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Julio 20, 2013

STILL DEATH / Las Jornadas contra Franco - Ernesto Castro

1372774089_0.jpgMás allá de la pelea tuitera, con Hermann Tertsch y los Bucaneros enviándose misivas amorosas desde lejos, las Jornadas contra Franco tuvieron cierta virtud expositiva. La exposición de las Jornadas mostraba, entre otras cosas, un sucinto resumen de los repertorios creativos utilizados por los artistas comprometidos de nuestro tiempo. Mejor dicho, de hace 40 años. Entre tanta performance, como las divertidísimas -pese a ser obvias- encarnaciones guiñolescas del generalísimo realizadas por Rómulo Bañares, se echa en falta una apuesta más arriesgada en cuanto a soportes se refiere. Por más que Francesc Torres se esfuerce en realizar un retrato naif del franquismo, el público curtido en mil batallas no podrá sino reconocer el trazo de las caricaturas medio infantiloides de Pablo Picasso, por no hablar la inmensa tradición de dibujantes desde Hermano Lobo hasta Mongolia, pasado por El Jueves. Solo algunos trabajos documentales, a la sombra del archivo didi-hubermaniano y de la memoria histórica zapateril, tal que Adios gracias de Etcétera (multicopia del acta de defunción de 1975) o Transición ficticia de Nuria Güell (sobre la muerte de seis maquis), permiten descubrir que no vivimos -para asombro del espectador- en 1978. Quizá hubiera sido entonces momento de organizar las Jornadas. La iniciativa llega tarde -vaya- pero llega. Y como se ufanan los seguidores del Rayo Vallecano, tiene lugar en un gran barrio. El detonante del asunto ha sido el juicio contra Eugenio Merino, conocido por sus estatuas a tamaño 1/1 sobre famosos situados en condiciones ridículas, en la mejor estela de Maurizio Cattelan et tutti quanti, herederos de la mordacidad humorística mediterránea.

En las últimas entregas de ARCO, mientras el festival madrileño seguía en su peculiar caída libre hacia el abismo del business as usual, las piezas de Merino han brillado, como la estrella polar, con luz propia. Cuan luchador de wrestling, el escultor se ha ganado el cinturón de los pesos pesados, otorgado por la asociación de reporteros dicharacheros metidos a periodistas culturales. Yo mismo, por ejemplo, he acudido a la feria desde pequeño, no sólo para escuchar los piropos que regalan las galeristas a los hijos de, sino también por el espectáculo, la fanfarria, y Merino ha sido la última montaña rusa de este parque de atracciones. Desde la aparición del smartphone, nada ha simplificado tanto la vida de los suplementos culturales como las fotos, en plena portada y a todo color, de los Merino: Franco en una nevera, Castro zombificado, Bush meditando, Hirst que se suicida. Sin embargo, esta última entrega (¡maldición!) nos hemos quedado sin nuestro rancho. No hubo Merino alguno en ARCO 2013. La Fundación Francisco Franco ha llevado a los tribunales la caricatura del caudillo presentada en suciedad la edición anterior. And the rest is silence: la Plataforma de Artistas Antifascistas, pendientes de la resolución del juicio, organizan las Jornadas en apoyo de Merino; el presidente de la Fundación, un hortera de pantalón hasta los sobacos, se presenta en Vallecas notario mediante y vuelve a casa con cajas destempladas; la fiscalía desestima la demanda, tras apenas media hora de juicio, «ateniendo a los usos sociales actuales», anteponiendo la libertad de expresión del artista plástico, y quedando visto para sentencia el caso. Eugenio Merino esboza una amplia sonrisa ante las cámaras. La Fundación, desairada y deshonrada, está dispuesta a llegar hasta el Tribunal Supremo. ¿Será posible?

Si la noción del engagement artístico tuviera sentido ahora, cosa que dudo, dada la vigente ausencia de compromiso artístico hacia cualquier programa político que trascienda la crítica del statu quo (un carromato que resulta fácil y barato de abordar), artista comprometido sería, sin duda, Eugenio Merino. Si Always Franco removió las aguas del pantano, mostrando la complicidad del presidente del IFEMA, José María Álvarez del Manzano, con los fantasmas del franquismo y con sus enterradores, la última escultura del artista, Punching, expuesta en las Jornadas, constituye un feliz ajuste de cuentas con el pasado, una revisión histórica en formato artístico equiparable, en todo caso, a Malditos Bastardos. Gesto igual, otro dictador: allí donde Tarantino dispara sobre el cuerpo de Hitler, tiroteado en la película hasta extremos propios de Sonny Corleone, la cabeza de Don Francisco, las gafas rotas y un ojo morao, hace las veces de saco de boxeo, en el caso de Merino. Menos efectistas son los Democracia, cuyo cartel Franco Assassin, con el rótulo escrito sobre la tipografía paramilitar de los Freikorps, marca tendencia entre el agit-prop de la muestra. Mismas dimensiones, idéntica iconografía y distintas asociaciones encontramos en Franco por Pollock de Ramón González Echevarría. En esta ocasión, dejando de lado los blablabas sobre la abstracción pictórica como mancillamiento y rompimiento de la imagen realista propia de los retratos burgueses, una retórica gastada bastante poco de moda, ningún estudiante de primero de carrera ignora el vínculo interesante del cuadro. ¿A saber? El contubernio del expresionismo abstracto con la CIA, figura tutelar de la Segunda Restauración Borbónica (1975 - ). En esta línea (apropiación simbólica, revisionismo histórico) se encuentra tanto el cartel publicitario como la intervención de Noaz en el arranque de la exposición. En ambos casos, las flechas del haz fascista terminan clavadas en el cráneo privilegiado del generalísimo, inversión simbólica del imaginario falangista digna de Kiss. Igual agua baila el cachondo -nunca mejor dicho- de Juan Pérez Agirregoikoa. Su Arriiiiiiiiiba España se apropia del saludo fascista para mayor escarnio del personal. A partir de ahora, levantar el brazo será sinónimo de erección; una asociación varonil que lleva el stamp of approval del Ausente José Antonio, aka el Primo de Rivera. Menos acertado se encuentra un dibujo anónimo, realizado sobre DIN-A2, donde se representa la genealogía de los poderes fácticos ibéricos, presidentes, reyezuelos y banqueros brotando como ramitas del féretro del caudillo. El error, a mi juicio, estriba en vincular el proyecto franquista con la UE, como hace el dibujante, engarzando la bandera rojigualda con las tricolores francesa y alemana, ocupando simbólicamente la posición que -en puridad- ocuparon en verdad el Papado y los Estados Unidos, genuinas amistades del fascismo en el mundo hispano, una afinidad electiva que, intuyo y espero, la estupidez de la Troika no llegará a borrar.

El generalísimo de europeista no tenía un pelo.

Y mucho menos en materia estética. El régimen, que hasta en las bellas artes se confesaba católico & apostólico & romano, más dado a las obras públicas que a la ilustración (¿pa'qué?) del pueblo, se granjeó amistades duraderas entre los juntaladrillos. Y de esos cementos estas crisis. Esta impronta monumental del franquismo encuentra una radiografía -austera, mas exacta- en la Arquitectura española de Domenec: tres paneles en B/N sobre la planta y el alzado de ciertos edificios memorables del momento, tal que el Campo de Concentración de Castuera (1939), la Cárcel de Carabanchel (1944) o el Valle de los Caídos (1940-58), una antología de construcciones, harto variadas entre sí, que tienen en común el haber sido levantadas con mano de obra republicana, instalada bajo rejas y sometida a trabajos forzosos. Y hablando de instalaciones, ¿qué pensamos de Santiago Sierra? Capaz de disputar el starring mediático a Merino, la novia de esta boda, Sierra se ha puesto de punta en blanco y ha llenado de cucarachas una vitrina, en cuyo interior vemos un plano inclinado donde figura el apellido del agraviado, FRANCO, rodeado de excreciones insectiles. Tranquilos: entre insectos y seres humanos media un cristal antiestornudos. Así puede hacer la broma el artista, sin necesidad de mancharse las manos, como acostumbra casi siempre Sierra, mezclando obviedades con guiños de complicidad. No será santo de mi devoción, pero desde luego epatará a los epatados, como comprenderán, indignando a los indignados: los asustabuelas siempre encuentran a los pequeñoburgueses, para mayor regocijo del respetable, echando mano de su pistola conservadora. Que así sea, pues. Arena de otro costal es la instalación de Rubén Santiago en el cuarto de baño. A puerta cerrada -se llama así- ofrece como papel del culo unos periódicos guillotinados de la semana posterior a la muerte de Franco. (Me he dado cuenta, por cierto, que predomina sobre todo el ABC. Un diario famoso entre los izquierdistas que hacen de vientre por sus grapas. Mala elección para garantizar una higiene indolora del trasero. Doy fe, de veras.)

Si hubiera un hemiciclo de visibilidad, sentado en el lado opuesto de Santiago Sierra -junto a Rubén Santiago- estaría Isidro Valcárcel Medina, presunto maestro putativo de tantos artistas españoles, cuya participación en las Jornadas -para variar- sólo pudo ser rara de cojones: un altavoz situado en el pórtico de entrada a la galería que reproduce una conversación ininteligible entre el Maestro y un interlocutor no identificado. A saber qué rumiaba IVM. Mi paciencia es finita; y mis oídos, nada finos. Ahora bien, si un servidor hubiera tenido la oportunidad y el placer de charlar con IVM, habría sacado sin duda el asunto de las Jornadas de Valladolid, esa lavada de facha -nunca mejor dicho- del tardofranquismo. Resulta sospechoso que nadie cuestione la finalidad y la función del evento en cuestión, la posición de los creadores más experimentales durante el período de Transición, teniendo en cuenta la celebración de la efeméride, presente de manera incontestable en todos nuestros museos nacionales, empezando por el MNCARS. Estaría bien hablar con IVM sobre esto.

Pace IVM, el ejemplar más refinado de las Jornadas viene firmado por Carlos Garaicoa. Su proyecto de plaza pública con estatua (titulado Y Jesús dijo a Lázaro) claro que sienta un precedente -a mi juicio- en cuanto a pertinencia política y sutileza estética, combinadas de forma armónica. Me parece además una propuesta satisfactoria para terminar con la presencia del franquismo en nuestros parques y jardines: en lugar de retirar la figura ecuestre del caudillo, la solución final preferida por el entusiasta insurgente profesional, tal y como vimos en Bagdad en 2003; un modelo reciclado hasta la saciedad por los restauradores de todas las coronas españolas, quienes prefieren ante todo cementar la memoria, hacer borrón y cuenta nueva con el Ancien Régime, como si aquí pasar, no hubiera pasado nada, y el ciudadano tuviera que circular sin rencores sobre un espacio público hormigonado, sin fisuras de ningún tipo; en lugar de esta mandanga lotófaga -como digo- Garaicoa propone algo más radical, verdaderamente antifascista, que consiste en decapitar la figura a caballo, dejar allí mismo los restos del generalísimo y, por si fuera poco, montar una cinta transportadora para la óptima circulación -ahora sí- de variadas cabezas posibles, todas ellas adornadas con alguna suerte de pájaro sobre la frente, como si fueran los sushis y los sashimis de un restaurante japonés. Todo mola mogollón, salvo el título. Es el único pero, Garaicoa. Debería llamarse esta pieza In memoriam Schumpeter, a modo de homenaje del economista austriaco, un liberal de tomo y lomo, cierto, que tuvo el ingenio de teorizar sobre la democracia elitista, un modelo parlamentario donde los costes de entrada, la tendencia endogámica y los impedimentos partitocráticos son tan elevados, como sucede hoy en España, que solo se presentan a las elecciones la misma casta, cuyos miembros capitales circulan, como las cabezas de Don Francisco, conforme caen en descrédito, en una suerte de estrategia gatopardiana. Que cambie todo para que todo quede igual -todo sea dicho- es un lema viejo. Ya estaba en boca del Ministro de Asuntos Exteriores, José Félix de Lequerica, quien explicaba en 1945 como sigue los principios del Movimiento:


Estamos dispuestos a dar todo lo que tenemos para continuar en el poder. Vamos a tener que hacer sacrificios y los haremos sin vacilar. Si es necesario disolver la falange, la disolveremos. Incluso acabaremos con Franco si es necesario. Lo importante es preservar el fundamento del gobierno -sus miembros no importan. El fundamento del gobierno es el Ejército.

Recuerden estas palabras cuando los militares egipcios campen a sus anchas, como hacen ahora, haciendo y deshaciendo gobiernos a su voluntad, mientras se escucha de fondo el aplauso cerrado de las feministas bienpensantes y los ordoliberales. Por los sucesos de entonces (y de ahora) resulta crucial repetir las palabras que Chevy Chase, cómico fundador del Saturday Night Live, estuvo pronunciando durante doce meses, con motivo de la muerte del dictador: «Generalisimo Francisco Franco is still dead». Still live llaman los ingleses a nuestra naturaleza muerta. Algo similar es, para nosotros, el imaginario franquista mancillado. Todo un bodegón, fantasmas incluidos, lleno de objetos inanimados. Que no tengan alma no quiere decir -ojo- que no tengan poder sobre el presente. La influencia del franquismo sigue siendo alargada. Su fundador, por el contrario, está muerto y enterrado. ¿Volverá como el zombi de Stalin en los Simpsons? Una cosa está clara: en vistas a alcanzar la plusmarca del que -solo por joder- más tiempo ha aguantado la respiración, Don Francisco todavía tiene tiempo para desbancar a su predecesor, Tomás de Torquemada, famoso en el mundo entero porque lleva sin respirar desde 1498, como bromeaba Chevy Chase en los 70's. Hasta la segunda venida se mantiene, por tanto, nuestro dictador en posición horizontal. Y lleva así desde noviembre de 1975: horizontal y tieso. No así sus herederos, vivitos y coleantes, empoderaos hasta la fecha. El estado médico del franquismo es estable, el político, inmejorable. Convertidos en anatema para funcionarios y señoras mayores, los muertos que España mata, ya murieran calientes en la cama o en fosa común, gozan de muy buena salud. Que se lo digan -ya era hora- a Andreu Nin. Están hechos unos necrófilos los políticos advenedizos y los artistas engagés. No habrá tribunal que interrumpe la necesaria profanación de tumbas.

Y yo digo: enhorabuena.

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Imagen: 'El Generalísimo Francisco Franco still death', Reuben Moss.

Enviado el 20 de Julio. << Volver a la página principal << | delicious

Comentarios

Enhorabuena al amigo Eugenio Merino. A pesar de no ser el tipo de arte que me entusiasma, ha sabido dar una patada conceptual en las partes íntimas de muchos indeseables.


El artículo me ha gustado, sobre todo lo de que estas cosas son 'asusta abuelas', son a lo político en la actualidad nada, literales, feas y a favor de la corriente, es el arte oficial de la democracia, su equivalente en tiempos de Franco al valle de los caídos. Estos planteamientos son tan anacrónicos y viejos como lo que pretenden denunciar.


Un fallo crítico (sobre el dibujo genealógico): lo que vale para identificar la tricolor francesa también vale para la americana, y si hubo dos potencias que ayudaron a Franki fueron Alemania al principio y EEUU después.


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