catástrofe en el sistema métrico decimal de Lo Real. Y todo el mundo, incluso sus detractores más militantes, socialdemócratas amanuenses, estaban esperando tal catástrofe, la deseaban con todas sus fuerzas a fin de inventar un enemigo, atraídos como polilla al fuego [llegada la distancia crítica, el insecto sólo puede avanzar hacia el centro a fin de evidenciar sus carencias; se inmola. Toda polilla lleva un suicida dentro; sólo hay que apartarse un poco, esperar y observar]. De modo que, ante la catástrofe, el sistema de referencia unitario se disocia, pierde pie, no entiende qué ocurre, y no hay ataque posible a aquello que no se entiende. Se quedaron sin espejo, perplejos. El porqué es simple: la agitación radical no puede venir de los análisis de datos previos al acontecimiento estudiado, pero tampoco de datos tomados a posteriori: ninguna agitación radical, por imprevisible, es objeto de estadística. Y tal agitación radical no depende de la voluntad de los actores, y mucho menos del sujeto crítico que evalúa [el crítico nunca habla del objeto de su crítica, sino de sí mismo, de sus carencias y conocimientos], los acontecimientos en los nuevos sistemas de coordenadas tiene su origen en algo mucho más complejo: el loop que a pesar de dar vueltas no realiza un vacuo movimiento circular, sino que en cada regreso a los 0 grados de su circunferencia toma datos nuevos, se apropia, añade una potencia más a su memoria, multiplica [AxBxCx…xN], y así varía, se retroalimenta, aprende. La cuadratura del círculo: un loop dotado de memoria. La memoria es la multiplicación de accidentes. Hablamos de la idea de un tiempo tan disuelto en una red que se mimetiza, se traduce en espacio. Y entonces algo se desprograma, cruje la norma, el texto explora y navega ya a sistema abierto sin tiempo normativo histórico que lo empaquete. Y así vamos: leyendo imágenes, multiplicando accidentes, poniendo los pelos de punta a sacerdotes y normópatas, apropiándonos de cuanto nos dejen [y no nos dejen].

[1] Blog up: ensayos sobre cultura y sociedad, compilación de textos de Fernández Mallo, edición a cargo de Teresa Gómez Trueba, Universidad de Valladolid, 2012
http://www.publicaciones.uva.es/

Topological Time in Proyecto Nocilla [Nocilla Project] and Postpoesía [Post-poetry] (and a brief comment on the Exonovel), descargable en http://hispanicissues.umn.edu/HybridStoryspaces.html, Vol. 9, Spring 2012, University of Minnesota.

[2] Postpoesía, hacia un nuevo paradigma, Anagrama, 2009.


* Este texto es parte de un ensayo en preparación

Enviado el 20 de Septiembre. << Volver a la página principal << | delicious

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