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Septiembre 02, 2012

José Luis Brea / La promesa – María Virginia Jaua

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No deberíamos aficionarnos al duelo, y sin embargo, hay que hacerlo. Hay que hacerlo pero sin que nos guste el duelo, el duelo mismo, si algo así existe: que no nos guste a través de una lágrima propia sino de otra lágrima, y cada lágrima es lágrima del otro, del amigo, del vivo, que somos, recordándonos que conservemos la vida.

Jacques Derrida

Empezaré confesando lo que este texto no es. Esto no es una oración fúnebre, ni siquiera un “recordatorio”. Tampoco se trata aquí de ninguna de esas fórmulas prediseñadas, con las que a menudo se sale del paso para rellenar un espacio en los periódicos y anunciar compungida y telegráficamente a una multitud de desconocidos el fallecimiento de alguien notable.

Acaso aquí se trate de otra cosa, o por lo menos es lo que me gustaría ensayar. Pero antes de dar comienzo a mi intento, debo hacerles otra confesión. Siempre he pensado que escribir sobre alguien importante -para uno- que ha fallecido, es de los retos más difíciles a los que jamás se verá impulsado. Pero lo que ignoraba es que esa dificultad se incrementara hasta lo imposible cuando se trata de alguien a quien se admira profundamente y a quien -además- se ha amado. Pues, cómo dar cuenta a ustedes, a vosotros, de la persona a la que uno mismo cerró los ojos y besó.

Así que me disculpo si no alcanzo a trazar toda “la verdad” de quien aquí se invoca. Por la enorme dificultad de la tarea, pero también y sobre todo porque se trata de alguien de quien me resisto a hablar en pasado, y esa es la razón por la que -a pesar de haber hecho la promesa- no había encontrado la fuerza para cumplirla. Sepan entonces que además de la promesa, aquí se trata del reconocimiento de una deuda que nunca podrá ser saldada.

La primera condición, la que se refiere a la promesa, trataré de cumplirla de la única manera posible, como sé ser: no sabiendo cómo, pero intentando averiguarlo en la propia escritura. La segunda, la de la deuda, como he dicho antes, sé que nunca podré pagarla, por lo tanto sólo puedo reconocerla por mí y por todos, en mi infinito agradecimiento.

*

La primera pregunta que me hago, es para quién se habla en la escritura del duelo. No os engañéis y salgáis del paso con una respuesta fácil: para la memoria del ausente. Para aquél ser querido, admirado y amado que se fue antes de tiempo o quizás no: en el momento justo y de mayor esplendor, dejándonos en una absoluta “orfandad”, en un inmenso abandono.

Esa pregunta de para quién se habla, me obsesiona. Me viene obsesionando desde hace mucho tiempo, desde el mismo día en que decidí seguir el polvo dorado y firmé un pacto. Al ya no estar aquí entre nosostros, el ser a quien supuestamente este texto “estaría dirigido”, sólo me queda dedicarlo a vosotros, a ustedes. A lo que cada uno guarda y hace vivir de él. Ya que precisamente ahí, en lo que cada uno de nosotros seguimos siendo con el pensamiento, con el recuerdo, con las palabras del otro, es en donde ese otro está y donde seguirá estando siempre.

Vayan pues estas palabras como promesa y reconocimiento a la comunidad que cada uno de ustedes habéis formado con quien aquí se trae. Ya fuera en el terreno íntimo y personal, o en el profesional, el intelectual e incluso como lectores ocasionales, como personas inquietas e interesadas en la construcción del mundo que habitamos, como comunidad que cada domingo se reúne aquí, en una suerte de misa sin dogma: de comunión en la que se nos ofrece el compartir de una escritura.


*

La mayoría de ustedes sabe, o cree saber, quién fue, qué hizo y a qué dedicó su vida José Luis Brea. Yo misma seguramente no lo sé, y quizás nunca llegue a saberlo. Sin embargo, trataré de decirles quién es para mi.

No sin cierta humildad José Luis Brea se presentaba a sí mismo como profesor universitario. Lo fue y muy bueno. Pero José Luis, además de un excelente profesor, fue un brillante teórico y un excelente escritor, y eso es mucho en estos tiempos oscuros. Muchísimo en un país poco dado al ejercicio del pensamiento y en donde para encubrir las limitaciones propias, se descalifica y se combate a quien no ve ninguna. Porque una de las cosas que caracterizó a José Luis Brea fue su ceguera para el límite, su enorme capacidad para traspasar cualquier obstáculo en las tareas del ejercicio de pensamiento y en la afirmación de un proyecto que le diera sustento.

Pondré algunos ejemplos. Si el país carecía de una universidad en la que se enseñara la experiencia de lo que es hacer arte: o sea pensar, él se inventó una. Y para hacerlo convocó a mucha gente, a los mejores, abrió el espacio, creó “comunidad”. Y de ahí la Facultad de Bellas Artes de Cuenca de pronto apareció en el mapa y las personas inquietas acudieron allí a formarse, ávidos de conocimiento. Mucho de lo mejor que se hace hoy en el terreno artístico español se gestó ahí, aunque algunos por alguna razón que no alcanzo a entender, prefieran omitirlo.

Otro ejemplo, si no había herramientas idóneas para ejercitar el pensamiento, entonces él se inventaba la manera de forjarlas. Y ahí están “Acción paralela”, “Aleph”, “Acción crítica” y este mismo Salón en donde estamos ahora reunidos. También fue José Luis quien introdujo los Estudios Visuales en España y ahí encontramos la revista que con tanto esmero y visión hizo y que podéis consultar en línea, así como la excelente colección que se animó a publicar la editorial Akal. No creo que haya nadie en España ahora mismo que entienda lo que son los estudios visuales, aparte de un par de alumnos de José Luis, los mejores.

Otros muchos ejemplos los encontramos en la labor de José Luis como curador durante parte de los años 80 y a lo largo de la década de los 90. No podemos dejar de mencionar que muchas de las exposiciones que llevó a cabo “La conquista de la ubicuidad”, “Iluminaciones profanas”, “Los últimos días” y “Antes y después del entusiasmo”, entre otras muchas, supusieron poner el arte producido en España en el mapa de ese momento. Y que su trabajo con los artistas rindió fruto y sigue rindiéndolo, pues muchos de ellos son quienes hoy siguen trabajando y representando a este país a nivel internacional.

Como ustedes saben José Luis perdió “la fe” en el arte. O mejor dicho, nunca la tuvo. Pero sí “creyó” en él en tanto herramienta para descreer de sí mismo y de autocuestionamiento por eso además de entregarse a la "generación" de verdaderos artistas, creó “La societé anonyme” para hacer un arte sin artista. Pero como casi nadie pudo seguirle por ese camino, -la burbuja económica del arte y sus intereses aún no se ha pinchado, y el ensanchamiento de los egos tampoco- es entendible que poco a poco fuera abandonando sus esfuerzos por hacer del arte lo que esperaba de él: algo verdadero, desestabilizador y que persiguiera elevar el espíritu del hombre. Entonces se despojó definitivamente de esa “creencia” y redireccionó su vida para poner toda su energía en el trabajo académico universitario, en la crítica y en el desarrollo de los estudios visuales y culturales en España, pero por encima de todo se entregó a la escritura.

La capacidad de trabajo de José Luis era infinita. Jamás se le escuchó quejarse de exceso o de cansancio. Llevaba siempre todo como si de nada se tratara. Se sentaba frente a su ordenador y en una mañana en la que parecía haber estando “navegando” dirigía un doctorado, dos revistas, escribía artículos, conferencias, viajaba por su trabajo académico, gestionaba la economía y solventaba los más mínimos detalles de la vida doméstica, también ayudaba a algunos artistas que continuaron contando con él para sacar adelante sus proyectos, pero además respondía con sumo cuidado y cariño miles de emails, atendiendo las demandas y las peticiones de muchísima gente y escribía un libro.

Todo esto, incluso luchando contra una enfermedad.

Él era así. Siempre me he preguntado cómo lo conseguía. Porque además de llevar adelante un montón de proyectos de manera impecable, siempre tenía tiempo libre. Tiempo para los afectos. Tiempo para las personas amadas. Tiempo para “perderlo”. Perderlo a su manera: ganándolo en la entrega que supone compartir el tiempo-vida. Todo eso sigue siendo un enigma para mi y me considero una de las personas más afortunadas del mundo, pues pude compartir con él lo más precioso: vida intensa.

Cuando más arriba digo que “escribía un libro”, me refiero a que escribía Las tres eras de la imagen. Vaya libro. No sé cuántos de ustedes lo ha leído, espero que muchos. Espero que si no lo han hecho, lo hagan ya. Pues sin duda es lo mejor y lo más potente que José Luis ha escrito. Y esto es mucho decir pues todos sus libros son brillantes, hermosos y verdaderos. Olvídense de quienes se empeñan en decir que su lectura es difícil, por que no lo es, quizás sea una lectura exigente. Pero no conozco nada que valga realmente la pena que no lo sea.

Escribo “brillante”, “hermoso” y “verdadero” y sonrío por dentro. Sé que estas categorías hoy en día están erradicadas de la terminología academicista. Y sin embargo, por esa misma razón, las suscribo.

Porque -y esto es una de las cosas a las que nadie ha aludido al hablar de su obra y de su persona- el enorme trabajo intelectual que José Luis Brea llevó a cabo, siempre estuvo íntimamente ligado a su “proyecto de vida”. Quiero decir con ello, que así como el despliegue de un riguroso trabajo crítico atraviesa todos sus libros, así los proyectos a los que se entregó siempre estuvieron orientados por principios éticos, para los que la verdad y lo bello vienen a ser indisociables, además de la originalidad, lo visionario y lo desafiante para sus contemporáneos. En eso quizás sea uno de esos póstumos a los que se refirió Nietzsche: un ser que habla para el futuro, o mejor: que nos habla siempre desde allí.

Y es que desde su primer libro Las auras frías, lo que él llamaría “su primera ilusión de ser escritor” hasta el penúltimo (pues el último será el silencio) Las tres eras de la imagen hay una vocación: hacer que la escritura piense. Toda su obra está atravesada por las mismas inquietudes: la construcción simbólica del sujeto y de la comunidad en estos tiempos tan exigentes del capitalismo electrónico, el ejercicio del pensamiento libre y la libre circulación de las ideas, la apuesta por el desarrollo de una conciencia crítica que eleve las aspiraciones del ser, la producción de conocimiento, más allá de la autocomplacencia y de los intereses todo ello atravesado siempre por un interés en las políticas y las economías de las construcciones simbólicas, y en la denuncia del autoengaño salvífico del arte, las manipulaciones y las falsedades encubiertas tras las ideologías institucionalizadas.

Resulta curioso cómo al mismo tiempo en que su vida psíquica fue cobrando velocidad y la más absoluta nitidez, su crítica fue haciéndose más aguda y emancipada. Pues otra de las características más admirables y conocidas en José Luis fue la manera absolutamente libre y comprometida con la que ejerció la crítica para con las instituciones y las políticas culturales de su tiempo. Y si fue un crítico riguroso con los demás, lo fue antes que nada consigo mismo.

Nadie se ha atrevido a seguir sus pasos, y no me refiero a la valentía de la denuncia de lo que no funciona o funciona mal, que cada uno podría o no desarrollar, sino que de manera paralela al ejercicio crítico y desmantelador, José Luis siempre propuso otras maneras de hacer arte, de hacer universidad, de hacer gestión y de hacer cultura.

Ya que nunca fue un crítico que se satisfaciera a sí mismo poniendo el dedo en la llaga o señalando la carencia, sino que la misma energía que ponía en hacer la crítica, la destinaba en llevar a cabo un ejercicio “productivo”: creando espacios para la reflexión y el análisis, haciendo visible la posibilidad del ejercicio del pensamiento en el ejemplo, pero sobre todo animando a otros a hacerlo.

Porque José Luis además de un crítico implacable, también fue generoso, incluso en el disenso. De una generosidad que lo llevó a interesarse por el trabajo de muchas personas fueran o no de su misma corriente de pensamiento, estuvieran a favor o no de sus posturas. Ahí donde hubiera la posibilidad de un saber, la posibilidad de que algo hiciera resonancia para lo “común”, ahí José Luis entregaba su tiempo y su esfuerzo con la mayor delicadeza, sin hacer ostentación: ofreciendo un lugar al otro, sabiendo siempre cómo hacer que a ese otro no le costara trabajo dar lo mejor de sí.

Esto nadie os lo contará, pero quienes tuvimos la enorme suerte de conocerlo, sabrán a qué me refiero. El mayor saber de José Luis fue siempre saber ser, saber estar y hacer posible que los demás pudieran descubrirlo de sí mismos. Y esto podía ser tremendamente maravilloso o terriblemente desafiante para quienes lo rodeaban. Un maestro en el más amplio, profundo y elevado sentido de la palabra, alguien infinitamente valioso, alguien en quien pienso siempre. Todos y cada uno de mis días tienen un espacio para aquello que considero el duelo: esa conversación dulce de los amantes.

Porque también debéis saber que las personas como José Luis Brea no se van nunca, siempre están ahí para recordarnos lo que fuimos y lo que podemos llegar a ser.

Voy a terminar este texto como más me gusta hacerlo: con un inicio, con una nueva promesa o mejor dicho, con la renovación de una, ahora que la sabemos cumplida: es decir con una afirmación de la vida. Para ello me valdré de las palabras de Raymond Carver, -un poeta de mi afecto y del suyo- y del poema “Colibrí” (Hummingbird) que escribió para su esposa Tess…


Vamos a suponer que digo verano,
escribo la palabra “colibrí”
la meto en un sobre
y la llevo colina abajo
hasta el buzón. Cuando abras
la carta te acordarás
de aquellos días y lo mucho.
lo muchísimo que te quiero.


* * *

Ahora podéis hacer una pausa y escuchar esta música que me gusta especialmente y que creo que a vosotros también os podría gustar. Los animo a dedicar un minuto al disfrute de la melodía. Luego, si queréis, poder seguir leyendo, pero no es obligatorio, al menos no para todos.

Una vez cumplida la promesa, lo que sigue ahora es parte del reconocimiento de esa deuda íntima y personal. Este pequeño texto no estaría completo sin un agradecimiento a las personas que fueron importantes para José Luis y para mi, a los afectos que me han acompañado en la mayor dicha amorosa y en el abismo de la pérdida. Si hay algún olvido, pues muchos de los días y de los meses que siguieron a la muerte los tengo casi borrados, y sé que algunos tuvieron gestos de solidaridad y de cariño que me son imposibles de recordar, por lo que os pido una disculpa.

A la comunidad de la ceniza, por fin completa: Armando Montesinos, Marta Peirano, Maldo y Luis Francisco Pérez. La mejor herencia que he recibido: vuestra amistad.

A las poetas Safaa Fathy y María Auxiliadora Álvarez: mis hermanas, quienes como nadie saben de la fidelidad y del duelo.

A la más grande telépata: Antoinette, ma mère.

A toda la “comunidad expandida” que ha estado ahí para darme fuerzas y animarme a levantarme de la tumba como Lázaro: Carmen María, Nathalie, Carmiña, Santi y Bego, Miguel Ángel, María Inés, Carlota, Andreína, Daniela, María Teresa, Tatiana, Imanol, Diana, Patricio, Giselle, Agustín, Isabel, Ana Laura, Paco, Pat, Octavio, Christian, Merodio, Mario, Belinda, Ariel, Nancy, Encarna, Tom. Al Susan-club y a sus gintonics. A Francisco Jarauta y a Jesús Espino.

Gracias a Claudia W por el poema “Stuffen”: el saber de la poesía en el momento necesario.

A los alumnos de José Luis: Sergio, Roberto, Eva, Esperanza, David y Sibley. También herederos, sobre todo ellos.

De México y de Francia: Philippe y Germán: gracias por estar en mi vida y por dar luz en los momentos de oscuridad. Y ahí también con ellos: Clairette, Zobeida, Mara, Agnès, Cecilia, Saskia, Fouad, Benjamín, Jaime, Pierre, Néstor, Yvett, el otro Philippe, Rafael, Ana y las dos Marcelas.

A los hijos y a los padres de José Luis, en especial a Margarita: has traído al mundo a un ser único y no puedo sino inclinarme.

A Madrid, París y México -la ciudad infinita: una suerte de triángulo de las Bermudas personal. Y al estado anímico que es la ciudad de Porto.

A Manchi, guía y guardián del inframundo.

Y a todos vosotros, a todos ustedes, lectores de salonkritik por quienes estos domingos se siguen celebrando…

Enviado el 02 de Septiembre. << Volver a la página principal << | delicious

Comentarios

Maria Virginia, la escritura es un vínculo, tú lo sabes. Pero, ¿para quien pensamos? Escucha, para muchas personas es una referencia importante ésta Comunidad de tu Salon... Está viva y combativa y emerge porque tú la mimas, la cuidas, nos la ofreces, y es inspiradora.

Gracias.
No hay duelo sin dolor, cierto, pero ya no te confieses más... Para ti estos versos -no curan ni redimen-, son un regalo: "Intíma con el ánimo tanta melancolía:/Las Furias, azarosas.../País de las preguntas su boca cercenada,/como nace la escarcha has venido a morir; tallada en un saliente/la aurora inviolable:/ oh ruta laminada,/ oh mar de los afectos,/la tierra hacia la orilla abatida sin fin:/errante hacia la orilla/abatida sin fin."


Querida María,

Gracias por tu comentario y por tus palabras de elogio.
Y gracias también por los versos.

Más que "confesarme" aquí se cumple una promesa y un pacto.
Se celebra la vida con la conciencia de un "saber" en el que está el duelo, pero también otras experiencias.

Se trata de un reconocimiento a la mineralidad absoluta y también, podría ser "simplemente" ensayo, escritura: ejercicio del pensar ¿para quien? para ti! y para otros...

Abrazo!


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