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Enero 14, 2013

Anatomía de la obsesión - Recaredo Veredas

Blake Butler, Nada, diario de un insomne. Alpha Decay, Barcelona, 2012. 384 pág.
e131299120.jpg Pocos libros poseen un protagonismo de su narrador tan nítido. De hecho Nada es una apología del punto de vista tan obvia que puede afirmarse el protagonismo absoluto de la voz, emplazado incluso por encima del incierto personaje cuyas oníricas peripecias justifican la novela. Nada no posee una trama convencional, sin embargo es recorrida por una progresión invisible, que persuade al lector por su universalidad: Butler se hunde, como quien se zambulle en una fosa abisal, en la noche y el sueño, en la búsqueda imposible del conocimiento de zonas vedadas al ser humano. Esa progresión, apenas perceptible, es siempre conducida por el mismo impulso aunque haya cambios bruscos de perspectiva, incluso utiliza la vintage y afrancesada segunda persona. Nada también subyuga por la potencia de una voz que atraviesa el horror del insomnio utilizando, incluso forzando, todos los recursos de la literatura pero sin despreciar la ciencia, la filosofía y una certera descripción de la sociedad norteamericana. ¿Es una novela? ¿Una autobiografía? Si hubiera que hallar un lugar –lo que tal vez sea superfluo- se hallaría en el experimento fronterizo entre el poema, la instalación puramente artística y la narración más experimental, más apegada a la búsqueda entre las tinieblas de la conciencia y del lenguaje. La incertidumbre prueba, en cualquier caso, la escasa relevancia que concede a los géneros un considerable sector de toda una generación de escritores (contrapuesta a otra facción, ejemplificada por Jonathan Franzen, que reivindica sin descanso su permanencia).

Nada ha sido escrita por un hombre lúcido, pese al aparente deterioro que la falta de sueño ha causado en sus facultades, que dedica su tiempo -duplicado por la incesante actividad nocturna- a entender el mundo moderno, a descifrar su mezcla aún inaccesible –porque carecemos de perspectiva para entenderla- de superávit mediático y crisis infinita, de desconcentración, caos, fragmentación y ausencia, casi huida, de referentes. Al ser un libro lanzado hacia el futuro, que incluso intenta adelantarse a la progresión geométrica que rige nuestros tiempos, Nada asume la importancia suprema de internet. Resulta perfecta para una edición digital: la aplicación de sus hipervínculos le regalaría la globalidad, los 360 grados enciclopédicos que busca.

Blake Butler atraviesa sin miedo las endebles fronteras de la locura, los, según sus propias palabras, “cimientos psicóticos de lo cotidiano”, los límites tras los cuáles la realidad se vuelve permeable, líquida y nunca fiable. No es un viaje fácil, no tanto por el trayecto en sí sino por lo arduo que resulta que el lector haga suya la interpretación del caos que el autor le ofrece. Butler vence los escollos, llega sano y salvo a su destino y consigue ordenar lo inordenable, generando así un terror desconocido, un pánico que emana de lo que cada uno de nosotros escondemos en lo más profundo de nuestro interior. Butler desentraña sin piedad nuestras inquietudes más inconscientes, aquellas cuya existencia conocemos pero nunca hemos llegado a definir. En su trayecto, como Dante por el infierno, realiza una certera división de los estratos cerebrales, equiparable a un viaje al centro de la tierra, a un trayecto imposible hacia el infinito de lo pequeño, hasta un nuevo universo distinto del cósmico pero igual de inabarcable. Sus pensamientos son obsesivos e inquietantes y enlazan tanto con el ansia de totalidad del ser humano del Siglo XXI como con su permanente frustración. Sirva de ejemplo el demencial cálculo de los billones de pensamientos humanos que ocurren en paralelo.

El autor se convierte en una especie de demiurgo, en un guía que ilumina el acceso a un caos intratable. En consecuencia Nada no es solo un libro sobre el insomnio, es una obra que causa insomnio e inquieta a cualquier lector mínimamente perspicaz. Así define el paso del insomnio al sueño, tras cientos de horas sin pegar ojo: El sueño suele llegarnos como un trozo de cera tibia estirado hasta casi partirse, convertido en dos yos que no tienen ni idea de dónde está cada cual. Nada ejemplifica el sueño que Joyce materializó en su libro del día y su libro de la noche aunque, mientras el irlandés intentó retransmitir el ruido de nuestras neuronas en vivo, apenas matizado por las convenciones literarias, Butler lo contempla desde fuera: entra en el más intenso de los torbellinos pero mantiene el tipo y nos regala una instantánea del aluvión. Además, como todo libro que habla del tiempo, roza los abismos que se abren a un lado y otro de la existencia. De hecho, también podría definirse como una enciclopedia de la oscuridad, que esboza a dónde viajan los recuerdos, las visiones, todo lo que creemos e imaginamos, todo lo que amamos y odiamos, después de la muerte.

No esconde sus referencias, más bien las homenajea y explicita, aunque las claves profundas se pierdan en un laberinto, muy afín al núcleo central del libro. Entre las obvias e insoslayables se incluye la dedicatoria a David Foster Wallace, sin cuya Broma infinita este libro no existiría. También resulta incontestable el homenaje a Borges -el patriarca absoluto del sueño dentro del sueño, el insomnio o los laberintos- y la presencia implícita de Finnegans Wake, paradigma de la inmersión en el territorio alucinado de la noche (Las habitaciones dentro de habitaciones refulgen dentro de otras habitaciones) o de otros patrones de la modernidad, como Vollmann o Gass. Pero los referentes últimos de una obra tan enciclopédica se pierden en los abismos del siglo XX. Podría afirmarse su apoyo en las vanguardias europeas de los años 20 y 30, incluso en los beatniks más radicales (hay, sin duda, resonancias de El almuerzo desnudo) o en la música dislocada de Morton Feldman o John Cage. También hay referencias más trash, como en todo buen libro postmoderno, por ejemplo la obesidad salvaje que sufrió el narrador durante su adolescencia enlaza con la demencia de cineastas como Todd Solondz o con el Palahniuk más descarnado. También es evidente el influjo surrealista, como en todo libro que se ocupe de ese extraño e inevitable fenómeno que son los sueños. Por supuesto aparece Kafka, pero no el Kafka de La metamorfosis, nítidamente realista en su desvarío, sino el de El proceso o los relatos más alucinados. No puede descartarse la demente nocturnidad de Bruno Schulz o Raymond Roussel.

Tendemos a calificar los movimientos literarios; a despreciarlos o ensalzarlos como si fueran equipos de fútbol, olvidando el predominio de la autoría individual. Nada no engaña en su filiación: sigue con nitidez una estela definida por la fragmentación, la mezcla de referencias en apariencia difíciles de combinar, desde la farmacología a los dibujos de Disney, pasando por el inevitable Warhol. Lo hace, como es norma en su generación, con un escepticismo que linda con el cinismo y la desesperanza. Puede, por lo tanto, afirmarse que ejemplifica a la literatura postmoderna, género muchas veces refutado, incluso odiado. Tal vez con razón porque muchos autores se han amparado en la libertad que regala para escribir auténticos bodrios. Nada demuestra que cualquier tendencia puede conseguir la belleza si el autor sabe dónde hallarla y, sobre todo, si la causa última afecta a cualquier lector. Lo consigue porque nadie -ni siquiera escondido en una cueva, como demostraron los experimentos brutales del XIX que menciona- puede vivir de espaldas al tiempo. Otros motivos son la claridad de sus intenciones y su insólita calidad de página: posee un dominio casi absoluto de todos los registros que precisa. Bajo una marca de potencia común, visita desde el código científico al realista, siempre perfectamente adaptados a lo que narra, a lo que quiere contar en cada momento. Por ejemplo, cuando escribe sobre la demencia de su padre adopta un código verista, casi periodístico: sabe que la demencia solo se puede narrar desde la frialdad y la lucidez. Pese a estos cambios el vigor poético siempre permanece presente, a veces más oculto, a veces más expuesto. Además realiza un documentado, recorrido por toda la narrativa del sueño y el insomnio, unidos inevitablemente a la cultura, a cualquier cultura. Porque, desde el inicio de los tiempos, los hombres sueñan.

Nada quedará como referencia de un tiempo caótico y fronterizo. Como un libro conveniente, casi necesario, para los amantes de la experimentación y las incursiones en el lado oculto de la conciencia.

Enviado el 14 de Enero. << Volver a la página principal << | delicious

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