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Septiembre 15, 2013

The act of Killing / la irrepresentabilidad de lo real - María Virginia Jaua

act-of-killing-anwar-screen.jpg La película documental The act of Killing de Joshua Oppenheimer, Christine Cynn y una larga y sospechosa lista de anónimos está dando mucho que hablar en la red. Y no es para menos. Intentaré explicar aquí porqué.

Se trata de un film “documental” en el que se busca retratar a un gángster llamado Anwar y a sus colegas, 40 años después del golpe militar en Indonesia y de los asesinatos que se llevaron a cabo en contra de los opositores: intelectuales, trabajadores, inmigrantes chinos, entre otros grupos de personas.

Actualmente Indonesia es un Estado islámico gobernado por una suerte de “secta” militarizada a la que la mayoría de la gente aspira a pertenecer o teme, pues detentan el poder con absoluta impunidad y con la fuerza de los fanatismos.

Tanta impunidad, que los innumerables crímenes cometidos y que están en el centro del interés de esta película no pueden ser abordados desde el punto de vista de las víctimas. Es más las víctimas son las únicas que están ausentes de su propia historia. Ellas no aparecen ni tienen voz aquí.

Para hablar de aquellos crímenes el autor del film, al no poder trabajar con las víctimas, decide retratar a los verdugos de menor monta. Una pandilla de gente sin oficio que revendían las entradas al cine, sobre todo de películas de gángsters, que extorsionaban a pequeños comerciantes y cometían toda suerte fechorías. Según su versión, al producirse la reacción en contra de aquella “marea” roja que les amenazaba con suprimir el cine de acción norteamericano, no dudaron en convertirse en asesinos a sueldo. Se pusieron al servicio de los líderes de la represión y curiosamente de los medios, ya que desde la redacciones de los periódicos se dirigieron muchas de las atrocidades que se cometieron.

Son ellos, los verdugos de menor rango, quienes narran no los crímenes, sino sus "hazañas". Son ellos los que se ponen a sí mismos en escena, se disfrazan, se maquillan y desempeñan sus roles ante la cámara. Discrepo con el crítico Peio Aguirre y lo que dice en su texto, cuando afirma que The act of killing “ofrece una magnífica reflexión sobre la conciencia humana y sobre el inhumanismo de la guerra, así como abre una vía a explorar sobre los secretos del arte y su representación”[1].

En ningún momento esta película ofrece una reflexión sobre la “conciencia” humana y mucho menos sobre el humanismo ni sobre la guerra. Para que la hubiera tendría que estar presente la víctima así como el gesto del “arrepentimiento”. Tampoco estoy totalmente de acuerdo con la segunda parte de su afirmación. Aquí no se abre ninguna vía a la exploración de los “secretos del arte”, sin embargo, sí hay algo interesante con respecto a la “representación”.

El objeto artístico, por llamarlo de alguna manera, es un film que pretende ser documental sin serlo, con una moral dudosa, al límite, en el que si acaso llega a “rozar” algo de experiencia sucede en ese único instante fugaz en el que en la película se da aquello que no se puede representar, que es imposible, es decir: lo real.

Lo real, que no la realidad, se produce precisamente cuando Anwar el personaje principal de esta ficción (que no documental) tras una sesión de rodaje de la “puesta en escena” de sí mismo como gángster se ve y analiza su propia imagen en el monitor. Ahí es donde y cuando sucede o podría suceder lo irrepresentable: el acto de conciencia de los asesinatos que ha cometido y de las repercuciones que tienen para él y para el mundo que lo rodea.

Ahí se produce lo que Lacan llama el recurso de la confesión del sujeto, una de las claves de la verdad criminológica (aunque no lo vemos porque el lugar donde se produce es imposible de "capturar"). Quizás esto sea lo más interesante en ese juego de la (no)representación por medio de la cual el director hace que el “asesino” recree su propio personaje, y que consigue su punto más álgido, cuando éste se ve a sí mismo “representándose” y él hace las veces de sí mismo y de su crítico: es decir, hace la lectura de la representación de sus propios actos.

Al producirse este juego de espejos crítico por medio de las pantallas y de los ojos que ven, que miran hacia el abismo negro de su propia alma en una sala de cine, que a su vez es un plató, que a su vez es la escena de los crímenes que carga en lo más profundo de su “conciencia” ocurre lo que mis colegas llaman "arte" o "secreto" o "representación".

Pero al no haber arrepentimiento, no hay reintegración, y ese momento "crítico" de la obra se pierde rápidamente en la banalidad, entre chistes y lugares comunes, o entre la brutalidad de la cotidianidad del país y las escenas delirantes. Coincido con Jordi Carrión [2] cuando afirma que la película descoloca, sirve para hacerse preguntas, pero también me parece una exageración calificarla como “auténtico” documental o “magistral” por las razones que he expuesto, y me atrevería a responder a la pregunta que se hace Carrión y con la que termina su "post":

“¿es posible la no ficción sin trampas?”

Tanto como para una persona, para él y para mi, para cualquiera de nosotros no es posible no contarse el cuento de ser “alguien”, un sujeto. Es decir, que ni con trampas ni sin ellas la no ficción es posible.


Notas:

[1] Peio Aguirre, "Lo real y su representación: sobre The act of killing", visto en A*Desk

[2] Imposible también citar la referencia bibliográfica ya que es comentario que leí en Fb.

Enviado el 15 de Septiembre. << Volver a la página principal << | delicious

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