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Noviembre 02, 2013

Mínima resistencia. Entre el tardomodernismo y la globalización: prácticas artísticas en las décadas de los 80 y 90 - Luis Francisco Pérez

simovideostill3.jpgEn una reciente entrevista Rafael Moneo, muy sabiamente, expresaba que “el mundo nunca estará del todo resuelto. No hay que angustiarse por ello”. Queremos apropiarnos de tan sensatas palabras para iniciar el comentario de la última “entrega” (o “lectura”) que el MNCARS ha realizado de los fondos de su colección, en concreto la que corresponde a las dos últimas décadas del pasado siglo, y parece ser que en un futuro seguirán otras presentaciones, planteamientos o visiones, del mismo periodo histórico.

Con el ambiguo más que misterioso título de Mínima resistencia. Entre el tardomodernismo y la globalización: prácticas artísticas en las décadas de los 80 y 90, los responsables de este último panorama expuesto (Manuel Borja-Villel, Rosario Peiró y Beatriz Herráez) han logrado la que probablemente sea la más convincente interpretación de un tiempo histórico concreto, esencialmente porque esa “interpretación” (o activación de un dispositivo escénico tan deudor de la ficción como de la dimensión teatral inherente a toda propuesta artística) parece haber asumido con gran naturalidad y eficacia las mismas palabras de Moneo con que iniciábamos este escrito. Así es, ni el mundo podrá decir que está finalmente resuelto, ni por supuesto una colección de arte, reflejo indudable de esa exterioridad socio política de la que se nutre, podrá afirmar ingenuamente que abarca la totalidad de la creación artística, sea ésta de un movimiento estético determinado, o de una época concreta, y mucho menos de la producción íntegra de un país. Asumiendo, entonces, la implacable lógica de esta premisa (o para decirlo con palabras más prosaicas o domésticas: la tranquilidad que otorga el saber que “no hay que dar explicaciones” en torno a las siempre incómodas ausencias o ninguneos nominales) sus responsables se diría que han sabido salir más airosos (más “sueltos” y pragmáticos, más seguros y confiados) de la empresa encomendada, al menos mucho mejor parados de con respecto a la anterior entrega de la colección De la revuelta a la postmodernidad, 1962-1982. Vamos, que las cosas salen mejor sin angustiarse.

De hecho las manifestaciones artísticas aquí presentes, y que bien se pudieran calificar de “angustiosas” (la aparición del sida, sexualidades alternativas perseguidas, la guerra del Golfo y posterior invasión de Irak, conflictos en los Balcanes, quiebras y crisis económicas, todo bajo la sombra de Reagan y Thatcher, esos grande paladines y defensores de la libertad, la “económica”, se entiende) están presentadas de una manera tan astutamente teatralizada y ficcionalizada que pasé por delante de ellas sin sufrir ninguna dentellada en el alma, así como tampoco un ataque a mi dignidad como espectador. Esas obras basadas en tan tristes realidades las vi y contemplé, muchas de ellas, una vez más, con gusto, interés y placer; asumí sin mayores problemas su denuncia, y seguí caminando para encontrarme con la siguiente escena, porque Mínima resistencia es un magnífico y muy inteligente dispositivo teatral. Puro teatro, con Samuel Beckett en el horizonte, su cuestionador absurdo o sinsentido, aunque pertenezca ese título, Mínima resistencia, a una obra de Fischli & Weiss, y que bien mirado tampoco la obra de la pareja de artistas suizos se aleja demasiado de los postulados ontológicos del teatro y la narrativa de Beckett.

En la hoja de prensa suministrada por el MNCARS leemos que en la lectura de la colección está presente, entre los muchos intereses que sus responsables dicen analizar, “la teatralidad que enfatiza lo escenográfico”. Sin duda, no podemos estar más de acuerdo, yo diría que quizás hasta en demasía la visibilidad de la tramoya teatral, pero ello no lo interpreto como crítica, tampoco la sumisión a su beneplácito y conformidad, pero sí me interesa subrayar la poderosa y omnipresente (también perversa, o conflictiva) configuración escénica de las prácticas artísticas que surge precisamente, con arrogancia y brutalidad, “entre el tardomodernismo y la globalización”, y eso es precisamente lo que Mínima resistencia parece haber enfatizado con airosa y confiada eficacia, y presentada en capítulos y escenas, si bien camuflados como argumentos temáticos, para mejor escenificar esa monstruosa configuración “de las Artes” que surge en las décadas finales de un siglo que aún al día de hoy es más “nuestro” que el actual.

Precisamente es esta consideración de lo escenográfico, sin ser el eje central de la muestra pero sí su agent provocateur, lo que permite leer Mínima resistencia (y ello lo considero quizás su mejor acierto, por lo que tiene de complejo y también como activador de nuevas argumentaciones en pro y en contra) como una muestra con obras que parecen haber sido realizadas en el presente, pero “pensadas” (política y socialmente) entre veinte y treinta años atrás, y con ello la reconsideración del concepto histórico y ontológico de “Modernidad”. O mejor: la función práctica y operativa de ese significado, así como los límites y contenidos que estemos dispuestos a aceptar dentro de la argumentación semántica que tan complejo concepto encierra y engloba. Pero si hablamos de teatro y escenografía estamos igualmente hablando del lugar que ocupa (o que quisiera ocupar) el sujeto creador, ubicado, como está, en una consideración poética de la realidad. O de la “Realidad”, aplastante, demoledora, cruel y vengativa, pues no puede haber Ficción sin el reflejo inabarcable de una Realidad que por controlar, capitaliza y controla hasta la función sígnica y estructuradora del lenguaje. De ahí que Mínima resistencia sea un enorme contenedor de emociones, un inmenso backstage donde ficción y realidad lidian una batalla dialéctica por conquistar el lugar que ambos estadios desean controlar, precisamente la Poética de la Realidad. O también: la Poética de la Historia. Pues esta última también hace acto de presencia en Mínima resistencia, si bien en menor grado e intensidad de lo que sus responsables pretenden o desean, al menos no con la argumentación por ellos expuesta y defendida. Volveremos sobre el argumento “histórico” presente en ”Mínima resistencia” más adelante.

Divida en trece secciones, o “capítulos” que unidos establecen lo que podríamos definir como “LA GRAN FICCIÓN”, creo importante trascribir los títulos exactos con que Mínima resistencia ha sido estructurada o pautada:

1 “La escuela es una fábrica” 2 “Géneros de la pintura” 3 “Pictures (Imágenes)” 4 “Mínima resistencia” 5 “Actitud y Vídeo” 6 “De toutes les couleurs (De todos los colores)” 7 “Situarse en lo real. Prácticas colectivas y activismos” 8 “El género en disputa” 9 “Manifiestos. Hablo por mi diferencia” 10 “Frente al fin de la historia” 11 “De arquitectura y ficciones” 12 “Institución y crítica” 13 “Modernidad como pasado”

Son trece apartados, pero también hubieran sido igual de efectivos y “ordenados” de haber optado los responsables por otra clasificación, o haberla reducido, pues los puntos 7, 8 y 9 podrían perfectamente haber sido uno solo, al igual que el 1 y el 10, o el 11 y 12, pero es innegable que las temáticas argumentadas corresponden perfectamente a los dispositivos artísticos y teóricos, también políticos y sociales, que mantuvieron su presencia y compromiso durante los años aquí analizados, y si bien podemos “criticar” (y ello sería injusto) un exceso de “compartimentación”, o incluso de didactismo, lo cierto, y ello es lo más importante, es que los 90 artistas o colectivos presentes están perfectamente representados dentro de sus diferentes “secciones”, otra cosa es que estemos de acuerdo con los artistas adscritos a cada sección, pero en buena lógica debemos agregar que ello corresponde a la subjetividad irrenunciable de sus responsables, y al respecto ninguna otra selección hubiera sido “perfecta”. Por otra parte, y ello ya lo hemos apuntado, el equipo curatorial ha decidido “ir a lo suyo” sin mayores quebraderos de cabeza, o “agobios”, en lo que se refiere (situación imposible por absurda) “contentar a todos”. La instalación de las obras de una claridad expositiva tan efectiva como diáfana. Mínima resistencia se contempla y se ve de una manera, bien es cierto, magnífica. El porcentaje de artistas españoles está en torno a un 40%, y el nivel en cuanto a las obras presentadas es extraordinario, con la cualidad añadida que muchas de ellas no se habían visto con anterioridad, bien por ser de nueva adquisición, bien por acuerdos o depósitos con otros Museos o particulares.

Analizar todas y cada una de las secciones establecidas nos ocuparía una extensión de la que aquí no disponemos, si bien es justo reconocer que tanto por artistas seleccionados, así como obras presentadas, hay una relación directa y estrecha entre argumento y contenido, de ahí que la exposición pueda ser contemplada con una mezcla de apreciación y asentimiento casi desde su principio hasta el final. Como era previsible la sección pictórica (escasa, desganada, sin nervio, rara…) es la única que desmerece de esa alta calificación general. Veamos. Con el título “Géneros de la pintura”, ciertamente muy poco original como enunciado, se han agrupados obras de Leon Golub, Miguel Ángel Campano, George Baselitz, Sigmar Polke, Jiri Georg Doukoupil y Marlene Dumas. Convengamos que el team seleccionado es, como mínimo, “atómico”, y difícilmente creíble como representación de la pintura que se realizó en esos años. Pero lo más (o menos) interesante no es su nominalidad concreta sino cómo esta sección “pictórica” ha sido explicada o defendida. Al respecto sus responsables expresan lo siguiente: “La revisión de los géneros presta especial atención a la reinvención de la pintura de historia, convertida en un espacio crítico que aborda el fin de los grandes relatos en lugar de restituirlos”. Estemos o no de acuerdo en la calificación de “pintura de historia”, lo cierto es que resulta muy poco creíble esta calificación, toda vez que esta “pintura de historia” (con minúscula), aún reinventada, tendrá que prestar atención, incluso indirecta, a los “grandes relatos”; y si su preocupación esencial es “el fin de los grandes relatos” no podrá ser nunca pintura de historia o de Historia.

Para finalizar. Mínima resistencia es, sin discusión, la mejor “entrega” que hasta la fecha se ha realizado de la colección del MNCARS; tensionada y abismada, como está, entre una “Poética de la Realidad” y una “Poética de la Historia” la exposición termina decantándose por una muy refinada e inteligente “Poética del Espacio”, ofreciendo a cada espectador la posibilidad de argumentar, o dotar de contenidos otros, esa “Poética” que, como todas las grandes ficciones, exige una cuota de verdad (bien que individualizada y singularizada) con el ánimo y la disposición de enfrentarse a la Imagen, o a su espectro, o a su negación… Ya que estamos en el siglo de la imagen (el pasado y el actual), y como bien expresó Bachelard, para bien o para mal sufriremos más que nunca la acción de la imagen.


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Imagen Jordi Colomer, "Simo", 1997.

Enviado el 02 de Noviembre. << Volver a la página principal << | delicious

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