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Mayo 19, 2013

La experiencia dramática* - Sergio Chejfec

h2_2003.234.jpgLa persona no está impaciente; sabe que cualquiera sea la tarea o diligencia asignada, comenzará en ese momento una suerte de vida nueva, algo así como la secuela práctica del error cometido tiempo atrás. Félix advierte que la voz de Rose se pierde muy fácilmente en susurros. Por ello, sin darse cuenta pega más su costado y se inclina hacia adelante, como si quisiera escuchar mejor. Félix tiene la sensación de estar oyendo una lengua extranjera y poco conocida. Entonces, queriendo concentrarse en el murmullo de Rose y con la vista fijada en la altura, pese a la forzada postura, a Félix se le ocurre pensar si no puede haber algo de cierto en esa complicación: Rose habla otro idioma, de a ratos bastante inclasificable aún en el caso de que resulte comprensible. Y se le ocurre pensar también si los encuentros que tienen cada semana no estarán dirigidos a practicar cada uno el idioma del otro, o sea, un simulacro de aprendizaje. Félix no quiere decir que la comunicación entre dos personas sea imposible e inverificable. La idea le parece trivial. Tampoco cree que se deba a una falta de comprensión o entendimiento; esto le parecería falso. Más simple, supone que Rose habla una lengua que él conoce a medias, y que se adapta a la suya cuando trata de entender lo que ella dice. No sabe si es el mejor traductor de Rose, pero entiende que es el único que a ella le ha tocado hasta ahora.

Para Félix resulta claro que Rose encuentra cierto tipo de trazo teatral en esa ventana del rascacielos reflejante, y que por eso ha hecho esta descripción y propone varios cursos de desarrollo. Naturalmente, Rose entiende que la persona de la torre está a punto de pasar por su experiencia dramática. La experiencia dramática requiere de cierta disposición. Existe un instante previo obligado en el que la experiencia está lista para producirse, pero cuyo desarrollo se ignora. En general, sólo después de haber pasado por ella, a veces mucho después, es posible que señalarla como experiencia dramática y reconstruir el momento previo, el que ha servido de antesala o escenario -hasta entonces toda la historia es una línea insegura de puntos-. Rose agrega en su lengua particular que la oficina de esta persona, con su luz medio opaca debido a la tarde avanzada de invierno, pero también debido a los reflejos velados por esos ventanales polarizados, acrecienta la sensación de silencio, de soledad y de espera, de cosa todavía irresuelta y por lo tanto a merced de cualquier cosa que pueda ocurrir.

La persona de la torre espejada encuentra en Félix y Rose dos espectadores de los que en circunstancias normales su escena dramática habría carecido. Han aparecido de manera providencial (es difícil saber qué los ha llevado hasta allí y qué los ha hecho dirigir la vista hacia su ventana), y forman un público inexpresivo y algo renuente debido a la distancia y a la dificultad para entender aquello a lo que asisten, y a la propia dificultad del protagonista para verlos bien, no como dos manchas minúsculas junto a un árbol sin hojas, en la calle lateral y desierta que se ve desde la ventana. Félix quisiera pedir a Rose precisiones sobre la persona; algún dato superficial, por ejemplo si es hombre o mujer, o el rango de edad, el color de su piel, etc. Pero encuentra que cualquier referencia le parecerá incierta, pasible de ser verdadera y falsa a la vez. Rose sigue con su descripción murmurada: vincula el nerviosismo del personaje con el hecho de que sea incapaz de mantenerse en el mismo lugar por más de unos cuantos segundos.

Cuando el marido de Rose habla a favor de su opción por el aislamiento, dice que el trato directo con los demás acaba siendo previsible y al final resulta en una disminución de la calidad del vínculo. En el pasado le ocurría por ejemplo que se reunían con un amigo, con cualquiera, y mientrs conversaban adivinaba lo que el otro estaba por decir, o más bien, una vez que lo decía descubría haberlo sabido de antemano, como cuando uno vuelve sobre lo que ha soñado o cuando cree sentir una misma y borrosa experiencia. Esa falta de sorpresa en los diálogos, o en la comunicación en general, impacientaba al marido de Rose y le resultaba más intolerable aún en los esporádicos encuentros a los que todavía se avenía. Momentos exasperantes que le producían una sensación de impaciencia, porque se culpaba a sí mismo de promover en los otros esas ideas y argumentos sumamente previsibles. Entonces es cuando reduce los vínculos al contacto telefónico. Arranca un período en el que arregla los encuentros telefónicos con varios días de anticipación; y cada vez que llega el momento tiene su teléfono y todo lo demás alrededor de su poltrona en la sala, para evitar cualquier sorpresa o interrupción.

Varios amigos del marido de Rose vieron su decisión como una rareza temporal, otros pensaron que se adaptarían a su capricho. No obstante, a medida de que la costumbre se fue asentando muchos más encontraron dificultades para plegarse al régimen telefónico que se les quería imponer. Perdió así paulatinamente las relaciones, aunque debido al carácter casi invisible que habían asumido, el marido de Rose pudo hacerse la ilusión de que se sostenían y que tan sólo pasaban por un prolongado aunque momentáneo paréntesis. Félix ha ido sabiendo de estos detalles por comentarios de Rose. Detalles sobre los que no es capaz de dar opinión porque se le presentan tan compactos, como un bloque que sólo puede ser aceptado o rechazado en su totalidad. Félix quisiera que Rose nunca tuviera la ocurrencia de pedirle opinión sobre este punto -y en realidad sobre ningún otro-; le gusta su lugar de espectador: no un temor a las consecuencias, sino un profundo sentimiento de inadaptación -como si hubiera perdido el sentido de las coordenadas básicas- lo lleva a aplazar decisiones, a evitar juicios.

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* Fragmento de la novela del mismo título que acaba de publicar la editorial Candaya, Barcelona, 2013.

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