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Mayo 12, 2013

El ritual de la serpiente* de Aby Warburg - Fabio Vélez

serpente_1.jpg Para Javier Sánchez-Arjona

Apenas habían transcurrido tres meses de su ingreso en la célebre clínica psiquiátrica Bellevue, cuando Warburg, molesto por ciertas cuestiones y omisiones, decide dirigirse en una carta (16 de julio de 1921) a los directores de la misma. En la postdata se lee lo siguiente: «Mi enfermedad consiste en que pierdo la capacidad de conectar las cosas en sus simples relaciones causales, lo que se refleja tanto en lo espiritual como en lo concreto». Su entonces psiquiatra, Biswanger, tenía el diagnóstico claro: se trataba de una esquizofrenia.

El 21 de abril de 1923, frente a un pequeño público formado por el personal interno de la clínica y algunos invitados excepcionales, Warburg daba la célebre conferencia conocida como El ritual de la serpiente. Con ella no sólo pretendía demostrar la superación de su enfermedad, sino también certificar la estrategia escogida para su “autoliberación”: enfrentarse a sus propios fantasmas por medio de la escritura. En alguna ocasión confesó a Cassirer que tenía la impresión de que los demonios, cuyo imperio en la historia de la humanidad había tratado de explorar, se hubieran vengado capturándolo. El tratamiento se concretó fundamentalmente en esta «construcción en la locura» y, por tanto, en el anhelado «retorno al trabajo científico». De esta manera, tal como habían acordado médico y paciente, se cumplió «realizar un estrecho encadenamiento de observaciones contextuales sobre psicología de la cultura con todo mi anterior trabajo», podría comportar una vuelta al orden tras el extenuante asedio. Warburg optó entonces por rememorar su experiencia pasada (casi treinta años atrás) entre los indígenas de Norteamérica. No es casual, tampoco, que hubiese elegido para este trabajo el símbolo de la serpiente, «origen de la destrucción elemental, de la muerte y del sufrimiento en el mundo» y que paralelamente los primeros síntomas de la enfermedad le fuesen declarados allá por el año dieciocho, tras el desastre de la primera guerra. El contacto con los indígenas le permitió captar de primera mano por primera y última vez, más allá de la cerrazón de su biblioteca, la supervivencia de los símbolos en un mundo de rituales y ceremonias situado «entre el mundo de la lógica y el de la magia», pero también las ineluctables necesidades vitales de la simbolización humana. Y, en efecto, Warburg deseaba mostrar: «a través de estas imágenes de la vida cotidiana de los indios pueblo, que las danzas de las máscaras no han de ser interpretadas como un juego infantil, sino como una manera pagana de responder al penoso e ineludible cuestionamiento en torno al por qué de las cosas». No sólo. Recordemos también que la serpiente será retomada al final de la conferencia, si bien ahora como símbolo espiritual y no corpóreo, en ejemplos de la Biblia, la Antigüedad clásica y la teología medieval, cargando en su seno una fuerza contrapuntística y compensatoria de salvación y redención (“aquel que hirió curará”).

Warburg entonces lo tiene claro: reemplazar la “causalidad mitológica” por la “tecnológica”[1] no asegura «una respuesta adecuada a los enigmas de la existencia». La conferencia le permitió volver sobre una experiencia pasada –pagana pero aún viva– en donde los miedos eran susceptibles de ser exorcizados simbólica y metamorficamente. Con la conferencia, Calasso lo ha expresado de manera brillante en La locura que viene de las ninfas, «Warburg ideó un katharmós para sí mismo». Se purificó, pues, en su propia conferencia-ritual. La enseñanza interiorizada prometía su marcha: el proyecto Atlas Mnemosyne, que él definió alguna vez como una historia de fantasmas para personas verdaderamente adultas, era cuestión de tiempo. Este archivo de la memoria cultual pretendía precisamente exponer en imágenes las tensiones espirituales (los síntomas) inherentes al hombre. Se estaba gestando una suerte de vacuna para el esquizo.

La cura pudo llevarse a cabo en el transcurso de la propia conferencia, e intuyo que tiene que ver con la consideración y el tratamiento de las imágenes -no en vano el título original era: Imágenes de la región de los indios pueblo de América del Norte. Con las siguientes palabras inicia su conferencia :

«Soy consciente de que, si en el curso de esta tarde he de presentar y comentar las fotografías que en su mayoría fueron tomadas por mí durante un viaje realizado veintisiete años atrás, tal empresa requiere una explicación. Sin embargo, dado que no he podido refrescar y repasar adecuadamente los viejos recuerdos (…) no puedo prometerles más que el relato de mis propios pensamientos sobre estos recuerdos lejanos, con la esperanza de que el carácter inmediato de las fotografías les permita obtener, por encima de lo que les puedo contar con palabras, una impresión...».

Tras una marcha heurística por distintas ceremonias, Warburg nos acerca al clímax, a una invocación religiosa mucho más primitiva, a la ceremonia más pagana de Walpi, en suma, a la danza de la serpiente de los indios Moki. Si bien su abordaje, para nuestra sorpresa, viene precedida por este inciso: «No he podido asistir a esta danza personalmente, pero las fotografías transmiten una idea acerca de este acontecimiento». Este salto marca un antes y un después en el relato warburgiano. Dejada atrás la imagen del recuerdo, nos las habemos únicamente con la imagen del archivo: la memoria social. Es entonces cuando la serpiente pasa a ser considerada como “símbolo intercultural”, y es transportada y anclada a una tradición distinta, europea. Fue entonces, tal vez, cuando Warburg cobró conciencia del caprichoso orden-caótico de la supervivencia de las imágenes y los símbolos. Creo efectivamente que fue así como Warburg, según Didi-Huberman en La imagen superviviente, logró «invertir el síntoma del pensamiento hasta suscitar o, mejor dicho, resucitar un pensamiento del síntoma». Una vez más asomaba el proyecto Mnemosyne.

Existe un libro extraño y algo esotérico de Thomas Carlyle, Sartor resartus, que según parece acompañó en el sanatorio a Warburg. Basta abrir sus páginas para intuir que la relación fue clara. En él, hay un capítulo titulado “símbolos” en el que se alude a la figura de un “telescopio científico” necesario para resucitar artificialmente los símbolos desgastados y desacralizados. Warburg pudo sentirse identificado con ese instrumento. Lo que restaría por saber es qué pensó de las palabras con las que se cierra dicho capítulo:

«Dondequiera que vayamos veremos siempre jirones y harapos de Símbolos caducos y raídos (en esta Feria de harapos que es el Mundo) colgando por doquier para engañarnos, liarnos y enredarnos, y, si no lo hacemos a un lado, pueden llegar a acumularse e incluso a asfixiarnos».

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* Está publicado por la editorial Sexto Piso


[1] Recuérdese la imagen warburgiana del rayo apresado en el cable y la electricidad.

Enviado el 12 de Mayo. << Volver a la página principal << | delicious

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