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Octubre 28, 2012

Todo Borges - Martin Schifino

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Cuando Beckett se refirió en su libro sobre Proust a la “abominable edición de la Nouvelle Revue Française, en dieciséis tomos”, habló por más de un lector frustrado con el soporte material de una gran obra. En Argentina y Latinoamérica, muchos lectores de Borges crecimos con la abominable edición de sus Obras completas de Emecé (1974), en un tomo. El mamotreto reunió por primera vez los grandes textos del autor, desde los versos de Fervor de Buenos Aires hasta los “cuentos directos” de El informe de Brodie, y, pese a las muchas antologías, sigue siendo el mejor Borges portátil que hay en español. No obstante, sus limitaciones son obvias, empezando por el formato, que es inmanejable y ostentoso. La impresión es pobre: abundan las erratas mecánicas de letras faltantes o en el lugar de otras, y se han encontrado incluso crasos errores de transmisión: “extático” por “estático”, “temía un” por “tenía en”, etc. Estos aspectos cosméticos tal vez pueden perdonarse, pero más problemático es lo que la edición echa en falta. No existe aparato crítico ni introducción. El más libresco de los escritores argentinos se publicó como una novela de a peseta.

La culpa no es necesariamente de la editorial, ni de quien dirigió la edición, Carlos Frías; Borges mismo dio el visto bueno y puede que, con su proverbial reserva, se haya resistido al tratamiento académico. En cualquier caso, la presentación adoptada parece una solución de compromiso. La introducción de cada libro quedó a cargo del autor; algunos prólogos se retomaron de las ediciones originales y otros se escribieron en retrospectiva. Unas cuantas frases famosas provienen de esos textos, que rara vez se extiende más de dos o tres párrafos y rebozan de alusiones. Sobre Historia universal de la infamia: “el irresponsable juego de un tímido”. Sobre Fervor de Buenos Aires: “No he reescrito el libro. He mitigado sus excesos barrocos”. Maravillas de concisión, las frases ocultan, sin embargo, tanto como revelan. ¿Qué quería decir Borges con mitigar? ¿O, para el caso, con excesos barrocos? La historia del texto queda soterrada. En un sentido importante, los lectores tenemos que aceptar la reescritura. Borges defendía el derecho de los autores a corregirse: le escandalizaba, por ejemplo, que se republicaran las primeras ediciones de Henry James, cuando el novelista se había tomado el trabajo de poner a punto y prologar casi todas sus obras para la edición “definitiva” de Nueva York. Pero es más difícil aceptar el silencio editorial que rodea a cada texto.

En la presunta edición de referencia, uno podía leer de punta a punta los ensayos de Historia de la eternidad sin enterarse de que primero habían sido publicados en la revista Sur. Y si no sabía francés, inglés, italiano, latín y alemán, pues buena suerte. Las citas no se traducían, salvo cuando lo hacía Borges para ilustrar un punto dado. ¿Cronología? ¿Nota biográfica? Nada, a excepción de un “Epílogo” redactado por el propio autor, en el que imaginaba la entrada de una futura enciclopedia (cuándo no) sobre él mismo. El texto es de una modestia tan rimbombante como solo puede sentirla alguien culposamente agradecido por el talento que le ha tocado. Entre sus particularidades figuran las palabras finales: “Pueden consultarse sus Obras Completas, Emecé Editores, Buenos Aires, que siguen con suficiente rigor el orden cronológico”. “Suficiente rigor” es, por supuesto, un impecable borgianismo, pero también un mensaje cifrado. Porque lo que no se dice en ninguna parte de las Obras Completas es que el autor dejaba fuera tres libros de ensayos juveniles publicados en la década del veinte: Inquisiciones, El idioma de los argentinos y El tamaño de mi esperanza. Recapitulando, entonces, las Obras Completas de 1974 eran inmanejables, inatractivas, inadecuadas y, por sobre todo, incompletas.

Borges publicó un segundo tomo en 1984, en el que recogió los libros posteriores a El informe de Brodie. (Entretanto el primer tomo se dividió en dos, lo que volvió la lectura algo más cómoda aunque también, dirán los que no crean en casualidades, permitió aumentar el precio del conjunto, que consistió a partir de entonces en tres tomos de cubiertas en cartoné.) La línea editorial no se modificó ni un ápice. No se agregaron textos explicativos, y los libros que Borges había suprimido siguieron inéditos. Hubo que esperar hasta la década del noventa, cuando la industria editorial preparaba la Borges-manía del centenario, para que los tres tomos se republicaran por separado, en la editorial Seix Barral; pero, extrañamente, no se los incorporó al cuarto tomo de las Obras Completas que apareció en 1996. Con este último, que recogió cuatro recopilaciones póstumas de reseñas, prólogos, clases y conferencias, se dio por cerrada la edición canónica de Obras completas, pero la incoherencia editorial perduró. No todos los textos sueltos entraron en ella; muchos fueron a parar a tres tomos laterales a los que se bautizó Textos recobrados, como si tuvieran una entidad distinta a los demás. Y desapareció en el proceso la curaduría que ayudaba a situarlos. Por ejemplo, se eliminó la introducción de Enrique Sacerio-Garí a los llamados Textos cautivos, una colección de reseñas y artículos periodísticos publicada en 1986 que, como notó Juan José Saer, “merece figurar entre los mejores libros de Borges”; los textos, ni qué decirlo, se defienden solos, pero esa colección es fruto de la investigación bibliográfica de Sacerio-Garí y Emir Rodríguez Monegal. ¿Por qué no reconocerlo? Quizás porque las Obras completas son una construcción editorial que monumentaliza a Borges. Y la ideología de fondo es: no toquen el monumento.

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Entre las noticias más resonantes de la feria del libro de Fráncfort de 2010, en la que Argentina fue el país invitado de honor, estuvo la venta millonaria de los derechos mundiales de Borges a Random House Mondadori, por una suma “no revelada”, como se dice en estos casos, que los chismes del sector ubicaron cerca de los dos millones de euros. Emecé habría ofertado uno y medio. Las cifras exactas importan menos que el hecho, sorprendente para algunos, de que salió perdiendo el editor histórico de Borges, aunque se le concedió como premio consuelo la edición crítica, de la que hablaremos en breve. Se acercaba, entretanto, el aniversario número veinticinco de la muerte de Borges, lo que ofrecía la excusa perfecta para lanzar al mercado una edición renovada. Los flamantes dueños de los derechos no iban a desaprovecharla. “La idea es salir lo antes posible”, comentó el director de la Random House en Argentina, Pablo Avelluto, en un artículo publicado en el periódico Clarín por Patricia Kolesnicov. Kolesnicov informaba que, “esta vez, las Obras Completas se presentarán por género y no por cronología: cuentos, ensayos, poesías, misceláneas.” Tratándose de Borges, que había mezclado permanentemente esas formas, el enfoque sin duda plantearía problemas, pero tal vez arrojara resultados iluminadores. En cualquier caso, la oportunidad era única: ofrecer por fin un texto y, más ampliamente, un objeto editorial a la altura del autor.

Pues bien, en 2011, a poco de seis meses de la venta de los derechos, apareció la nueva edición de las Obras Completas. Seis meses es un tiempo muy breve en el mundo editorial, así que imaginemos el ajetreo de editores, correctores, académicos y especialistas. Directivas como las siguientes: “No me pasen llamadas de acá hasta marzo. ¡Estoy editando!” Cientos, miles de consultas por correo electrónico a autoridades mundiales: “Estimada/o Beatriz Sarlo / Edwin Williamson / Michel Lafon / Silvia Molloy / Jean-Pierre Bernès: con respecto a las fuentes de…” etc. Imaginemos… Porque la triste realidad es que un pasante con una fotocopiadora habría podido hacer el trabajo. Del intrigante anuncio de Kolesnicov, ni rastros. Al parecer el alto mando borgiano decidió tomar la edición-mausoleo de Emecé y reproducirla casi tal cual. Vale la pena definir ese “casi”. Sí, se han corregido las erratas que quedaban; la tipografía es más agradable; y el diseño de tapa es más cuidado. Pero el ordenamiento en cuatro tomos es el mismo que en Emecé, y hasta se han reproducido los tres tomos completamente arbitrarios de “textos recobrados”. La única diferencia de orden es que, “por primera vez”, como dice una nota triunfal del editor, se han incluido en las obras Inquisiciones, El idioma de los argentinos y El tamaño de mi esperanza. Se trata de un indudable acierto, con la salvedad de que no se aclara lo que ello implica: ahora tenemos, en un mismo tomo (el primero), tres libros tempranos de los que Borges renegó, al lado de poemas igualmente tempranos (Fervor de Buenos Aires, etc.) que corrigió extensamente en los años setenta. Es decir: a la vez se respeta y se pasa por alto la voluntad del autor; y si un lector pretende, por ejemplo, seguir la evolución del estilo de Borges a través de esta cronología, llegará a conclusiones falsas.

No es que uno vaya a enterarse de esos problemas en la edición misma. Apenas una página escueta introduce cada tomo con precisiones mínimas; la firma un anónimo “editor”. ¿Quién es ese editor? ¿Avelluto? ¿Una función del texto, como diría Foucault? ¿El pasante de la fotocopiadora? No preguntemos. De nuevo, Borges aparece entre cubiertas como por generación espontánea. El medio es el mensaje: un autor tan clásico no necesita presentación. Pero este tipo de supuesto, si es tal cosa y no mera inepcia, va en contra de la erudición contemporánea. De hecho, comparar las ediciones de Borges con las de otros clásicos modernos da pena. Italo Calvino en Einaudi, Virginia Woolf en Oxford Classics o Marcel Proust en Gallimard gozan del cuidado de grandes especialistas que anotan amorosamente los textos, aclaran opacidades, comentan el lenguaje, toman en cuenta la historia editorial de los libros y sitúan al autor dentro de una historia socio-literaria. Hasta hace poco, la mejor tentativa de este tipo que se había hecho en castellano con Borges era la de editorial Cátedra, que compiló una antología con las narraciones “de más alta consideración”, es decir los cuentos de Ficciones y El Aleph. Pero se trataba de un volumen para estudiantes, no de una edición de referencia.

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Lo que nos lleva, obligadamente, a la edición crítica en tres tomos de Emecé, que empezó a publicarse a principios de 2010 y se completó a mediados de 2011. Aunque se hablaba de esa edición al menos desde mediados de los noventa, quince años es un tiempo bastante razonable, incluso algo breve, para una empresa de esta magnitud (la publicación de los ensayos de Virginia Woolf, por ejemplo, tardó veintidós años en completarse). Al ver los resultados, uno quisiera que se hubiesen tomado una década o dos más. Emecé realmente se ha superado a sí misma, produciendo una publicación incluso peor que la de 1974, por razones muchas veces opuestas.

Empezando por el envase, los libros parecen diagramados en busca de máxima incomodidad: son imprácticos como material de consulta e imposibles de leer por gusto. Los contenidos, es cierto, mejoran algo. Las notas consignan y comentan en detalle las variantes textuales, de manera que pueden constatarse las famosas correcciones que introdujo el Borges maduro en sus textos de juventud; pero las diversas ediciones que se han consultado no se dan por separado en la bibliografía y hay que remitirse a cada nota. Mis esperanzas de encontrar una cronología no eran grandes, pero la ausencia de introducción es ya motivo de alarma. La “única edición de esta magnitud en español” viene presentada por una “nota” de una página. Los editores, Rolando Costa Picazo e Irma Zangara, dicen que las referencias “aspiran a convertirse en un instrumento de ayuda para todos los interesados en Borges y su obra, estudios y lectores en general”. Esa aspiración no parece lo bastante amplia para la contracubierta, donde se proclama que el libro tiene en cuenta “distintas clases de público —de estudiantes primarios o secundarios a profesionales de la literatura, así como lectores argentinos y extranjeros”. Ahí reside, en esencia, el mayor problema. Tratando de quedar bien con todos los lectores, no se satisfacen las necesidades de ninguno.

Ya quisiera ver al estudiante primario que se aventura por el bosque de notas, pero a los profesionales de la literatura y a los lectores argentinos y extranjeros muchas les parecerán superfluas, si no condescendientes. ¿Necesita un lector de Borges, en la era de Wikipedia, que le digan que Zenón era un “filósofo griego, principal discípulo de Parménides”? De acuerdo, quizás el estudiante primario lo necesita; y, para ser justos, la nota alude a ideas de Zenón que Borges reutiliza en varios textos. Pero nadie necesita que le digan que al escribir un verso como “He sido y soy” Borges “asume firmemente su ser, su persona, en el pasado y en el presente”. La paráfrasis de segunda categoría no debería colarse en una edición erudita. Cabe notar, de hecho, que hay poco sentido de la proporción en el aparato crítico. Una nota sobre Verlaine, que releva con utilidad las alusiones de Borges a uno de sus poetas favoritos, es mucho más breve que dos precedentes sobre los padres de Borges, un material que pertenece en realidad a una biografía. Y las minucias biográficas en general desplazan los problemas textuales. Por el lado positivo, hay que decir que Costa Picazo y Zangara han compulsado una enorme cantidad de bibliografía secundaria; desentrañan las referencias geográficas, históricas y literarias con pericia, en un tono que combina discreción y autoridad. Pero un proyecto de esta naturaleza se beneficiaría con lineamientos editoriales más rigurosos y un enfoque más docto.

La bibliografía, por ejemplo, es prácticamente inútil para académicos: a la falta de ediciones de Borges se suma una lista risible de estudios críticos sobre su obra. En total, trece. Libros faro de la crítica argentina, como Borges: un escritor en las orillas, de Beatriz Sarlo, o El factor Borges, de Alan Pauls, ni siquiera se mencionan; tampoco se cita un solo estudio francés, pese a que Borges ha sido el gran mimado de la crítica francesa. Cuando uno busca las “obras en colaboración”, entra directamente en el mundo del género fantástico: se señalan seis libros menores que Borges publicó con amanuenses como Delia Ingenieros o Esther Zemborain de Torres, pero ni una de las magníficas colecciones de relatos policiales que escribió a cuatro manos con Adolfo Bioy Casares. Repito: ni una. Agreguemos a esto el hecho de que la otra gran obra en colaboración de Borges, el “Autobiographical Essay” redactado en inglés con la asistencia de Norman Thomas Di Giovanni, aparece solo bajo la rúbrica de “memorias”, y uno empieza a ver que la bibliografía, como la edición en general, es más ideológica que propiamente académica. A veces se habla de biografías autorizadas; aquí tenemos algo peor: ediciones autorizadas. Peor, porque el saber debería ser lo contrario de un relato oficialista.

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¿Cómo leer a Borges, entonces? O, mejor dicho, ¿dónde? Se me ocurren dos posibilidades, ninguna muy satisfactoria. Una es la magnífica edición francesa de Jean Pierre Bernès, que se reeditó en 2010 tras pasar diez años en un limbo legal, impuesto por la viuda de Borges al entrar en juicio con la editorial Gallimard. Prodigio de perspicacia, la edición fue celebrada por borgianos de todo el mundo al publicarse el primer tomo en 1993 y el segundo en 1999. Sus notas, prácticamente omniscientes, procesan una gran cantidad de fuentes primarias, proporcionan variantes textuales donde hace falta y además citan cada comentario que hizo Borges en entrevistas y charlas sobre textos puntuales. Bernès no pierde tiempo con interpretaciones superfluas, pero aporta todos los detalles que le faciliten al lector llegar a una propia, como por ejemplo la descripción de la cubierta original de Fervor de Buenos Aires, que estaba adornada por un dibujo de la hermana de Borges, Norah, “un peu à la manière de Giorgio Di Chirico, la ville vide de ses habitants”. La edición de La Pléiade contiene además todo el material periférico que hace falta para situar a Borges en el tiempo y en el espacio, incluyendo una cronología, una bibliografía exhaustiva y un estudio crítico del autor. Gracias a sus tablas de contenidos, es fácil encontrar en ella lo que uno busca, pero también muy placentero perderse entre la información. Estas Oeuvres, es cierto, no incluyen todo lo que escribió Borges, pero ofrecen un orden razonable y razonado. El obvio inconveniente, para nosotros, reside en la lengua, que no es la de Borges.

La segunda opción sería abandonar de momento la idea de obras completas. En cierto modo, es una opción prevista por la industria editorial, que ha publicado a Borges en casi tantos formatos como a Cervantes. En las notas anteriores, no consideré ediciones limitadas, ediciones de lujo (con pinturas, por ejemplo), ediciones piratas, ediciones en rústica, ediciones de poesía o ficción aisladas, ediciones en otros países latinoamericanos, ediciones no recopiladas en las Obras completas ni en los Textos Recobrados (increíblemente, aún las hay), ni ediciones populares como las que se publican cada tanto con el periódico. Resistiendo la exageración de verlas como una biblioteca de Babel, se puede decir que haría falta una enorme pared para alinearlas. Hay Borges para todos los gustos. A mí, por ejemplo, me gusta la labor que ha hecho Alianza editorial en su colección de bolsillo, que publicó uno a uno los libros en volúmenes bien diseñados, libres de erratas y con una tipografía muy legible (aunque sin introducciones ni notas). Con los derechos en manos de Random House Mondadori, al cabo esas ediciones desaparecerán; pero las nuevas de Debolsillo reproducen el formato y son igualmente agradables.

No obstante, al contar con una buena edición de referencia se corre el riesgo de que esa variedad se perciba como laberíntica. Borges mejor que nadie sabía que un laberinto puede ser metáfora de muchas cosas, pero es en esencia un lugar propicio a la desorientación. Y la desorientación es muy mala consejera de la literatura. Habría que empezar, pues, por reconocer la necesidad de clasificar y contextualizar con algo más que “suficiente rigor” una obra que se revela cada vez más amplia y cada vez más compleja. Uno quiere, por supuesto, lo imposible: una edición que presente los libros publicados de manera ágil y sucinta; que ordene con inteligencia la enorme cantidad de textos ocasionales; que aporte una bibliografía académica actualizada; que contenga un prólogo democráticamente informativo; que acerque al autor a los lectores en vez de ponerlo en un pedestal; que declare sus propios métodos e intenciones. ¿Es tan imposible? Véase Bernès. Por lo pronto, se han desaprovechado en castellano dos oportunidades que no sabemos cuándo volverán a repetirse. ¿En el cincuentenario de la muerte de Borges? Pero habrá que ver si el libro tal como lo conocemos sigue existiendo. Umberto Eco dijo una vez que la obra de Borges era la “verdadera WWW”; a lo mejor no se la puede contener entre cubiertas. En honor a la metáfora del libro de arena, tal vez no sea inapropiado que la gran edición pendiente acabe siendo electrónica.


Principales ediciones mencionadas en este artículo:

Obras completas, I-II, III, IV, 952 pp, 568pp, 560 pp, 568 pp. Sudamericana, Buenos Aires.

Textos recobrados, I, II, III, 496 pp, 352pp y 360 pp. Sudamericana, Buenos Aires.

Obras completas, Edición Crítica, I (anotada por Rolando Costa Picazo e Irma Zangara), II (anotada por Rolando Costa Picazo), III (ídem), Emecé, Buenos Aires, 1.120 pp, 880 pp, 872 pp.

Œuvres complètes, I & II
, Gallimard, Bibliothèque de la Pléiade, Paris, 1.754 pp y 1.524 pp.

Enviado el 28 de Octubre. << Volver a la página principal << | delicious

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