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Diciembre 09, 2012

ARTE ESPAÑOL CONTEMPORÁNEO, Tiempo de silencio* - Luis Francisco Pérez

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No hay nada que salvar,
Todo está perdido,
Excepto un pedacito de quietud en el corazón
Como el ojo de una violeta.
D.H. Lawrence, Nada que salvar

Cabe suponer que los casi cuatro años transcurridos desde que José Luis Brea escribió y publicó el texto "100 metros cuadrados de arte español"**, reproducido en este mismo portal el pasado domingo, sería muy diferente si el mismo argumento, o la misma motivación, se hubiera realizado en el momento actual. La creciente decadencia, por no decir directamente ruina, de las estructuras socio-económicas y culturales del estado español, unida al envilecimiento crónico de la educación superior en nuestro país, nos da derecho a pensar que el citado texto escrito en el declinante presente que vivimos sería, por descontado, mucho más crítico, pero especialmente mucho más amargo y doloroso, diríamos incluso que hiriente, conociendo el noble carácter belicoso del que José Luis nunca renegó. Por supuesto, razones no le hubieran faltado para manifestar dicha beligerancia crítica, al igual que un lúcido escepticismo, si bien cargado de brutal ironía, le hubiera ayudado a soportar con digna y constructiva coherencia la imprudente maldad (intelectual y moral) de los responsables de educación y cultura que hasta ahora han pasado por el Ministerio del mismo nombre.

Se habla mucho, en verdad, del arte español contemporáneo: de sus cuitas y desventuras, de sus escasos éxitos internacionales, de que “no interesamos nadie y que nadie cuenta con nosotros” (imposible más absurdo patetismo), de lo importante que los artistas españoles “viajen y salgan al exterior” (qué estupidez: como si el talento y la inteligencia únicamente se materializaran por esa vía), de lo importante y bueno que es defender “lo nuestro” (proyecto directamente escatológico por vomitivo). Sí, se habla (hablamos) mucho del arte español, hasta el punto de que tamaña obsesión nos lleva a recordar el mismo suspicaz y temeroso comentario de Thomas Mann cuando expresó que “se habla mucho de cultura en nuestra época para creer, por ello, que estamos en una auténtica época de cultura”.

Hablamos tanto y tan alocadamente que ya, directamente, no sabemos ni lo que decimos. Hablamos tanto, y con tan patriótico fervor, que únicamente conseguimos seguir manteniendo ocultas las verdaderas y causas y razones de este su “insignificante presente”. Hablamos tanto de arte español que ya hemos olvidado que esa tan cómoda abstracción no existe, como tampoco existen el arte inglés, ni el alemán, ni incluso el chino, o cualquier otra nacionalidad que se nos ocurra. Al igual que únicamente existen las personas, solamente podemos hablar de nombres (artistas) nacidos casualmente en un país llamado España. Eso sin olvidar el dato importantísimo que un artista español del siglo XXI es más del siglo al que pertenece que español.

El arte español contemporáneo no ama el peligro. Queremos decir: no ama la noble acción de crear, por medio de la forma estética, realidades paralelas que hundan en el fango la miseria moral de un contexto triste, decadente y viciado. El arte español muestra únicamente ese triste escenario, pero esa forma no alcanza (es lo más difícil, lo admitimos) a ofrecer alternativas intelectuales que provoquen una acción, una revulsión, en la mirada del espectador. ¿Acaso no sería ello la más alta y brillante forma de “interactividad”, palabrita ésta corrompida por su uso y abuso? El arte español no ama el peligro porque es impresionista y descriptivo, pero no ayuda a crecer. Giorgio Agamben en El hombre sin contenido, citando a Heidegger: “De ser cierto, el hombre que ha perdido su estatus poético sencillamente no puede reconstruir en otro lugar su propia medida. Tal vez cualquier otra salvación que no venga de allí, de dónde está el peligro, siga siendo no-salvadora”.

El arte español contemporáneo es el territorio de la paradoja. Cuando pretende ser “político” únicamente le interesa ser fiscal (que a sí mismo se absuelve) de su propia denuncia, y para ello deja constancia de su falta de fe en las instituciones culturales y los sistemas económicos, pero renuncia a ser abogado defensor, bien de esas instituciones denostadas (que podría arrogarse ese derecho, pues esa “denuncia” ha sido expuesta y creada, probablemente, gracias a una beca u otra partida presupuestaria), bien de su propia imputación. Le basta y sobra con desplegar sus agravios comparativos sin más sustancia que la triste batería de los deleznables actos en los que incurre la Sociedad, el Estado y la Institución Arte. Ante tan escuálida situación el artista, aún a su pesar y por su ignorancia, se desmaterializa en su propia nada. Hace arte conceptual de primera generación sin pretenderlo y sin saberlo, que es más grave. Por descontado, es que no hay producción estética española que no sea “conceptual”, si nos atenemos a las explicaciones ofrecidas por los propios artistas, e incluso de los galeristas, si tenemos paciencia y coraje para soportar una conferencia de lo que ellos entienden por “radical”.

¿Por qué resulta tan previsible y descuidada la programación de las galerías españolas? Admito que la pregunta es digna de un CSI castizo, pero resulta admirable, cierto es, que habiendo tal cantidad de artistas dignos (la genialidad aquí y donde se nos ocurra siempre es costosa de encontrar) opten con tanta frecuencia por una selección tan mediocre, previsible y aburrida, cuando no directamente mala, vulgar y zafia. ¿Por qué cuesta tanto encontrar galeristas por estos pagos que defiendan la obra que exponen con un mínimo de sofisticación intelectual, o si se quiere con una cierta gracia lo suficientemente seductora para poder vender su producto con un algo o un resto de seducción. Pero no…, las explicaciones de los galeristas de nuestro país son tan prosaicas y romas como para no salir de los consabidos “ha investigado mucho este año”, o “este trabajo es extraordinario y muy valioso”, o “lo mejor que ha hecho hasta ahora”, todo eso en el mejor de los casos. En los más deprimentes no se sale de los cursis “me encanta, es fenomenal”. ¿Pero que creen que están vendiendo, una rebequita muy mona de buen paño? Por supuesto, doy por descontado que no todos los galeristas españoles tienen que ser como Julián Rodríguez de Casa sin Fin, que a la par que galerista también es un magnífico escritor y muy brillante editor, si bien como galerista tira a mudito: qué lástima para uno que tenemos que sí sabe hablar… ¿Cuántos galeristas españoles habrán leído alguno de los libros escritos por su colega Julián Rodríguez? Me temo que muy pocos. Quizá (casi seguro) ninguno…

Hace un par de semanas el crítico literario Ignacio Echevarría, desde las páginas de El Cultural, alertaba de los peligros, para la higiene mental, de los reseñistas de libros obligados a leer tal cantidad de bazofia literaria que en verdad corrían el serio riesgo de ver alteradas sus facultades intelectuales, e incapaces, cuando se presenta la ocasión, de saber ver y diferenciar el grano de la paja. La crítica de arte española, y en el angosto y mísero espacio en el que ha sido confinada, corre desgraciadamente la misma suerte. Es tan grande y poderosa la insignificancia de lo que contemplamos que habrá que estar muy despiertos y frescos para calibrar la auténtica valía de aquello que bien promete, de lo contrario todo quedará contaminado (incluso lo bueno, que existe, poco pero existe) por el ingente chapapote de formas artísticas sin más razón de su existencia que la misma que poseen los lirios del valle, pero con menor belleza y distinción.

España llega tan tarde a la modernidad, a todas las modernidades, no únicamente a la productora de formas artísticas, en sí misma la menos importante siempre y cuando se haya llegado a tiempo a otras conquistas, esencialmente políticas, sociales y económicas, que siempre mantendremos una preocupación un grado por debajo de su propia solución como problema. Con otras palabras: intentamos redimir lo imposible, y cuando queremos atisbar una posible solución el problema ya se ha transmutado en otro conflicto, en otro dilema, de los que carecemos de herramientas para enfrentarnos al nuevo ropaje de ese mismo problema. Expresado de otra manera: las dificultades y contrariedades siempre nos torean. Como un espejismo, parece que al fin vamos a poder darles la puntilla, pero no, es un frustrante espejismo… ¿Podemos ser tan ingenuos para creer que nos merecemos un arte que sí haya superado esta triste dialéctica, y no lo que en realidad sí poseemos, un arte que se mira y refleja en la mediocridad de la sociedad española actual? Tenemos el arte, al igual que la clase política que nos gobierna, que nos merecemos. Mientras no cambie el escenario donde el artista se nutre y alimenta no podemos esperar de ellos otra cosa que tristes remedos de nuestra propia insignificancia, vulgares reflejos de páramos desolados donde la inteligencia y la sofisticación intelectuales siempre tuvieron graves problemas para crecer y desarrollarse.

Salamanca, 1955. Un joven de 25 años, Basilio Martín Patino, entonces principal dirigente del SEU, sindicato de estudiantes universitarios, organiza un encuentro para hablar de la situación del cine español. Un no menos joven Juan Antonio Bardem pronunció el dictamen de lo que para él era el cine español del momento. Frases que, con toda justicia, se hicieron famosas por la lucidez e implacabilidad de su diagnóstico. Resulta oportuna recordarlas:

“El cine español vive aislado; aislado, no sólo del mundo, sino de nuestra propia realidad. Cuando el cine de todos los países concentra su interés en los problemas que la realidad plantea cada día, sirviendo así a una esencial misión de testimonio, el cine español continúa cultivando tópicos conocidos... El problema del cine español es que no es ese testigo que nuestro tiempo exige a toda creación humana. El cine español actual es políticamente ineficaz, socialmente falso, intelectualmente ínfimo, estéticamente nulo industrialmente raquítico".
Nos recorre un escalofrío de pavor y miedo al pensar que si cambiamos “cine español” por “arte español” un diagnóstico realizado hace casi sesenta años pudiera tener la misma validez y eficacia en el frio presente que nos habita. ¿Tan mediocres somos como para buscar paliativos en recetas extendidas hace más de medio siglo?

Madrid, 2011. El mismo estudiante salmantino de 1955 es ahora un jovencísimo viejo de 81 años que, cámara en mano, se coloca en medio de las acampadas del 15M para filmar, según sus palabras, 25 horas de felicidad callejera. Ejemplos como este nos hacen pensar que quizá no todo esté perdido, y que no hay nada que salvar. Bien al contrario, hay mucho y bueno que salvar en la producción artística española, en la vida civil española para ser más exactos, siempre y cuando no renunciemos al rigor y a la honestidad en nuestros juicios y en nuestros actos. Sólo entonces podremos hacer frente al devastador carcoma gubernamental que, hoy por hoy, todo lo invade y todo lo destruye y manipula. Nos queda la esperanza, que de momento no se puede privatizar. Y una quietud en el corazón, como el ojo de una violeta.

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* A partir del texto que publicamos el domingo pasado, hacemos una convocatoria a críticos, artistas, investigadores y a todos los interesados en reflexionar acerca del estado del arte en España a que envíen sus comentarios y sus reflexiones, que se impliquen en este trabajo que ofrecemos a partir de la lectura del texto de José Luis Brea y que continúa hoy con el texto de Luis Francisco Pérez. N. de la E.

** Véase 100 artistas españoles, volumen publicado por la editorial Exit en 2008.
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Imagen: Santiago Sierra, “Destroyed Word”. Construcción de la letra A por los aprendices a maestros de obra del CFA de Brétigny-sur-Orge los días 9, 10 y 11 de mayo, que más tarde ellos mismos destruirán el 22 de septiembre 2012.

Enviado el 09 de Diciembre. << Volver a la página principal << | delicious

Comentarios

Nos queda la esperanza, sí señor.


Siento mucho leer este tipo de artículos, Luis, cada vez más frecuentes en la crítica española. Es una pena ver el escasísimo apoyo que el arte español ha recibido de los críticos españoles. El problema del arte español es real, no es una cantinela patética. Sin haber tenido la oportunidad de expresarse ya se le ha juzgado y condenado. ¿Dónde están las exposiciones de análisis de los comisarios españoles? ¿Dónde están los estudios serios de los críticos sobre los artistas españoles? ¿Qué sala de exposiciones actual ha abierto las puertas para que pueda verse el arte actual que se hace en este país? ¿Qué director de museo o institución tiene en su programa hacer un seguimiento de los artistas que comparten con él el mismo contexto histórico, la misma cultura, los mismos problemas, la misma gente, el mismo idioma, las mismas tradiciones…? ¿Quién es realmente el que no está a la altura?

Al “sector” del arte se le llena la boca de indignación cuando habla de la falta de internacionalización del arte español. Pero el concepto de arte español no lo tiene muy claro nadie. Es un concepto abstracto. Quizás el problema sea la obsesión de algunos por eliminar de la ecuación del arte a los artistas. Es penoso ver lo mucho que estorbamos los artistas a gran parte de este “sector”. La opinión de los artistas no se tiene nunca en cuenta. Se habla de arte español y no se pregunta a sus artífices. Y lo peor de todo es que se denigra al arte español sin ni siquiera conocerlo.

No es verdad Luis que los artistas españoles no estén comprometidos con su sociedad. Y más en estos momentos. Es verdad que la programación de ciertos museos, como el Reina Sofía, no muestran esta realidad. Y es verdad que el arte que allí se exhibe es sólo conceptual. Pero por fortuna hay más artistas. Artistas que afrontan la realidad con la misma indignación que el resto de ciudadanos. Los artistas no tienen fórmulas mágicas para acabar con esta situación de crisis, decadencia y corrupción. Tampoco creo que sea esa su misión. Pero sí son capaces de mostrar la realidad, con toda su rotundidad, sin concesiones. Una realidad que a través del artista se hace más presente y más corpórea. Más nítida para la reflexión.

Siento que tú no lo veas así, al igual que muchos otros. Son excepción los que se aproximan a los artistas sin prejuicios. Te aseguro que estamos esperando a que haya alguien realmente abierto a mostrar esta inmensa realidad creativa y crítica.


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