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Diciembre 10, 2012

LA REVOLUCIÓN DE LAS ETIQUETAS - Israel V. Márquez

minimalistic.jpg Los primeros años del siglo XXI han conocido una verdadera explosión de etiquetas musicales, a cada cual más extraña y compleja, que han alimentado páginas y páginas de revistas musicales y de tendencias, debates en foros de Internet, en blogs, en redes sociales, e incluso números especiales en medios generalistas. Hagamos un breve repaso: microhouse, glitch hop, folktrónica, grime, dubstep, skweee, hauntology, hipnagogic pop, chillwave, glo-fi, with house, etc. A ello se añade una considerable lista de post-géneros, tales como el post-metal, el post-dubstep, el post-punk revival (o post-post-punk), y de neo-géneros (nu-rave, nu-gaze, new weird america, neo-detroit, etc.). Sin duda, nos encontramos ante una revolución de las etiquetas sólo comparable a todas aquellas relacionadas en el pasado con los distintos géneros y subgéneros de la música electrónica: techno, house, deep house, hardcore, trance, jungle, drum´n´bass, minimal techno, etc.

Puede que el “éxtasis de la información” del que hablaba Jean Baudrillard (1) se haya trasladado ahora al mundo de la música: una circulación pura de nombres en una sociedad sobreabundante de signos, musicales y de todo tipo. Mientras en el pasado el arte de inventar etiquetas estaba reservado casi exclusivamente a la prensa musical -con verdaderos especialistas en el tema como New Musical Express-, o a los propios músicos, Internet y el consabido discurso 2.0 según el cual “el usuario es el protagonista” ha puesto en crisis esta primacía, y ahora las etiquetas empiezan a surgir como moscas desde blogs, foros y redes sociales, con usuarios dedicados incluso a formar las escenas de los géneros que inventan metiendo en el mismo saco a grupos y artistas dispersos que van encontrando por la red.

Quizás el caso más conocido hasta el momento sea el de la música “chillwave”. Su origen está en la mente de un blogero conocido como Carles que en el verano de 2009 escribió en la web Hipster Runoff sobre una serie de artistas (Ariel Pink, Neon Indian, Washed Out) que tenían un sonido y una forma de grabar parecidas. Carles llegó a ofrecer una excéntrica lista de posibles nombres para designar esta supuesta nueva escena musical, entre los que figuraban los siguientes: “no-fi”, “synth computer pop”, “atmospheric wave”, “gazewave”, “shitwave”, “wavewave”, “cumwave”, “chillgaze”, “pitchforkwavegaze”, “blogrock”, “blowave”, y el más famoso de todos, “chillwave” que el blogero definió estrambóticamente como una música de sintetizadores y cajas de ritmos que da la impresión de sonar a través de una cinta VHS de los años 80. El propio Carles dijo que escribió la lista medio en broma pero su acción sirvió para meter a toda una serie de bandas bajo el mismo paraguas del “chillwave”, término que fue rápidamente apropiado por la prensa especializada y otros medios de comunicación convirtiéndose en uno de los primeros ejemplos en que un género musical se crea, difunde y extiende por Internet, por medio de foros, blogs y otras plataformas digitales.

Al chillwave le seguiría el llamado “wicth house”, otro término inventado a modo de broma por Travis Egedy, alias Pictureplane, para describir su música y la de sus amigos Shams, una especie de house basado en voces y sonidos fantasmales. El término empezó a circular por la red y dio lugar a toda una serie de etiquetas alternativas que alimentaron blogs, foros y webzines durante todo el 2010, tales como “drag”, “darkwave”, “ghost drone”, “haunted disco”, “screwgaze”, “crunk shoegaze”, “gothic chillwave”, “ghost step”, “death disco”, etc., y que también fueron adaptadas por la prensa musical, en especial los términos “witch house” y “drag”.

Todo esto no quiere decir que el papel de los críticos y periodistas a la hora de crear etiquetas haya desaparecido. Para nada. Si hay dos etiquetas que han llenado páginas de periódicos, revistas, foros, blogs y webzines en los últimos años esas han sido las de “pop hipnagógico” y “hauntology”, fruto de dos de los críticos musicales más prestigiosos del momento, David Keenan y Simon Reynolds respectivamente. Éste último criticó la idea de “pop hipnagógico” de Keenan por ser demasiado vaga e imprecisa, cuando en realidad se refería a algo parecido a lo que quería decir Reynolds con su término “hauntology”, es decir, una música inspirada en los recuerdos musicales del pasado, en especial de los años 80. Una disputa terminológica (y egocéntrica), que alimentó varios meses a la prensa especializada y a los blogs y foros de Internet y que trae a la mente aquella definición atribuida al poeta Robert Frost según la cual “un crítico es aquel que mea en un río y dice: ‘Miren la gran corriente que he hecho’” (2).

Los músicos también han seguido creando sus propias etiquetas para describir su música. Ahí están los ejemplos de Rustie y su “aquacrunk”, Starkey y su “street bass”, Joker y su “purple sound”, Deerhunter y su “ambient punk”, o Gogol Bordello y su “gypsy punk”, etiquetas surgidas también con un sentido lúdico, medio en broma medio en serio, como e un juego. El que muchas de las etiquetas surgidas en los últimos tiempos tengan algo de juego no debe extrañarnos. Johan Huizinga (3) nos recordó en su famoso libro “Homo Ludens” la dimensión lúdica de la música destacando el hecho de que en muchos idiomas la ejecución de instrumentos musicales se denomina “jugar”. El ejemplo más evidente de ello es el del inglés “play”, que sirve tanto para designar el jugar como la acción de tocar un instrumento, o incluso la acción de escuchar un disco cuando pulsamos el botón “play” en cualquier reproductor de audio. Otro ejemplo es el de la palabra china wan, que significa “jugar” pero también divertirse o tocar un instrumento. A todo ello podríamos añadir ahora el “juego” de etiquetar, desde los críticos musicales y los músicos hasta, cada vez más, los propios fans.

Pero, ¿qué hay detrás de toda esta verborrea clasificatoria? Puede que al final sólo eso: palabras, palabras y más palabras. Etiquetas que vienen y se van, que mueren y renacen, bajo la forma cada vez más extendida de los prefijos (neo-, nu-, new-, micro-, post-), e incluso de prefijos que se multiplican (post-post-punk, new-new wave). Hay quien ya considera muertos “géneros” y “escenas” como el chillwave o el witch house, entronizados antes de tiempo, en cuestión de meses, cuando antes los géneros tardaban años en asentarse. Otro discurso, el de la muerte de los géneros, que también sigue dando para muchas páginas…

Las etiquetas son necesarias porque son un mecanismo de ahorro comunicativo que nos permite clasificar y categorizar distintos tipos de música y entender más o menos de qué hablamos. Además, son una eficaz estrategia comercial de la que se benefician muchos agentes culturales. Pero cuando las etiquetas nublan y oscurecen el sentido, y más que hablar de las bandas se discute sobre el alcance de etiquetas que se fragmentan en múltiples términos alternativos, y en disputas sobre uno y otro, el poder mismo de la música se ve cuestionado. Quizás los géneros y las etiquetas no sean tan necesarios, y más en unos tiempos en que los artistas se mueven más que nunca entre varios estilos y no suelen permanecer fieles a uno sólo. Quizás Miles Davis tenía toda la razón cuando criticaba el viejo arte de etiquetar en unos tiempos en que las etiquetas aún andaban en pañales si lo comparamos con nuestro sobrecargado presente musical, en el que estamos seguros aún hay juego para rato: “Yo no toco ni jazz ni rock: toco música. Mi música. ¿Jazz, rock, underground, clásico? Me niego a compartimentar los géneros musicales. Yo parto de una base totalmente distinta… Nunca decido si voy a tocar tal o cual tipo de música, por la simple razón de que nunca he creído que la música estuviera dividida en diferentes categorías” (4).


Referencias:

(1) Baudrillard, Jean. La transparencia del mal. Anagrama, Barcelona, 1991.
(2) Reynoso, Carlos. El surgimiento de la antropología posmoderna. Gedisa, Barcelona, 2008.
(3) Huizinga, Johan. Homo Ludens. Alianza, Madrid, 1972.
(4) Kaiser, Rolf-Ulrich. El mundo de la música pop. Barral Editores, Barcelona, 1971.

Enviado el 10 de Diciembre. << Volver a la página principal << | delicious

Comentarios

Me gustó mucho tu artículo, eso de relacionar análisis sociales sobre la postmodernidad y llevarlo a la música por ejemplo.

De hecho en esta era buscamos o vivimos dentro de simulacros, significantes para nombrarlo todo, pero en realidad sin llegar a significar nada.

Buen trabajo!


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