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Febrero 02, 2013

LA LUZ INCIERTA (Rosa Barba y las estructuras cinematográficas de conocimiento) - Luis Francisco Pérez

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Las porosas fronteras entre la práctica experimental, el cine de la modernidad y el arte contemporáneo abren puertas a las más hermosas utopías del cine. Ángel Quintana

No busques nada más allá de los fenómenos: ellos mismos son la teoría. Goethe

Uno puede mirar la vista. Marcel Duchamp

No es ocupación sencilla exponer –pero también interpretar y aclarar-, desde un plano puramente teórico, la obra de la artista ítalo-alemana Rosa Barba (Agrigento, Sicilia, 1975), probablemente, y entre razones y singularidades varias, por el hecho de que la producción de esta artista exige una responsabilidad visual al espectador que a ella se aproxima, un contrato de mutua confianza, incluso, entre actor y espectador (la referencia cinematográfica, o teatral, no es gratuita, y a ello volveremos más adelante), y manteniendo a la obra misma como elemento de discusión y debate entre ambos protagonistas, artista y espectador. Estamos hablando de una producción que reclama una contemplación atenta y demorada, y que en razón de estas cualidades la obra se adapta mal a una explicación teórica sin el consuelo de tener la obra delante. Una dificultad, de hecho, no más abstrusa que hablar sobre el cine experimental norteamericano de los años sesenta, movimiento con el cual la obra de Barba mantiene una especial filiación de admiración y querencia. Importante aclaración: el trabajo de Barba nos interesa, tanto como para intentar una crítica de arte otra, o una teoría especulativa diferente a la habitual en la medida que lo permitan nuestras posibilidades.

Comisariada por Juan de Nieves en el MUSAC de León Un lugar para un único individuo, título de la muestra, es la primera exposición monográfica de RB para un centro de arte español, si bien, con anterioridad, se pudo ver una obra suya en la colectiva Contarlo todo sin saber cómo, en el CA2M de Móstoles en junio del pasado año. A todos los efectos nos encontramos ante la primera aproximación, también aparición, del peculiar universo lumínico sensorial que lleva a cabo la artista.

Podríamos pensar, o queremos creer, que el delicado y poético título dado a la muestra, Un lugar para un único individuo, hace referencia a una hipotética centralidad del sujeto, o ser pensante, ubicado (voluntariamente o no) en un espacio universal, y para él sólo creado. Podemos suponer, entonces, que un humilde proyector, una pantalla y una silla no necesariamente confortable conformarían el modesto y obscuro universo donde cualquier sujeto se refugia, paradójicamente, de la negrura externa para conquistar una visión. Para ver. La obra de Rosa Barba es un dispositivo visual, una herramienta de luz, y una estructura cinematográfica de conocimiento. De las cuatro piezas presentadas en la muestra, dos necesitan de un proyector para materializarse, para hacerse visibles, pero incluso las dos restantes que no incorporan este artefacto lo llevan, de alguna manera, inscrito en la configuración conceptual de la obra. Que ese “proyector” se transforme en un suave o potente foco de luz no anula la voluntad lumínica, o científica, de la obra, así como el deseo de estructurar, y narrar, una película, aunque el resultado final sea iluminar un sucio cuadrado blanco sin más argumento que “enmarcar” un fenómeno óptico o una revelación espectral.

A finales de la década de los cincuenta un grupo de cineastas norteamericanos deciden crear un “nuevo cine americano”, en parte como réplica a la Nouvelle Vague surgidos en esos mismos años, pero mientras en Europa esa “novedad” pronto iba a ser absorbida por las industrias nacionales cinematográficas, manteniendo una cierta independencia formal, en América no abandonó el terreno del underground, afincado básicamente en Nueva York, dado que el poder de Hollywood era lo suficientemente eficaz para aniquilar cualquier otra tentativa ajena a sus propios intereses, siempre veloces a la hora de calificar a estos jóvenes cineastas como “radicales” o “comunistas”. Un emigrante lituano, Jonas Mekas, sería el catalizador, como editor de la revista Film Culture, que dio visibilidad y sostén teórico a un grupo de artistas visuales esenciales de ese movimiento, como el propio Mekas, por supuesto y en primer lugar, pero también George Kuchar, Michael Snow, Paul Sharits, Carolee Schneemann, o Peter Kubelka y muchos otros menos conocidos. Sirvan los nombres citados como ejemplos de donde proviene la filiación laboral y sentimental del trabajo de Rosa Barba, pero toda filiación acaba siendo, si no asesinada, sí, indefectiblemente, alterada, perturbada y descompuesta. En puridad, solo una obra de la exposición podría ser catalogada como heredera directa de ese cine experimental norteamericano, de hecho un homenaje. Nos referimos a la frágil y exquisita "Color Studies", dos proyectores de 16mm opuestos, y situados en el suelo, que establecen entre ellos una dialéctica de formas y colores, pero también mantienen una relación de extraña dependencia de los mismos proyectores con el espacio, y esencialmente una relación inquietante con el espectador, obligado a alterar, a bajar, su segura verticalidad de horizonte y poder.

La pieza "Un lugar para un único individuo" -producida por el MUSAC- se eleva por encima del resto de las obras presentadas, no tanto por su espectacularidad y complejidad visual (que también, indudablemente), pero especialmente en tanto que epítome con respecto a la totalidad de las obras presentadas, como si ella misma fuera cifra y resumen de determinadas constantes presentes en la obra de Barba. Vamos a ceder la palabra (interesadamente, para no equivocarnos en la descripción técnica de la pieza) al comisario Juan de Nieves. Hablando de esta Un lugar… dice así:

“La pieza se relaciona por una parte con el espacio físico de la arquitectura del museo, pero en cierto modo también alude a la topografía de la región en la que el museo se encuentra. Este último aspecto no se hace presente en el proyecto de una forma literal, sino a través de las capacidades de transmisión histórica, poética y oral del territorio. La obra añade además la idea de novela en proceso, que debe ser leída como un texto-paisaje, una acumulación de signos activados y transformados mediante los movimientos de la cámara que filma un panorama inmóvil. Cada máquina proyecta imágenes de forma programada, como dos actores que establecen un diálogo según un mismo guion. De esta forma, las imágenes se muestran a ambos lados de la pantalla, en ocasiones solapándose, o simplemente desapareciendo. La tercer proyección actúa como personaje secundario pero de vital importancia, al ser la que incorpora sonido a la obra (…)”.

¿Piensan que resulta complicado entenderlo? Si así fuera, llevan toda la razón. Pero esa “complejidad” es uno de los motores que permiten que la obra acceda a un territorio que podríamos definirlo como de “esoterismo científico”. Queremos decir: cuando deambulamos entre la espectralidad que las pantallas establecen en tanto que juego interpretativo es cuando nos percatamos de la voluntad de la artista por crear mecanismos que logren materializar una idea de la cinematografía como ciencia, y con ello comprender, científicamente, la forma en que una película es vista, más allá de los fuegos artificiales y metonímicos del cine en tanto que universo especular y referencial. Aceptada esta condición la obra deviene ejercicio de y sobre la luz, y se torna (sin dejar su inquietante nocturnidad) luminosa.

Un lugar… es una obra nocturna, como lo son el resto de las piezas presentadas, pero al respecto vamos a disponer de una ayuda muy valiosa, la de Jeff Wall en su faceta de extraordinario escritor y teórico. Al respecto dice el artista canadiense: “La palabra museo parece asociarse con la luz del día, mientras que el cine presupone una sala oscura. Pero desde un principio el museo ha querido ser un museo universal. Un espacio así debe reflejar tanto el día como la noche, así que debe haber salas oscuras en el museo. ¿Quizá debamos pensar en los departamentos solar y lunar del museo?”. Admitamos que la última e interrogativa frase es una brillantísima boutade, tanto como perversa, basta con llevar a cabo el saludable ejercicio de pensar, cada vez que visitemos una “magna exposición”, qué obras irían al departamento solar y cual otras al lunar. Las de RB, tan noctívagas y anochecidas irían, indefectiblemente, al departamento solar. De ahí, la inteligencia del comentario de Wall: hay que desconfiar tanto de la cegadora luz (siempre esconde alguna carencia) como de la falsa timidez de las tinieblas (siempre esconde algún tesoro inalcanzable).

¿Qué lugar ocupa el lenguaje en la obra de RB? ¿Qué Sistema Braille hay que hacer operativo para que podamos leer en esa opacidad de sombra y niebla? "Lo contemplativo o lo especulativo" según De nieves es una pieza:


“de texto sobre fieltro suspendida sobre la vitrina de cristal que da al exterior. El contenido del texto está inspirado en las inscripciones sobre el paisaje que, a modo de diagramas, están ocultos a primera vista para el espectador a nivel del suelo. Tan representativas como enigmáticas, estas inscripciones parecen mirar hacia el futuro, así como al pasado. Esta narración ficticia habla sobre la condensación del espacio, como un microcosmos del territorio”.

Bien, pero quién escribe este texto escribe desde la memoria de la obra situada en el espacio, desde la memoria de la impresión retiniana, desde la memoria de intentar leer un texto no, un código lingüístico, y no saber o poder descifrar ese código, ese Braille que necesita utilizar la visión como herramienta táctil. Los ojos como yemas de los dedos. Únicamente a partir de esta constatación podemos certificar que la obra es “una condensación del espacio, un microcosmos del territorio”. En la obra de la artista el lenguaje, o mejor: su indefensión ante la seductora brutalidad de la imagen, consiste en una reificación en el mismo nivel de la percepción, en vez de serlo a nivel de la experiencia psico-física del objeto. En la obra de Barba el lenguaje es percibido como un idiolecto susceptible, si se quiere, de ser instrumentalizado en tanto que objeto mismo, pero, atención, en tanto que “objeto” percibido, sin sombra ni volumen. Expresado de diversa manera: el lenguaje en tanto que estrella fugitiva de su propia constelación, en constante huida, pero sabiendo, como escribe Pavese en El oficio de vivir que “ningún pensamiento, por fugitivo, por inconfesable que sea, pasa por el mundo sin dejar huella”. El lenguaje nos contempla, podría ser otro título posible de esta magnífica pieza. Y sí, naturalmente, la luz, la luz incierta, que desprende la obra compleja y muy bella de Rosa Barba, siempre a punto de ser devorada por las tinieblas, pero nunca lo consiguen.

Enviado el 02 de Febrero. << Volver a la página principal << | delicious

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