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Enero 04, 2013

(Una humilde propuesta para) llenar el tiempo - J.S. de Montfort

Sbdr0000.jpgHacer historia

Cuando el profesor de historia del arte y escritor, Miguel Ángel Hernández-Navarro (Murcia, 1977), habla en su último libro Materializar el pasado / El artista como historiador (benjaminiano) [Micromegas, 2012] de historia, y en sentido benjaminiano, se refiere particularmente a “un campo de saber, de métodos y preguntas, pero también un sentido del tiempo cercano a la memoria y a la transformación del tiempo”. Y a su recuperación como la práctica de ciertas escrituras en el tiempo, algo así como “una suerte de escritura visual, no representativa, cuyos trazos son huellas del pasado que reverberan y modifican el presente”. El volumen, con el que inicia su andadura la recién creada editorial de ensayo Micromegas, sobrevuela (sin pretender ser exhaustivo ni canónico) lo que éste llama artistas historiadores, aquellos que escriben el pasado y lo transmiten públicamente, en base a las prácticas de historia (y que, a diferencia de las memorias individuales, contienen una dimensión comunicativa). Así, mediante tales prácticas (rescatando las memorias individuales, íntimas y dejándolas fuera de la historia de los hechos), conseguirían estos modificar –aunque solo momentáneamente- el estatus de tales “visiones del pasado”, transformando la memoria en Historia (escritura) y también en historia (en la construcción del tiempo que afecta a los sujetos). Y para ello se ayudarían de una concepción del tiempo no lineal, el tiempo visto como “algo abierto y en permanente transformación”. Un tiempo “múltiple, heterocrónico, prepóstero y asíncrono”.

La tesis de Hernández Navarro sería que hay algo como un “inconsciente benjaminiano” tanto en el modo en el que los actuales artistas historiadores conciben el tiempo así como en el modo en el que estos hacen (o rehacen) la historia, en base a la imagen y el montaje. Para ello, toma como ejemplo el “pensamiento de la sospecha visual” benjaminiano, el del Libro de los pasajes, pero también especialmente el de “Sobre el concepto de historia”, del que rescata tres aspectos fundamentales: el sentido de la historia (como tiempo abierto a ser completado y redefinido), el conocimiento de la historia (la manera en la cual la historia se presenta a través de imágenes fugaces que condensan monadológicamente el tiempo) y la construcción o la transmisión de la historia (la escritura del tiempo como posibilidad de yuxtaponer imágenes, sin la mediación de la teoría).

Por cuestiones de extensión y entendiendo que la visión benjaminiana de la historia está suficientemente difundida y asimilada, resumiremos diciendo que lo importante de la visión benjaminiana es entender la historia como algo que pertenece al presente, tangible, material, siendo más una acción que una (re)flexión. Que su acometimiento es una cuestión ética, de responsabilidad, y es una forma de rememoración (en tanto que cumplimiento: recuerdo que cumple y activa) de los no-hechos, de las posibilidades. Y que su forma no es la historia o el relato sino la imagen evanescente (lo que Benjamin llama “imagen dialéctica”) y que tendría tres niveles que funcionan de manera inseparable: el nivel inmaterial, el objetual y el de transmisión o construcción. La base de tales imágenes estaría fundamentada en la poética del fragmento y de la ruina.

Al respecto de las prácticas de la historia en el arte español del siglo XX (ligadas fundamentalmente a la Guerra Civil y a la dictadura franquista) Hernández-Navarro nos desliza algunos nombres y algunas obras (y unas pocas exposiciones). Así aparecen en el texto Marcelo Expósito, Fernando Sánchez Castillo, Avelino Sala y su visualización de los símbolos del pasado. También la obra de Juan José Pulgar, Jorge Barbi, los trabajos en vídeo de Virginia Villaplana, María Ruido y sus modos de mostrar el vacío y la distancia entre el relato individual y el oficial o el archivo FX y su idea de la memoria dañada de Pedro G. Romero, entre otros.

Llenar el tiempo

Al artista historiador, de entre toda la saturación de imágenes del pasado, solamente le interesan aquellas que contienen el sedimento de la historia, nos dice Hernández-Navarro. Aquellas en las que, como decía Bennett, se puede “buscar la vitalidad de la materia”. Imágenes cuya recuperación, como ocurre en los trabajos de Francesc Torres, tendría un sentido de la responsabilidad generacional. Con esta idea de la materialidad de las imágenes Hernández Navarro trataría de confrontar las ideas de arte ultraconceptual de Lucy Lippard o el arte gaseoso de Yves Michaud, promoviendo una alternativa a la semiotización del mundo, a esa huida de la realidad que es ya imagen sin sustancia y, por ello, no exactamente inmaterial sino desmaterializada. Y es que esta insustancialidad, para el autor, no es sino una pura ficción, pues atrás quedan sombras, restos inamovibles, sobras que permanecen. Hernández-Navarro propone (y aquí se halla la clave del ensayo) que “el arte contemporáneo, por mucho que parezca perder sustancia, en realidad propone lugares para enfatizar la materialidad inevitable de los cuerpos”. El cuerpo así, sería el ente real que perturba las imágenes. Y el arte, por lo tanto, habría de transformarse en cuerpo. Y no tanto por ese volver del arte al objeto sino más bien por querer recuperar “la tangibilidad y densidad de la experiencia”.

Para Hernández-Navarro el arte podría convertirse en una alternativa a la experiencia capitalista, un lugar donde vuelvan a cobrar sentido conceptos como cercanía, afectividad y conciencia del tiempo propio. Según esta noción, el arte sería un lugar de “experiencias otras”. O dicho en otras palabras: “experimentar en nuestro cuerpo la inevitabilidad de aquello que permanece invisible”. Este retorno de lo material (la convicción de que en el objeto hay una presencia real) del que habla Hernández-Navarro entroncaría con la idea dominante del giro icónico (vuelta a la imagen), de que hay algo que no puede ser dicho cuando el hombre confronta la realidad.

Al respecto de esta materialidad que sería capaz de recuperar el tiempo (imbuyéndolo de historia), habrá de entenderse este ensayo como una suerte de anuncio, prólogo o bosquejo, pues Hernández-Navarro nos habla de la preparación de un libro próximo sobre la obsolescencia, sobre su potencia en suspenso, y acerca de la desincronización de la novedad, de ese momento “cuando el objeto ha sido expulsado del régimen de la novedad, cuando realmente se revelan las distintas capas de significado que en él se encuentran concentradas”. De la utilidad de lo desfasado como posicionamiento de resistencia y entendiendo que su irrenunciable deseo material (el del propio objeto) es, en el fondo, un deseo de historia.

La proposición de Hernández-Navarro (más una enunciación que un argumento debidamente respaldado por razones [1]) tiene que ver con la recuperación de la percepción temporal. Así, el autor busca la discordancia con el presentismo radical en cuya compresión máxima habitamos hoy, ese tiempo circular sin salida, melancólico. Y esta sería justamente la tarea del artista historiador benjaminiano, que intentaría “abrir la historia, llenar el tiempo y hacerlo perceptible”. Haciendo historia, nos dice Hernández-Navarro, el artista contribuirá a llenar el presente. Queda pendiente, sin embargo, ver de qué modo podría organizarse esa tal fenomenología del tiempo nuevo del que aquí, igual que en libros anteriores del autor, se nos dispone al modo cartográfico un apéndice más de ese contratiempo que sería, para Hernández-Navarro, la función más relevante del arte contemporáneo.


[1] Este ensayo, como ha dejado escrito Hernández Navarro en su bitácora personal [No (ha) lugar], no tiene pretensiones de autoridad, sino que quiere ser una propuesta, ambiciona el riesgo; “intenta decir algo sobre la actualidad, algo que no pretende ser autoritario, ni canónico, ni establecido, algo que puede ser cuestionado, debatido, modificado, dialogado”.

http://nohalugar.blogspot.com.es/2012/11/escribir-sin-autoridad.html

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