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Julio 28, 2013

EL ANHELO DE DUEÑO DE LOS OBJETOS DESEANTES - Armando Montesinos

1d23f1d7144151483L.jpgSabemos por Lacan –“si tiene sentido que Juanito me diga que la lata no me ve, es porque, sin embargo, en cierto sentido me mira” [1]- que los objetos nos devuelven la mirada.

Casi todos los objetos, producidos para ello en número mayor que las estrellas, espejean nuestros deseos, pero sabemos ya que la satisfacción que produce su consumo se consume, fugaz, al entrar en contacto con la atmósfera de lo cotidiano. Pero también hay objetos deseantes, tal vez el arranque u origen de una estirpe cercana a los replicantes que sueñan con ovejas eléctricas. Son objetos que desean a su verdadero dueño y le esperan con la resistente paciencia de un insecto, y su encuentro y posesión proporcionan un placer intenso e inagotable.

Tres casos; el primero, de fuente literaria, disparó el recuerdo de los otros dos, vividos.

1

Recuerdo y rastro de Ian Breakwell

A veces ocurre que el recuerdo de alguien brota de pronto y se convierte en una pequeña obsesión, que nos lleva a revisar las experiencias y conocimientos que debemos a esa persona. Conocí a Ian Breakwell (Derby, 1943- Londres, 2005) cuando expuso su serie 120 Days en la galería Fernando Vijande, de Madrid, en 1983, y mantuvimos un cordial contacto personal hasta su muerte. La palabra escrita fue central en su obra, que incluye pinturas, fotografías, dibujos, videos, acciones, etc., así como varios libros. Sus diarios son notables, una delicia fruto de la inteligencia de una mirada que percibe la extrañeza, tan turbadora como humorística, que anida en el envés de las situaciones cotidianas.

También coeditó, con el profesor de literatura Paul Hammond, dos volúmenes interesantísimos, llenos de anécdotas desveladoras e ingeniosas sobre la relación de artistas y escritores con el cine [2] y con los libros. [3] En el dedicado a éstos, y bajo el título Limbo, Conroy Maddox –figura clave del movimiento surrealista en Inglaterra- cuenta cómo, en el Birmingham de los años cuarenta, encontró en una librería de Hurst Street, calle conocida por la concentración de buen número de excéntricos libreros de segunda mano, una vieja copia de The Monk, de Matthew Gregory Lewis [4], novela canónica para los surrealistas que venía buscando desde hacía tiempo. Y concluye: “En la guarda, en tinta ya desvaída, estaba escrito “Maddox”, como si, año tras año, acumulando polvo, el libro me hubiera estado esperando en un silencio monástico, reservado para mí”.


2

Ben Langlands, en la inauguración de Architecture(s), capc Musée, Bourdeaux, 1995

El artista llevaba una espléndida chaqueta, de corte impecable y tela de alta calidad, esponjada por un cuidadoso uso, que se ahormaba tan perfectamente a su cuerpo como a su personalidad y le mostraba, por así decir, tal cual era.

Tras el elogio, respondió que, efectivamente, sentía que era su chaqueta. No es la primera vez que me lo dicen, continuó, pero la primera vez que me lo dijeron entendí por qué, incluso antes de comprarla, es mi chaqueta.

Unos años atrás, en otra inauguración (precisamente la causa de haber ido a comprar la prenda esa misma tarde, la nerviosa necesidad que la primera exposición importante impone de ajustar la vestimenta descuidada a los silentes requisitos de lo presentable en el ambiente artístico chic), un caballero que se presentó como “lord ...” elogió la elegancia de la chaqueta y le preguntó, tan afectuoso como pueda serlo un lord pero con una curiosidad rayana en la impertinencia, por su procedencia. Un mercadillo de segunda mano, respondió. El lord le espetó: Esta chaqueta era de mi padre. Si usted mira en el bolsillo interior derecho encontrará una etiqueta con sus iniciales y con el nombre de su sastre.

Al parecer, siguiendo una cierta costumbre extendida entre la nobleza, el extinto lord padre regalaba su elegante y cara ropa utilizada –nunca un lord lleva ropa usada- a su mayordomo. Es por ello que, como también los buenos sastres que se hacen su propia ropa, o las empleadas de las casas de alta costura que visten prendas de muestrario, los mayordomos de los lores van siempre impecables.

Sin necesidad de comprobación, seguro de sí y satisfecho por el recuerdo de su padre, o más bien, con su reencuentro, pues de algún modo estaba presente en aquella chaqueta hecha amoldándose a la medida de su cuerpo, y complacido por la complicidad establecida con el artista, el lord dio media vuelta y se dirigió a otro grupo.

El artista metió la mano en el bolsillo. Allí estaba, con los datos indicados, la etiqueta. Y en su reverso aparecía el día en que se había terminado la confección de la prenda: la fecha exacta de su nacimiento.


3

Morajudo llena tu cabeza de rock. Madrid, hacia 1995

Paseaban contentos y dialogando, como de costumbre, torrencialmente. Entraron en una tienda de discos de segunda mano. Se pusieron a mirar elepés –aún no se había puesto de moda decir vinilos, y los álbumes, los discos gruesos americanos de portada de cartón que se abría como un libro, apenas llegaron aquí- intercambiando comentarios sobre lo que iban encontrando, nada del otro mundo. Hasta que, al levantar la cabeza para decir algo, vio al amigo inmóvil, pálido, seco. Sujetaba un elepé, petrificado y algo ido, y cuando se volvió señaló con dedo tembloroso algo en la parte superior derecha de la contraportada: “No se ve, se ha ido la tinta, pero han quedado las letras marcadas, mira, ¡y es su nombre!…” Se quedó sin habla unos momentos, aún blanco y perdido. Luego dijo, en voz baja y con perplejo júbilo, “¡Es mi disco!”

Veinticinco años antes había dejado el disco, su favorito del momento y en estado impecable, a un compañero de clase a quien no gustaba el rock, sino la zarzuela, pero que le insistió hasta que, temiéndose lo peor, cedió. Nunca se lo había devuelto. Era un clásico inencontrable, uno de los primeros larga duración, además doble, de música rock publicados en el país. Durante ese tiempo las canciones y la experiencia de su escucha se habían mantenido vivas en su cabeza, pero nunca había vuelto a verlo. El disco estaba prístino; posiblemente el zarzuelero no habría oído más que dos o tres canciones antes de desistir. En efecto, poniendo la contraportada bajo luz rasante podía leerse, con letra prematuramente ampulosa, el apellido del indigno: Morajudo.


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[1] Jacques LACAN, Seminario 11. Clase 8. La línea y la luz. 4 de Marzo de 1964. http://www.tuanalista.com/JacquesLacan/14201/Seminario-11-Los-cuatro-conceptos-fund.-del-psicoanalisis-pag.77.htm. Consulta: 11 junio 2013.
[2] Ian BREAKWELL y Paul HAMMOND, Seeing in the dark. Anthology of Cinema Going. Serpent's Tail, Londres, 1991.
[3] Ian BREAKWELL y Paul HAMMOND, Brought to book. The balance of books and life. Penguin, Londres, 1994.
[4] Publicada originalmente en 1796. La editorial Valdemar ha publicado, en castellano, varias ediciones.


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