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Marzo 03, 2013

Un relato propio - Juan Cárdenas

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(Respuesta a un artículo de Miguel Ángel Hernández Navarro)

Celebro que aparezcan reflexiones como la que hace poco planteaba en este mismo espacio Miguel Ángel Hernández Navarro, en torno a las condiciones que, según el artículo, mantendrían al arte español fuera de las líneas maestras de la escena internacional. Lo digo, por un lado, como trabajador de la diezmada industria cultural española, esto es, con el interés y la preocupación naturales en un obrero atento a las particularidades del espacio cultural en que se engloba su fuente de empleo. Y por otro, lo digo como productor o promotor de prácticas artísticas en distintos ámbitos. De veras, hace falta que se profundice en estas discusiones y celebro que Salonkritik les dé cabida.

Después de descartar algunas hipótesis manidas (falta de contacto internacional, monolingüismo, precariedad estructural), el análisis de Hernández Navarro detecta acertadamente que esa “falta de presencia” reside fundamentalmente en la “ausencia de un imaginario <> que se acomode y coincida con el discurso arquetípico del mundo del arte global”. Y más adelante señala que “tras la entrada de la democracia, el arte español no ha conseguido hacerse una imagen, crearse un imaginario propio, o pensar una narrativa que no sea la de la emancipación (…) el arte español no ha sido capaz de generar discursos artísticos “fuertes” o articulados. Discursos que, en cualquier caso, pudieran ajustarse a los imaginarios hegemónicos”, lo que pondría al arte de este país en una situación de exclusión que sería incluso geopolítica: ni centro ni periferia, ni motor de la hegemonía ni máquina de generación de contradiscursos, ni siquiera en la posición fácilmente asimilable del Otro. En ese sentido, no deja de ser llamativo el hecho de que se acuda a teóricos de la interculturalidad y el poscolonialismo (Spivak, Bhabha, Canclini) para tratar el asunto, cosa que parece atestiguar el renacimiento de una extraña conciencia de subalternidad en un país que, hasta hace no mucho, se sentía plenamente aceptado en el selecto club de las grandes potencias (un gesto aspiracional y cursi que alcanzaría su máximo patetismo con la célebre foto de Aznar y sus amigos en las Azores, poco antes de la invasión a Irak).

Hernández Navarro parece detectar en el ambiente todas estas energías y dedica su artículo no solo a analizar las posibles causas sino que ofrece también una serie de alternativas o puntos de fuga. Creo compartir la primera parte de su diagnóstico, es decir, que en el campo del arte contemporáneo España tiene una presencia difusa, insustancial como discurso, como lugar de irradiación de propuestas. Y sin embargo, el artículo de Hernández Navarro confunde reiteradamente el diagnóstico de ese síntoma con la identificación de un fin. Dicho de otro modo y valga el símil, dado que España no está invitada como miembro de pleno derecho en esa asamblea general de las naciones unidas del arte, es preciso subsanar el error a como dé lugar, es preciso que nos abramos paso, que tengamos voz y voto. La aspiración parecería incluso legítima si no ocultara más de una trampa. En primer lugar, se da por hecho de manera acrítica, natural, que todo arte producido en una nación tiene como finalidad primordial el reconocimiento, la visibilidad internacional, de modo que todos los esfuerzos han de centrarse en alcanzar dicho espacio de poder. Asumir esa premisa sin someterla a examen constituye el primer peligro del planteamiento del artículo. Especialmente porque ello implica pasar por alto otras cuestiones que quizás sean más relevantes en relación a la tarea del arte en la sociedad española. Si dejamos de lado la cuestión del mercado, en otros sentidos tan importante, cabe preguntarse si lo que debe preocupar a los artistas españoles es que sus obras sean o no reconocidas en los grandes eventos o espacios del arte internacional, a la manera de una voz solista en el majestuoso concierto polifónico para coro y orquesta de la Gran Hegemonía Estética Global.

También cabe preguntarse si todos los sectores que integran el modesto organismo del arte contemporáneo español (instituciones, artistas, curadores, críticos, galeristas, etc.) tendrían por tanto que emplearse a fondo para crear un lobby de presión que garantice la presencia identificable del arte made in Spain allende los mares. Estoy haciendo una caricatura, claro, pero la traigo a escena por un afán didáctico y para mostrar que el bienintencionado análisis de Hernández Navarro replica los síntomas que pretende atacar, mientras oculta los problemas de fondo que están propiciando la insustancialidad del arte español como discurso. Así, al sugerir que la internacionalización es el factor determinante de las prácticas, se descuida una dimensión más elemental que podríamos describir con una serie de preguntas: ¿no debería el arte español estar más preocupado por dar respuesta y concebir sus prácticas en relación a las experiencias que lo circunscriben y lo hacen posible? ¿En qué medida el arte español constituye una herramienta de conocimiento, análisis, comunicación o exploración de las realidades más inmediatas de esa extraña construcción a la que podríamos llamar España? Y lo que es más importante, una vez asumida la condición de subalternidad, ¿no habría que replantearse por completo las funciones que el arte ha venido desempeñando en la sociedad española en las últimas décadas; funciones que, como bien sabemos, han estado íntimamente ligadas al marco de una economía especulativa y, por ende, a una desvergonzada claudicación de la producción artística a la lógica del mercado? ¿No habría que volver a pensar para qué estamos haciendo arte? ¿Para quién? ¿Con quienes? ¿Para uso de qué clase de sujetos? ¿De veras es deseable conservar, en el actual contexto social, económico y político de España, la figura del artista-embajador, el artista-representante ante el mundo? ¿Representante de qué? ¿De unas “tendencias”, de unas identidades manufacturadas ex profeso? ¿No sería conveniente proponer una nueva praxis artística capaz de entablar un diálogo fértil con el actual estado de las cosas, en lugar de preocuparnos en vano por ponernos en hora con un inexistente reloj universal? ¿Acaso podremos superar la esquizofrenia histórica con un aggiornamento no menos patológico que, por cierto, se ha repetido aquí al menos desde el siglo XIX, cuando España sintió que empezaba a quedarse a la cola de la Historia?

Quizás el problema de fondo en la argumentación de Hernández Navarro es que asume con total mansedumbre el relato de que existe un arte internacional, como una escena perfectamente orquestada donde cada cual toca su instrumento, o mejor, una Liga de Campeones donde es necesario hacer acto de presencia para no quedar como el último paleto de la montaña. Por supuesto, eso es lo que el aparato institucional de los autoproclamados centros culturales y económicos del planeta pretende que creamos. Lo alarmante es que Hernández Navarro ni siquiera se cuestione la tramoya historiográfica con la que está armado ese relato colonial y lo asuma casi como una ley natural que nos obligaría a ajustarnos a los tiempos que corren, lo que en el fondo quiere decir, bailar al son que nos toquen los que mandan, esa tradición nacional.

Por otro lado, ha de aclararse que la relevancia de lo que se produce en la periferia no depende en absoluto de la actualidad con la que allí se reproduzcan o se versionen las tendencias dominantes; antes bien, estos discursos se vuelven relevantes a nivel internacional porque en esos lugares se ha respondido a cuestiones muy locales con recursos formales que, aparte de generar unas experiencias sociales, estéticas y políticas determinadas, son capaces de dialogar con la tradición. En definitiva, es la plena y lúdica aceptación de la situación provinciana y marginal lo que posibilita la creación de un mecanismo de traducción de experiencias, tanto locales como globales, tanto actuales como históricas [1].

Tal es el caso, para dar solo unos ejemplos, del reciente interés por los artistas neoconcretos brasileños, los cinetistas venezolanos o por el conceptualismo latinoamericano, tanto en las instituciones como en el mercado internacional. Aunque la recepción de todas estas prácticas dista de ser satisfactoria en términos históricos, pues en muchos casos se procura ajustarlas al Gran Relato, lo cierto es que se empieza a reconocer su pertinencia discursiva y formal. Y ello en virtud de la interfaz que estos artistas periféricos supieron generar con los contextos a los que pertenecían [2].

Me parece, pues, que para enfrentar todas estas cuestiones no es necesario recurrir ni a las maromas identitarias de Spivak ni mucho menos a la empanada intelectual de Bourriaud, cuyo radicante no es otra cosa que un rizoma transgénico, libre de toda contaminación política, para uso del curator pijo y demás “gente del sector” que no se quiere manchar las manos. La identidad española es, en este caso, un pseudoproblema. Lo verdaderamente urgente y necesario en este instante de peligro es repensar la orientación y la finalidad de todas las prácticas artísticas a partir de los problemas que la realidad, tozuda siempre, nos ha interpuesto en el camino. Se trata de una oportunidad para el arte como actividad de conocimiento en una sociedad, pero es sobre todo una oportunidad colectiva para construir un relato propio de lo que el arte hace y significa en este contexto. Plegarse al relato ajeno, eludir esa responsabilidad histórica aspirando a que nos acepten en el club de los más guapos, es seguir subiendo las patas encima de la mesa, como hacía aquel cowboy manchego que en pleno auge del pelotazo amenazaba a los terroristas con impostado acento tejano.


[1] Para un análisis a fondo de las relaciones entre arte, cultura popular y sociedad en América Latina ver Martín-Barbero, Jesús, De los medios a las mediaciones, Barcelona, Gustavo Gili, 1987.
[2] Ver Camnitzer, Luis, Didáctica de la liberación, Murcia, Cendeac, 2009.

Enviado el 03 de Marzo. << Volver a la página principal << | delicious

Comentarios

Estimado Juan:

En primer lugar, mil gracias por tu atenta lectura y enhorabuena por tu reflexión. Es siempre un motivo de alegría que los textos generen debate y no queden en limbo en el para siempre, como si solo fueran palabras.

Comparto la mayoría de las cosas que sugieres. Quizá en mi texto hay una cosa que no dejé demasiado clara –probablemente, al ser un fragmento de un texto mayor, no incidí demasiado en eso–: y es que el texto no pretende sugerir que ese lugar del que se queda fuera el arte español sea un Paraíso o un lugar hacia el que deba tender obligatoriamente. Como intenté aclarar en algunas respuestas al texto publicado, mi posición, de hecho, estaría más cerca con la de alejarse de ese "sistema del arte global", creado con una ideología clara y con unos peligros evidentes. De hecho, como sugieres, sería mucho más productivo comenzar a mirar hacia dentro y a realizar toda una serie de preguntas sobre contextos, historias, lógicas y dinámicas reales más cercanas, antes que poner nuestra vista en ese lugar "ficticio", en esa corriente principal –mainstream en todos los sentidos– del arte global.

Lo que intenta mi texto –y como digo, quizá debería haberlo aclarado desde el principio– es tan sólo plantear una posible respuesta alternativa a "la pregunta" del arte español, a "la queja" que se repite una y otra vez como letanía cuando se habla de la salud y la calidad del arte producido en España. Desde mi punto de vista –y creo que ahí coincido con tu posición–, ésa no debería ser la pregunta a realizar, por supuesto. Pero, de ser realizada, como el texto pretende, es posible también barajar otras respuestas a las habitualmente dadas. De este modo, mi texto pretende responder a una pregunta "dada", que no puede evitarse solo cambiando la formulación –porque en realidad, y sobre todo para ciertos intereses sigue vigente y tiene cierto sentido intentar responderla–. Quizá la segunda parte de la reflexión sería la que tu texto plantea: que la pregunta quizá sea equivocada, al menos para cierto sector y ciertas pretensiones.

En definitiva, lo que me gustaría aclarar es que mi texto no quiere idealizar ese lugar del afuera, sino plantear una posible respuesta a algo que se repite y que siempre se ha respondido de la misma manera. A partir de ahí, estoy de acuerdo contigo en que lo que hay que comenzar a cuestionarse si merece la pena mirar a ese lugar o si es mejor –como yo también creo– replantear las preguntas. Tu texto incide en eso. Y, por tanto, es un paso más en la reflexión. Esperemos que todo esto siga generando debate y discusión. Así que gracias de nuevo por tu aportación.

Saludos cordiales,

Miguel Ángel Hernández


Estimados Juan y Miguel Ángel,
Me encanta este debate. Aunque me parece que nos quedamos entre "el adentro" y "el afuera". Existe una "realidad" y es El Mercado, dentro del cual subsisten una serie de aporías, a las cuales ya os habéis asomado. Pero salta a la vista un hecho "X", y es que algo llamado "Europa mediterránea", subrayada por su situación "liminal", y como sabemos eso no es "nada nuevo". Necesitamos pensar la posibilidad de la pluralidad, sí, pero también la situación de "excepción". Seguir hablando de "comunidades" me parece agotador, empezando porque España es en sí misma una entidad cada vez más múltiple. No niego que como criterio de investigación sea válido, pero eso nos lleva por los derroteros de la "creación de discursos".

Juan, comparto con Miguel Ángel en que su artículo no promueve una complacencia con ejes hegemónicos nacionales, antes bien, subraya fenómenos relativos al mercado, que es, más que cualquier nación o entidad transnacional, dominante. Volvemos al problema del "capitalismo global"... ¿responder a problemas? ¿cuáles? pienso en "Manifiestos" comisariado por Ana García Alarcón. Pero, y lo digo como una opinión personal, seguir con la idea de que "la nación" aglutine o identifique el pensamiento del creador(a) me parece agotador, creo que necesitamos volver al individuo y su discontinuidad...

Agradezco leeros, sin duda un debate urgente,
Saludos!

Susan Campos


El ensayo de Juan Cárdenas, como el de Miguel Ángel, están estructurados entorno al mismo eje. Juntos tienen claro que el asunto del arte contemporáneo se resuelve en el DISCURSO, entendido éste como dispositivo de dominación, de ejercicio legítimo de la violencia estética en contra de quienes rechazan convertirse a la globalización, a la “vaporización” contemporánea de los afectos más personales, aquellos que hacen que un gesto artístico encuentre un lugar en nuestra memoria. ¿Quién legitima? Desde otra geografía y con base en otros problemas, comparto este diagnóstico que esta cobrando cuerpo en Salonkritik. No obstante, esta es solo una parte del problema.¡Los artistas cuentan! : a pesar de lo que hagan o digan los curadores del mercado contemporáneo de las artes. Al respecto indagué a propósito de la intervención de Miguel Ángel en días pasados. Reitero, ¿alguien sabe qué quieren los artistas plásticos y visuales de España? Miguel Ángel respondió con cautela y prudencia: por su respuesta, se sabe poco. Éste es otro síntoma que habría que intepretar. Hay necesidad de indagar más al respecto. A pesar de lo que digan los curadores del arte-mercancía, sin los artistas no se puede intentar una revuelta discursiva, como la que se está gestando en varios centros culturales.

(Recuerdo la intervensión Irmgard Emmelhainz en este Foro: en México tienen inquietudes semejantes).

Los artistas son vitales en el momento de entablar esta querella en contra de esta campaña para silenciar a los artistas que no les interesa someterse al dispositivo de Los Tate. Se dirá que es obvio, que todos estos argumentos parten del supuesto de que sabemos qué quieren los artistas. Pero es más prudente, no partir de ningún supuesto, y preguntarles, si quieren un arte internacional o un arte para las españolas y los españoles.

Contribuyo con algunas preguntas a este foro que ha puesto el dedo en la llaga de las artes contemporáneas, llaga que comienza a heder. ¿Quién está legitimado para monopolizar el ejercicio de la violencia discursiva que reprime la producción artística en sociedades tan ricas culturalmente como en España? ¿Quién está facultado para producir el discurso necesario para que las propuestas artísticas no desaparezcan en el momento de su aparición? ¿Quién se atreverá a colocar el primer concepto para hacer frente a la homogeneización global?

Sin contar con las instituciones culturales que tiene España –así les hayan subido el iva–, en Colombia, la situación no es muy diferente. Hay crisis y no podemos salir de ella porque no nos hemos enterado de que hay una crisis. No hay discursos que nos indiquen qué dirección tomar. Por lo menos, ustedes saben en qué consiste esa crisis y ya están comenzando a salir de ella.

En Colombia, el imaginario de los artistas más interesantes fue normalizado bajo los parámetros de la Tate que los ha puesto a servir su religión, otras y otros no saben qué hacer. Ustedes tienen a Santiago Sierra, nosotros a Doris Salcedo, a quién, excepto en algunas las facultades de arte, pocos conocen.

Reitero nuevamente que, al igual que los colombianos, los artistas españoles no deben buscar espectadores internacionales invisibles, al contrario, deberían hacer arte para los españoles y las españolas: ¿no fue esto lo que hicieron Velázquez y Goya? ¿No estamos a tiempo de saltar por encima de la censura que se ha impuesto a los artistas de muchos paises para “vaporizar” su insatisfacción con el ferreo régimen del mercado?


Gracias por los comentarios, todos muy pertinentes. Es muy divertido y estimulante tener interlocutores como ustedes.

Ahora bien, mi texto planteaba unas ideas muy sencillas y sus argumentos eran por tanto bastante elementales. Allí sugería que quizás sería mejor invertir las prioridades, tal como parecían estar descritas en el texto de Miguel Ángel (que, aunque ya nos aclaró su postura, no podemos dejar de señalar los puntos problemáticos que suscitaba). Quizás, intento decir allí, si empezamos a ocuparnos de lo más cercano, esto es, de las relaciones entre el arte y sus contextos más inmediatos, si empezamos a reflexionar sobre cómo son y cómo deberían ser esas relaciones y la práctica se centra en ese espacio concreto, lo más seguro es que el arte acabe generando algo más que objetos, algo más que reconocimiento internacional, esto es: mecanismos de traducción de experiencias, experiencias locales y globales, actuales e históricas. Esto último me parece importante porque lanza la actividad artística en muchas direcciones, territoriales y temporales, muy en sintonía con dos ideas de Benjamin: la primera de ellas se encuentra en "Una breve historia de la fotografía", donde Benjamin plantea la necesidad de que la fotografía no se convierta en una simple herramienta al servicio del arte o de la publicidad, como técnica empleada por un dispositivo de poder, sino que siga operando en un espacio intersticial que, según Benjamin, pondría en jaque las categorías impuestas por la división del trabajo. La otra idea es la que plantea en sus tesis sobre la historia, acerca de la necesidad de peinar la experiencia del pasado a contrapelo. Vale la pena reproducir la cita: "Articular históricamente el pasado no significa conocerlo tal como verdaderamente fue", dice Benjamin. "Significa apoderarse de un recuerdo tal como éste relumbra en un instante de peligro. De lo que se trata para el materialismo histórico es de atrapar una imagen del pasado tal como ésta se le enfoca de repente al sujeto histórico en el instante del peligro. E1 peligro amenaza tanto a la permanencia de la tradición como a los receptores de la misma. Para ambos es uno y el mismo: el peligro de entregarse como instrumentos de la clase dominante. En cada época es preciso hacer nuevamente el intento de arrancar la tradición de manos del conformismo, que está siempre a punto de someterla".

Esas dos ideas de Benjamin estaban detrás de toda mi argumentación. Y aunque me estaba refiriendo al arte español, creo que son pertinentes para cualquier país periférico donde exista la necesidad de generar un campo del arte, un discurso y una historia. La idea del relato, en ese sentido, me parece clave. La idea de que es preciso crear las condiciones intelectuales para que el arte vaya produciendo un relato colectivo propio. Un relato que dé cuenta de lo que hacemos aquí con el arte. Para qué lo usamos y para disfrute de quiénes.

Recomiendo vivamente el libro de Camnitzer, que más allá de algunas flaquezas argumentativas, más allá del esquematismo con el que aborda algunas ideas filosóficas, es un excelente ejemplo de cómo saberse periférico y cómo elaborar el relato. Nuestro relato. Un relato que crea un nosotros raro que se define por los usos y las prácticas concretas. Por unos quehaceres y no por unas esencias mágicas o estratégicas.



También celebro que aparezcan reflexiones como las de Miguel Ángel Hernández Navarro y Juan Cárdenas, y entre ellas estaría muy de acuerdo con Susan Campos. Más allá de las cuestiones discursivas, discutibles, en su propia emisión global, es también desde mi punto de vista el marcado (la institución por excelencia), el que legitima esos discursos y quien, en definitiva, como ya señalara Duchamp con su "Fontaine", decide qué es y no arte. En tanto nos mantengamos en el actual paradigma del arte, el moderno, el de la sociedad burguesa, fuera de esos estándares difícilmente podremos ser nominativos en el señalamiento del arte y abordar cuestiones de relevancia, representación o reconocimiento e incluso de discurso.


Una última cosa sobre este asunto del mercado. Me parece una tontería, y perdonen la franqueza, insistir en la idea del mercado como factor sobredeterminante, como una cárcel de la que no podemos escapar y que somete todas nuestras acciones a su lógica. Esa idea solo conduce a la resignación o al cinismo. Se trata, por otro lado, de una neurosis deudora de la teoría crítica (Foucault, Adorno, Debord), según la cual el capitalismo habría creado una red de captura total y definitiva de la práctica artística, algo que imposibilitaría cualquier uso emancipatorio del arte. El mercado ha demostrado ser poroso, múltiple y su poder de sujeción es muy amplio pero desigual, no en todas partes es igual de intenso. El mercado es un territorio lleno de túneles, madrigueras, zonas de deslizamiento que, por lo general, se encuentran en las periferias, de modo que aquí justamente no estamos sujetos a una presión asfixiante del mercado y podemos usar el arte en una esfera limítrofe y problemática, podemos dar cabida a otros usos del arte, quizás menos glamurosos, pero sin duda acordes con nuestras realidades y preocupaciones. Aún así, en lugar de aprovecharnos de esa circunstancia nos dedicamos a llorar, casi como deseando que el mercado nos someta por completo, como les ocurre a los artistas ingleses. Por favor, muchachos. Basta de autocomplacencia, basta de cinismo poppy, basta de resignación aristocrática. Más reflexión, más trabajo, más exigencia. Vamos a bailar entre las ruinas. Lo digo para España y para América Latina, que son mis dos territorios.


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