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Octubre 03, 2012

Doc. 277 Antidisturbios dialécticos - Darío Corbeira

Originalmente en Brumaria

Manifestacion-Neptuno.jpg Mal deben andarle las cosas al Partido Popular para tener que sacar de bombero de urgencias nada menos que al Secretario de Estado de Cultura, José María Lassalle, quien montado en el furgón de El País, no en los grandes furgones del liberalismo redentor, ABC o La Razón, acude a apagar discursivamente los fuegos, a paliar los estragos y desmanes de una chusma (multitud) antipolítica que en el crepúsculo de septiembre intentaba rodear, mediante la ocupación pacífica de la red de callejuelas del centro de Madrid, el Congreso de los Diputados, para hacerles llegar su descontento con las políticas económicas y sociales de un gobierno a la deriva.

El Partido Popular, el partido más grande de Europa, tiene voluntarios y mercenarios para cualquier tipo de necesidades y urgencias: ocupar las administraciones públicas, doblegarse a las órdenes del capital financiero, robar a mansalva, empobrecer a través de su inacción a amplias capas de la población, o, como en el caso que nos ocupa, desprestigiar, humillar y criminalizar a unas decenas de miles de ciudadanos que simplemente dicen NO. El Secretario de Estado de Cultura (Ministro de Cultura in pectore) saca a sus antidisturbios (Georges Santayana, Carl Schmitt, Jürgen Habermas, Montesquieu, Bataille, y a Toni Negri y Paolo Virno sin citarlos) para, intelectualmente (de hacerlo físicamente ya se encargan las unidades de intervención y el Ministerio de Interior), apalear, esposar, detener, encarcelar y llevar a la Audiencia Nacional a un movimiento, lo quiera o no, preacontecimentalmente político, en ningún caso apolítico. José María Lassalle, personaje ilustrado, experto en administrar sus silencios con eficacia política, cualificado representante del neoliberalismo postaznarista, sale a escena cual cordero zurbaraniano a tratar de curar las heridas que ese par de lobas, María Dolores de Cospedal y Cristina Cifuentes, infringieron al sentido común ciudadano, desde su mismo partido, al comparar a la cívica, variopinta, vitalista y honrada “multitud” manifestante del 25 S con los criminales golpistas del 23 de febrero de 1981. Con sutileza digna de elogio, compara movimientos como el 15 M o el 25 S con las dinámicas sociales de los años de entreguerras que condujeron al nazismo y los fascismos. A partir de ese pasote histórico e ideológico la arquitectura de su argumentario se desmorona, sólo le queda desbarrar y descalificar cualquier alternativa real que cuestione la democracia, su democracia, sus instituciones y sus representantes.

Las lobas y el humilde cordero comparten mesa y mantel en el comedor del Palacio de la Moncloa, escuchan con atención a Soraya Sáenz de Santamaría y Álvaro Nadal mientras Mariano Rajoy dormita en los lavabos del Wall Street Journal en Nueva York. En España el paro aumenta, la prima de riesgo se dispara, crece sin parar el porcentaje de población infantil por debajo del umbral de pobreza, las fracasadas medidas económicas aplicadas en Irlanda, Grecia y Portugal se aplican aquí en medio de un caos de gerencia política sin precedentes… ¿Y la cultura? La cultura languidece mientras sus representantes piden al gobierno medidas de estímulo y no políticas de recortes. En el sector de las artes visuales los representantes de las diferentes asociaciones siguen compungidos, dándole vueltas a cómo interpretar los silencios de Lassalle después de las dos reuniones celebradas el presente año en la sede del ministerio.

En todo caso el secretario de Estado tiene su punto, un intelectual centrista y abierto, mejor él, nada que ver con el torrente/Torrente ministro Wert, ese experto en aritmética parvularia aplicada a los sondeos de opinión, dispuesto a impulsar leyes y decretos-leyes que posibiliten un marco jurídico desde el cual poder ideologizar y privatizar la educación y la cultura.

Dice en su artículo Jose María Lassalle que “sustituir la institucionalidad deliberativa por el griterío de la multitud no es democracia. Como tampoco lo es defender que la voluntad de un pueblo está por encima de las leyes. Una y otra idea abocan al conflicto y la violencia al confundir la deliberación con la aclamación y al conjunto de una sociedad con la multitud”. Multitud, pueblo y sociedad en el mismo saco, sin distinción, la multitud (sujeto político, suponemos, que se expresa a través del griterío) un concepto negrihardtiano que no ha funcionando filosófica ni políticamente; Pueblo (cuesta creer que un doctor en Derecho se meta en los turbios meandros de una confrontación, voluntad del pueblo versus las leyes), un genérico sociológico que no es ni significa nada; y Sociedad, más de lo mismo, una abstracción sociológica que necesita medirse, contextualizarse y, siempre, adjetivarse. De paso se introduce la referencia al conflicto y la violencia, gravísima irresponsabilidad de alguien que firma como un alto cargo del gobierno de España, atribuir conflicto y violencia a unos miles de ciudadanos, todos y cada uno de ellos sujetos de derecho, que expresan pacíficamente su rechazo a las causas de un conflicto que ellos no han provocado. Quienes han provocado el conflicto y exigen respuestas con violencia a las víctimas de sus desmanes son los agentes de la economía financiera; el Secretario de Estado, el gobierno entero del Reino de España, las decenas de miles de militantes del PP incrustados en las administraciones públicas, obedecen, callan o gritan, depende de la ocasión, para aplicar en todo caso y momento las políticas que el gobierno/nube de la troica dicte.

Continúa Lassalle: “De ahí que no extrañe cómo la antipolítica organizada repita a través de sus francotiradores que el pueblo es una comunidad virtuosa per se que está por encima de la ley y de sus representantes; especialmente si éstos han sido previamente caricaturizados como una clase parasitaria y prescindible debido a la indignidad de su comportamiento y la falta de merecimiento para desempeñar ejemplarmente su función de representación”.

Falso, de antipolítica nada de nada, todos los manifestantes saben que van a una concentración claramente política que niega la política de un sistema que nos ha llevado y nos lleva, como individuos y como país, a la ruina. ¿Organizada? Si la protesta ciudadana tuviera organización, política, hace tiempo que el Secretario de Estado se estaría dedicando a otras cosas ¿Francotiradores?, ¿dónde estaban en el 15M o en el 25 S? Los únicos francotiradores son los periodistas y tertulianos infames que repiten sin descanso el discurso neoliberal del PP o, en su defecto, del PSOE. ¿Son los actuales representantes una clase parasitaria y prescindible? Obviamente no son una clase, son una especie de casta absolutamente parasitaria y perfectamente prescindible entre otras cosas porque no gobiernan, se limitan a gestionar con ceguera y empecinamiento las decisiones de un poder suprainstitucional que habita en el mercadeo financiero global y se sobrerrepresentan en instituciones manifiestamente mejorables, como poco. ¿Acaso el largo rosario, que comienza en la Corona y finaliza en el último ayuntamiento, de corrupciones, malversación de caudales públicos, resoluciones administrativas contrarias a la ley, derroche en inservibles autopistas, aeropuertos, trenes de alta velocidad, universidades y equipamientos culturales… lo han impulsado y gestionado los manifestantes que intentaban rodear el Congreso? El Sr. Lassalle sabe perfectamente que no, sabe que lo han impulsado y gestionado sus correligionarios. Probablemente los manifestantes del 25 S se equivoquen al lanzar sus dardos políticos reivindicativos exclusivamente al congreso de los Diputados; ocurre, a diferencia del verdadero Poder, el de la economía financiera, que dicho congreso tiene sede física y carga simbólica y política. No estamos ante una cuestión socialmente baladí: el tránsito del 15 M al 25 S, de la Puerta del Sol, epicentro simbólico y ciudadano de Madrid, capital del Estado, al Congreso de los Diputados, residencia de un poder legislativo que se cae a pedazos. Ese tránsito, de la plaza soberana al edificio ruinoso, sin dirección, sin organización, sin ideología, marca y conforma un tiempo y un lugar políticos sin futuro claro pero con un potencial insurgente, no instituyente ni constituyente, que a fecha de hoy no ha acabado de precisar sus límites.

Quizás, e independientemente del mandato gubernamental, el artículo de referencia haya sido escrito con las mejores intenciones de su autor, quien al unísono hila fino y grueso en la aplicación teórica del software neoliberal. Quizás no haya podido ni querido entender que la convocatoria del 25 S fue una Procesión de Difuntos cuyas almas en pena no portaban cruces sino escritos con la palabra NO. El difunto o la difunta, el Congreso o la democracia, han sido señalados como muertos o moribundos, como metáforas de sí mismos, sin mayores atributos de consideración. Sabe Lassalle y sabemos todos que la procesión fue, como todas las procesiones, pacifica; sabe Lassalle y sabemos todos que las imágenes de la irrupción de los antidisturbios en la estación de Atocha no fueron filmadas por Sam Peckinpah, Tarantino o los hermanos Cohen, no eran un relato ficcional sino un documento de la realidad.

En cualquier caso, es una buena noticia que todo un Secretario de Estado de Cultura baje a la arena política y mediática aunque, como en el caso que nos ocupa, lo haga como responsable directo de los antidisturbios dialécticos para demonizar a una parte singularmente política de la ciudadanía. Sería todo un regalo, teórico, si en alguna próxima convocatoria de los pensadores de la multitud o el procomún en el Museo Reina Sofía o en Tabacalera, Jose María Lassalle, cual metáfora de los invasores de la estación de Atocha, irrumpiera, en este caso sí con métodos pacíficos, con su dialéctica y calmara a los que disturban.

Enviado el 03 de Octubre. << Volver a la página principal << | delicious

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